Libros, Lecturas y Lectores
Oliveros entre el diario
y el ensayoFundarte acaba de colocar el las librerías el Diario literario 1995 de Alejandro Oliveros, un texto en el que las imágenes del devenir se van tejiendo con mirada reflexiva. Laura Antillano nos hunde en su lectura
Mi primer contacto con las páginas de este Diario literario 1995 de Alejandro Oliveros fue a raíz de iniciarme en la coordinación del Suplemento Letra Inversa de Notitarde. Recuerdo que me encontré con el poeta en la calle y él, con mucha calidez, me expresó su disposición a colaborar en el suplemento; lo interpreté como un gesto de confianza que me halagaba y que atribuí al puro cariño más que a cualquier otra cualidad de mi parte.
Todas las semanas esperaba religiosamente vía fax, las páginas del diario de Alejandro que publicaríamos en primera página de nuestro suplemento, acompañadas de ilustraciones que buscábamos con verdadero placer después de una minuciosa lectura del texto.
A entonces remito el interés que me despertó Alejandro por escritores como Hanna Arendt en su relación con Heidegger, o por ciudades como Nápoles, a la que describió con mesura inusitada.
El hábito del diario, como el de escribir cartas, aparecen desde los más lejanos tiempos, considerados desde su perspectiva literaria. Diríamos que ambas cosas revelan con frecuencia un espacio íntimo, particular del escritor, poniendo al desnudo aspectos y circunstancias que otros géneros ignoran.
La reflexión aparece en el diario ligada a la cotidianidad, a la acción pueril del cada día. Su lectura nos comunica de un modo cercano con las vivencias de quien escribe y nos hace cómplices de esas revelaciones, de ese sufrimiento o de esa alegría, de un modo particularmente distinto al que vivimos a través de un personaje de la obra de ficción; probablemente se deba a que sabemos detrás con mayor certeza al ser de carne y hueso que se dice autor de esas páginas, y si le conocemos en la vida real esta sensación es aún más auténtica.
Sin embargo un juego dicotómico se produce, porque la sensación de la escritura, el trazo, la grafía, el signo en el papel, y la reflexión detallada en sus pormenores, la respuesta literaria de un poeta a la transparencia del acontecimiento en su simpleza, convierten en un espacio altamente simbólico la referencia original, de modo que es contextualizable en la totalidad del universo de los textos literarios, aún con características de corte testimonial personalizado.
El espacio imaginario nace así de lo que definiríamos como el punto de vista, la perspectiva adscrita al lenguaje en la creación de un modo de decir, de un modo igualmente de ver y vivir en suma.
El Diario literario 1995 de Alejandro Oliveros recoge la cronología de un año de vida del poeta en su registro inmediato, pero es muchísimos años al mismo tiempo porque expresa un modo particular de observar y vivir el acontecimiento cotidiano siempre engarzado a las referencias artísticas (ya sean literarias, musicales, plásticas) que han venido constituyendo la personalidad y la mirada de este ser humano que es Alejandro Oliveros y al mismo tiempo, las referencias que han contribuido a la formación de un estilo de escritura.
Cuando el poeta habla de Las materias flotantes de Francisco Hung, de su percepción de la obra de este pintor o la experiencia de la muerte del hijo descrita en sus Diarios por Jünger, aun cuando nos relata reiterativamente, paso a paso, los sinsabores de la enfermedad de la madre, está explicitando de manera sistemática los rasgos de una actitud, una filosofía de vida, ligando a ello una praxis simultánea e indivisible: una concepción de la escritura poética.
Alejandro Oliveros lee diarios mientras escribe el suyo, así hace referencia a las páginas de ese diario de Ernest Jünger o a las de Thomas Mann o aún a la novela de Simone de Beauvoir Una muerte muy dulce referida a la muerte de la madre de la escritora. El poeta busca espejos, revisa reflexivo la escritura de otros quienes antes que él llevaron esta cuenta y cuento del cada día. Descubre en esencia al otro yo que hay en él. El doble que somos, ese otro yo ineludible, "dos formas bajo las cuales la experiencia del doble aparece en la literatura. La primera es producto de la imaginación creadora. El autor inventa su doble. Más ficción que realidad. Es el caso, entre otros, de Borges, cuya ceguera no le permitía ver nada, mucho menos a otro Borges. La segunda forma es el resultado de la experiencia directa. El autor se ha visto o ha creído verse, y a partir de ese encuentro compone la obra" y agrega Oliveros: "la experiencia directa del doble está signada por el horror". (Oliveros, 95, p. 94).
Antes nos ha confesado: "La literatura es una crónica de esa marcha hacia el otro yo. Mi conducta es el contrapunteo entre dos hombres que me integran" (p. 86).
La lectura del texto de Alejandro se hace amena y adquiere un particular interés en este entretejido de referencias a cuadros de su propia contemporaneidad cuya vigencia real nos circunda (una pizzería italiana en Valencia a través de la cual el padre le mostró detalles de Italia, el cumpleaños de su hija María Constanza):
"8 de marzo de 1995./ Ayer en mi oficina de Bárbula le dedico un poema al árbol de bucare. Este árbol que en época de sequía se despoja de todas sus hojas y se cubre con flores de un profundo rojo anaranjado es uno de los grandes espectáculos del trópico". (p. 15).
"21 de marzo es equinoccio de primavera. La tierra húmeda huele profunda y oscura. Su olor me hace recordar a Bejuma y a sus alrededores sembrados de tabaco y caña de azúcar". (p. 66).
Ello en combinación con el análisis nacido de la lectura inteligente y sensible de gente como Conrad, Eliot, Hemingway, Solanes, Mann o la misma Hanna Arendt.
La confesión elocuente y sincera, después de seis meses de haber iniciado estas páginas a raíz del descubrimiento de la enfermedad de la madre, asoman un gesto consciente en el deseo y la necesidad de aprehensión de la vida y el tiempo a través de la escritura de este diario. El escritor hace referencia a la cotidianidad, a su trabajo como profesor de literatura, a sus lecturas, a su escritura, a sus sensaciones, viajes, ideas, malestares y alegrías. El dolor lleva acopio de la sensación de realidad como telón de fondo en la circunstancia de la madre.
La conciencia del desdoblamiento está demarcando una frontera a veces inteligible, indefinible, entre el hombre y el poeta. Entre la escritura consciente de la construcción de una entelequia, de un cuerpo significativo particular, y la sensación y el deseo de llevar registro del tiempo que se nos va.
El palincesto nace en la confrontación con los diarios leídos de otros y comentados en tono reflexivo aquí, y también, de hecho, en la pasión manifiesta en estas páginas no sólo por la literatura sino también por la pintura y por la música a lo cual dedica no pocas páginas.
La intencionalidad del texto y el pensarse a sí mismo está referido directamente en la escritura:
"He tratado de mantener un equilibrio entre lo profesional y lo puramente literario. La idea es que esté a medio camino entre el diario y el ensayo". (p. 139).
En fidelidad a la dirección que el poeta ha dado a esta recopilación de su memoria hago referencia al cuaderno verde limón en el cual el escritor ha dejado correr su grafía, y finalmente al cierre solemne del volumen con el Salmo 119: "Bienaventurados los que guardan su testimonio/ Y con todo corazón le buscan;/ pues no hacen iniquidad/ Los que andan en sus caminos. Amén".
Laura Antillano. Narradora.
Foto: Vasco Szinetar
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