FRENTE AL RELATO DE LO QUE VAMOS SIENDO
Cuando cuenta la Historia

"Interesante, y hasta provocadora, esta idea de Verbigracia de estimular
un debate que, a mi modo de ver, está relacionada en última instancia
con la percepción que los venezolanos tienen de su historia, que no
de la Historia y, por supuesto, de sí mismos…", comienza por señalar Rafael Strauss antes de proseguir con la disertación que urdiera para otorgarle corporeidad al enunciado temático con el que Verbigracia conmemora cuatro años de existencia.
Cuatro años empeñados en auspiciar el intercambio de ideas
más allá del ámbito inmediato, en profunda resonancia con el horizonte internacional e irrenunciablemente consustanciados con el escenario venezolano. Entonces, ha sido propósito justo del suplemento pasar por el tamiz de la reflexión la noción misma que cada quien se ha hecho de la Historia porque, tal y como adelanta Tomás Polanco Alcántara: "La Historia la llevamos en el alma.
Nos sirve para enfrentar el presente y prepararnos para el pasado porque
nos muestra qué puede hacerse. Cuando la usamos así nos ayuda e impulsa. Cuando tratamos de torcerla el efecto negativo no se hará esperar".
Y es que "La gloria se escabulle. Aflora la frustración" como saldo
de "la obsesión por olvidar" que caracteriza a los venezolanos y a la luz
de la cual interroga Carlos Oteyza: "¿Qué nos impide reconocernos en un pasado común?".
Como memoria colectiva la aborda Manuel Caballero, alertando
en torno al culto "a nuestro dios laico, Simón Bolívar", del que "se busca derivar un fundamentalismo 'criollo'". Otro es el género del cuestionamiento
que avanza Ana Teresa Torres: "la polis femenina obtuvo carta de legitimidad pero ha sido dudosamente integrada". Sucede, devela Ruth Capriles,
que "La Historia de Venezuela ha sido víctima de la interpretación histórica"


El pasado es vivencia


Collage Víctor Hugo Irazábal

Interesante, y hasta provocadora, esta idea de Verbigracia de estimular un debate que, a mi modo de ver, está relacionada en última instancia con la percepción que los venezolanos tienen de su historia, que no de la Historia y, por supuesto, de sí mismos… El posesivo y el artículo tienen aquí mucho que ver, en tanto que en Venezuela pareciera sufrirse de lo que en antropología denominamos complejo étnico; es decir, que es casi un axioma que al venezolano le cuesta identificarse con su pasado porque en él parece que ve más fracasos que aciertos… O, en todo caso, ha prevalecido en la interpretación del pasado un rechazo insospechado y, por supuesto, preocupante, uno de cuyos resultados pareciera ser que nuestro pasado no nos pertenece, no es mío, no es nuestro… Cuando el venezolano del común -para usar una expresión fácil de comprender- interroga su pasado como nación, lo que suele encontrar es una ristra de acontecimientos políticos con los que apenas o nada se identifica… Y cuando intenta soslayar "lo político" lo que procura es indagar sobre otros aspectos de la cultura y lo que suele encontrar es un escenario constituido por vacíos, particularmente cuando compara lo que se tiene como el pasado de Venezuela con el de otras latitudes… Y aquí cobra sentido lo del artículo la que destacáramos en líneas anteriores, porque creo que si hay alguien ávido de saber de Historia, es el venezolano… Pero ¿qué tan capaz ha sido nuestro sistema educativo para satisfacer esa necesidad, para atender a esa evidente avidez? El venezolano, como todo ser humano, desea saber… Cuando gente consciente del valor educativo de la televisión reclama mejoras en la programación, lo que está sugiriendo es que los canales dispongan de más programas que el común denomina culturales… Y no es difícil entender lo que se está solicitando… Habría que preguntarse, por ejemplo, en qué radica el éxito sostenido de Vale TV…

Tendríamos que preguntarnos asimismo por qué los participantes de ese maravilloso programa de RCTV ¿Quién quiere ser millonario? tienden a fallar notoriamente en preguntas sobre Historia de Venezuela o sobre nuestra cultura popular tradicional o folklore… Por distintas razones, ahora más que antes se aprecia un preocupante desconocimiento de lo que históricamente nos pertenece…

Y es que nuestro pasado no sólo está montado sobre eventos y figuras de carácter político, sino que también está constituido por figuras y eventos ciertamente tan esenciales como los héroes pero que quizá sean más útiles que éstos para vincularnos sensible y humanamente con nuestro pasado… No en balde, recientes ediciones masivas encartadas en diarios de circulación nacional han venido indicando la apetencia que el venezolano siente y puede sentir por su historia y la necesidad que tiene de ella…

En términos de esta idea de Verbigracia afirmo sin ningún género de duda que el venezolano tiene disposición de integrar el pasado al presente, a su presente, a su constante ahora…, pero sólo en la medida en que se superen ciertos escollos que aún tienen demasiada fuerza… En este sentido, por ejemplo, tengo la certeza de que la disciplina histórica debería analizar sin temores la ortodoxia con la que ha asumido su quehacer y su objetivo, y acercarse de manera más humilde a otras áreas del conocimiento, como el antropológico, para evitar, entre otras cosas, sentirse descubridora de "nuevas áreas de investigación", como pomposamente denominan algunos historiadores venezolanos a lo que desde hace tiempo la antropología cultural y la etnohistoria han investigado y difundido como temática propia de su quehacer como disciplinas… Creo que nuestros historiadores están en la obligación de incorporar a su elenco tradicional otras áreas que nuestro pueblo vivió y cuyos ecos hemos estado recibiendo, en una continuidad que escasos estudiosos de nuestra historia han sido capaces de comprender, explicar y difundir… ¡Qué terribles resultan, por ejemplo, los más recientes resultados en la enseñanza de Historia en primaria y secundaria…! ¡Qué interesante, por ejemplo, el éxito de las novelas históricas de Francisco Herrera Luque, condenadas por el quehacer ortodoxo de nuestra historiografía…! Pensando en ellos cabría recordar la significativa cantidad de venezolanos, y de fuera, que se han acercado a buena parte de nuestro pasado sin tener que lidiar con los remilgos del llamado discurso histórico que enmarca la ortodoxia en historia… ¡Cuánto daño le han hecho a la investigación en historia los serruchos de la carpintería con la que se ha pretendido dotar al joven historiador…!

Por estos tejemanejes de circunstancia, el consumidor natural de los productos de la investigación histórica se ha visto relegado a los escalones más bajos del trabajo del historiador… Ganaríamos mucho si la disciplina histórica se enlazara de manera más fuerte y comprometida con la antropología y asumiera el carácter de totalidad con la que esta ciencia asume al hombre y su cultura… No en balde los países donde ambas disciplinas están emparentadas en enseñanza y oficio, luce diferente la vinculación del común con su pasado y su presente… Y es que la antropología tiene claro que la cultura no sólo se deriva de los componentes biológicos, ambientales y psicológicos de la existencia humana, sino también del componente histórico. Es indudable que la comprensión de esta especie de axioma facilitaría la vinculación de la Historia con las otras ciencias del hombre y de la sociedad, pero no en condiciones de disciplinas auxiliares…

Por razones de espacio, no abundaré en otras consideraciones…, pero sí en la idea de que en el venezolano prevalece una evaluación negativa de sí mismo y sus ansias de superar esta situación no lo hacen mirar con valentía su pasado, el pasado del país, pues lo que encuentra en ese escenario son contenidos que caracteriza como negativos… El natural deseo de superación lo induce a mirar y a usar lo inmediato, y en este escenario encuentra formas menos comprometidas, más fáciles… Tengo la impresión de que una manera de que el venezolano sienta una productiva vinculación con su pasado es poner la televisión al servicio de este objetivo… Todos recordamos el éxito de telenovelas históricas de hace algunos años… Y no olvidamos la saga de ciclos televisivos inspirados en la producción de novelistas como Rómulo Gallegos y Arturo Uslar Pietri, de gran contenido histórico y que calaron buenamente en la cotidianidad de Venezuela… Y más recientemente, el enorme éxito que están teniendo algunos sitios en la Internet que informan sobre nuestro pasado…

Creo, además, que así como se incentiva un acercamiento al pensamiento bolivariano, debería resultar indispensable que se motive a todos a la lectura y al análisis de la obra de venezolanos que desde diferentes momentos de nuestra historia legaron a Venezuela y al mundo su pensamiento, su doctrina… Mario Briceño Iragorry, Mariano Picón-Salas, Miguel Acosta Saignes, Fermín Toro, José Ignacio Cabrujas, Angelina Lemmo, Luis Beltrán Prieto Figueroa…y una ya inmensa y significativa cantidad de congéneres… Al fin y al cabo, las situaciones a las que ellos se enfrentaron y las soluciones que propusieron suelen ser, en esencia, las mismas que como seres humanos y como venezolanos vivimos… Creo que en la comprensión de estos legados podemos encontrar una manera de que los venezolanos incorporen su pasado a su presente para que sean capaces de elaborar posturas, de evaluar a sus gobernantes y de evaluar el papel que cada uno tiene o pueda tener en cuanto a su propio destino y al del país… El conocimiento de nuestro pasado tiene que dejar de ser privilegio de estudiosos… Me gustaría recordar una frase que escribí en 1983: la Historia no es caletre, es vivencia…

Rafael Strauss. Antropólogo



¿Podemos integrar el pasado al presente?


Ana María Mazzei / In Memoriam

Varias veces me he permitido mencionar que la Historia no se repite pero enseña.

Es frecuente que en un afán por buscar el sentido de lo que en un momento determinado está aconteciendo, no faltan personas que acuden al pasado, a la Historia, como a un oráculo, para adivinar lo que viene.

Quienes estamos dedicados a la Historia recibimos constantes preguntas que se nos hacen ya que, como supuestos sabedores de lo que aconteció, debemos serlo de lo que va a suceder.

También observamos que hay épocas de angustia por el porvenir, en las cuales el interés por la Historia se incrementa.

Es mayor el número de publicaciones históricas y la cantidad de personas que se autodenominan historiadores.

A través de nuestra evolución mostramos un serio interés por la Historia. Lo que pasa es que se nos olvida una realidad importante. Nuestra población ha sido pequeña pero grande el porcentaje de analfabetos y de alfabetizados incultos. Afortunadamente la minoría que sí tuvo acceso a la cultura y a la educación, se preocupó por la Historia.

Cuando en 1888 fue creada la Academia Nacional de la Historia ya existía una bibliografía histórica, obra de distinguido grupo de venezolanos. El trabajo siguió adelante.

Recordemos la obra de don Feliciano Montenegro y Colón, la Historia Universal de Juan Vicente González, los libros de José María Rojas, las ediciones de Arístides Rojas, los estudios de Felipe Tejera.

Además, desde la reforma de 1827 en los programas universitarios estaba incluida la Historia con las modalidades entonces usadas. No se olvidaba la gran Historia de Venezuela de don José de Oviedo y Baños, la obra de Gumilla, el libro de Francisco Javier Yánez, la bella historia de Rafael María Baralt.

Nuestra población culta, desgraciadamente escasa, estaba formada a su manera en la Historia.

Vinieron después importantes trabajos y sobre todo el incremento de las normas sobre enseñanza de la Historia en toda las etapas educativas. Aparecen grandes colecciones, como las Memorias de O'Leary, los documentos de Blanco y Azpúrua, los Anales de Venezuela. Se publican obras de importancia como los estudios de Lisandro Alvarado, José Gil Fortoul, Francisco González Guinán.

La reforma propugnada durante la presidencia de López Contreras, por su ministro Arturo Uslar Pietri acompañado de figuras insignes de la enseñanza, por ejemplo Augusto Mijares, lleva adelante una extraordinaria transformación positiva al imponer la enseñanza cuidadosa de la Historia en tres años de educación secundaria y todos los años de primaria.

El joven venezolano supo bastante de su propia historia.

Esa tendencia fue apagada poco a poco, primero reduciendo los años de enseñanza, luego el tiempo de dedicación a la Historia, por último fundiendo la Historia con otras ramas de la enseñanza.

El joven venezolano supo entonces cada vez menos de su propia historia.

Todo se acaba. Por fin el público reaccionó. La gente por su propia cuenta se preocupó por la Historia. Vino la protesta, la negativa a dar respuesta, la insistencia en el error hasta que pudo caer la muralla como le pasó a las de Jericó y al muro de Berlín.

No podemos estar tranquilos ni satisfechos. La Historia debe enseñarse con objetividad para que se sepa lo que pasó y no lo que se quiere que haya pasado. La Historia debe enseñarse completa, íntegra, haciendo ver lo bueno y lo malo de nuestra evolución.

A los venezolanos les agrada su historia. Quizá don Eduardo Blanco nos mostró una epopeya y no una historia pero también el ser humano requiere de emoción.

Quizá muchos de quienes se ocupan de escribir Historia y enseñarla han silenciado a importantes venezolanos que no coinciden con su corriente ideológica. Pero ello permite la reacción.

Al venezolano le gusta buscar enseñanzas en la Historia. Hay mucho que puede aprender en ella.

Por de pronto que se requiere más entendimiento que enfrentamiento. Bolívar lamentaba al final de sus días no haberse entendido con Piar, con Santander, con Padilla.

Además enseña que el valor supremo debe ser la paz. Bastante nos costó en vidas y en sangre luchar a muerte por causas secundarias.

La Historia nos hace ver la importancia de ser tolerante además de cuidadoso con el adversario político. Aniquilarlo o tratar de hacerlo traerá la inevitable represalia.

La Historia nos muestra el efecto positivo de la dedicación al servicio de la Patria. Ningún ejemplo mejor que los honores del Panteón para aquellos venezolanos que han prestado servicios eminentes al país.

La Historia no admite ser utilizada en provecho particular de nadie. Quien lo haga, tarde o temprano pagará un precio muy alto.

La Historia nos muestra a los héroes como maestros para todos y por tal motivo hay que verlos con el más profundo respeto. Hizo bien Juan Vicente Gómez cuando no quiso aceptar que su figura fuese colocada en las monedas en lugar de la del Padre de la Patria. Hizo bien Raúl Leoni con la Ley que promulgó que prohíbe el uso del nombre del Libertador y sus títulos para hacer política o ganar dinero.

La Historia enseña al venezolano que el pasado, el presente y el futuro forman una unidad que no puede romperse. Lo que se hizo, en bastante influye en lo que se está haciendo y lo que estamos haciendo afectará a lo que podrá hacerse mañana.

La Historia nos muestra la necesidad de buscar la democracia para que los derechos del hombre sean respetados, la libertad sea efectiva, la educación una realidad y la justicia un valor vigoroso.

La Historia no es un ciclorama que se use en un teatro para proyectar fantasías que sirvan de fondo a la trama.

La Historia es el ambiente que respiramos, la sangre que nos da vida, el alimento que nos nutre.
La Historia la llevamos en el alma. Nos sirve para enfrentar el presente y prepararnos para el pasado porque nos muestra qué puede hacerse.

Cuando la usamos así nos ayuda e impulsa. Cuando tratamos de torcerla el efecto negativo no se hará esperar.

Tomás Polanco Alcántara. Escritor

 


 

La obsesión por olvidar


Sin título
/ Ana María Mazzei

Si en algo pareciera que estamos de acuerdo los venezolanos, es en aceptarnos como una nación obsesionada por olvidar. Olvidamos mucho, casi todo, y nos consolamos pensando que somos un pueblo de futuro. Si no fuese por la gesta independentista, aceptada más como versión tropical de las sagradas escrituras, que como hecho histórico nutrido de contradicciones, no tendríamos un ayer de dónde sujetarnos. ¿De dónde nos viene esta flojera de mirar hacia atrás? ¿Qué nos avergüenza? ¿A qué le huimos incesantemente? Son preguntas que no dejan de inquietarme.

Sin embargo, se me podría argumentar que biografías de Juan Vicente Gómez y de otros personajes nacionales han sido éxitos de ventas en nuestras escasas librerías, y que, en su momento, telenovelas de temas históricos recibieron un enorme respaldo. Y es verdad. Pero me refiero no a la curiosidad por la anécdota, por las patologías, para la que siempre habrá hambre, sino a esa disposición de sentirse parte de un continuo proceso de convivencia en un espacio geográfico llamado hoy Venezuela. ¿Qué nos impide reconocernos en un pasado común? ¿ Qué beneficios hemos logrado asumiéndonos constantemente como generación espontánea y sin raíces? ¿Por qué somos capaces de reconocernos en nuestros abuelos, pero al salir por la puerta de la casa todos nos transmutamos en huérfanos históricos?

Lamento no tener respuestas, ni atreverme a sugerirles alguna con convicción. Pero nada nos impide observar con precaución cómo desde el poder se ha mantenido, a lo largo de nuestra vida republicana, un constante discurso que nos induce sin desvíos a la orfandad y sus consecuencias. Este discurso se traduce en una constante descalificación del pasado nacional y en una oferta supuestamente novedosa: la de iniciar, ahora sí, la histórica y fallida tarea de encaminarnos hacia el sendero de la gloria, camino que abandonamos al truncarse el sueño de Bolívar.

Para testimoniar lo dicho anteriormente, veamos, por ejemplo, cómo se materializa este discurso en tres momentos que arropan al siglo XX.

-En su primera alocución en la ciudad de Caracas, el 24 de octubre de 1899, el recién llegado al poder, general Cipriano Castro, asegura que "se ha inaugurado un Gobierno que es el renacimiento de la República y cuyo programa puede sintetizarse así: nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos". Este emblemático programa de Gobierno marca contundentemente el discurso político de Castro, y todavía hoy no ha perdido actualidad. Es un renacimiento, una nueva esperanza que se le abre al país y en la que todo será nuevo, hombres, ideales y procedimientos. Nada pareciera rescatable para Castro, ya que sólo valora lo que vendrá. Días antes había dicho: "Esta Revolución Liberal Restauradora hará la felicidad de la Patria"… "Vamos a restablecer el respeto a la ley… acabando para siempre con los poderes arbitrarios y con los odios banderizos". Para Cipriano, su llegada al poder se realiza "en medio de un verdadero naufragio" que reclama "no ya un experto piloto" sino "un salvador". "Estamos -dice Castro- frente a la Revolución más justa y necesaria de nuestras contiendas civiles", e invita a cubrir "con un manto de olvido y de clemencia nuestros desaciertos pasados". "La situación era desastrosa en todos los sentidos; pero en el orden económico no se puede tener idea de su tristeza sin haberla palpado". Luego justificará las reformas constitucionales, porque su gobierno representa "el renacimiento de la República sobre bases sólidas é inconmovibles, tal como la soñaron sus egrarios fundadores". En fin, en su discurso no hay un ápice de continuidad, "la situación era desastrosa", y en su oferta, los cambios constitucionales se justifican porque la República renace con su gobierno y será semejante a la que soñaron los fundadores.

-A mediados del siglo pasado, un gobierno que se presenta como revolucionario toma un 18 de octubre, el poder. En un comunicado del día 19, anuncia que hará enjuiciar como reos de peculado "a los personeros más destacados de las administraciones padecidas por la República desde fines del pasado siglo". Advierte que el general López Contreras y el general Medina Angarita tendrán que "devolver a la Nación y al pueblo lo que le usurparon mediante el deshonesto manejo de los dineros públicos". Medio siglo de historia reducido rápidamente al ladronismo. Igualmente, la Revolución Popular y Democrática denuncia "la inmoralidad administrativa y la despreocupación ante los problemas públicos que secularmente han venido caracterizando a los gobiernos venezolanos". Frente a este panorama no es de extrañar que el comunicado termine diciendo que es la hora "en que la nueva Venezuela afirma su voluntad de hacer historia". Días más tarde, el presidente de la Junta de Gobierno, Rómulo Betancourt, confirma que "se realizó hace apenas doce días una revolución política y social llamada a enderezar el torcido rumbo que venimos trajinando desde los mismos días iniciales de nuestra era republicana". No bastaba con darles lecciones de moral a López y a Medina, sino que había llegado el momento de enderezar lo que había crecido torcido; es decir, todo el episodio republicano. Y ¿de qué nos habíamos separado? En su discurso radial al pueblo del Táchira, en diciembre del 45, Betancourt declara: "Estamos ajustándonos, pues, a la tradición de honestidad administrativa que nos legó un hombre que, después de dominar y gobernar en toda América, murió pobre". Estábamos una vez más comenzando a retomar el camino señalado por el hombre que murió pobre.

-Los discursos que desde diciembre de 1999 venimos oyendo, están todavía frescos en la memoria de los lectores. Pero para ser fieles a la metodología utilizada en este escrito, citaremos textos presidenciales que la televisión encadenada no ha parado de difundir: "Hemos asumido esta tarea inmensa, dura tarea, de rescatar la Patria". "Rescatarla del desastre en que la han sumido en estos últimos años". "Venezuela está resucitando, se está levantando una Patria nueva". "Venezuela viene saliendo de esa noche terrible". Son múltiples los discursos que nos llevan al mismo punto; de nuevo alguien rescata a la Patria de su perdición; Venezuela renace otra vez. A pesar de que la Constitución de 1961 allanó el camino para que Chávez llegara a Miraflores, sin recurrir a la violencia, el Presidente fue incapaz de reconocerlo y como evidencia quedó su juramento: "ante esta moribunda Constitución". El discurso presidencial se repite: "Venezuela será digna de nuevo. Venezuela será gloriosa de nuevo". Se entiende que cuando se alude a la gloria, es en la que una vez vivimos y a la que debemos volver. El presidente Chávez no agota a Bolívar y gusta citarlo al terminar sus discursos, como en el de los primeros 100 días de gobierno: "…no descansaremos hasta que veamos a Venezuela verdaderamente como la soñamos, digna, próspera, gloriosa". Finaliza el siglo y de nuevo otro gobierno "revolucionario", nos promete la gloria perdida.

No podemos responsabilizar al discurso político por nuestra incapacidad de pensarnos históricamente. Otras razones de envergadura deben ayudar. Pero no deja de sorprender cómo estos hombres, de ideas y tiempos diferentes, excusan sus tareas de gobierno como una labor de redención, que se inicia con ellos, que excluye al resto de nuestro proceso histórico y nos aseguran, si los seguimos, devolvernos la virginidad perdida de la nación.

La obsesión por olvidar nos conduce a andar en círculos (ciclos históricos han dicho), que no terminan nunca de cerrarse exitosamente. La gloria se escabulle. Aflora la frustración. Viejos caminos aparecen y nuevos salvadores ofrecen sus sueños, que entusiasman por su equívoca novedad.

Pero a pesar de nuestra frágil memoria, un país menos glorioso y más imperfecto está en marcha, dejando una huella difícil de borrar, aunque el discurso del poder ignore su presencia.

Carlos Oteyza. Cineasta e historiador


 

La tradición femenina

¿Cómo han sido las relaciones entre la mujer y la Historia en Venezuela? ¿Por qué vías las venezolanas han ingresado en lo público? ¿En qué zona se han situado las voces femeninas en la larga espera de un siglo XXI? Françoise Collin (1996) señala que "existe y no existe, simultáneamente, una historia de las mujeres independiente de la historia general: hay que mantener a la vez estas dos verdades". Este paralelismo es una noción fascinante para leer estas relaciones en tanto la historia, lo público y el poder han conformado un triángulo de evicción universal del sujeto femenino. En Venezuela pareciera como si súbitamente, hacia los años ochenta, nos apercibimos de la gran cantidad de mujeres gerentes de banco, ejecutivas, comerciantes, profesionales high-tech y no solamente madres y maestras. ¿Cómo salieron de la intimidad? ¿Cuándo se hicieron costumbre los nombres femeninos en los congresos, los libros, la prensa, la televisión? Fue un fenómeno silencioso, una insurgencia clandestina, pero sobre todo ignorada. Pocas han sido las preguntas acerca de la historia de la mujer en Venezuela; Inés Quintero (1998) se refiere a esta ausencia como "los rastros olvidados que se encuentran dispersos y sumergidos entre los escombros del pasado y que no han sido identificados, seleccionados ni registrados a la hora de reconstruir y ordenar los datos de nuestra memoria". Pocos son los investigadores sociales que han detenido su interés en la condición femenina; escasos los estudios de género en la academia. Todo se ha dado por sentado; naturalizado y en esa medida ocultado. Pero esa ausencia de mirada hacia lo femenino no es solamente un asunto de retrospectiva, es también un déficit de lectura que sigue en el futuro de una historia irresuelta. Comenzaré por la que he vivido.

Cuando nací, en 1945, las mujeres no tenían derecho a elegir al presidente de la República; lo hicieron por primera vez en 1947 cuando fue electo Rómulo Gallegos. En mi juventud, aproximadamente un tercio de la matricula universitaria era femenina pero era muy difícil (por no decir humillante) que las mujeres entrasen "solas" a los establecimientos "decentes". "Solas" era sinónimo de prostitutas. La generación sesentista se movió al paso de las transformaciones de la época pero pagó el precio de la doble moral. Cuando me casé, en los años setenta, las mujeres no podían administrar la comunidad conyugal, ni fijar el domicilio compartido, ni reclamar la paternidad de un hombre casado, ni detentar la patria potestad salvo en casos extremos, hasta la modificación del Código Civil de 1982 que logró la Federación Venezolana de Abogadas. En ese tiempo trabajé como psicóloga en varias instituciones públicas, entre ellas, la Maternidad Concepción Palacios. Allí aprendí que el matrimonio para la mujer pobre era más amenaza que seguridad; que la esterilización voluntaria, y aun el uso de ciertos anticonceptivos, requería la aprobación del marido o concubino; que todas las mañanas se escuchaba el sonido de una ambulancia o la corneta de un taxi que traía a una joven que se "había metido una aguja"; y que en el embarazo precoz se hacían evidentes no sólo la absoluta ignorancia acerca de su cuerpo sino el incesto y la violación.

A lo largo de muchos diálogos y encuentros públicos y privados, he destacado que la historia de la mujer en Venezuela es ampliamente desconocida cuando no vista desde la burla o la indiferencia, incluso por las interesadas. Predomina una cierta resistencia a compartir la "humillación del género", más fuerte aún en las ilustradas porque para ellas es más difícil admitir la subalternidad y minoridad representativa que -salvo en algunos santuarios- es muy visible en nuestra vida social. Retomemos aquí algunos de sus momentos.

Acertadamente Márgara Russotto (1997) titula de "discursos sumergidos" la formación inicial del discurso femenino en el siglo XIX hispanoamericano. Refiriéndose a la especificidad venezolana en el período colonial, afirma: "La venezolana no fue cortesana, ni mística ni monja ilustrada, sino sobre todo mediadora de civilización". Las reformas liberales y el impulso modernizador se inician en Venezuela a partir de 1870, en el gobierno de Guzmán Blanco. Señala Enrique Nóbrega (1997) que "llegaron tarde […] debido a distintos procesos político-militares, y sobre todo, a las largas dominaciones personalistas del poder"; dentro de los intereses de las nuevas clases que se originaron en torno a un Estado moderno-liberal, la mujer ingresó en la función pública como el eje de la estabilidad familiar; es decir, se reconocía su importancia en el proceso de construcción de la nación pero, al mismo tiempo, era necesario mantenerla en un estado de minoría legal. En la total oscuridad que envuelve la voz de la mujer durante el siglo XIX, los primeros intentos por vincularse a lo público surgen a través de la cultura, dentro de esa tradición mediadora. Relevante importancia tuvieron las falconianas Virginia Gil de Hermoso y Polita De Lima cuando hacia los años 1880 fundan en Coro las Sociedades Alegría y Armonía para producir actividades culturales dirigidas a los jóvenes; nomenclaturas, por cierto, muy elocuentes si tomamos en cuenta el ambiente bélico-heroico de su época. Fundan revistas, publican novelas, poemarios, obras de teatro, y emprenden iniciativas que repercuten en la instrucción y urbanidad de esa Venezuela de paisaje profundamente masculino y épico que todavía exaltamos. Los nombres de muchas mujeres que actuaron y escribieron en ese período ocupan un insignificante espacio en los registros, mas las pequeñas marcas que dejaron en el monumento de la Historia dibujan, precisamente, la huella de aquello que es "memoria de lo innombrable" frente a la marca de la "historia de lo que se nombra" (Collin, 1995).

En los largos primeros treinta años del siglo, aun cuando escenario de radicales transformaciones económicas, la inscripción de la mujer continuó bajo los presupuestos decimonónicos y dentro del proyecto de un régimen dictatorial en el que impera la moral nacional de "hacer patria". María Teresa Castillo lo expresó lúcidamente en una entrevista: "Para Gómez, la mujer no existía". Sorprendentemente, durante los años de transición hacia la democracia surge una generación de mujeres que conforman lo que podríamos llamar la génesis de la polis femenina. Son las protagonistas del primer intento por introducir lo femenino excluido y minorizado en lo público y político, tanto en lo que se refiere a los derechos civiles como en el campo literario, porque son en una gran mayoría escritoras y periodistas: Ada Pérez Guevara, Lucila Palacios, Irma De Sola, Rosa Virginia Martínez, Alida (Pomponette) Planchart, Blanca Rosa López Contreras, Ofelia Cubillán, Luisa del Valle Silva, Ana Senior, Carmen Clemente Travieso. Pocos días después de la muerte de Gómez, dirigieron una carta pública al general Eleazar López Contreras solicitando protección social y mejoramiento de las condiciones de mujeres y niños. Inmediatamente fundan la Asociación Venezolana de Mujeres con el propósito de alfabetización y educación de las mujeres, y la Agrupación Cultural Femenina; desde ellas extienden formal petición de modificación del Código Civil exigiendo la personalidad jurídica plena de la mujer, lo que fue parcialmente atendido en 1942 y logrado en 1947. En 1940 se realizó en Caracas la Conferencia Preparatoria del Primer Congreso Venezolano de Mujeres, en el que participaron, además de varias de las mencionadas, Gloria Stolk (1912-1979) y Antonia Palacios (1904-2001), quien la presidió. Podríamos leer esta vinculación entre escritura y política desde la experiencia de la auto expresión. Es porque estas mujeres escriben que requieren una vinculación con el espacio social; es al comprender los cercos de su existencia y el anonimato de su subjetividad que requieren de la escritura.

En todo caso, su acción paralela y solitaria adviene en diálogo con un país que se planteaba un Estado moderno, civilista, democrático; evidentemente el primer momento de nuestra historia en el cual la mujer como sujeto subalterno tiene la posibilidad de iniciar la transición desde la minoridad hacia la legitimidad ciudadana. Probablemente la olvidada novela Tierra talada (1937) de Ada Pérez Guevara sea el texto emblemático. Al examinarla dice Russotto (1998): "Sin embargo, detrás de ese desconocimiento o desdén e ignorancia, está el testimonio de un momento particularmente efervescente de la historia y la cultura venezolana que quizás no ha sido considerado lo suficiente". Cierta disolución sigue a este proyecto. En ello sin duda opera la secuencia de una nueva dictadura nacionalista y militarista, y cuando se producen las libertades democráticas, el espíritu generacional de estas mujeres ha pasado. En 1975 se celebrará ese Primer Congreso para el cual se preparaban en 1940 y entonces el homenaje rendido adquiere los tonos de un nostálgico momento.

A partir de los años sesenta y continuadamente hasta el presente, grupos y organizaciones han seguido actuando; a veces aprovechando coyunturas políticas, otras en el paralelismo silencioso, en la restauración de una equiparación que no puede hacerse sin visión de género. "Hablar de ciudadanía hoy en un país como Venezuela no puede limitarse a la clásica abstracción universalizante de ejercicio de los derechos y deberes de los cuales cada individuo es portador en la sociedad moderna. Esto sabemos que no es así. Lo primero que consideramos es que la ciudadanía no es universal ni abstracta, porque los seres humanos no somos ciudadanos iguales, aunque el derecho así lo establezca", afirma Magally Huggins. Hasta 1998 la violencia contra la mujer no fue un delito -aun hoy persisten en el Código Penal elementos remanentes del Código de 1926 que no han sido puestos al día con la Ley sobre la Violencia contra la Mujer y la Familia. A igualdad de capacitación no se sigue igualdad de salario. El imaginario mediático continúa presentando a la mujer de modo degradado. El derecho a su cuerpo es un asunto espinoso, particularmente para la mujer pobre.

Las decimonónicas comenzaron abriendo espacios de educación y cultura; las de los años treinta pidiendo protección para los más vulnerables; las democráticas luchando con la tradición patriarcal que -sin distingos políticos- entorpeció y demoró las reformas legislativas que benefician a todos. ¿Por qué en Venezuela, entonces, se considera Historia la que habla de batallas, triunfos políticos y otras ilusiones del poder y se invisibiliza la tradición femenina?: la que nos habla del cuido de lo pequeño, lo cotidiano; de la mediación civilizatoria a pesar de la violencia. Ciertamente, la polis femenina obtuvo carta de legitimidad pero ha sido dudosamente integrada.

Ana Teresa Torres. Narradora y ensayista



Trasfondo y memoria


Collage
Víctor Hugo Irazábal

Hace algunas semanas se me pidió, para una entrega especial de Verbigracia, un ensayo sobre la Historia de Venezuela asumida como telón de fondo del acontecer nacional. Como buen periodista, acostumbrado a sufrir que la actualidad nos alcance y a veces nos sobrepase; y como buen venezolano acostumbrado a dejar todo para última hora, dejé pasar el tiempo y he aquí que debo escribir bajo el tremendo impacto de un acontecimiento que tuvo lugar fuera de nuestras fronteras, el horrible atentado terrorista en los EEUU. Y es imposible dejar de ligar ambas cosas, y no sólo por el petróleo, como muchos están tentados de pensarlo, o lo han dicho.

En el momento en que escribimos, queda poca duda de que los autores sean fundamentalistas islámicos (y no árabes musulmanes, como hasta el propio presidente Bush lo ha dejado claro al asistir a la oración en una mezquita norteamericana).

El origen religioso de esos terroristas suicidas nos lleva a plantear sus motivaciones y también el apoyo apenas embozado que están recibiendo entre las masas del Islam; y ambas cosas tienen como trasfondo la Historia, vista no sólo como el acontecer o el desarrollo de las sociedades sino también como la percepción de esa Historia; es decir, esa memoria colectiva que no necesita ser letrado para llevarla como quien dice en las venas.

Cuando algunos dirigentes islámicos hablan de la Jihad o Guerra Santa, siempre tienen presente el enfrentamiento inicial del Islam, que no fue, como lo repite hasta la saciedad el Corán, contra los politeístas, sino en los hechos, en lo concreto, casi se podría decir en lo diario sobre todo en el Medio Oriente, contra los cristianos (que para las mentes menos sutiles era una forma de politeísmo, por aquello de la Santísima Trinidad). En las palabras que se emplearon desde entonces, y en particular desde las Cruzadas, entre la Cruz y la Media Luna.

Viéndolo desde la tradición, la historia, la percepción y hasta la simple fe de los musulmanes, se trata de una guerra que tiene ya mil quinientos años, de los cuales, léase bien, en mil cien de ellos fue triunfador el Islam.

Pero lo que más nos interesa, porque podemos luego ligarlo con la situación venezolana, es el hecho de que en los países del Islam, al revés de lo que sucede en buena parte del mundo (y no "en Occidente", porque eso incluye realidades tan diversas como Europa, EEUU, Rusia, China Japón e India, sin olvidar América Latina) no se ha producido una separación entre religión y política, entre la Iglesia y el Estado. Así como, sostenía Renan, no existe en las lenguas semíticas una sola frase que no contenga el nombre de Dios (Alá, Eloim, o sea El), así sucede en política como es lógico suponer. De modo que, por muy laica que pueda ser su formación, ningún líder político árabe decide tal o cual política, sino que al ponerla en palabras, es la voluntad de Alá quien la decide. Eso introduce siempre un elemento imponderable (sin dejar de ser por ello incuestionable) y pasional, la fe religiosa. Es decir, que el Islam no ha conocido hasta ahora un Maquiavelo que separe las dos nociones. Es entonces tierra abonada para el fanatismo, el fundamentalismo (aunque éste existe en todas partes, en todas las religiones): cualquier gobernante, cualquier líder político, puede pretender que él, y él solo, representa la voluntad de Alá.

¿Y qué tiene todo eso que ver con Venezuela, y con su historia? Mucho más de lo que podría suponerse. En nuestro país, bastante indolente en materia religiosa, existe desde hace años un culto sustitutivo que siendo en su origen espontáneo, ha sido manipulado y utilizado por el poder. Los gobiernos menos democráticos, y las francas tiranías (Gómez en primer lugar) han pretendido que la fuente de su legitimidad reside en el mandato del Libertador desde la sombra del Panteón. Eso quedó expresado en una famosa frase del presidente Chávez, según la cual en la Fuerza Armada "mandamos Dios, Bolívar y yo".

Alguna vez calificamos la actitud de esos gobiernos como una hierofanía invertida. Si en las hierofanías orientales cada acto, cada gesto, cada palabra nuestra en la Tierra corresponde a una acción, un gesto, una palabra de un ángel en el Cielo, aquí la cosa es al revés, y cada acto del gobernante terrestre comanda las acciones del Bolívar en el otro mundo. Lo peligroso es que, establecida la separación entre la Iglesia y el Estado, se trata de lograr una nueva confusión, al través del culto a nuestro dios laico, Simón Bolívar. De allí deriva, o se busca derivar, un fundamentalismo "criollo", por llamarlo así. Con todas sus consecuencias, algunas de ellas potencialmente criminales.

Manuel Caballero. Ensayista y periodista



De la interpretación histórica


La Historia de Venezuela ha sido víctima de la interpretación histórica. Ha sido mal contada, parcialmente contada, distorsionada, incluso expurgada. Grandes injusticias han sido cometidas contra ella. Se la pretende usar para justificar el dominio del victorioso, para tratar de olvidar a los muertos, para sobresalir de las ruinas de la destrucción.

Pues la idea de la Historia es también histórica; fenómeno espacio temporal específico, peculiar de cada momento y lugar. Depende de la disposición o resistencia al cambio; el sentido de la continuidad; la importancia dada al origen o a los propósitos humanos.

Epocas hay cuando la Historia es toda futuro porque se está orgulloso o abochornado del pasado. Son tiempos y lugares para construir.

Los sentimientos progresistas suelen seguir a grandes conflagraciones, siendo quizá reacción comprensible cuando el hombre se cansa de matar y morir. Entonces la voluntad humana lleva una idea del presente proyectado al futuro.

Las grandes revoluciones tecnológicas también parecen producir este sentimiento de potencia creadora que visualiza el futuro como una región inmensa a conquistar. Si una sociedad cree que hay futuro para el desenvolvimiento de sus formas de hacer y pensar, entonces progresará en ese sentido y usará su pasado para propulsarse hacia el futuro.

Los años cincuenta del siglo XX produjeron esa idea del presente lleno de posibilidades futuras; llevada seguramente del ánimo de reconstrucción de postguerra tanto como por el ímpetu tecnológico que nos permitió olvidar el pasado y pensarnos como futuro.

Otros tiempos parecen signar la destrucción; se cierra el futuro y no hay historia que contar; se ahoga la identidad con la culpa ancestral y no hay esperanza señera de vida buena. Todo mal es culpa de otro. Entonces, el hombre vive como ausente; atraviesa un lapso de vida sin idea de continuidad, de acumulación, de identidad generacional.

La memoria obliterada por doctrina o poder recuerda apenas momentos escogidos como convenientes: Bolívar, Zamora, Pérez Jiménez son escasos hitos de esa historiografía que hoy pretende borrar los méritos y acentuar las culpas de otros para justificar la revolución.

El discurso histórico quiere borrar memoria pero en realidad nos aferramos a las formas asumidas en el pasado. ¡Cuán conservadores somos! ¡Nos cuesta tanto cambiar!

La narrativa republicana original quiso borrar la herencia colonial y enfatizar la gesta por la Independencia. Pero de hecho las formas republicanas calcaron sobre las formas coloniales.

En la segunda mitad del siglo XIX, los venezolanos quisieron modernizar la tradición republicana pero vivieron en la añoranza del imperio. De nuevo el discurso se afincó en la gran gesta de Bolívar para olvidar los más recientes eventos de sangre y fratricidio, para acallar la Guerra Federal.

El comienzo del siglo XX pretendió detener la Historia encerrándola en mazmorras y confiscando los bienes de la libertad. La narrativa, aun magistral, se volvió alabanza envilecida por el servilismo. Bolívar, Páez y Gómez, fueron los héroes resaltados por la historiografía. Luego la democracia hizo la Historia a su manera inspirándose en las glorias que la tortura y la prisión confirieron a una generación. Hoy repiten el abuso a nuestra historia al pretender borrarla y reducirla a dos períodos inconexos: la independencia y la pretendida "revolución pacífica" actual.

Si una sociedad borra su pasado se encontrará en dificultades para avizorar su futuro, terminará por sentirse al fin de la Historia. En los períodos revolucionarios es usual intentar destruir la memoria del período inmediatamente anterior, retrotrayéndose a algún momento originario percibido como idílico. Y suele suceder que a períodos llamados "revolucionarios" sigan períodos muy conservadores, que intentan regresar a épocas anteriores o, cuanto menos, desacelerar el cambio percibido como progreso.

La sociedad presente, local y global, tiene contradictorias visiones de la Historia. Las múltiples y simultáneas revoluciones tecnológicas abren el futuro en infinitas direcciones; a la vez, la humanidad tiene la percepción de agotamiento de los recursos y de que no es posible seguir "progresando" indefinidamente. Aparecen llamados dramáticos a "conservar" recursos y guardarlos para generaciones futuras. Surge incluso un autor, Fukuyama, que se atreve a cantar el "fin de la historia", agotada en la forma política de la democracia.

No obstante, el fin de la Historia avizorado hoy por la humanidad no proviene de la perfección de la democracia sino, justamente, de la imposibilidad de que exista una forma de organización política hegemónica. El llamado "choque de civilizaciones" produce una idea catastrófica y apocalíptica de la Historia.

Hace rato que los venezolanos nos sentimos llegados a un callejón sin salida. Todo lo que hicimos en el pasado fue declarado mal hecho, inútil. La forma democrática desarrollada es modelo descontinuado. La forma económica es socialmente autodestructiva.

Porque se había terminado la Historia en Venezuela emigraban los venezolanos buscando futuro. Repentinamente, también el mundo global parece llegar al final del camino. No hay lugar seguro donde se pueda crecer, obtener prosperidad y la paz del trabajo y del consumo.

¿Volveremos ahora al destino local y parroquial? ¿O nos jugaremos la suerte del mundo global?
Quizá todo dependa de dónde prenda el espíritu libre y constructivo del futuro; allí donde esté abierto el extremo temporal humano hacia la utopía; allí donde prenda la voluntad del quehacer humano para la paz y la dulzura del comercio; allí donde sea mayor beneficio la paz que la guerra; allí donde exista tanta voluntad de hacer bien que genere la esperanza de que existe alguna equivalencia entre las eternas fuerzas del mal y bien.

Allí seguirá persiguiendo el hombre la excelencia en el ser y el quehacer.

Ruth Capriles. Politóloga e historiadora

N° 1 Aņo V
Caracas, sábado 06 de octubre
de 2001
 
 

Frente al relato de lo que vamos siendo
Cuando cuenta la Historia

El pasado
es vivencia

(Rafael Strauss)

¿Podemos integrar el pasado
al presente?

(Tomás Polanco Alcántara)

La obsesión
por olvidar

(Carlos Oteyza)

La tradición femenina
(Ana Teresa Torres)

Trasfondo
y memoria

(Manuel Caballero)

De
la interpretación histórica

(Ruth Capriles)

 
 

 
 
 

 

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