FRENTE
AL RELATO DE LO QUE VAMOS SIENDO
Cuando cuenta la Historia
"Interesante,
y hasta provocadora, esta idea de Verbigracia de estimular
un debate que, a mi modo de ver, está relacionada en última
instancia
con la percepción que los venezolanos tienen de su historia,
que no
de la Historia y, por supuesto, de sí mismos
",
comienza por señalar Rafael Strauss antes de proseguir
con la disertación que urdiera para otorgarle corporeidad
al enunciado temático con el que Verbigracia
conmemora cuatro años de existencia.
Cuatro años empeñados en auspiciar el intercambio
de ideas
más allá del ámbito inmediato, en profunda
resonancia con el horizonte internacional e irrenunciablemente
consustanciados con el escenario venezolano. Entonces, ha sido
propósito justo del suplemento pasar por el tamiz de la
reflexión la noción misma que cada quien se ha hecho
de la Historia porque, tal y como adelanta Tomás Polanco
Alcántara: "La Historia la llevamos en el alma. Nos
sirve para enfrentar el presente y prepararnos para el pasado
porque
nos muestra qué puede hacerse. Cuando la usamos así
nos ayuda e impulsa. Cuando tratamos de torcerla el efecto negativo
no se hará esperar".
Y es que "La gloria se escabulle. Aflora la frustración"
como saldo
de "la obsesión por olvidar" que caracteriza
a los venezolanos y a la luz
de la cual interroga Carlos Oteyza: "¿Qué nos
impide reconocernos en un pasado común?".
Como memoria colectiva la aborda Manuel Caballero, alertando
en torno al culto "a nuestro dios laico, Simón Bolívar",
del que "se busca derivar un fundamentalismo 'criollo'".
Otro es el género del cuestionamiento
que avanza Ana Teresa Torres: "la polis femenina obtuvo carta
de legitimidad pero ha sido dudosamente integrada". Sucede,
devela Ruth Capriles,
que "La Historia de Venezuela ha sido víctima de la
interpretación histórica"
El
pasado es vivencia

Collage
Víctor Hugo Irazábal
Interesante,
y hasta provocadora, esta idea de Verbigracia de estimular
un debate que, a mi modo de ver, está relacionada en última
instancia con la percepción que los venezolanos tienen
de su historia, que no de la Historia y, por supuesto, de sí
mismos
El posesivo y el artículo tienen aquí
mucho que ver, en tanto que en Venezuela pareciera sufrirse de
lo que en antropología denominamos complejo étnico;
es decir, que es casi un axioma que al venezolano le cuesta identificarse
con su pasado porque en él parece que ve más fracasos
que aciertos
O, en todo caso, ha prevalecido en la interpretación
del pasado un rechazo insospechado y, por supuesto, preocupante,
uno de cuyos resultados pareciera ser que nuestro pasado no nos
pertenece, no es mío, no es nuestro
Cuando el venezolano
del común -para usar una expresión fácil
de comprender- interroga su pasado como nación, lo que
suele encontrar es una ristra de acontecimientos políticos
con los que apenas o nada se identifica
Y cuando intenta
soslayar "lo político" lo que procura es indagar
sobre otros aspectos de la cultura y lo que suele encontrar es
un escenario constituido por vacíos, particularmente cuando
compara lo que se tiene como el pasado de Venezuela con el de
otras latitudes
Y aquí cobra sentido lo del artículo
la que destacáramos en líneas anteriores, porque
creo que si hay alguien ávido de saber de Historia, es
el venezolano
Pero ¿qué tan capaz ha sido
nuestro sistema educativo para satisfacer esa necesidad, para
atender a esa evidente avidez? El venezolano, como todo ser humano,
desea saber
Cuando gente consciente del valor educativo
de la televisión reclama mejoras en la programación,
lo que está sugiriendo es que los canales dispongan de
más programas que el común denomina culturales
Y no es difícil entender lo que se está solicitando
Habría que preguntarse, por ejemplo, en qué radica
el éxito sostenido de Vale TV
Tendríamos
que preguntarnos asimismo por qué los participantes de
ese maravilloso programa de RCTV ¿Quién quiere
ser millonario? tienden a fallar notoriamente en preguntas
sobre Historia de Venezuela o sobre nuestra cultura popular tradicional
o folklore
Por distintas razones, ahora más que antes
se aprecia un preocupante desconocimiento de lo que históricamente
nos pertenece
Y es que
nuestro pasado no sólo está montado sobre eventos
y figuras de carácter político, sino que también
está constituido por figuras y eventos ciertamente tan
esenciales como los héroes pero que quizá sean más
útiles que éstos para vincularnos sensible y humanamente
con nuestro pasado
No en balde, recientes ediciones masivas
encartadas en diarios de circulación nacional han venido
indicando la apetencia que el venezolano siente y puede sentir
por su historia y la necesidad que tiene de ella
En términos
de esta idea de Verbigracia afirmo sin ningún género
de duda que el venezolano tiene disposición de integrar
el pasado al presente, a su presente, a su constante ahora
,
pero sólo en la medida en que se superen ciertos escollos
que aún tienen demasiada fuerza
En este sentido,
por ejemplo, tengo la certeza de que la disciplina histórica
debería analizar sin temores la ortodoxia con la que ha
asumido su quehacer y su objetivo, y acercarse de manera más
humilde a otras áreas del conocimiento, como el antropológico,
para evitar, entre otras cosas, sentirse descubridora de "nuevas
áreas de investigación", como pomposamente
denominan algunos historiadores venezolanos a lo que desde hace
tiempo la antropología cultural y la etnohistoria han investigado
y difundido como temática propia de su quehacer como disciplinas
Creo que nuestros historiadores están en la obligación
de incorporar a su elenco tradicional otras áreas que nuestro
pueblo vivió y cuyos ecos hemos estado recibiendo, en una
continuidad que escasos estudiosos de nuestra historia han sido
capaces de comprender, explicar y difundir
¡Qué
terribles resultan, por ejemplo, los más recientes resultados
en la enseñanza de Historia en primaria y secundaria
!
¡Qué interesante, por ejemplo, el éxito de
las novelas históricas de Francisco Herrera Luque,
condenadas por el quehacer ortodoxo de nuestra historiografía
!
Pensando en ellos cabría recordar la significativa cantidad
de venezolanos, y de fuera, que se han acercado a buena parte
de nuestro pasado sin tener que lidiar con los remilgos del llamado
discurso histórico que enmarca la ortodoxia en historia
¡Cuánto daño le han hecho a la investigación
en historia los serruchos de la carpintería con la que
se ha pretendido dotar al joven historiador
!
Por estos
tejemanejes de circunstancia, el consumidor natural de los productos
de la investigación histórica se ha visto relegado
a los escalones más bajos del trabajo del historiador
Ganaríamos mucho si la disciplina histórica se enlazara
de manera más fuerte y comprometida con la antropología
y asumiera el carácter de totalidad con la que esta ciencia
asume al hombre y su cultura
No en balde los países
donde ambas disciplinas están emparentadas en enseñanza
y oficio, luce diferente la vinculación del común
con su pasado y su presente
Y es que la antropología
tiene claro que la cultura no sólo se deriva de los componentes
biológicos, ambientales y psicológicos de la existencia
humana, sino también del componente histórico. Es
indudable que la comprensión de esta especie de axioma
facilitaría la vinculación de la Historia con las
otras ciencias del hombre y de la sociedad, pero no en condiciones
de disciplinas auxiliares
Por razones
de espacio, no abundaré en otras consideraciones
,
pero sí en la idea de que en el venezolano prevalece una
evaluación negativa de sí mismo y sus ansias de
superar esta situación no lo hacen mirar con valentía
su pasado, el pasado del país, pues lo que encuentra en
ese escenario son contenidos que caracteriza como negativos
El natural deseo de superación lo induce a mirar y a usar
lo inmediato, y en este escenario encuentra formas menos comprometidas,
más fáciles
Tengo la impresión de que
una manera de que el venezolano sienta una productiva vinculación
con su pasado es poner la televisión al servicio de este
objetivo
Todos recordamos el éxito de telenovelas
históricas de hace algunos años
Y no olvidamos
la saga de ciclos televisivos inspirados en la producción
de novelistas como Rómulo Gallegos y Arturo Uslar
Pietri, de gran contenido histórico y que calaron buenamente
en la cotidianidad de Venezuela
Y más recientemente,
el enorme éxito que están teniendo algunos sitios
en la Internet que informan sobre nuestro pasado
Creo, además,
que así como se incentiva un acercamiento al pensamiento
bolivariano, debería resultar indispensable que se motive
a todos a la lectura y al análisis de la obra de venezolanos
que desde diferentes momentos de nuestra historia legaron a Venezuela
y al mundo su pensamiento, su doctrina
Mario Briceño
Iragorry, Mariano Picón-Salas, Miguel Acosta Saignes, Fermín
Toro, José Ignacio Cabrujas, Angelina Lemmo, Luis Beltrán
Prieto Figueroa
y una ya inmensa y significativa cantidad
de congéneres
Al fin y al cabo, las situaciones a
las que ellos se enfrentaron y las soluciones que propusieron
suelen ser, en esencia, las mismas que como seres humanos y como
venezolanos vivimos
Creo que en la comprensión de
estos legados podemos encontrar una manera de que los venezolanos
incorporen su pasado a su presente para que sean capaces de elaborar
posturas, de evaluar a sus gobernantes y de evaluar el papel que
cada uno tiene o pueda tener en cuanto a su propio destino y al
del país
El conocimiento de nuestro pasado tiene
que dejar de ser privilegio de estudiosos
Me gustaría
recordar una frase que escribí en 1983: la Historia no
es caletre, es vivencia
Rafael
Strauss. Antropólogo
¿Podemos
integrar el pasado al presente?

Ana
María Mazzei / In Memoriam
Varias
veces me he permitido mencionar que la Historia no se repite pero
enseña.
Es frecuente
que en un afán por buscar el sentido de lo que en un momento
determinado está aconteciendo, no faltan personas que acuden
al pasado, a la Historia, como a un oráculo, para adivinar
lo que viene.
Quienes estamos
dedicados a la Historia recibimos constantes preguntas que se
nos hacen ya que, como supuestos sabedores de lo que aconteció,
debemos serlo de lo que va a suceder.
También
observamos que hay épocas de angustia por el porvenir,
en las cuales el interés por la Historia se incrementa.
Es mayor
el número de publicaciones históricas y la cantidad
de personas que se autodenominan historiadores.
A través
de nuestra evolución mostramos un serio interés
por la Historia. Lo que pasa es que se nos olvida una realidad
importante. Nuestra población ha sido pequeña pero
grande el porcentaje de analfabetos y de alfabetizados incultos.
Afortunadamente la minoría que sí tuvo acceso a
la cultura y a la educación, se preocupó por la
Historia.
Cuando en
1888 fue creada la Academia Nacional de la Historia ya existía
una bibliografía histórica, obra de distinguido
grupo de venezolanos. El trabajo siguió adelante.
Recordemos
la obra de don Feliciano Montenegro y Colón,
la Historia Universal de Juan Vicente González,
los libros de José María Rojas, las ediciones
de Arístides Rojas, los estudios de Felipe Tejera.
Además,
desde la reforma de 1827 en los programas universitarios estaba
incluida la Historia con las modalidades entonces usadas. No se
olvidaba la gran Historia de Venezuela de don José
de Oviedo y Baños, la obra de Gumilla, el libro
de Francisco Javier Yánez, la bella historia de
Rafael María Baralt.
Nuestra población
culta, desgraciadamente escasa, estaba formada a su manera en
la Historia.
Vinieron
después importantes trabajos y sobre todo el incremento
de las normas sobre enseñanza de la Historia en toda las
etapas educativas. Aparecen grandes colecciones, como las Memorias
de O'Leary, los documentos de Blanco y Azpúrua,
los Anales de Venezuela. Se publican obras de importancia
como los estudios de Lisandro Alvarado, José Gil Fortoul,
Francisco González Guinán.
La reforma
propugnada durante la presidencia de López Contreras, por
su ministro Arturo Uslar Pietri acompañado de figuras
insignes de la enseñanza, por ejemplo Augusto Mijares,
lleva adelante una extraordinaria transformación positiva
al imponer la enseñanza cuidadosa de la Historia en tres
años de educación secundaria y todos los años
de primaria.
El joven
venezolano supo bastante de su propia historia.
Esa tendencia
fue apagada poco a poco, primero reduciendo los años de
enseñanza, luego el tiempo de dedicación a la Historia,
por último fundiendo la Historia con otras ramas de la
enseñanza.
El joven venezolano
supo entonces cada vez menos de su propia historia.
Todo se acaba.
Por fin el público reaccionó. La gente por su propia
cuenta se preocupó por la Historia. Vino la protesta, la
negativa a dar respuesta, la insistencia en el error hasta que
pudo caer la muralla como le pasó a las de Jericó
y al muro de Berlín.
No podemos
estar tranquilos ni satisfechos. La Historia debe enseñarse
con objetividad para que se sepa lo que pasó y no lo que
se quiere que haya pasado. La Historia debe enseñarse completa,
íntegra, haciendo ver lo bueno y lo malo de nuestra evolución.
A los venezolanos
les agrada su historia. Quizá don Eduardo Blanco
nos mostró una epopeya y no una historia pero también
el ser humano requiere de emoción.
Quizá
muchos de quienes se ocupan de escribir Historia y enseñarla
han silenciado a importantes venezolanos que no coinciden con
su corriente ideológica. Pero ello permite la reacción.
Al venezolano
le gusta buscar enseñanzas en la Historia. Hay mucho que
puede aprender en ella.
Por de pronto
que se requiere más entendimiento que enfrentamiento. Bolívar
lamentaba al final de sus días no haberse entendido con
Piar, con Santander, con Padilla.
Además
enseña que el valor supremo debe ser la paz. Bastante nos
costó en vidas y en sangre luchar a muerte por causas secundarias.
La Historia
nos hace ver la importancia de ser tolerante además de
cuidadoso con el adversario político. Aniquilarlo o tratar
de hacerlo traerá la inevitable represalia.
La Historia
nos muestra el efecto positivo de la dedicación al servicio
de la Patria. Ningún ejemplo mejor que los honores del
Panteón para aquellos venezolanos que han prestado servicios
eminentes al país.
La Historia
no admite ser utilizada en provecho particular de nadie. Quien
lo haga, tarde o temprano pagará un precio muy alto.
La Historia
nos muestra a los héroes como maestros para todos y por
tal motivo hay que verlos con el más profundo respeto.
Hizo bien Juan Vicente Gómez cuando no quiso aceptar que
su figura fuese colocada en las monedas en lugar de la del Padre
de la Patria. Hizo bien Raúl Leoni con la Ley que promulgó
que prohíbe el uso del nombre del Libertador y sus títulos
para hacer política o ganar dinero.
La Historia
enseña al venezolano que el pasado, el presente y el futuro
forman una unidad que no puede romperse. Lo que se hizo, en bastante
influye en lo que se está haciendo y lo que estamos haciendo
afectará a lo que podrá hacerse mañana.
La Historia
nos muestra la necesidad de buscar la democracia para que los
derechos del hombre sean respetados, la libertad sea efectiva,
la educación una realidad y la justicia un valor vigoroso.
La Historia
no es un ciclorama que se use en un teatro para proyectar fantasías
que sirvan de fondo a la trama.
La Historia
es el ambiente que respiramos, la sangre que nos da vida, el alimento
que nos nutre.
La Historia la llevamos en el alma. Nos sirve para enfrentar el
presente y prepararnos para el pasado porque nos muestra qué
puede hacerse.
Cuando la
usamos así nos ayuda e impulsa. Cuando tratamos de torcerla
el efecto negativo no se hará esperar.
Tomás
Polanco Alcántara. Escritor
La
obsesión por olvidar

Sin título / Ana María Mazzei
Si
en algo pareciera que estamos de acuerdo los venezolanos, es en
aceptarnos como una nación obsesionada por olvidar. Olvidamos
mucho, casi todo, y nos consolamos pensando que somos un pueblo
de futuro. Si no fuese por la gesta independentista, aceptada
más como versión tropical de las sagradas escrituras,
que como hecho histórico nutrido de contradicciones, no
tendríamos un ayer de dónde sujetarnos. ¿De
dónde nos viene esta flojera de mirar hacia atrás?
¿Qué nos avergüenza? ¿A qué le
huimos incesantemente? Son preguntas que no dejan de inquietarme.
Sin embargo,
se me podría argumentar que biografías de Juan Vicente
Gómez y de otros personajes nacionales han sido éxitos
de ventas en nuestras escasas librerías, y que, en su momento,
telenovelas de temas históricos recibieron un enorme respaldo.
Y es verdad. Pero me refiero no a la curiosidad por la anécdota,
por las patologías, para la que siempre habrá hambre,
sino a esa disposición de sentirse parte de un continuo
proceso de convivencia en un espacio geográfico llamado
hoy Venezuela. ¿Qué nos impide reconocernos en un
pasado común? ¿ Qué beneficios hemos logrado
asumiéndonos constantemente como generación espontánea
y sin raíces? ¿Por qué somos capaces de reconocernos
en nuestros abuelos, pero al salir por la puerta de la casa todos
nos transmutamos en huérfanos históricos?
Lamento no
tener respuestas, ni atreverme a sugerirles alguna con convicción.
Pero nada nos impide observar con precaución cómo
desde el poder se ha mantenido, a lo largo de nuestra vida republicana,
un constante discurso que nos induce sin desvíos a la orfandad
y sus consecuencias. Este discurso se traduce en una constante
descalificación del pasado nacional y en una oferta supuestamente
novedosa: la de iniciar, ahora sí, la histórica
y fallida tarea de encaminarnos hacia el sendero de la gloria,
camino que abandonamos al truncarse el sueño de Bolívar.
Para testimoniar
lo dicho anteriormente, veamos, por ejemplo, cómo se materializa
este discurso en tres momentos que arropan al siglo XX.
-En su primera
alocución en la ciudad de Caracas, el 24 de octubre de
1899, el recién llegado al poder, general Cipriano Castro,
asegura que "se ha inaugurado un Gobierno que es el renacimiento
de la República y cuyo programa puede sintetizarse así:
nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos". Este
emblemático programa de Gobierno marca contundentemente
el discurso político de Castro, y todavía hoy no
ha perdido actualidad. Es un renacimiento, una nueva esperanza
que se le abre al país y en la que todo será nuevo,
hombres, ideales y procedimientos. Nada pareciera rescatable para
Castro, ya que sólo valora lo que vendrá. Días
antes había dicho: "Esta Revolución Liberal
Restauradora hará la felicidad de la Patria"
"Vamos a restablecer el respeto a la ley
acabando para
siempre con los poderes arbitrarios y con los odios banderizos".
Para Cipriano, su llegada al poder se realiza "en medio de
un verdadero naufragio" que reclama "no ya un experto
piloto" sino "un salvador". "Estamos -dice
Castro- frente a la Revolución más justa y necesaria
de nuestras contiendas civiles", e invita a cubrir "con
un manto de olvido y de clemencia nuestros desaciertos pasados".
"La situación era desastrosa en todos los sentidos;
pero en el orden económico no se puede tener idea de su
tristeza sin haberla palpado". Luego justificará las
reformas constitucionales, porque su gobierno representa "el
renacimiento de la República sobre bases sólidas
é inconmovibles, tal como la soñaron sus egrarios
fundadores". En fin, en su discurso no hay un ápice
de continuidad, "la situación era desastrosa",
y en su oferta, los cambios constitucionales se justifican porque
la República renace con su gobierno y será semejante
a la que soñaron los fundadores.
-A mediados
del siglo pasado, un gobierno que se presenta como revolucionario
toma un 18 de octubre, el poder. En un comunicado del día
19, anuncia que hará enjuiciar como reos de peculado "a
los personeros más destacados de las administraciones padecidas
por la República desde fines del pasado siglo". Advierte
que el general López Contreras y el general Medina Angarita
tendrán que "devolver a la Nación y al pueblo
lo que le usurparon mediante el deshonesto manejo de los dineros
públicos". Medio siglo de historia reducido rápidamente
al ladronismo. Igualmente, la Revolución Popular y Democrática
denuncia "la inmoralidad administrativa y la despreocupación
ante los problemas públicos que secularmente han venido
caracterizando a los gobiernos venezolanos". Frente a este
panorama no es de extrañar que el comunicado termine diciendo
que es la hora "en que la nueva Venezuela afirma su voluntad
de hacer historia". Días más tarde, el presidente
de la Junta de Gobierno, Rómulo Betancourt, confirma que
"se realizó hace apenas doce días una revolución
política y social llamada a enderezar el torcido rumbo
que venimos trajinando desde los mismos días iniciales
de nuestra era republicana". No bastaba con darles lecciones
de moral a López y a Medina, sino que había llegado
el momento de enderezar lo que había crecido torcido; es
decir, todo el episodio republicano. Y ¿de qué nos
habíamos separado? En su discurso radial al pueblo del
Táchira, en diciembre del 45, Betancourt declara: "Estamos
ajustándonos, pues, a la tradición de honestidad
administrativa que nos legó un hombre que, después
de dominar y gobernar en toda América, murió pobre".
Estábamos una vez más comenzando a retomar el camino
señalado por el hombre que murió pobre.
-Los discursos
que desde diciembre de 1999 venimos oyendo, están todavía
frescos en la memoria de los lectores. Pero para ser fieles a
la metodología utilizada en este escrito, citaremos textos
presidenciales que la televisión encadenada no ha parado
de difundir: "Hemos asumido esta tarea inmensa, dura tarea,
de rescatar la Patria". "Rescatarla del desastre en
que la han sumido en estos últimos años". "Venezuela
está resucitando, se está levantando una Patria
nueva". "Venezuela viene saliendo de esa noche terrible".
Son múltiples los discursos que nos llevan al mismo punto;
de nuevo alguien rescata a la Patria de su perdición; Venezuela
renace otra vez. A pesar de que la Constitución de 1961
allanó el camino para que Chávez llegara a Miraflores,
sin recurrir a la violencia, el Presidente fue incapaz de reconocerlo
y como evidencia quedó su juramento: "ante esta moribunda
Constitución". El discurso presidencial se repite:
"Venezuela será digna de nuevo. Venezuela será
gloriosa de nuevo". Se entiende que cuando se alude a la
gloria, es en la que una vez vivimos y a la que debemos volver.
El presidente Chávez no agota a Bolívar y
gusta citarlo al terminar sus discursos, como en el de los primeros
100 días de gobierno: "
no descansaremos hasta
que veamos a Venezuela verdaderamente como la soñamos,
digna, próspera, gloriosa". Finaliza el siglo y de
nuevo otro gobierno "revolucionario", nos promete la
gloria perdida.
No podemos
responsabilizar al discurso político por nuestra incapacidad
de pensarnos históricamente. Otras razones de envergadura
deben ayudar. Pero no deja de sorprender cómo estos hombres,
de ideas y tiempos diferentes, excusan sus tareas de gobierno
como una labor de redención, que se inicia con ellos, que
excluye al resto de nuestro proceso histórico y nos aseguran,
si los seguimos, devolvernos la virginidad perdida de la nación.
La obsesión
por olvidar nos conduce a andar en círculos (ciclos históricos
han dicho), que no terminan nunca de cerrarse exitosamente. La
gloria se escabulle. Aflora la frustración. Viejos caminos
aparecen y nuevos salvadores ofrecen sus sueños, que entusiasman
por su equívoca novedad.
Pero a pesar
de nuestra frágil memoria, un país menos glorioso
y más imperfecto está en marcha, dejando una huella
difícil de borrar, aunque el discurso del poder ignore
su presencia.
Carlos
Oteyza. Cineasta e historiador
La
tradición femenina
¿Cómo
han sido las relaciones entre la mujer y la Historia en Venezuela?
¿Por qué vías las venezolanas han ingresado
en lo público? ¿En qué zona se han situado
las voces femeninas en la larga espera de un siglo XXI? Françoise
Collin (1996) señala que "existe y no existe,
simultáneamente, una historia de las mujeres independiente
de la historia general: hay que mantener a la vez estas dos verdades".
Este paralelismo es una noción fascinante para leer estas
relaciones en tanto la historia, lo público y el poder
han conformado un triángulo de evicción universal
del sujeto femenino. En Venezuela pareciera como si súbitamente,
hacia los años ochenta, nos apercibimos de la gran cantidad
de mujeres gerentes de banco, ejecutivas, comerciantes, profesionales
high-tech y no solamente madres y maestras. ¿Cómo
salieron de la intimidad? ¿Cuándo se hicieron costumbre
los nombres femeninos en los congresos, los libros, la prensa,
la televisión? Fue un fenómeno silencioso, una insurgencia
clandestina, pero sobre todo ignorada. Pocas han sido las preguntas
acerca de la historia de la mujer en Venezuela; Inés
Quintero (1998) se refiere a esta ausencia como "los
rastros olvidados que se encuentran dispersos y sumergidos entre
los escombros del pasado y que no han sido identificados, seleccionados
ni registrados a la hora de reconstruir y ordenar los datos de
nuestra memoria". Pocos son los investigadores sociales que
han detenido su interés en la condición femenina;
escasos los estudios de género en la academia. Todo se
ha dado por sentado; naturalizado y en esa medida ocultado. Pero
esa ausencia de mirada hacia lo femenino no es solamente un asunto
de retrospectiva, es también un déficit de lectura
que sigue en el futuro de una historia irresuelta. Comenzaré
por la que he vivido.
Cuando nací,
en 1945, las mujeres no tenían derecho a elegir al presidente
de la República; lo hicieron por primera vez en 1947 cuando
fue electo Rómulo Gallegos. En mi juventud, aproximadamente
un tercio de la matricula universitaria era femenina pero era
muy difícil (por no decir humillante) que las mujeres entrasen
"solas" a los establecimientos "decentes".
"Solas" era sinónimo de prostitutas. La generación
sesentista se movió al paso de las transformaciones de
la época pero pagó el precio de la doble moral.
Cuando me casé, en los años setenta, las mujeres
no podían administrar la comunidad conyugal, ni fijar el
domicilio compartido, ni reclamar la paternidad de un hombre casado,
ni detentar la patria potestad salvo en casos extremos, hasta
la modificación del Código Civil de 1982 que logró
la Federación Venezolana de Abogadas. En ese tiempo trabajé
como psicóloga en varias instituciones públicas,
entre ellas, la Maternidad Concepción Palacios. Allí
aprendí que el matrimonio para la mujer pobre era más
amenaza que seguridad; que la esterilización voluntaria,
y aun el uso de ciertos anticonceptivos, requería la aprobación
del marido o concubino; que todas las mañanas se escuchaba
el sonido de una ambulancia o la corneta de un taxi que traía
a una joven que se "había metido una aguja";
y que en el embarazo precoz se hacían evidentes no sólo
la absoluta ignorancia acerca de su cuerpo sino el incesto y la
violación.
A lo largo
de muchos diálogos y encuentros públicos y privados,
he destacado que la historia de la mujer en Venezuela es ampliamente
desconocida cuando no vista desde la burla o la indiferencia,
incluso por las interesadas. Predomina una cierta resistencia
a compartir la "humillación del género",
más fuerte aún en las ilustradas porque para ellas
es más difícil admitir la subalternidad y minoridad
representativa que -salvo en algunos santuarios- es muy visible
en nuestra vida social. Retomemos aquí algunos de sus momentos.
Acertadamente
Márgara Russotto (1997) titula de "discursos
sumergidos" la formación inicial del discurso femenino
en el siglo XIX hispanoamericano. Refiriéndose a la especificidad
venezolana en el período colonial, afirma: "La venezolana
no fue cortesana, ni mística ni monja ilustrada, sino sobre
todo mediadora de civilización". Las reformas liberales
y el impulso modernizador se inician en Venezuela a partir de
1870, en el gobierno de Guzmán Blanco. Señala Enrique
Nóbrega (1997) que "llegaron tarde [
] debido
a distintos procesos político-militares, y sobre todo,
a las largas dominaciones personalistas del poder"; dentro
de los intereses de las nuevas clases que se originaron en torno
a un Estado moderno-liberal, la mujer ingresó en la función
pública como el eje de la estabilidad familiar; es decir,
se reconocía su importancia en el proceso de construcción
de la nación pero, al mismo tiempo, era necesario mantenerla
en un estado de minoría legal. En la total oscuridad que
envuelve la voz de la mujer durante el siglo XIX, los primeros
intentos por vincularse a lo público surgen a través
de la cultura, dentro de esa tradición mediadora. Relevante
importancia tuvieron las falconianas Virginia Gil de Hermoso
y Polita De Lima cuando hacia los años 1880 fundan
en Coro las Sociedades Alegría y Armonía para producir
actividades culturales dirigidas a los jóvenes; nomenclaturas,
por cierto, muy elocuentes si tomamos en cuenta el ambiente bélico-heroico
de su época. Fundan revistas, publican novelas, poemarios,
obras de teatro, y emprenden iniciativas que repercuten en la
instrucción y urbanidad de esa Venezuela de paisaje profundamente
masculino y épico que todavía exaltamos. Los nombres
de muchas mujeres que actuaron y escribieron en ese período
ocupan un insignificante espacio en los registros, mas las pequeñas
marcas que dejaron en el monumento de la Historia dibujan, precisamente,
la huella de aquello que es "memoria de lo innombrable"
frente a la marca de la "historia de lo que se nombra"
(Collin, 1995).
En los largos
primeros treinta años del siglo, aun cuando escenario de
radicales transformaciones económicas, la inscripción
de la mujer continuó bajo los presupuestos decimonónicos
y dentro del proyecto de un régimen dictatorial en el que
impera la moral nacional de "hacer patria". María
Teresa Castillo lo expresó lúcidamente en una
entrevista: "Para Gómez, la mujer no existía".
Sorprendentemente,
durante los años de transición hacia la democracia
surge una generación de mujeres que conforman lo que podríamos
llamar la génesis de la polis femenina. Son las protagonistas
del primer intento por introducir lo femenino excluido y minorizado
en lo público y político, tanto en lo que se refiere
a los derechos civiles como en el campo literario, porque son
en una gran mayoría escritoras y periodistas: Ada Pérez
Guevara, Lucila Palacios, Irma De Sola, Rosa Virginia Martínez,
Alida (Pomponette) Planchart, Blanca Rosa López
Contreras, Ofelia Cubillán, Luisa del Valle Silva, Ana
Senior, Carmen Clemente Travieso. Pocos días después
de la muerte de Gómez, dirigieron una carta pública
al general Eleazar López Contreras solicitando protección
social y mejoramiento de las condiciones de mujeres y niños.
Inmediatamente fundan la Asociación Venezolana de Mujeres
con el propósito de alfabetización y educación
de las mujeres, y la Agrupación Cultural Femenina; desde
ellas extienden formal petición de modificación
del Código Civil exigiendo la personalidad jurídica
plena de la mujer, lo que fue parcialmente atendido en 1942 y
logrado en 1947. En 1940 se realizó en Caracas la Conferencia
Preparatoria del Primer Congreso Venezolano de Mujeres, en el
que participaron, además de varias de las mencionadas,
Gloria Stolk (1912-1979) y Antonia Palacios (1904-2001),
quien la presidió. Podríamos leer esta vinculación
entre escritura y política desde la experiencia de la auto
expresión. Es porque estas mujeres escriben que requieren
una vinculación con el espacio social; es al comprender
los cercos de su existencia y el anonimato de su subjetividad
que requieren de la escritura.
En todo caso,
su acción paralela y solitaria adviene en diálogo
con un país que se planteaba un Estado moderno, civilista,
democrático; evidentemente el primer momento de nuestra
historia en el cual la mujer como sujeto subalterno tiene la posibilidad
de iniciar la transición desde la minoridad hacia la legitimidad
ciudadana. Probablemente la olvidada novela Tierra talada
(1937) de Ada Pérez Guevara sea el texto emblemático.
Al examinarla dice Russotto (1998): "Sin embargo,
detrás de ese desconocimiento o desdén e ignorancia,
está el testimonio de un momento particularmente efervescente
de la historia y la cultura venezolana que quizás no ha
sido considerado lo suficiente". Cierta disolución
sigue a este proyecto. En ello sin duda opera la secuencia de
una nueva dictadura nacionalista y militarista, y cuando se producen
las libertades democráticas, el espíritu generacional
de estas mujeres ha pasado. En 1975 se celebrará ese Primer
Congreso para el cual se preparaban en 1940 y entonces el homenaje
rendido adquiere los tonos de un nostálgico momento.
A partir
de los años sesenta y continuadamente hasta el presente,
grupos y organizaciones han seguido actuando; a veces aprovechando
coyunturas políticas, otras en el paralelismo silencioso,
en la restauración de una equiparación que no puede
hacerse sin visión de género. "Hablar de ciudadanía
hoy en un país como Venezuela no puede limitarse a la clásica
abstracción universalizante de ejercicio de los derechos
y deberes de los cuales cada individuo es portador en la sociedad
moderna. Esto sabemos que no es así. Lo primero que consideramos
es que la ciudadanía no es universal ni abstracta, porque
los seres humanos no somos ciudadanos iguales, aunque el derecho
así lo establezca", afirma Magally Huggins.
Hasta 1998 la violencia contra la mujer no fue un delito -aun
hoy persisten en el Código Penal elementos remanentes del
Código de 1926 que no han sido puestos al día con
la Ley sobre la Violencia contra la Mujer y la Familia. A igualdad
de capacitación no se sigue igualdad de salario. El imaginario
mediático continúa presentando a la mujer de modo
degradado. El derecho a su cuerpo es un asunto espinoso, particularmente
para la mujer pobre.
Las decimonónicas
comenzaron abriendo espacios de educación y cultura; las
de los años treinta pidiendo protección para los
más vulnerables; las democráticas luchando con la
tradición patriarcal que -sin distingos políticos-
entorpeció y demoró las reformas legislativas que
benefician a todos. ¿Por qué en Venezuela, entonces,
se considera Historia la que habla de batallas, triunfos políticos
y otras ilusiones del poder y se invisibiliza la tradición
femenina?: la que nos habla del cuido de lo pequeño, lo
cotidiano; de la mediación civilizatoria a pesar de la
violencia. Ciertamente, la polis femenina obtuvo carta de legitimidad
pero ha sido dudosamente integrada.
Ana
Teresa Torres. Narradora y ensayista
Trasfondo
y memoria

Collage Víctor Hugo Irazábal
Hace
algunas semanas se me pidió, para una entrega especial
de Verbigracia, un ensayo sobre la Historia de Venezuela
asumida como telón de fondo del acontecer nacional. Como
buen periodista, acostumbrado a sufrir que la actualidad nos alcance
y a veces nos sobrepase; y como buen venezolano acostumbrado a
dejar todo para última hora, dejé pasar el tiempo
y he aquí que debo escribir bajo el tremendo impacto de
un acontecimiento que tuvo lugar fuera de nuestras fronteras,
el horrible atentado terrorista en los EEUU. Y es imposible dejar
de ligar ambas cosas, y no sólo por el petróleo,
como muchos están tentados de pensarlo, o lo han dicho.
En el momento
en que escribimos, queda poca duda de que los autores sean fundamentalistas
islámicos (y no árabes musulmanes, como hasta el
propio presidente Bush lo ha dejado claro al asistir a la oración
en una mezquita norteamericana).
El origen
religioso de esos terroristas suicidas nos lleva a plantear sus
motivaciones y también el apoyo apenas embozado que están
recibiendo entre las masas del Islam; y ambas cosas tienen como
trasfondo la Historia, vista no sólo como el acontecer
o el desarrollo de las sociedades sino también como la
percepción de esa Historia; es decir, esa memoria colectiva
que no necesita ser letrado para llevarla como quien dice en las
venas.
Cuando algunos
dirigentes islámicos hablan de la Jihad o Guerra Santa,
siempre tienen presente el enfrentamiento inicial del Islam, que
no fue, como lo repite hasta la saciedad el Corán, contra
los politeístas, sino en los hechos, en lo concreto, casi
se podría decir en lo diario sobre todo en el Medio Oriente,
contra los cristianos (que para las mentes menos sutiles era una
forma de politeísmo, por aquello de la Santísima
Trinidad). En las palabras que se emplearon desde entonces, y
en particular desde las Cruzadas, entre la Cruz y la Media Luna.
Viéndolo
desde la tradición, la historia, la percepción y
hasta la simple fe de los musulmanes, se trata de una guerra que
tiene ya mil quinientos años, de los cuales, léase
bien, en mil cien de ellos fue triunfador el Islam.
Pero lo que
más nos interesa, porque podemos luego ligarlo con la situación
venezolana, es el hecho de que en los países del Islam,
al revés de lo que sucede en buena parte del mundo (y no
"en Occidente", porque eso incluye realidades tan diversas
como Europa, EEUU, Rusia, China Japón e India, sin olvidar
América Latina) no se ha producido una separación
entre religión y política, entre la Iglesia y el
Estado. Así como, sostenía Renan, no existe
en las lenguas semíticas una sola frase que no contenga
el nombre de Dios (Alá, Eloim, o sea El), así sucede
en política como es lógico suponer. De modo que,
por muy laica que pueda ser su formación, ningún
líder político árabe decide tal o cual política,
sino que al ponerla en palabras, es la voluntad de Alá
quien la decide. Eso introduce siempre un elemento imponderable
(sin dejar de ser por ello incuestionable) y pasional, la fe religiosa.
Es decir, que el Islam no ha conocido hasta ahora un Maquiavelo
que separe las dos nociones. Es entonces tierra abonada para el
fanatismo, el fundamentalismo (aunque éste existe en todas
partes, en todas las religiones): cualquier gobernante, cualquier
líder político, puede pretender que él, y
él solo, representa la voluntad de Alá.
¿Y
qué tiene todo eso que ver con Venezuela, y con su historia?
Mucho más de lo que podría suponerse. En nuestro
país, bastante indolente en materia religiosa, existe desde
hace años un culto sustitutivo que siendo en su origen
espontáneo, ha sido manipulado y utilizado por el poder.
Los gobiernos menos democráticos, y las francas tiranías
(Gómez en primer lugar) han pretendido que la fuente de
su legitimidad reside en el mandato del Libertador desde la sombra
del Panteón. Eso quedó expresado en una famosa frase
del presidente Chávez, según la cual en la Fuerza
Armada "mandamos Dios, Bolívar y yo".
Alguna vez
calificamos la actitud de esos gobiernos como una hierofanía
invertida. Si en las hierofanías orientales cada acto,
cada gesto, cada palabra nuestra en la Tierra corresponde a una
acción, un gesto, una palabra de un ángel en el
Cielo, aquí la cosa es al revés, y cada acto del
gobernante terrestre comanda las acciones del Bolívar
en el otro mundo. Lo peligroso es que, establecida la separación
entre la Iglesia y el Estado, se trata de lograr una nueva confusión,
al través del culto a nuestro dios laico, Simón
Bolívar. De allí deriva, o se busca derivar,
un fundamentalismo "criollo", por llamarlo así.
Con todas sus consecuencias, algunas de ellas potencialmente criminales.
Manuel
Caballero. Ensayista y periodista
De
la interpretación histórica
La Historia de Venezuela
ha sido víctima de la interpretación histórica.
Ha sido mal contada, parcialmente contada, distorsionada, incluso
expurgada. Grandes injusticias han sido cometidas contra ella.
Se la pretende usar para justificar el dominio del victorioso,
para tratar de olvidar a los muertos, para sobresalir de las ruinas
de la destrucción.
Pues la idea
de la Historia es también histórica; fenómeno
espacio temporal específico, peculiar de cada momento y
lugar. Depende de la disposición o resistencia al cambio;
el sentido de la continuidad; la importancia dada al origen o
a los propósitos humanos.
Epocas hay
cuando la Historia es toda futuro porque se está orgulloso
o abochornado del pasado. Son tiempos y lugares para construir.
Los sentimientos
progresistas suelen seguir a grandes conflagraciones, siendo quizá
reacción comprensible cuando el hombre se cansa de matar
y morir. Entonces la voluntad humana lleva una idea del presente
proyectado al futuro.
Las grandes
revoluciones tecnológicas también parecen producir
este sentimiento de potencia creadora que visualiza el futuro
como una región inmensa a conquistar. Si una sociedad cree
que hay futuro para el desenvolvimiento de sus formas de hacer
y pensar, entonces progresará en ese sentido y usará
su pasado para propulsarse hacia el futuro.
Los años
cincuenta del siglo XX produjeron esa idea del presente lleno
de posibilidades futuras; llevada seguramente del ánimo
de reconstrucción de postguerra tanto como por el ímpetu
tecnológico que nos permitió olvidar el pasado y
pensarnos como futuro.
Otros tiempos
parecen signar la destrucción; se cierra el futuro y no
hay historia que contar; se ahoga la identidad con la culpa ancestral
y no hay esperanza señera de vida buena. Todo mal es culpa
de otro. Entonces, el hombre vive como ausente; atraviesa un lapso
de vida sin idea de continuidad, de acumulación, de identidad
generacional.
La memoria
obliterada por doctrina o poder recuerda apenas momentos escogidos
como convenientes: Bolívar, Zamora, Pérez
Jiménez son escasos hitos de esa historiografía
que hoy pretende borrar los méritos y acentuar las culpas
de otros para justificar la revolución.
El discurso
histórico quiere borrar memoria pero en realidad nos aferramos
a las formas asumidas en el pasado. ¡Cuán conservadores
somos! ¡Nos cuesta tanto cambiar!
La narrativa
republicana original quiso borrar la herencia colonial y enfatizar
la gesta por la Independencia. Pero de hecho las formas republicanas
calcaron sobre las formas coloniales.
En la segunda
mitad del siglo XIX, los venezolanos quisieron modernizar la tradición
republicana pero vivieron en la añoranza del imperio. De
nuevo el discurso se afincó en la gran gesta de Bolívar
para olvidar los más recientes eventos de sangre y fratricidio,
para acallar la Guerra Federal.
El comienzo
del siglo XX pretendió detener la Historia encerrándola
en mazmorras y confiscando los bienes de la libertad. La narrativa,
aun magistral, se volvió alabanza envilecida por el servilismo.
Bolívar, Páez y Gómez, fueron los
héroes resaltados por la historiografía. Luego la
democracia hizo la Historia a su manera inspirándose en
las glorias que la tortura y la prisión confirieron a una
generación. Hoy repiten el abuso a nuestra historia al
pretender borrarla y reducirla a dos períodos inconexos:
la independencia y la pretendida "revolución pacífica"
actual.
Si una sociedad
borra su pasado se encontrará en dificultades para avizorar
su futuro, terminará por sentirse al fin de la Historia.
En los períodos revolucionarios es usual intentar destruir
la memoria del período inmediatamente anterior, retrotrayéndose
a algún momento originario percibido como idílico.
Y suele suceder que a períodos llamados "revolucionarios"
sigan períodos muy conservadores, que intentan regresar
a épocas anteriores o, cuanto menos, desacelerar el cambio
percibido como progreso.
La sociedad
presente, local y global, tiene contradictorias visiones de la
Historia. Las múltiples y simultáneas revoluciones
tecnológicas abren el futuro en infinitas direcciones;
a la vez, la humanidad tiene la percepción de agotamiento
de los recursos y de que no es posible seguir "progresando"
indefinidamente. Aparecen llamados dramáticos a "conservar"
recursos y guardarlos para generaciones futuras. Surge incluso
un autor, Fukuyama, que se atreve a cantar el "fin
de la historia", agotada en la forma política de la
democracia.
No obstante,
el fin de la Historia avizorado hoy por la humanidad no proviene
de la perfección de la democracia sino, justamente, de
la imposibilidad de que exista una forma de organización
política hegemónica. El llamado "choque de
civilizaciones" produce una idea catastrófica y apocalíptica
de la Historia.
Hace rato
que los venezolanos nos sentimos llegados a un callejón
sin salida. Todo lo que hicimos en el pasado fue declarado mal
hecho, inútil. La forma democrática desarrollada
es modelo descontinuado. La forma económica es socialmente
autodestructiva.
Porque se
había terminado la Historia en Venezuela emigraban los
venezolanos buscando futuro. Repentinamente, también el
mundo global parece llegar al final del camino. No hay lugar seguro
donde se pueda crecer, obtener prosperidad y la paz del trabajo
y del consumo.
¿Volveremos
ahora al destino local y parroquial? ¿O nos jugaremos la
suerte del mundo global?
Quizá todo dependa de dónde prenda el espíritu
libre y constructivo del futuro; allí donde esté
abierto el extremo temporal humano hacia la utopía; allí
donde prenda la voluntad del quehacer humano para la paz y la
dulzura del comercio; allí donde sea mayor beneficio la
paz que la guerra; allí donde exista tanta voluntad de
hacer bien que genere la esperanza de que existe alguna equivalencia
entre las eternas fuerzas del mal y bien.
Allí
seguirá persiguiendo el hombre la excelencia en el ser
y el quehacer.
Ruth
Capriles. Politóloga e historiadora