UNA OBRA SIGNADA POR AFINIDADES ELECTIVAS

Las cosas de Morandi

Un mundo reducido a objetos -botellas, jarras, latas- pareciera llevar
a más de uno a renegar de la obra de Giorgio Morandi; no así a Alejandro Oliveros,
quien escoge y se siente escogido por la propuesta del artista boloñés.
La reiteración de una pincelada rápida y violenta que aparta a estos objetos
de su condición sedentaria, la piel nueva que los cubre y esa luminosidad
extraña -"de la que hemos oído hablar a santos y poetas"- que impide
la proyección de sombra, entre otros, hacen afirmar a Oliveros: "Yo sí estoy
seguro de que me gusta Morandi. Y mucho. Cada vez más"


Catálogo de la exposición Galería Tate, 2001
Los objetos de Morandi "son siempre los mismos. Pero nunca son iguales"


a Robert Vifian

A propósito de la magnífica exposición de Giorgio Morandi en los nuevos, inmensos, espacios de la Galería Tate, un amigo vietnamita, coleccionista y buen conocedor del arte moderno, me confesaba recientemente: "No sé si me gusta Morandi". Cuando lo dijo, su opinión me pareció por lo menos desconcertante. ¿Cómo es posible que alguien de su sensibilidad no esté seguro de algo que, para mí, es tan claro como una mañana de verano? Superada la confusión, creo que pude apreciar el alcance de su comentario. No todo el mundo siente las afinidades que desde hace años mantengo con la obra del artista boloñés. De eso se trata. De afinidades electivas. Escoger a Morandi y ser escogido por Morandi. Algo que no ocurre con pintores como Matisse. Allí, las afinidades suelen ser universales. Con Morandi, entramos en el ámbito de lo particular. Lo personal.

El mundo de Morandi es el más limitado. Botellas, botellas, botellas. Jarras, jarras, jarras. Latas, latas, latas. Y algunos paisajes con sus casas, más cosas, en realidad, que casas. Como él, siempre he sentido fascinación por los objetos. Mi primer libro de poesías, Espacios, pretende ser, en parte, una crónica en versos de un diálogo con las cosas. Floreros, jaulas, cafeteras, vasos, sillas, mesas. Fue escrito durante mis primeros años de matrimonio. Y todo es novedoso, o casi todo, para la mirada del que contrae matrimonio y se muda para vivir con el único miembro de su nueva familia. Cada matrimonio inaugura un universo inédito donde la presencia de los objetos es determinante.

Las cosas son el dominio de la mirada. Es un acto profanatorio tocar una cosa para cerciorarse de su textura. Del mismo modo que el que toca la bandera para comprobar sus contenidos simbólicos. A las cosas les gusta que las vean. No tanto que las toquen. Los pintores conocen bien ese rasgo de la personalidad de los objetos. La pintura parietal pompeyana ofrece reiterados ejemplos de "naturalezas muertas". Que es como vino a llamarse el arte de describir las muchas maneras de lo inerte. La primera "naturaleza muerta" que conozco de la pintura moderna es la más espléndida. Fue realizada por Caravaggio hacia 1596. Con anterioridad, por supuesto, se pintaron otras descripciones de objetos. Pero siempre dependientes del asunto de la obra. Como la cesta de frutas que lleva en su cabeza la ninfa de Ghirlandaio en El nacimiento de la Virgen. O los dibujos de Leonardo, que forman parte de sus investigaciones de la naturaleza, y que sólo su genio los convierte en arte. O los de Durero. Por su parte, ni Rafael ni Miguel Angel tuvieron tiempo para los objetos. Sus designios siempre fueron épicos, heroicos. Ucello se dedicó a los caballos. Y las flores de Botticelli no son flores, sino adornos. A pesar de su belleza, no huelen. Como lo hacen las de Mantegna en el tríptico de San Zeno.

La Canasta con frutas, de Caravaggio, es la referencia inevitable en la historia del género. Aunque la tela es algo más que una naturaleza muerta. Se trata del mejor testimonio autobiográfico de su autor. Aún más que el desgarrado autorretrato decapitado de la Judith. Cuando nos detenemos frente al lienzo de 31x47 cm en las limpias salas de la Biblioteca Ambrosiana, sentimos que quiere decirnos algo. Hablarnos de las miserias tantas de Caravaggio. Las peras están pudriéndose. Las hojas de vid recorridas por insidiosos puntos negros. La luz es de un amarillo enfermizo malárico. No huelen bien estas frutas. Ya están condenadas a desaparecer prematuramente. Igual que desapareció tempranamente su autor, víctima de alguna pestilencia irreversible. La pintura moderna le debe, entre otras cosas, la invención de la naturaleza muerta como autobiografía. Como autorretrato. Manet no lo entendió de otra manera. Es probable que Morandi tampoco. Pero en Morandi nada es obvio. Su pintura, cuando nos habla, es apenas audible. Son murmullos. Y de nada vale que nos acerquemos. Una sensación de incertidumbre es lo único que queda. Y la certeza de que estamos ante un gran artista. Eso fue lo que sentí, y no por primera vez, al visitar la reciente exposición de Morandi en el espectáculo de la nueva Galería Tate a orillas del Támesis.

Catálogo de la exposición Galería Tate, 2001
Naturaleza muerta, 1949

Con De Chirico y Carrá, Morandi (1890-1964), pertenece a un reducido grupo de artistas a los cuales el arte moderno les debe una de las contribuciones más permanentes en la historia de la plástica de Occidente. Hablo del descubrimiento de la metafísica de los espacios. Como en toda empresa que se quiera original, los antecedentes son muchos y nada difíciles de precisar. En el Renacimiento, hombres como Sassetta y Perugino lo intuyeron. No obstante, el primero confundió metafísica con cristianismo. Y el segundo no supo qué hacer con lo que había descubierto en pinturas como Ciudad ideal. Algunos ingenios (Updike), han relacionado el genio veneciano de Piranesi con De Chirico. Es una forma de miopía. Las cárceles de Piranesi no son espacio para metafísicas. Son la escenografía del terror. Más cerca de las "tinieblas" que de los ocasos detenidos, oscuramente luminosos de De Chirico. Carrá y De Chirico no desconocían lo que estaban haciendo. Literalmente, estaban pintando metafísica. Nada de lo que es, en sus paisajes urbanos, lo es del todo. Cada presencia es una negación. Relojes que no saben del tiempo. Trenes que desconocen su destino. O se desplazan sin avanzar. Lo mismo las construcciones, cuya existencia, a pesar de ser visibles, no es del todo segura. No se trata, como se piensa a menudo con ingenuidad, de la transcripción de contenidos oníricos. Nadie sueña tantas veces con lo mismo. Sería demasiado aburrido. Que es lo que define, el aburrimiento, a lo cotidiano.

Morandi, en su exploración de la metafísica del espacio, se propuso ser menos ambicioso que sus contemporáneos. En vez de plazas, arcadas y trenes, escoge espacios más reducidos para su diálogo con la otra cara de la realidad. Que es lo que debe entenderse por metafísica. En lugar de plazas, cajas. Y no trenes o arcadas, sino objetos suspendidos en una refutación de la gravedad. O recostados del mismo aire. La exposición de la Tate se inicia con dos de estas obras de 1918. Las cuales nada tienen que ver con las naturalezas muertas emblemáticas de la obra del autor. No obstante, resultan familiares. Como los niños que en nada se parecen a sus padres y, sin embargo, nadie puede negar que sean sus hijos.

Tempranamente Morandi decide apartarse de una iconografía, la "metafísica", cuyo agotamiento era previsible. Una plaza son todas las plazas. Y un tren todos lo trenes. Decide entonces aproximarse al más "físico" de los exploradores de lo inerte, el más seguro de los maestros, el reiterado explorador de la sintaxis objetual, Paul Cézanne. De De Chirico a Cézanne a través de los objetos. Y siempre las botellas. En una "naturaleza" de 1919 (Cat.Vitali No. 47), la presencia del francés, convive con esta obsesión por las botellas. Una intuición (que son una forma perfecta) que Primo Levi, décadas después, habría de precisar en esos envases solidarios: "Hay recipientes, como el ánfora y la botella, que rápidamente alcanzaron una forma perfecta y que, en sustancia, han permanecido sin cambios. Dado el problema (contener un líquido sin permitir olores o sabores extraños; mantenerse de pie sobre un soporte; permitir el trasvaso sin pérdidas laterales), la solución era una sola y es la que ha permanecido" (Opere II). Sin sobresaltos, las botellas de Morandi encontraron compañía con la incorporación de otros objetos igualmente cotidianos. Una cafetera, una jarra, varias latas, algún vaso y un florero no muy grande. Una mesa o una repisa. Casi siempre los mismos. O siempre. Durante cuarenta años.

Morandi es la negación de la condición proteica que atribuimos a los grandes artistas. Pero sólo aparentemente. Sus objetos son siempre los mismos. Pero nunca son iguales. Así, como en la muestra de la Galería Tate, uno puede detenerse en la contemplación de más de cuarenta de estas obras sin ser tomado por el tedio. Lo contrario. Lo único que lamentamos es que sean tan pocas. Porque comenzamos a sentir que no son inocentes esos objetos. Algo dicen. "Aquel árbol que mueve la hoja algo se le antoja".

Buena parte del siglo XX pasó frente a Morandi y Morandi respondió con sus naturalezas muertas. Sin moverse apenas, anclado en el diálogo con sus objetos: "He tenido la fortuna de vivir una existencia sin sobresaltos. Sólo en raras ocasiones he dejado Boloña, mi ciudad natal, y los confines de la provincia de Emilia". El fascismo, la Segunda Guerra, la posguerra, no modificarían esta arquitectura en miniatura. Sin embargo, su obra no pudo haber sido realizada en otra época. Su pintura pertenece al siglo XX tanto como la de Picasso, Rothko o Rauschenberg. Sólo que debemos entenderla como una borrosa alegoría. Cuando habla de las cosas, está hablando de otros asuntos. Sus objetos guardan una extraña semejanza con los personajes de Giacometti. La misma soledad, la misma existencia torturada. El dolor de las cosas. Que es como Morandi parece expresar lo que en Giacometti es orfandad y desamparo. Todos los hombres de Giacometti son uno solo. Y todas las cosas de Morandi, una sola cosa. Una existencia que se vive desde el confín. Una manifestación acorralada, en ambos artistas, del olvido del ser. De la pérdida del centro. De la percepción angustiosa de los límites. De la proximidad del abismo.

En una de las salas de la exposición, los organizadores agruparon varias de las pinturas más inquietantes de Morandi. Realizada entre 1949 y 1955, esta serie de naturalezas muertas no parece distinta a las obras fechadas antes o después. Pero una observación más atenta nos enfrenta a las intenciones del artista. Algo no muy distinto al terror nos sobrecoge cuando percibimos la inminencia del desastre. Los objetos, las botellas de siempre, las latas, el florero, se han aproximado, de manera suicida, a los bordes de la mesa. El vacío es el próximo paso. La destrucción inevitable. La desaparición entre las sombras o bajo las olas del mar o de un río. ¿Quién sabe? Sentimos que, al darles la espalda, se arrojaran, sin remedio, al precipicio anulador y definitivo. No es infrecuente esta sensación cuando recorremos una muestra de Morandi. Uno sospecha que los objetos se desplazan en la tela de manera apenas perceptible. Y, cuando volvemos sobre ellos, podríamos apostar que, cuando los observamos por primera vez, estaban colocados de manera distinta. Unos centímetros más a la derecha. O a la izquierda. O hacia adelante, o hacia atrás. A pesar del peso que las somete contra la superficie de la mesas, estos objetos se niegan a permanecer estáticos. No es que se muevan con holgura. Tampoco se mueven de esta manera las figuras de Giacometti. Sucede que no soportan su propia condición. Ni los hombres de Giacometti. Ni las cosas de Morandi. Mucho de absurdo y no poco de lastimoso es lo que define estas apariencias.

Catálogo de la exposición Galería Tate, 2001
Naturaleza muerta, 1951

La exposición de la Galería Tate es la más generosa que se le ha dedicado al escurridizo Morandi desde la organizada, en Verona, por la Galleria dello Scudo a finales de 1977. En la muestra londinense es fácil distinguir cuatro de los rasgos que considero fundamentales en la obra del artífice italiano. Uno de ellos es la reiteración de una pincelada rápida, violenta. Casi siempre siguiendo la horizontal, que busca apartar a los objetos de la condición sedentaria que les sería innata. Ni las paredes ni las mesas se están quietas. La fijeza de estas composiciones es una falacia. Todo se está moviendo a su alrededor. Y no sólo las pinceladas. El mundo entero ha perdido su estabilidad. Que estas botellas, latas y floreros no estén bien delimitados es otro de los signos que me parecen propios de esta pintura. Y que se apoya en esos fondos de pinceladas intranquilas. Los bordes de las cosas son irregulares, borrosos. A diferencia de los objetos cubistas. Que han sido trazados con instrumentos de precisión. La línea de Morandi carece de esas aspiraciones. Lo que se propone es la condición abierta. En oposición a la condición cerrada del cubismo en su época analítica. Morandi, en términos arquitectónicos, se siente más cerca de Lloyd Wright o Gehry. Los cubistas se habrían identificado con Mies y, en estos días, con diseñadores como Richard Wright. Nerviosas es como me gusta llamar a las naturalezas muertas de Morandi. Nerviosas, como las arquitecturas de Lloyd y Gehry para los museos Guggenheim. Aunque no por abiertas o nerviosas, menos densas.

Porque, sin bien desdibujados, los objetos de Morandi son de una densidad que recuerda los de Chardin, uno de sus maestros. Y los de Cézanne, otro. Las botellas de Morandi, sin embargo, son las más pesadas. Como las manzanas de Cézanne, que parecen de cemento coloreado. Y esto es, precisamente, lo que ocurre con las cosas de Morandi. Que están pintadas. No, como es obvio, en la superficie del lienzo. Están pintadas antes de ser pintadas. Morandi ha cubierto sus objetos con una piel nueva. Algunas botellas fueron cubiertas de pintura por fuera y otras por dentro. De allí la consistencia de sus cosas. Pero Morandi ama las contradicciones. Los objetos más densos (no quiero decir sólidos) son, también, los más intranquilos. Aquella pincelada violenta, irascible, no deja en paz a los objetos. Que sólo en apariencia parecen fijos. La procesión, literalmente, anda por dentro. Es un alma intranquila la de estas cosas. Como la de los paranoicos.

Asistir a una muestra de Morandi es una experiencia inquietante. Que se hace aún más intensa cuando recordamos el cuarto de los rasgos que creo necesario precisar. Me refiero a la presentación de la luz. No siempre, pero sí la mayoría de las veces a partir de los años cincuenta, la luz desciende sobre los objetos no como un hecho físico, objetivo y cuantificable. Se trata de una luminosidad extraña. Pocas veces vista en la plástica occidental después del Renacimiento. Y de la que hemos oído hablar a santos y poetas. Esta iluminación nos coloca en la confusa presencia de objetos que no proyectan sombra. A una luz que carezca de propiedades físicas no es aconsejable exigirle que se comporte normalmente. Como con el personaje de Chamisso, uno siente que algo falta a esos objetos. Hasta que nos cercioramos de que carecen de una condición propia de todo lo que existe: proyectar una sombra. Con la excepción de los fantasmas. No sé si fue intencional, y es poco lo que este artesano deja al azar, pero el tratamiento de la luz en su pintura tardía, regresa a Morandi a sus orígenes. La metafísica nunca abandonó a este maestro.

Después de recorrer una vez más las salas dedicadas a Morandi en la Galería Tate, recuerdo el comentario de mi amigo vietnamita. Y recuerdo mi respuesta. "Yo sí estoy seguro de que me gusta Morandi. Y mucho. Cada vez más".

Alejandro Oliveros. Ensayista y poeta

N° 2 Aņo V
Caracas, sábado 13 de octubre
de 2001
 
 
Una obra signada por afinidades electivas
Las cosas
de Morandi

(Alejandro Oliveros)
 

Creación
Antología de poesía idish del siglo XX
De polifonía espiritual
(poemas)

 
Diálogo
Eliahu Toker
Traductor
del alma judía

(Jacqueline Goldberg)
Discusión
Humanismo
y post-humanismo

(Eduardo Vásquez)
 
 
 
 

 

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