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Diálogo
ELIAHU
TOKER
Traductor
del alma judía
A trasvasar la
lengua de sus ancestros se ha dedicado Eliahu Toker (Buenos Aires,
1934), transformándose en "el más importante traductor del ídish
al español", según refiere Jacqueline Goldberg, en medio del diálogo
que sostuviese con él en torno a esta "lengua de entendimiento fraternal",
y frente a la Antología de la poesía ídish contemporánea
que le llevara "veinte años de trabajo y en la que están incluidos
cerca de 70 poetas nacidos entre 1862 y 1935"

Foto: Jacqueline Goldberg
Eliahu Toker va tras la expresión de la otredad
El
ídish es la lengua afectiva de los judíos de la Europa
Oriental. En ella se agitan los festines y horrores transitados
por el pueblo judío desde hace un milenio. A partir de ella
se bifurcan las tradiciones, la identidad, la casa, el dolor, la
palabra como prolongación del cuerpo.
El ídish
nace en el siglo X, a la vez que muchas otras lenguas europeas,
en ciudades orilladas al curso medio del Rin. "Se forja -escribe
el especialista Itzjok Niborski- en el seno de comunidades
judías recientemente llegadas del norte de Italia y norte
de Francia con su bagaje de hablas románticas, enriquecidas
por el hebreo-arameo siempre viviente en los estudios talmúdicos
y en la liturgia. De estos elementos, a los que se suman el medio-alto
alemán hablado por la población circundante y -más
tarde- las lenguas eslavas, surge el ídish".
Tratándose
de una lengua que desarrolla su vertiente literaria homogénea
en el siglo XV y que alcanza un notable apogeo y difusión
un siglo antes de la Segunda Guerra Mundial -con una caudalosa producción
de teatro, poesía, narrativa, periodismo, textos religiosos
y folklóricos-, quienes emprenden el arduo oficio de la traducción
se topan a menudo con encrucijadas que superan lo lingüístico
para internarse en la polifonía espiritual, en la pasión
por una lengua que representa una manera de ser judío en
el mundo. Se calcula que en vísperas del Holocausto había
once millones de hablantes. En la posguerra el ídish se dispersó
por el mundo -fundamentalmente en Estados Unidos, Argentina e Israel-
como una lengua de entendimiento fraternal y de profiláctica
separación de la comunidad nacional.
Dice el Talmud
-conjunto de explicaciones de la Torá, libro fundamental
del judaísmo-que quien traduce literalmente es un falsificador.
Y tanto es así que el poeta argentino Eliahu Toker (Buenos
Aires, 1934) habla de "transustanciación poética"
a la hora de explicar el proceso de traducción que lo llevó
a tejer El resplandor de la palabra judía. Antología
de la poesía ídish contemporánea (Ediciones
Arte y Papel, Buenos Aires, 1996).
"Traducir
poesía supone", señala Toker, "deshuesar
cada palabra, pesar cada verbo, paladear larga, reiteradamente,
con el oído y las manos, en ambos idiomas, cada verso primero,
la poesía como una unidad después, hasta lograr -sin
que se evaporen poeta ni poesía- que un mismo canto resulte
transparente y cargado de sentido a personas de cultura diferente,
que parten de experiencias distintas".
Eliahu Toker
llegó al oficio de traductor de manera casual, aunque el
ídish es su lengua materna y la habla con absoluta naturalidad.
A finales de los años cincuenta el director del suplemento
literario del diario Amanecer lo instó a hacer unas
breves traducciones y ya jamás ha podido abandonar la obsesión
de trasvasar la lengua de sus ancestros. "Ha sido muy placentero
hacerlo, y tuvo mucha repercusión. Empecé entonces
una tarea cuyo resultado ha sido esta antología que me llevó
veinte años de trabajo y en la que están incluidos
cerca de 70 poetas nacidos entre 1862 y 1935".
Pero el placer
ha sido superado por el sentido de la responsabilidad. Y aunque
Toker prefiere no vanagloriarse de ello, la crítica
lo señala como el más importante traductor del ídish
al español. "Al hacer la antología tuve una especie
de sensación siniestra, no sé si de responsabilidad
o placer. Es una sensación muy extraña, porque reunía
el horror y la belleza, el placer y la angustia. No sabía
dónde comenzaba una cosa y terminaba la otra".
A todos los
traductores se les pregunta lo mismo: ¿hay recreación
en ese oficio? Y casi todos suelen responder afirmativamente. Toker
no es la excepción. "Tuve polémicas con la
gente de la revista Idiomanía, con la cual colaboré.
Había una persona, cuyo nombre no recuerdo, que escribió
una nota denominada Las 10 reglas para traducir poesía.
Le contesté que la primera regla es el poeta. No hay otra
regla, aparte del sentido de la vergüenza para decirse 'esto
no va, tíralo a la basura'".
Toker
mismo es un sensible y reconocido poeta, por eso la traducción
ha alcanzado en su propia creación límites que él
prefiere no reconocer aún: "Uno está siempre
'inspirándose' en todo. Yo diría que a mí me
pasa casi al revés de lo que a otros: mi relación
con la poesía influyó indudablemente en el hecho de
traducir y en el resultado, bueno o malo. Pero es mi concepción
de lo que es poesía. Hay alguien que trabajó bastante
alrededor de mi poesía, que dice que yo escribo en ídish.
No me doy cuenta, creo que estoy escribiendo en castellano. Pero
no tengo por qué no creerle".
Y agrega: "Al finalizar esta antología me queda la sensación
de haber sido parte de una tarea colectiva; de haber dialogado con
decenas y decenas de poetas -vivientes o no- a través de
sus obras; de haber forcejeado con ellos palabra a palabra, golpeando
y acariciando una y otra vez sus poemas con delicadeza y prepotencia,
para adecuarlos a un idioma completamente diferente de aquel en
el cual fueran concebidos".
El prólogo
de El resplandor de la palabra judía -de Niborski-
da cuenta de una evolución de la poesía ídish
cuya prehistoria se sumerge en el siglo XIV, ejecutada entonces
por recitadores ambulantes. Ya en el siglo XIX esta poesía
toma las vertientes de la canción popular, por un lado, y
de la escritura de "corte moderno" inspirada por el Iluminismo,
por otro. En el siglo XX los convulsos movimientos políticos
europeos -la Revolución Rusa, las Guerras Mundiales, la creación
del Estado de Israel- conducen a la poesía ídish hacia
muy diversos abrevaderos, en los que comienza a imperar el individualismo,
la reconcentración en la temática nacional y una lírica
más cercana a la producción poética universal.
Hoy en día hay numerosos narradores escribiendo en ídish
y algunos poetas: "Aunque no son muchos, ni grandes, que yo
sepa. En Israel, el Parlamento creó dos funciones o institutos
de promoción, uno de la lengua ladina o judé, y otro,
del ídish. En la comisión de promoción del
ídish colocaron a un tipo, que no sé quién
era, y no pasaba nada. Hace poco lo cambiaron por un tipo a quien
además conozco, un ex director de un hospital argentino,
enamorado del ídish. Para mi sorpresa, acaba de empezar a
salir una revista literaria en Israel, Punto Medio, que es
de primerísimo nivel".
Si bien escribir
en ídish es una marca indeleble de judaísmo -más
aún, de judaísmo ashkenazí-, cabe la pregunta
de si tal condición lingüística imprime a los
textos particularidades temáticas e ideológicas, de
si existe una poesía que pueda llamarse judía: "Es
la primera pregunta que uno se hace cuando encara una antología
de este tipo. La manejo con criterio absolutamente subjetivo. No
me interesa una poesía que sea judía porque habla
todo el tiempo sobre los tópicos de la vida judía.
Me interesa aquella que tenga una cosa más bien sutil, que
hable de pronto sobre la extranjeridad, la otredad, de esa mirada
que tiene, creo yo, el judío sobre el mundo de no dar las
cosas por supuestas, la capacidad de discutirlo todo. En fin, ese
tipo de cosas que se pueden encontrar en principio en no judíos.
En esta antología incluí a una poetisa que, después,
supe que no era judía: Sylvia Plath. Ella tiene una
serie de poemas de los que, tras leerlos, ni dudé que fuera
judía. Cuando me llamaron para decirme que ella no era judía,
me fui a la Lincoln, agarré sus libros, empecé a leer
su biografía, que además me fascinó. Me enteré
de que ella tenía una relación horrible con el padre
y se sentía la judía del padre nazi. Apareció
toda una cosa del nazismo que me interesó mucho, me pareció
elemental, aunque el judaísmo hubiera quedado lejos".
Jacqueline
Goldberg. Poeta y periodista
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