Artes Plásticas

LAS CARTOGRAFIAS IMPRECISAS DE CAROLA BRAVO

El teatro del territorio

Artes Plásticas Puesta la mirada sobre las cartografías imprecisas de Carola Bravo -en la Sala RG del Celarg hasta este domingo-, Rafael Castillo Zapata reflexiona sobre algunos aspectos que propician la "aceptación y comprensión del cuerpo que somos". La capacidad de "representarnos el espacio", de fijarlo en la memoria, de vivirlo nuevamente, es posible no ya cuando lo volvemos a recorrer sino cuando podemos narrarlo, y frente a imágenes analógicas como las instalaciones de esta artista -apunta Castillo Zapata "


Carola Bravo/ Tierra hombre

1
Las cartografías imprecisas de Carola Bravo nos invitan a reflexionar en torno a algunos aspectos que configuran nuestro imaginario territorial, es decir, nuestra capacidad de representarnos el espacio y de representarnos a nosotros mismos dentro de él, con él y en él, como escenario propicio y propiciatorio de nuestra aceptación y comprensión del cuerpo que somos, de la conciencia que somos, del ser que somos.

2
Somos un cuerpo en el espacio: la subjetividad se constituye en el paso y el traspaso, en el recorrido, en la travesía de determinados lugares en los que nuestra percepción integra la experiencia del paisaje en el que estamos, en el que nos involucramos, con la experiencia de nosotros mismos como entidad material, carnal, orgánica, sanguínea que se desplaza, que se mueve, que abarca con la mirada y con el deseo esa vastedad o esa localidad a la que llamamos mundo. Estar en el mundo es estar en un territorio delimitado no sólo por las fronteras materiales de unos accidentes del suelo, por una vegetación, por una atmósfera, por una arquitectura -templo, plaza, puerta o puerto-; estar en el mundo es estar al mismo tiempo en un territorio delimitado por la imaginación, por las fronteras fantasmáticas, siempre virtuales, de nuestra propia memoria y de nuestro propio deseo de espacio, de localización, de radicación o de flujo. Estamos en el mundo porque recordamos los espacios recorridos con anterioridad y, al mismo tiempo, porque intuimos espacios que podríamos recorrer, espacios por venir que pueden ser también espacios inventados, espacios especulados desde el sueño o desde la alucinación. A esta experiencia compleja del mundo, de la tierra, a esta práctica encarnada de nuestra terrenalidad y de nuestra territorialidad, la llamamos espacio vivido.

3
Los espacios son, en principio, espacios vividos, no solamente habitados o recorridos; espacios encarnados en el cuerpo y en la conciencia a golpe de memoria y de imaginación. No hay espacio, para nosotros, si no ha sido vivido de este modo. No hay vicisitud sin esta experiencia viva de la espacialidad, de la sitialidad, de la estancia o errancia en un territorio.

4
Todo espacio vivido lo es también porque podemos representárnoslo (la primera tarea de la conciencia, de la percepción, consiste, precisamente, en volver a hacer presente en la imaginación el espacio que hemos experimentado materialmente; es decir, en hacer imagen de él). Esta representación forma parte de nosotros mismos en tanto sujetos sujetados a un espacio; pero podemos, por diversas razones, estar tentados a fijarla de algún modo exterior a nosotros mismos, por necesidad de conmemoración compartida con los otros, por necesidad estratégica de convivencia, de defensa o de agresión. Pensemos aquí en la fijación verbal de esa representación del

Carola Bravo/ Territorio graficado

espacio vivido y convengamos en que, sea de modo oral, sea de modo escrito, el espacio vuelve a vivirse, no ya cuando lo volvemos a recorrer, o cuando lo evocamos, sino cuando podemos narrarlo. Al espacio vivido puede corresponder, pues, un espacio narrado; tendríamos, entonces, por ejemplo, las geografías; es decir, escrituras de la tierra, relatos del territorio, a los que recurrimos para fijar mediante las palabras la memoria de un lugar, de una comarca, de una ciudad, de una nación, de un continente.



5

Esta fijación también podemos obtenerla, no ya mediante las palabras, sino a través de imágenes analógicas en todas sus posibles manifestaciones. Recordemos, no obstante, aquí, dos manifestaciones de esa fijación analógica del territorio (dejando de lado por razones de economía dos muy importantes: la pintura, obviamente, la pintura de paisaje, digamos; y la fotografía, ejemplo flagrante): la cartografía, que intenta ser el retrato de un territorio, la reproducción visual a escala de un espacio vivido; y la escenografía, si me lo permiten, que intenta reproducir tridimensionalmente ese mismo espacio vivido que el mapa permite representar, por su parte, en dos dimensiones.

6
Las instalaciones de Carola Bravo, sus cartografías imprecisas, se nutren de todas estas posibilidades de la representación espacial y constituyen, por ello, terreno fértil para una reflexión como la que aquí venimos intentando. Proponen al que las experimenta recorriéndolas, contemplándolas, penetrándolas, pensar su propio estar situado, su propio estar orientado, su propia relación con el espacio y con su cuerpo; lo que equivale a decir, si permanecemos fieles a nuestras conjeturas iniciales, su propia relación con su memoria y con sus deseos o, lo que es lo mismo, según creo, con su capacidad de prospección y de retrospección, de evocación y de proyección, de experimentar nostalgias y de aventurar utopías.

7
Al proponernos cartografías fracturadas de espacios discontinuos; al crear mapas de territorios y de materiales yuxtapuestos; al poner en escena coincidencias fragmentarias de fenómenos geológicos (ver en la veta del mármol, por ejemplo, la premonición de los meandros de un río, o de las huellas de un deslave, como Chema Madoz, por ejemplo, ve en un muro desconchado la premonición de un mapamundi); Carola Bravo nos invita a pensar en la imprecisión de nuestra experiencia de los espacios que recorremos cotidianamente, en la ambigüedad de nuestra propia consciencia de permanencia, de localización, de pertenencia a determinados territorios; nos invita a pensar, también, en lo impredecible de ciertos recorridos, en lo inconmensurable de ciertas dimensiones.

8
Tal vez por eso, entre los trozos de mármol y los planos y cortes de territorios que son también cortezas y bordes de mar, costas o crestas, ha tendido esos hilos de acero que organizan retículas o, mejor, haces, que parecen soportar lo insoportado, lo insoportable. De alguna manera, esas guayas metálicas, esos alambres tensos, reproducen la geometría maravillosa de los portulanos antiguos, con sus trazados de vías marítimas, sus rumbos de vientos, en los que la línea recta parece exorcizar en el papel los inconvenientes y los peligros de los viajes azarosos a los que servían de guía. Está claro, lo sé, que las instalaciones de Carola Bravo no pretende guiarnos a ninguna parte; no son, en ese sentido, periplos, derroteros; son cartas de marear, sí, imprecisas; cartas que pueden marearnos en su provocada y provocadora imprecisión. Cartas de marear que invitan, sin duda, a la navegación y que son ellas mismas el lugar y la ocasión de ese navegar, pues son a la vez cartografía y puesta en escena del espacio que convocan al tiempo que, performativamente, actualizan, como si nos fuera dado penetrar en un mapa y habitarlo, como se habita una habitación, o un escenario.

9
Uno podría decir, pues, que las cartografías de Carola Bravo son grandes mapas desplegados en profundidad, como si la carta geográfica de un territorio adquiriese una dimensión adicional a las del plano. Son mapas para ser actuados. En este sentido es que quería proponerles entender estas cartografías escenificadas, como teatros del territorio: escenas donde el espacio hace espacio a su propia representación; una representación que no está dada de antemano sino que se activa en cada puesta; es decir, en cada nuevo recorrido que alguien emprende sobre sus tablas.

10
El mapa es sin duda, desde su origen, un teatro del mundo sobre un plano, una escena de la tierra representada según ciertas convenciones y ciertas reglas en dos dimensiones. Carola Bravo no ha hecho otra cosa -entre las muchas que ha podido hacer y que yo he omitido aquí o no he sido capaz de reconocer o de entender- que darle, como quien dice, volumen; añadirle esa otra dimensión que hace del mapa una caja donde tiene lugar la comedia o la tragedia de nuestra terredad.

(Cartografías imprecisas, muestra que ocupa la Sala RG del Celarg, clausura mañana domingo).

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

N° 3 Año V
Caracas, sábado 20 de octubre
de 2001
 
 
V.S. Naipaul, Premio Nobel de Literatura 2001
Tras el rastro del Caribe
(Lulú Giménez Saldivias)
 

Grandes Firmas
Mi amigo Conrado
(Alfredo Bryce Echenique)

 
Creación
Alfredo Silva Estrada, la pisada desnuda
(Rafael Castillo Zapata)
Arte
Las cartografias imprecisas de Carola Bravo
El teatro del territorio
(Rafael Castillo Zapata)
 
Premio Nobel de Literatura
Un Nobel para la agudeza y la crítica
El ojo clínico de Naipaul
(Axel Capriles M)
 
 
 

 

http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com