Creación
LA
BIENAL DE LIEJA SE HONRA AL OTORGARLE EL GRAN PREMIO
Alfredo Silva Estrada,
la pisada desnuda
Todo sugiere
que Alfredo Silva Estrada (Caracas, 1933) no ha hecho más que
prestarle oídos a los "respiraderos del día" donde ha hallado
el vacío de la plenitud que conforma su vasta obra, esa arcada
que parte De la casa arraigada (1953) y no cesa porque
ha sido tensada bajo el temblor por el advenimiento de la poesía,
que recientemente le ha hecho merecedor del Gran Premio de la
Bienal de Lieja, Bélgica, y a propósito del cual Rafael Castillo
Zapata retoma lo que expresara en el prólogo a la antología del
poeta editada por Monte Avila en 1992
El
descalabro jubiloso

Foto Enrique Hernández D´Jesús
Desde
su primer poemario, De la casa arraigada (1953),
Alfredo Silva Estrada ha puesto en evidencia la fuerza
afirmativa de su manera de entender el mundo y el poema, de concebir
la palabra como valor en sí y como medio, como soporte
y catapulta de vida y esperanza. La aspiración a la concreción
de la forma, básica en todo artista, adquiere en él
el valor de emblema de una cruzada que se inicia en el espacio
mismo de la ruina. El arraigo, vale decir, se conquista precisamente
a partir de la pérdida de suelo: y el poema es, entonces,
la escuela de rigores en medio de la cual el hombre, con la pura
y pulcra artimaña de la palabra, levanta el costoso edificio
de una estabilidad anímica que debe ser vigilada continuamente,
infatigablemente. Surge así, en la poesía de Silva
Estrada, una paradoja crucial: lo que él llama incitar
a la escultura, lo que él señala como ansias
de frontera implícitas en el caos, es la identificación
de un fenómeno ontológico que corresponde a la experiencia
limítrofe entre la vida y la muerte. Su palabra, su universo
poético, se instalan precisamente ahí, en ese borde
indeciso donde a partir de la destrucción surge lo construido,
como si en las entrañas de ese proceso de ser escombro
que amenaza a todo ser viviente estuvieran contenidas las fuerzas
de toda germinación futura, de todo esplendor a partir
de la ruina y la ceniza.
Pocas veces, me parece, la muerte ha sido convocada de modo más
limpio y más sereno que en esta poesía. La muerte
no es, aquí, sino el pasaje a través del cual se
accede de nuevo a la vida, como un cambio de piel necesario. Lo
que, llevado al terreno de la palabra misma, significa también
que la mejor compañía del poema, de la expresión,
es el silencio, en el sentido de que es, precisamente, del
mutismo corrompido de donde surge el habla; de un denso silencio
traicionado de donde surge, efectivamente, la voz: pues la
palabra brota de ese rumor germinativo en en el que anidan
las semillas de toda proferición articulada, compartible,
jubilosa. Asistimos, de este modo, a una celebración inusitada
de la ruina, de lo que se hace polvo, de lo trizado, vapuleado
y corrompido, en la medida en que constituyen el reverso -o el
anverso- de lo que se erige, florece, emana, prolifera. Se privilegia
el descalabro existencial porque es promesa de renacimiento y
se promociona la devastación del lenguaje -una calculada
estrategia de catástrofes provocadas sobre su materia sonoro-semántica-
porque de allí surgen los nuevos nombres, los nombres impensados,
la palabra renacida. La idea de restitución, de rendimiento,
aparece así a cada paso a lo largo de los libros de Silva
Estrada: la asertividad de su enfrentamiento con las palabras
y las cosas radica fuertemente en la evidencia de ese advenimiento
prometido en toda destrucción, como indicio latente en
cada rotura, en cada vacío, en cada fuga o pérdida
que devuelve algo a cambio, el lecho iniciático de una
nueva oportunidad.
Si el desplome lleva consigo esa promesa de gestación que
lo caracteriza en el universo silvaestradiano, si toda destrucción
implica una reconstrucción futura, se entiende entonces
que esta poesía sea, no sólo asertiva, sino, en
consecuencia, alabanciosa, celebrante. Todo descalabro, en ella,
es un descalabro jubiloso. O lo que es lo mismo, en ella es legítimo
reír en lo quebrado, fundar raíces en trizas, incitar
la plenitud a fuerza de cercar el vacío. No se celebra
en ella, pues, lo evidentemente celebrable, sino, antes bien,
aquello que a simple vista parece motivo de penuria o de desprecio;
se jacta, por eso, de radicarse en lo imperfecto, de surgir, a
fuerza de embates amorosos y asimilaciones defensivas, del escombro,
de lo desvencijado, de lo muertovivo en el desplome: junto
a los sumideros de la nada / las fracturas de ausencia los tajos
del olvido / se afirma la pisada desnuda / y la huella continua
del ser en su renuevo.
A partir del
prólogo a Acercamientos. Antología poética
(1952-1991), Caracas, Monte Avila Editores, 1992.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
|
Sobre
el límite
1
Habrá que ver por qué amamos el límite
Habráse visto
la pregunta encajada como estaca en el límite
La flaca
sombra
estamos
viendo la flaca sombra inhóspita
la sombra de la estaca
la sombra de la estaca sobre el límite
la sombra
de la estaca se proyecta
junto a la proyección de nuestra sombra
nuestro sombrío habitar lo inhóspito
nuestro errar en el límite
Amamos
también algo que pasa
algo detenido brevemente en la sombra
nuestro apego a la oscuridad de un terrón
la oscuridad de nuestra tierra
los muertos en nosotros
y todas las memorias enlazadas
hundidas en un deslizamiento de tierra
2
Nuestras pisadas de tierra sobre la tierra
nuestro errar en el límite
los muertos en nosotros errando sobre el límite
el entierro
de dios en nuestras vísceras
el entierro de dios cada primera vez
el entierro de dios detenido en el límite
dios errabundo con nosotros
errando sobre el límite
con pisadas de tierra sobre la tierra
3
Se desliza la tierra
algo traspasa el límite
algo calla en el límite
el fuego tácito en su infierno de polvo
en su
múltiple límite estallado
en un deslizamiento de tierra
donde ya no resuenan las pisadas
4
Vamos sobre una ausencia de ecos
nos estamos ausentes
y percibimos la estancia de ir
en la onda arrollada
vamos en el vértigo de la carne
vamos en el destierro de la carne
donde
ya no resuenan las pisadas
en algo que pasa brevemente
en algo que suena puramente
el mirar se desborda
5
Algo que se hace límite
el deshecho destello se rehace en un frote:
la inmersión en el límite
la compartida construcción
6
Nos debimos al abandono solo
a los rostros difuntos que bloqueaban
todo el zumbido de los astros
Sobre
aquel límite anulado por los eclipses
un hambre inesperada nos devoraba las arterias
7
No ser aquí
en este aire que se abisma
hasta ser la ponzoña negadora
Arrastrados
por la desposesión a tumbos
recobrando la tierra con nuestro cuerpo
desembocamos a la desposesión inmóvil
o intentamos de nuevo la promesa en el límite
Del
Libro Acercamientos (1963-1967)
|
|
|