TOMASSO
LANDOLFI FUE PIONERO EN DELATARNOS
Caracas, graciosa y enervante

Las muñecas de Reverón anteceden a la mujer de Landolfi
Foto Luis Brito/La muñecas:Ensayo visual/Catálogo
Armando Reverón, El Lugar de Los Objetos
En
el libro de Harold Bloom, Cómo leer y por qué,
nos aguarda una sorpresa. Bloom inicia su apetitosa lista
de los libros que le gustan con sus cuentistas favoritos. No llega
a definir qué es un cuento, dice, tan sólo que éstos
no son parábolas ni sabios proverbios, "y por lo tanto
les pedimos los placeres de la clausura". Tampoco son como
las novelas, capaces de afligirnos con "muchas sensaciones,
con penas y alegrías múltiples".
Los cuentos deben herirnos una vez y para siempre; aunque a veces,
como en el caso de Chéjov, esa única herida
es capaz de ensartar varias de nuestras memorias y esperanzas.
Los cuentos predilectos de Bloom fueron escritos por Turgueniev,
Chéjov, Maupassant, Hemingway, O'Connor,
Nabokov, Borges, Landolfi y Calvino.
Algunos de los que lean esta lista se harán la misma pregunta
que yo me hice: ¿Y quién será este Landolfi?
Tomasso Landolfi aparece con un cuento titulado La mujer
de Gogol, para Bloom: "el relato breve más
gracioso y enervante que he leído en mi vida". En
su descripción de dos páginas, Bloom habla
más de Gogol que de Landolfi.
Nos advierte que el Gogol real era un religioso obsesivo,
que no se casó nunca y que a los cuarenta y tres años
se dejó morir de hambre después de haber quemado
sus manuscritos inéditos. Sin embargo, en el cuento de
Landolfi, Gogol se ha casado con una mujer inflable
que adopta diferentes formas y tamaños según los
caprichos de su marido.
¿Por qué nos interesan las fantasías que
imaginó un escritor italiano en 1954, sobre la vida de
un escritor ruso de mediados del XIX? Por dos razones: la primera
es que el cuento realmente logra ser "gracioso y enervante";
la segunda razón es que esa mujer inflable, con quien Gogol
duerme y juega todas las noches, se llama Caracas. Nadie sabe
-al menos eso dice Bloom- por qué Landolfi
utilizó este nombre. Tratar de encontrar una respuesta
pudiera ser el tema de este ensayo. Pero, primero querrán
conocer a la esposa de Gogol. Según el biógrafo
de Gogol -el narrador en el cuento-, Caracas era un muñeca
ordinaria de goma gruesa, desnuda en todas las estaciones y de
piel algo morena, capaz de amplias variaciones, sin llegar a alterar
su sexo. Podía unas veces parecer flaca, casi sin senos
y de caderas estrechas, y en otros momentos lucir excesivamente
bien provista y hasta obesa. Podía cambiar el color de
sus cabellos y de todos y cada uno de sus pelos, aunque no siempre
al mismo tiempo. Era capaz de cambios más sutiles, como
la posición de sus lunares y hasta la vitalidad de sus
mucosas; podía incluso cambiar hasta el color y la humedad
de su piel.
La causa de estas variantes era precisamente el propio Gogol,
quien la inflaba o la desinflaba a su gusto, le cambiaba las pelucas,
le aceitaba la piel con diferentes esencias, y la estiraba y doblaba
hasta obtener el tipo de mujer que le provocaba. Siguiendo sus
inclinaciones del momento, llegaba hasta divertirse haciéndola
asumir formas grotescas y monstruosas; bastaba con inflarla demasiado,
o muy poco. Pronto Gogol se cansó de estos experimentos,
poco respetuosos para con una esposa de goma a la que amaba cada
vez más. Pero ¿de cuál de estas encarnaciones
estaba Gogol enamorado? Sin contestar a esta pregunta,
el biógrafo aclara que la muñeca fue gradualmente
pasando de esclava a tirana.
Es que Caracas podía ser muy bella; en su estado normal
era lo que llamamos una mujer bien construida y proporcionada
en todas sus partes. Hasta los más pequeños atributos
de su sexo estaban dispuestos en el lugar adecuado. Su vagina
estaba especialmente bien diseñada, gratamente dispuesta
con sutiles pliegues de goma y la presión adecuada de aire.
Gogol la inflaba por una válvula en el ano mediante
un inflador de bicicleta. Para desinflarla sacaba un tapón
situado en el fondo de la garganta.
Más notables que estos mecanismos eran los dientes y unos
ojos negros que, a pesar de su inmovilidad, simulaban perfectamente
la vida. Y aquí exclama el biógrafo: "Simular
dije, Dios mío, ¡Simular no es la palabra! ¡No
hay palabras cuando uno habla de Caracas! Una noche, que Caracas
se había convertido en una bellísima rubia con expresión
de niña irresponsable y melosa, dijo de repente, sorprendiendo
a Gogol y al biógrafo: "Quiero hacer pupú".
Gogol se enojó muchísimo con la procaz travesura
y le metió la mano por la garganta reduciéndola
a una flacucha desparramada por el suelo. Estos estados de belleza
que Gogol desinflaba a la menor falta eran imposibles de
reproducir. Caracas era una creación nueva todo el tiempo,
y hubiera sido imposible dar con las proporciones, el colorido
y el grado de tensión de una Caracas anterior. Aquella
rubia, opulenta y algo tonta, se perdió para siempre.
Hasta aquí mi resumen del cuento. Sin duda me he excedido
acercándome a un final que no debo revelar. Dejo a nuevos
lectores de Landolfi "el placer de la clausura";
tan sólo asomo que Gogol se venga con el arma más
dañina para una ciudad y para una mujer: inflarla más
allá de sus límites.
Los antecedentes de estas muñecas son conocidos. Reverón
las conoció en Macuto. Ya las estatuas de Dédalo
eran tan perfectas que si no se les ataba huían en secreto
durante la noche. Eurípides dice que tenían
brazos, manos, pelo, movimiento en los pies y una voz, y "todas
estas partes pueden adherirse a tus rodillas y llorar y pedir
urgentes ruegos y plegarias". Más cerca de Landolfi
está el Pinocho de Collodi, con una nariz que hubiese
encantado a Gogol. Del verdadero Gogol sé
muy poco. He leído sus Cuentos petersburgueses;
recuerdo bastante de El capote y de La nariz, algo
del Diario de un loco. Las almas muertas están pendientes.
Mi última fuente fue un ensayo de Sergio Pitol,
parte de un libro al que dio un bello título: Pasión
por la trama. Pitol cuenta de la intolerancia que rodeó
a Gogol, de su facilidad para lo enigmático y lo
satírico; de su pasión por los desórdenes
cósmicos y su constante flagelar lo que los demás
consideraban indudable. De Tomasso Landolfi puedo ofrecer
aún menos. Nació en 1908 en la provincia de Frosinone.
No conozco ninguna traducción al español de sus
textos. He leído un solo cuento, el que aquí hemos
comentado. Según sus críticos, Landolfi es
una fusión de Kafka con Vittorio de Sica;
añádanse buenas dosis del propio Gogol y
de Leopardi. Tiene una novela de "fantascienza"
-género que me aburre- titulada Cancrogerina; luce
interminable.
Sobre Caracas, la ciudad que dio nombre a la mujer de Gogol,
puedo decir unas cuantas cosas. Si Landolfi escribió
su cuento en los años cincuenta, es muy probable que escuchara
hablar de una ciudad fabulosa a algún paisano que regresaba
o estaba por emigrar a estas tierras. Caracas era entonces un
escenario de esperanzas, un sueño creciente y, tal como
en el cuento, muy capaz de asombrosas expansiones. Miles de italianos
venían en febrero a trabajar en las obras de Pérez
Jiménez, y se regresaban a su patria después del
2 de diciembre -la fecha predilecta del dictador para sus inauguraciones-.
Y cada año regresaban a una ciudad distinta, con brazos
que le salían hacia el Avila y hacia el mar, llena de nuevas
narices y superposiciones inesperadas.
En una entrevista que escuché hace varios años,
el pintor López Méndez habló de la
ciudad que había conocido de niño, y la comparaba
con la Caracas de su vejez, veinte veces más grande. Entonces
dijo: "Caracas no ha tenido un desarrollo, ni siquiera un
crecimiento, Caracas lo que ha tenido es una hinchazón".
Estas palabras parecen tomadas del biógrafo de Gogol.
Cuando busqué en el diccionario el significado de "hinchazón"
encontré varias útiles alusiones. Hinchar se refiere
no sólo a aumentar el volumen, sino también a exagerar,
a abultar un suceso, al resultado de una herida o de un golpe,
a hacer alguna cosa en exceso, o a envanecerse y engreírse.
Son tan visibles las vanidades, las consecuencias de las heridas,
las exageraciones y los excesos en este valle y en sus agredidas
colinas.
Caracas es una ciudad hinchada que ahora comienza a desinflarse
con más pellejo que carne. Según el biógrafo
de Landolfi quizás alguien podría haber encontrado
alguna continuidad en aquella indescifrable personalidad que tenía
Caracas al pasar por morena, catira y pelirroja, al ser unas veces
gordita y otras magra y fibrosa. Lo cierto, dice Landolfi,
es que quien quiera que fuera Caracas, siempre era una presencia
inquietante y hasta hostil. Pero nunca, ni Gogol ni el
biógrafo, lograron formular una hipótesis remotamente
sostenible sobre su verdadera naturaleza, al menos en términos
que fueran racionales y accesibles a todos.
Tampoco yo tengo una respuesta. De nuevo me excedo al inflar demasiado
esas maravillosas y sabias casualidades que nos ofrece la literatura.
Una buena traducción del cuento de Landolfi será
suficiente. De resto, esperar que la evocación no termine
en presagio, y nuestra Caracas termine como la mujer de Gogol.
Federico
Vegas. Narrador
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