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"RESPIRACION
ARTIFICIAL" DE RICARDO PIGLIA
Una
finta en tirabuzón
Como una "finta
en tirabuzón" califica Rafael Castillo Zapata la novela Respiración
artificial de Ricardo Piglia.Y es que este libro del escritor
argentino, cuyo relanzamiento hispánico ha sido emprendido por la
editorial Anagrama, está hecho "de referencias encajonadas, de injertos,
de ilusiones especulativas e intrincadas y de sutiles redes de conexiones
moleculares". Un relato en el que los personajes, presos en un mundo
en el que "ya no sería posible la aventura", recurren al robo de
experiencias ajenas

Ricardo Piglia, un autor "ya imprescindible"
Foto/Angela Bonadies
En
uno de los libros de entrevistas más aleccionadores de los
últimos tiempos, Crítica y ficción (Barcelona,
Anagrama, 2001), Ricardo Piglia recuerda a Poe y propone
entender la novela policial como "la gran forma ficcional de
la crítica literaria". Esta proposición tiene
su equivalente invertida: la crítica podría ser, a
su vez, "una variante del género policial". Reversible
e intercambiable esta relación se pone en juego de manera
delirante en su Respiración artificial, una novela
emblemática de las apuestas narrativas del entresiglo XX-XXI,
publicada originalmente en Buenos Aires en 1980 y reeditada recientemente
por Anagrama (Barcelona, 2001), editorial que ha iniciado, según
parece, el relanzamiento hispánico del ya imprescindible
autor argentino. En efecto, Respiración artificial
es crítica y ficción al mismo tiempo (o, lo mismo
vale, ficción de la crítica y crítica de la
ficción). Si bien es cierto que la literatura moderna es
impensable sin un pliegue crítico, sin el imperativo
de pensarse y vigilarse a sí misma en el proceso de hacerse,
en este caso en particular la capacidad del texto ficcional para
doblarse sobre sí mismo para analizarse mientras se expande,
prolifera, madura y se cierra provisionalmente, adquiere dimensiones
totalitarias. No sólo porque la novela es una novela de lectores
ansiosos de escribir su lectura y, por lo tanto, tentados
a escribirse a sí mismos a través de lo que leen y
de lo cual dejan registros y testimonios a cada paso, como el rastro
de un animal que rumia críticas de sus propios textos y de
los otros; sino porque en ella se realiza, en acto, la crítica
de la narración misma; es decir, la exploración detectivesca
de la novela como hecho criminal, como cadáver, como ruina,
como promesa de una textualidad impensada pero potencialmente verificable
en el más
allá de su supervivencia transformada. No contenta con esta
finta en tirabuzón, Respiración artificial
es también una crítica de la crítica literaria
misma. En fin, se trata, ni más ni menos, de un libro que
se constituye provocadoramente como una mise en abîme vertiginosa
de referencias encajonadas, de injertos, de ilusiones especulativas
e intrincadas y de sutiles redes de conexiones moleculares.
Steve Rattliff, en otro libro de Piglia, Prisión
perpetua (Madrid, Lengua de Trapo, 2000), decía que la
novela moderna era una novela carcelaria porque narraba,
según él, el "fin de la experiencia" y,
añadía, "cuando no hay experiencias el relato
avanza hacia la perfección paranoica"; es decir, cubre
su vacío "con el tejido persecutorio de las conexiones
perfectas". El tema del "fin de la experiencia" atraviesa
a todo lo ancho y largo el texto polifacético que es, arltianamente,
Respiración artificial. Sus implicaciones son enormes
desde una perspectiva posmoderna, si recordamos, apenas, la insistencia
con la que ciertos pensadores de los últimos tiempos se han
referido a la "sordera histórica" de esta sociedad
nuestra del espectáculo. Jameson comenzaba su Teoría
de la posmodernidad con una idea que podría dialogar
perfectamente con Emilio Renzi, Marcelo Maggi y el polaco Tardewski,
personajes inolvidables del mundo pigliano: lo que caracterizaría
a la posmodernidad sería el "intento de pensar históricamente
el presente en una época que ha olvidado cómo se piensa
históricamente". Uno de esos intentos, yo diría,
es Respiración artificial. No sólo por el modo
como se establecen en su estructura conexiones con la historia documental,
expoliada con pancha capacidad especulativa, sino porque todos sus
personajes están esforzándose todo el tiempo por recuperar
su propia historia en los lodazales de un tiempo con amnesias graves
como el nuestro, lleno de tiempos expropiados, de tiempos muertos.
Ayunos de experiencia, presos en la prisión de un mundo en
el que ya no sería posible la aventura, forcejean con su
propia memoria para sacarle la mínima sustancia necesaria
para vivir sin sobrevivirse lastimosamente. Cuando no lo logran,
recurren al expediente puro y simple del robo de experiencias ajenas.
A veces, también, echan mano de recuerdos artificiales. Se
bandean, van vadeando. De allí la proliferación de
citas y prótesis textuales en las que tienen que apoyarse
para seguir avanzando en la novela; es decir, en eso que es su vida,
la vida. De allí sus revisitaciones desesperadas
de la historia, sus minuciosas e insidiosas intrigas urdidas en
los rincones perdidos de una carta de Kafka que nadie leyó
como Dupin, el de la rue Morgue. De allí sus parodias,
sus glosas y sus inversiones, pues, como dice Tardewski, donde "antes
había acontecimientos, experiencias, pasiones, hoy quedan
sólo parodias", burlas, escarnio, simulacros. Rehenes
de una cultura (de una política, corrige el propio
Piglia) de masas que funciona como "una máquina
de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales",
son dignos herederos de ese Joseph K. que ya venimos siendo todos,
incapaces de recordar quiénes somos, envueltos en un proceso
que es, como dice Piglia, incansable, un proceso a la memoria.
De allí, finalmente, esa búsqueda del resto utópico
de la vida que emprende Marcelo Maggi para sostener una nostalgia
de futuro sin la cual nuestra confusión sería tal
vez más vasta de lo que ya es a lo largo del desarrollo de
ese "libro fragmentario, hecho de borradores y de ideas anotadas
y a medio pensar" que estamos todos escribiendo.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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