¿A SIGLO NUEVO PALABRA POETICA NUEVA?
Para envidiar
la felicidad de los animalesLa sencillez y la inteligencia van de la mano en el ensayo sobre las relaciones entre poesía y cambio y felicidad que aquí desplegamos. Como que su autor, un venezolano "autoexiliado" en Ciudad de México desde hace más de una década, gusta con fruición de enlazar sentidos originales y gestar informes protagonizados por la palabra reina, la palabra que nombra o habla o es, íntegra, poesía. Precisamente, Más allá de la palabra (Ediciones de la Casa Bello) y Para pensar la crítica de la poesía en América Latina (Unam) son sus nuevos títulos que, tal y como rezan, son toda preocupación por pensar y escribir poesía. El texto que sigue ahonda en el asunto
Foto: Esso Alvarez
Josu Landa: "...la buena poesía no acontece para nada más
que no sea realizarse a sí misma como tal"
Lo primero que registro a la hora de considerar el tema de los nexos entre poesía y cambio es la impresión de que algo ha cambiado en el mundo: ya no es un asunto que suscite el interés de los poetas o los críticos y pensadores de la poesía. Hace mucho que los discursos metapoéticos se han desentendido del factor cambio. Este es un hecho histórico que afecta al "campo literario" el término es de Bourdieu en el que tiene lugar lo poético, pero prefiero verlo como un síntoma de que el propio desenvolvimiento de la poesía ha absorbido y disuelto el problema y de que, por lo mismo, pudo haber sido uno de los falsos problemas con los que antaño se cebaron demasiados intentos de comprensión teórica de la poesía.
Hay un caso emblemático, cuyo examen permite comprender la verdadera relación entre poesía y cambio: me refiero a Rimbaud. Hacia el final de Una temporada en el infierno, se halla una exhortacion célebre: "Hay que ser absolutamente moderno".1 La máxima por lo demás, tan categórica como un imperativo revela una alta estima por lo moderno, justamente por su dimensión más destacable: el ideal fáustico de la acción, la ilusión de una nueva voluntad de poder abocada a dominar el mundo, la pasión de transgredir toda norma, el espejismo de una divinización del hombre luego de la muerte de Dios, la pulsión de rebasar todo límite, el vértigo de una fuga permanente hacia delante en pos del cambio del cambio del cambio Es sabido que Rimbaud asumió esta ideología de manera extrema y total, es decir, como el único puntal de su yo, de su vida y de su poesía. Durante su juventud militó febrilmente en ella, al socaire de un mundo en el que reventaban flores como la Comuna de París. Sin embargo, nada muestra con mayor elocuencia el fracaso de sus pretensiones que el misterioso y ya mítico silencio que abre y sostiene la segunda parte de su biografía. El poeta renuncia a una palabra que no cambia nada y huye del paraíso rumbo al infierno de todos tan conocido, en la forma un tanto exótica del tráfico de marfil y armas desde los remotos eriales de Etiopía.
Tal vez la verdadera derrota de Rimbaud no estribe tanto en la absoluta ineficacia de su poesía como la de cualquier otro, por lo demás a la hora de ofrecerle una tierra firme, material, a las emanaciones inconmensurables de su deseo, cuanto en su incapacidad para percatarse de que sólo hay un reino en el que su palabra poética opera una innegable revolución, es decir, un cambio: justamente el reino de la palabra. El fracaso moral, espiritual, social y político de los empeños de Rimbaud fuente de su amargo rechazo a la poesía no fue óbice para una exitosa alteración del mundo de lo poético, cuya fuerza y radicalidad aún es apreciable para las almas sensibles del presente. Si hay un Rimbaud revolucionario como en efecto lo hay es el que asesta uno de los más severos golpes a la representación de la poesía como mímesis. Terror y temblor, sí, pero en el mundo de la palabra.
El caso Rimbaud impele a fijarse en toda una serie de aspectos a que remite la pregunta por las ligas entre poesía y cambio. Aspectos que, desde luego, no podrán ser abordados aquí con la exhaustividad deseable. La simple postulación de un vínculo entre los dos términos de la referida relación pone de relieve una elevada estimación del ideal del cambio. Como quiera que se entienda esta noción, no es evidente que deba ser un valor per se. Tomarlo como tal es aceptar una concepción del tiempo que no tiene por qué ser un dogma: la visión lineal de tiempo, la idea de un tiempo dotado de un sentido determinado; un tiempo que va del paraíso al paraíso, pasando por el infierno de la existencia histórica posterior a alguna clase de caída (no sólo la del pecado original); en definitiva: el tiempo de la realización de la historia. El supuesto de que el mundo de la poesía está necesariamente determinado más allá de ciertos condicionamientos obvios por ese sujeto abstracto que suele darse en llamar "Historia" está muy lejos de ser demostrado. Una cosa es tematizar la historia como lo hacen buena parte de los poemas de Martí, Darío, Miguel Hernández, Apollinaire, Neruda, Pavese, Paz, Celan o Roque Dalton, para citar unos cuantos nombres entre miles. Otra muy diferente es tratar de ceñir el curso de la vida social al desenvolvimiento de la palabra poética o viceversa. La jugada es ésta: una noción limitada y limitante del tiempo que exige acotar justamente lo que se distingue por rebasar todo límite: la palabra en plan de poema. Ahora bien, esto no significa que sea válida una operación semejante apelando al componente de infinitud que comporta la idea circular del tiempo. El hecho de que Lucrecio, por ejemplo, poetice sobre los ciclos de la naturaleza tampoco justifica proponer una poesía del eterno retorno de lo idéntico, contrapartida de una poesía del cambio y de la historia. Las relaciones reales del tiempo con la poesía no son propiamente las que se han solido señalar desde ciertas ideologías del tiempo.
La reacción antipoética del segundo Rimbaud, es, quizá, el más efectivo alegato contra la visión romántica del mundo y del arte. Actúa como un certero mazazo contra una idea que ya había introducido Vico y que ha gozado de buena salud, al menos, hasta Heidegger, sin olvidar a poetas como Hölderlin y Leopardi: el poeta como gran sacerdote-caudillo de pueblos y naciones: el poema como sementera del lenguaje fundacional y fundador del ser. El silencio de Rimbaud aterra, como el suicidio de Celan o de Ramos Sucre o de Alfonsina Storni o de Julia de Burgos o de Sylvia Plath, porque pone en evidencia la falsía de una supuesta redención por medio de la palabra poética. Ni siquiera da un respiro a la promesa schopenhaueriana de un consuelo metafísico. Mucho menos autoriza a ver en la poesía a una partera de utopías sociales. En realidad, la utopía se nos ofrece como el (no) lugar de la pasión domada y el (no) tiempo de una existencia cuya perfeccion consiste en haber superado el tiempo. Nada de esto es pensable para el Rimbaud que llegó a tener como algo "absurdo, ridículo, asqueroso", su propia obra poética.2
Otro punto a tener en cuenta en una aproximación al tema sobre el que versan estas líneas es el lugar que la historia concreta de las sociedades asigna a la poesía y, colateralmente, los modos como se da la recepción de la poesía, que es una manera de hablar de la inmersión de la poesía en la sociedad y de la sociedad en la poesía. Movimientos como el futurismo, el realismo socialista, el surrealismo y la literatura engagé parecían haberse enterado demasiado tarde de la mutación que había sufrido la poesía, desde hace siglos. El ideal de una "poesía pura", con independencia de lo que signifique la fórmula, vino a ser el corolario de un proceso histórico en virtud del cual la poesía abandonaba su condición de medio pedagógico, religioso e ideológico para asumirse como un fin en sí. Por lo menos, desde Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé la buena poesía no acontece para nada más que no sea realizarse a sí misma como tal poesía. Y nada parece indicar que nuestra época acepte impunemente nuevas formas de instrumentalizar lo poético. Desde luego, esto tampoco niega que cada nueva creación poética o sea, cada nueva jugada en el lenguaje, con miras a abrir cauces a las posibilidades poéticas del lenguaje alerta el mundo en el sentido de que, como ya lo ha señalado por ejemplo Gabriel Zaid, lo enriquece.
Hay razones de sobra para ser cautelosos ante una valoración excesiva del cambio en el fondo igual a una estimación hiperbólica de la historia de la que supuestamente debería participar la poesía. Me parece que si fuera dable hablar de una misión de la poesía, se trataría siempre de algo más complejo y profundo que el desiderátum del cambio en las relaciones sociales. Por ejemplo, algo muy cercano al viejo y más que ambiguo ideal de la felicidad. De hecho, se quiera o no, toda poesía enfrentada a la opaca dureza de lo real anuncia algo que se supone mejor o, al menos, proclama un deseo en ese sentido, por mucho que en general los poetas fracasen en el intento. Así que, todo indica que el poema con vocación de panfleto también es uno de los nombres tal vez vergonzante del buen dominio con que los griegos se representaban la felicidad. No es un despropósito suponer que era lo que pretendía, pongo por caso, el Hölderlin que componía odas al estilo de Píndaro, en alabanza del modelo político instaurado por la revolución francesa toda vez que, según sus anhelos, habría de dar pie al retorno de la democragia griega. Era también lo que perseguía Maiakovski, al sacrificar su ardoroso verbo en el ara de la revolución bolchevique, aunque ya se sabe cómo le fue en el empeño.
No voy a caer en la temeridad de tratar de elucidar aquí la noción de felicidad. Sólo quiero recurrir de nueva cuenta al auxilio de Rimbaud. "[ ] envidiaba la felicidad de los animales ¡las orugas que representaban la inocencia del limbo, los topos, el sueño de la virginidad!"3, confiesa en "Desvaros II", uno de los textos que integran Una temporada en el infierno. ¿Qué más puede agregarse? Envidiar la felicidad de los animales: el propio poeta cree ver en ese estado bastante extraño un soporte digno para la vorágine de su alma y para su "alquimia del verbo". Envidiar la felicidad de los animales: tal vez no esté nada mal como referencia de la palabra con intención poética, en cualquiera de sus manifestaciones, en este fin de siglo y milenio.
Notas
1 Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno. En: Poesía completa (ed. bilingüe), décima edición, Barcelona, Ediciones 29, Col. Río Nuevo, 1980, p. 100.
2 René Faurisson, ¿Habrán leído a Rimbaud?, citado en Espiritualidad y literatura: una relacción tormentosa, de Juan Liscano. Barcelona, Seix Barral, 1976, p. 68.
3 Arthur Rimbaud, Op. Cit, p. 95.
(Texto leído en la mesa redonda Poesía y cambio, en el ciclo La dignidad de la poesía, patrocinado por el Instituto de Cultura de la Ciudad de México).
Josu Landa. Poeta y ensayista residenciado en Ciudad de México
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