Grandes Firmas
Evelyn Arthur
Saint John WaughTodo el genio (ironía, humor, pasión incluidos) del autor de No me esperen en abril entre otros títulos célebres, se cuela en su aventura de acercarnos a la vida enigmática del novelista británico Evelyn Waugh (1903-1966). Se sirve para ello de los datos que le diera el príncipe belga Leopoldo de Cröy, auténtico héroe de relato
A Leopoldo de Cröy Solre,
In memoriamCuando le decían que era nada menos que descendiente de Lord Cockburn, solía replicar con la más triste de sus irónicas tonalidades: "A Lord Cockburn lo hicieron noble por razones prácticas. A mí, en cambio, me encantaría ser descendiente de un Lord que no sirviera para nada". Y cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, formó parte de la resistencia, en la entonces Yugoslavia, solía llevar siempre una elegantísima y muy personal capa blanca, de pies a cabeza. Y una noche en que él, Randolph Churchill, hijo de Sir Winston, y Leopoldo de Cröy Solre se encontraban en el punto más alto de una colina y la aviación alemana bombardeaba la zona, se produjo el siguiente diálogo, en torno a la blanca capa de Evelyn Arthur Saint John Waugh y el blanco perfecto que tenían los bombarderos nazis ahí encimita de la colina y de sus cabezas.
¿No se da usted cuenta del muy evidente riesgo que para todos nosotros implica su absurda manera de vestir en plena Guerra Mundial? lo interpeló Randolph Churchill.
Al Dandy Resistente, como bien podríamos llamarlo, no se le ocurrió mejor idea que la de despojarse de su inmensa capa y arrojarla sobre el punto más alto de la colina, con una elegancia ya casi taurina y dejando el blanco tan blanco ya como una feroz y repentina nevada. Había rizado el rizo, como quien dice, o en todo caso había ampliado la perfección de un blanco ya de por sí perfecto. Acto seguido, respondió a la interpelación de su camarada con otra pregunta:
¿No será usted, por casualidad, cobarde?
Evelyn Waugh es el abreviadísimo nombre con el que este gran escritor ha pasado a la historia de la literatura, aunque actualmente se le lea bastante menos que hace unos años y se le conozca mayormente por las correctas adaptaciones al cine de dos de sus más importantes novelas: Brideshead revisited y A handfull of dust. La primera es, al mismo tiempo, una muy aguda y muy cándida disección de la endeblez moral, aunque desde un punto de vista más complaciente y empático ante el desgarramiento de un personaje que el mostrado en novelas anteriores, sobre todo en Decline and fall y Vile bodies. La segunda, traducida al castellano con el título de Un puñado de polvo, nos muestra cómo el mero aburrimiento gótico-victoriano lleva a una mujer, Lady Brenda, al menos deseado y más intrascendente flirteo. Pero lo que empezó como un divertimento propio de su clase social y generación, termina convertido, por las atormentadas virtudes literarias de Evelyn Waugh, en verdadero desastre, en feroz tragedia, en el más triste y absurdo de los desenlaces posibles dentro de la trama de aquella extraordinaria novela.
El príncipe belga Leopoldo de Cröy y Solre fue quien me contó las anécdotas con que he empezado este artículo y fue también testigo de ambas, si mal no recuerdo. A él, en todo caso, le debo la lectura y relectura de la obra de Evelyn Waugh, desde hace fácilmente dos décadas. Leopoldo falleció el pasado mes de julio y me fue imposible asistir a su entierro. Logré hablar, sin embargo, con su hija Jacqueline y quedamos en que nos reuniríamos en Bruselas en el mes de septiembre. Inútilmente, esperé que me llamara o escribiera antes del 16 de ese mes, pues ese día viajaba yo a París por un buen par de semanas. La dirección de Leopoldo en Bruselas, 10 rue Faider, la he sabido de memoria desde que lo conocí, en 1972, en el desconcierto total de una fiesta demasiado alegre para mí, organizada por el pintor Alfredo Ruiz Rosas. La muchacha que me acompañaba escapándose de París, y que hoy es una de mis más grandes y queridas amigas, no llegaría muy lejos conmigo. Mucho menos yo con ella. Historias de cabezas coronadas, como suele decirse en una jerigonza que hoy he olvidado por completo. Leopoldo de Cröy y Solre fue quien me lo advirtió, muy cariñosa y prudentemente, durante un almuerzo triste que organizó en su casa para los invitados resacosos de la noche anterior. Desde entonces visité bastante esa hermosa mansión declarada monumento histórico, gracias a lo cerca que quedaba Bruselas de París en tren. Hoy esta distancia es aún menor, con la altísima velocidad de un tren llamado Thalis. Y así, el 17 de septiembre, al ver que los asuntos que me habían llevado a París tardaban en activarse, salí disparado rumbo a Bruselas. Visitaría, cuando menos, a las hijas de Leopoldo, en vista de que Emanuel y Henry, sus dos hijos hombres, viven ahora en Dublín y Luxemburgo.
Mi fracaso fue total, pues nadie respondió a mis insistentes timbrazos en el número 10 de la rue Faider y nadie respondió tampoco cuando, en un bistrot de vieja Gran Plaza, alterné tres llamadas telefónicas con tres botellas de esa fuerte y excelente cerveza belga llamada Mort Subite. ¿Fort rent?, me preguntaba, momentos más tarde, ya cómodamente instalado en el Thalis Bruselas-París, hacia el anochecer, ¿se estaría alquilando aquella grande y hermosa mansión? Y mientras recordaba y me interrogaba volvía a verme mil y una veces sentado ahí en el amplio salón, con Leopoldo, retomando siempre nuestro tema favorito: Evelyn Waugh cuya primera esposa, incidentalmente, se llamaba también Evelyn, sus novelas, su época (nadie en la Inglaterra de aquellos años 30, 40, 50, se ocupaba de narrar la vida de las clases bajas, como si lo único digno de ser contado sucediera entre los integrantes de esa jet que bailaba al ritmo de Cole Porter en los salones de lujosísimos paquebotes, que veraneaba eternamente entre Cannes y Antibes, y cuya irreverencia y desenfado hizo que se les conociera como Bright young things (Jóvenes y brillantes cosas), su pasión por la arqueología, plasmada en su excelente Helena, su olímpica ironía enfocando esta vez a la sociedad norteamericana y, más particularmente, a un sombrío Hollywood, en su breve novela The loved ones, víctima de una fatal adaptación cinematográfica, pero que le hizo ganar una fortuna y le dio el reconocimiento internacional definitivo, algo que sin duda mereció desde los 25 años, cuando publicó Decay and fall, su primera novela. En ella encontramos ya el universo narrativo que Waugh, católico converso, ironizó como nadie antes ni después que él: el de las operetas de Gilbert y Sullivan, como The Mikado, el del té a las cinco y los paseos por la campiña, el del cricket como parte de la conducta sexual de los británicos.
Christopher Sykes, en su biografía de Evelyn Waugh, un verdadero banquete en el que, sin embargo, el invitado de honor parece estar ausente, afirma que es realmente imposible conocer la vida, la obra, la época, las actitudes serias, las irreverentes, las positivas y negativas, las desgarradas y desgarradoras, del autor ante su época, sin recurrir a la inagotable correspondencia que Waugh mantuvo durante muy largos años con amigos como la escritora Nancy Mitford, Alfred Dugan, Lady Diana Duff Cooper y la esposa del creador de James Bond, Ian Fleming. Sólo así nos enteramos de la eterna lucha de este gran escritor, a quien muchos consideran frívolo y nada más, de este verdadero bañista de la angustia, por alcanzar la perfección en su oficio. Para Evelyn Waugh, una mera errata en un texto era ya un signo de debilidad moral.
Sin embargo, son más los que, como Lord Hailsman, opinan que Evelyn Waugh fue ante todo un hombre extraño, un genio que, como una foto, salió movido, y en todo caso un escritor que jamás alcanzó la totalidad de sus posibilidades. Para el crítico Luis Chitaroni, en el suplemento cultural de La Nación (Buenos Aires, 9 de marzo, 1997), Waugh fue "Un fénix demasiado frecuente". Cito el primer párrafo del brillante artículo que lleva ese título: "Evelyn Arthur St. John Waugh tenía la educación y el talento para ser el gran escritor que fue, pero creyó con demasiada firmeza que eran las únicas cosas necesarias. Nació en 1903, demasiado tarde para que nos parezca por completo verosímil, y murió en 1966, demasiado pronto para que nos resulte definitivamente anticuado. Entre esas fechas transcurre su siglo particular, con el que se entendía en un dialecto despectivo. Entre esas fechas, Inglaterra fue muchos países simulando ser uno. Waugh contemplaba las declinaciones y caducidades con la nostalgia de un ex alumno díscolo y la soledad recóndita de un ex amo del mundo. Dicen que en los últimos años abusaba de una cornetilla acústica para exagerar su sordera".
Basta, basta ya me está diciendo Leopoldo de Cröy, y yo lo escucho cuando agrega: El propio Christopher Sykes reconoce que poco o nada sabe de las correrías de Evelyn por México. ¿Y qué sabe toda esa buena gente de la guerra, de la resistencia, de Yugoslavia, de la tuberculosis...
Claro, Leopoldo te estoy escuchando. Sigue, sigue, por favor
Alfredo Bryce Echenique. Narrador peruano
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