EL ESCENARIO DE UN MITO

Leda en las colinas de Vinci

El mito de Leda —mujer seducida por el dios Zeus, quien se convierte en cisne para conseguir sus propósitos— atrajo no sólo a artistas e intelectuales del Renacimiento, sino también a los actuales espectadores —entre ellos Alejandro Oliveros— que visitaron la muestra exhibida recientemente en el Museo Leonardiano de Vinci: Leonardo e il mito di Leda. Modelli, memorie e metamorfosi di un’invenzione. Versiones de grandes maestros como Rafael, Durero, Rosso Fiorentino, Miguel Angel, entre otros, dicen de esta historia llena de "erotismo y plasticidad", apunta Oliveros


Leda / Copia de Leonardo da Vinci

 

Sólo llegan a Vinci los negociantes del aceite de oliva que se produce en sus suaves colinas. Y los turistas con devoción suficiente para trasladarse hasta el pueblo natal de Leonardo. Por Vinci no pasa ninguna carretera de importancia. Ni fue considerado de relevancia suficiente como para justificar una estación del tren que une a Pisa con las demás ciudades toscanas. Para llegar a esta población hay que abandonar la "autostrada" Florencia-Lucca e internarse en el interior de la provincia. Sólo va a Vinci el que va a Vinci. No obstante, el verano pasado el número de visitantes aumentó significativamente. La razón fue la muestra organizada por el Museo Leonardiano: Leonardo e il mito di Leda. Modelli, memorie e metamorfosi di un’ invenzione. Una ocasión que reveló al espectador las oscuras relaciones que se establecieron entre ese mitoma en particular y el maestro de la Ultima cena.

El de Leda fue uno de los mitos más popularizados por intelectuales y artistas del Renacimiento. Y tenía que ser así. Se trata de una historia que abunda en erotismo y plasticidad, dos de los signos del arte renacimental. El mito habla de la seducción de una bella mujer por parte de Zeus. Que para llevar a cabo su propósito se transforma en el que fuera considerado el más hermoso de los animales de pluma. Esto es, en cisne. El animalismo no es infrecuente en la mitología griega. El mismo Zeus manifestó una notoria inclinación hacia esta práctica. En un dibujo tardío Miguel Angel lo describe cuando, en pleno vuelo, convertido en águila, hace el amor al provocativo Ganimedes. El de Leda no es una construcción reciente. Odiseo lo menciona en su relación de la visita al Hades: "Vi también a Leda, la esposa de Tíndaro, que le parió dos hijos de ánimo esforzado: Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil. A estos mantiene vivos la alma tierra, y son honrados por Zeus debajo de ella".

Por una vez, Homero es prudente y no dice la historia completa. La deferencia de Zeus se explica porque se trata de sus hijos. Eurípides, menos discreto, abunda en detalles sobre el episodio. En su Helena, la protagonista menciona a Leda en varias oportunidades. En su primer parlamento: "Según dice la fama, Zeus, transformado en alado cisne, voló al seno de mi madre, y fue su esposo clandestino". Más adelante, la misma Helena alude a las extrañas señas de su nacimiento: "Porque ninguna mujer, ni griega ni bárbara, puso un huevo, como comentan de Leda, al darme la vida de su unión con Zeus".

La tradición no se puso de acuerdo en lo que se refiere a los frutos de aquella unión. Según Eurípides, de un solo huevo habrían nacido los hijos de Leda. Otros autores sostienen que cuatro fueron las criaturas y dos los huevos. Helena y Pólux, hijos de Zeus, se habrían presentado en primer lugar. Del segundo huevo habrían surgido Clitemnestra y Cástor, consecuencia de una segunda cópula consoladora que Leda habría ofrecido a Tíndaro. Pero, como se sabe, no es lo mismo procrear de un dios que de un ser humano. A Helena y Pólux se les otorgó la inmortalidad. A Clitemnestra, no hay que recordarlo, le correspondió la más infortunada de las muertes: ser asesinada por su propio hijo. Cástor, por su parte, sería muerto en un torvo episodio de faldas.

Pero los poetas y artistas del Renacimiento no tuvieron acceso a estas tradiciones escritas. No es mucho lo que Ovidio se detiene en el mito de Leda. Y menos Virgilio. Una vez más sería Boccaccio la fuente utilizada para conocer en detalles esta fascinante historia. La de una agraciada mujer que se acostó con un cisne y, poco después, con un hombre, su esposo, para dar a luz a cuatro hijos que se presentaron al mundo en el estuche de un par de huevos. En su Genealogia deorum, el Boccaccio: "Como a Júpiter le agradase Leda, la esposa del rey Tindáreo, él mismo convertido en cisne comenzó a cantar, canto con el que atrajo a aquella no sólo para que lo oyera sino para que lo tomara. Después de ser tomado por ella él mismo la agarró y la sedujo y dicen que de esta unión nacieron Cástor y Pólux y Helena. Pero otros sostienen que sólo Pólux y Helena y que Cástor fue mortal e hijo de Tíndaro. Algunos, entre los cuales está Paulo, dicen que de aquella unión nacieron dos huevos, de uno de los cuales nacieron Cástor y Pólux, del otro Helena y Clitemnestra". De Leda nos dejaron sus versiones grandes maestros como Rafael (basada en Leonardo), Bandinelli, Durero, Rosso, Del Sarto, Correggio, Miguel Angel.

La de Rafael es puro clasicismo. Leda, de pie, acaricia el cuello del cisne como alguien que pasara la mano sobre su mascota. Que se trataba de una relación más íntima lo sugiere apenas un recién nacido a la diestra de la protagonista. La de Miguel Angel, un lienzo destruido por la hipocresía cortesana francesa durante el seiscientos no deja dudas sobre la naturaleza de las relaciones entre Leda y el ave. Buonarroti es elocuente. Leda aparece acostada y desnuda, por supuesto. Con las piernas abiertas recibe, de buen grado, la lujuria de Zeus, recompensada con un apasionado beso en su boca, ya transformada en pico. Con la de Leonardo esta fue la versión más influyente de su tiempo. Su grandeza la podemos imaginar gracias a la magnífica tela de Rosso Fiorentino (National Gallery) y al expresivo mármol de Bartolomeo Ammannati (Bargello).

Una sola pintura de tema mitológico conocemos de Leonardo. Y la conocemos de oídas. Por lo que nos dice el inefable Cassiano del Pozzo después de haberla admirado en Fontainebleau hacia 1625: "Una Leda de pie, casi toda desnuda, con el cisne y dos huevos, de cuyas cáscaras se ve salir a cuatro niños: Cástor y Pólux, Helena y Clitemnestra". No parece haber sido, el mito de Leda, del especial agrado de los franceses del siglo diecisiete. En otra muestra de iconoclasia implacable dieron cuenta de la pintura, que había sido adquirida por el buen ojo de Francisco I. Nuestro tiempo ha debido conformarse con algunas copias realizadas en días de Leonardo. Como las que se exhiben en las galerías Borghese y Uffizi. Que se corresponden con el original tal como fue descrito en otras fuentes. Se trata de una Leda púdica, con la mirada hacia el suelo mientras abraza el cuello del plumífero amante. Tiene el rostro complacido de una madre satisfecha después de haber superado las dificultades del alumbramiento. Sin embargo, de aquí la ambigüedad de la imagen, no disimula sus nutridos pechos ni sus abundosas y blandas carnes. La asociación con la Venus de Urbino no parece un extravío. Pero se trata sólo de una copia. No sabemos las cualidades del desnudo original. Aunque por los dibujos del mismo Leonardo sospechamos que no eran muy distintas.


Leda y el cisne / Rosso Fiorentino
(copia de Miguel Angel)


Alguna fijación extraña sintió el maestro de Vinci por la historia de Leda. Fue el motivo de su única pintura mitológica y de varios diseños memorables. Kenneth Clark, al que treinta años después de su publicación debemos el mejor estudio sobre el artista, quiere ver en la figura de Leda un símbolo de fertilidad, "el aspecto femenino de la creación". Por su parte, Martin Kemp observa que, "la fructífera relación de Leda con el cisne simboliza la unión entre el hombre y la naturaleza". Todo esto es cierto. Pero está lejos de ser todo. Nada es sencillo en la producción de este genio retorcido, que escribía de derecha a izquierda y que, tal vez, escondió sus propios rasgos bajo la apariencia de la Gioconda. Los organizadores de la muestra del Museo Leonardiano de Vinci, de manera inesperada, encontraron una inquietante relación entre la figura de Leda y otra imagen femenina nada obvia. En efecto, la desbordada sensualidad de Leda es relacionada con su propia negación. Me refiero a la Virgen María.

Las analogías no faltan. El rostro decoroso de Leda es el mismo de la Virgen de las Rocas en el Louvre. Mientras que su posición sentada se corresponde con el estudio de Leda arrodillada (Chat-worth). Por su parte, los dos niños en la misma pintura, Jesús y San Juan, derivan de las descripciones de los hijos de Leda en las copias que existen del original destruido. Pero el compuesto es la esencia de la poética leonardiana. El tocado de Leda no lo encontramos en la Virgen de las Rocas. El elaborado peinado de la amante de Zeus será repetido en la Santa Ana, la madre de la Virgen, del Louvre, o acaso en la rara Madonna dei fussi. La Virgen de las Rocas, que es Leda, que es Santa Ana, que es la Madonna dei fussi, que es, al final, Catalina, la madre del artista.

La exposición vinciana revela esta serie de coincidencias. Y uno siente, como es habitual, que Leonardo se expresa en alegorías. Habla de una cosa cuando, en realidad, habla de otra. Leda y la Virgen son la misma persona. Ambas resultaron embarazadas por intervención divina. Y, a pesar de sus alumbramientos, no perdieron su condición virginal. María por virtud del dogma. Y Leda gracias a la apariencia que le otorgó el artista. Como intuía Kenneth Clark, Leda es un símbolo de fertilidad. Como la Virgen María. Lo que ilustra Leonardo con sus analogías es una de las aspiraciones más queridas del Renacimiento. La misma que estimuló Ficino en sus lecciones florentinas. Una de las formas que adoptó la utopía del Quattrocento. Hablo de la aspiración improbable a salvar las diferencias entre las tradiciones paganas de la Antigüedad y la leyenda cristiana. Un intento en el que sucumbieron algunos de sus contemporáneos más ilustres. Un poco antes que él, Botticelli. Y, un poco después, Miguel Angel. A sus siete años, cuando abandonó para siempre las colinas suaves de su Vinci natal, es probable que Leonardo, no sin razón, relacionara la imagen de Catalina, su joven madre, con la de la Virgen, como descubrió Freud. Sólo más tarde en su vida se daría cuenta de que Catalina era también Leda. Y el cisne, aquel Ser Piero, su padre, que la sedujera y la abandonara en la soledad alejada del paisaje toscano.

 

Alejandro Oliveros. Ensayista y Poeta



 
Nº6 Año V
Caracas, sabado10 de noviembre de 2001
 
 
El escenario de un mito

Leda en las colinas de Vinci

(Alejandro Oliveros)
 
 
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