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Se
podían ver casi desde cualquier punto de la ciudad y ahora ya no
están más. Sin ellas, Manhattan no parece la misma. Ahora la vista
las busca y no las encuentra. Según se entraba en Manhattan, ya
fuera por el Lincoln Tunnel, por el puente de Queens o el Verrazano,
eran lo primero que se veía. Rodeadas por otros rascacielos y por
el Empire State, parecía que obligaban al resto de los edificios
de la ciudad a seguirlas hacia al cielo. Creaban así la sensación
de una cordillera de acero. Ahora, ocurre todo lo contrario, la
mirada mira hacia abajo, hacia el vacío que dejaron.
Un poco más hacia el oeste, y hacia el centro de la isla, se encuentra
el Empire State, el que fuera el rascacielos más alto de la ciudad
hasta la construcción de las Torres Gemelas. La construcción de
las Torres transformó el Empire State en un pico más que no sólo
enfatizaba su propia altura, sino el de las Torres. Aunque estéticamente
muy diferentes, se complementaban arquitectónicamente. Pero ahora
y desde el 11 de septiembre el Empire State no parece enfatizar
sino el vacío que ha quedado. Parece que está ahí para recordarnos
diariamente la herida que le han infligido a esta ciudad, parece
pedirnos que miremos a ese perfil mutilado.
Pero eso no es lo único que ha cambiado. Esta ciudad dedicada a
la vida, a la juventud, a disfrutar del momento, ahora está de luto.
Manhattan se ha cubierto con las señales de la muerte: los barrios
están cubiertos con las fotografías de los desaparecidos que los
familiares y amigos han puesto en las paredes de las casas, en los
pilares de las estaciones del metro, en los cristales de las tiendas
y los bares. Todos esos rostros parecen perseguirte mientras caminas.
Frente a las seccionales de bomberos la gente ha creado con velas,
flores y fotografías pequeños altares en honor a los 403 bomberos
que murieron al derrumbarse las Torres, mientras trataban de evacuar
a la gente.
La última cifra de desaparecidos y muertos ya alcanza los 6.400.
En el metro, en los bares y los restaurantes se oye a la gente dudar
de ese número. Todo el mundo está seguro de que la cantidad es mucho
más alta, y que las autoridades no quieren decirlo para no asustar
aún más a la población.
Nueva York se paralizó por dos días. Para septiembre 13, el metro
y los buses ya estaban funcionando perfectamente, excepto por dos
paradas que daban al lugar del suceso. La gente regresó al trabajo
como siempre y sin embargo algo ha cambiado profundamente en Manhattan.
La ciudad más progresista de Estados Unidos con un ritmo culturalmente
europeo mediterráneo, dada la población descendiente de inmigrantes
italianos, irlandeses e hispanoamericanos, siente miedo y por primera
vez mira a los líderes más conservadores para que la salven.
Esta ciudad que se reía del puritanismo extremo de los protestantes
de los estados del "Bible Belt" (el cinturón de la Biblia), del
nacionalismo fácil de New Jersey, de la poca sofisticación intelectual
del resto de la nación, hasta llegar a vanagloriarse de que Nueva
York no era parte de Estados Unidos, ahora se abraza a los valores
más tradicionales del país. Las banderas americanas cubren la ciudad,
están colgadas en las ventanas de las casas, de las cristaleras
de los restaurantes y bares, de los postes y marquesinas de los
edificios, y hasta las han pegado a muchas ventanillas de coches.
El mismo Empire State se ilumina todas las noches con los colores
azul, rojo y blanco.
La catedral de San Patricio, una de las más grandes del mundo y
por lo general llena de turistas y pocos creyentes, hoy está repleta
de feligreses. Tal fue la cantidad de gente que asistió a la misa
del domingo oficiada por el arzobispo, que tuvieron que poner altavoces
en las escalinatas de entrada y dejar las puertas abiertas porque
la gente se desbordaba hacia la calle. De pie y de rodillas los
descendientes de aquellas poblaciones irlandesas, italianas e hispanoamericanas
se aferran a la creencia de sus antepasados como un modo de salvación.
Esta ciudad que se había opuesto masivamente a la guerra de Vietnam,
a las intervenciones de Estados Unidos en El Salvador y Nicaragua,
a la invasión de Grenada y a la guerra del Golfo, hoy pide sangre
y venganza. Los titulares de los periódicos reclaman guerra. Por
varios días, la primera página del New York Post estaba cubierta
con los nombres de los desaparecidos, el Daily News por varios días
usó un mismo titular "WAR" (Guerra), The New York Times en su editorial
mantenía que la destrucción de las Torres Gemelas no fue un ataque
contra Estados Unidos o Nueva York sino contra todo el mundo civilizado.
Poco a poco esta ciudad se está transformando en lo mismo que despreciaba.
Marta
López-Luaces. Poeta
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