“El cuarto mundo” de Diamela Eltit

Una fábula sobre el poder
y la protección de los sentidos

La lectura de El cuarto mundo, novela
de Diamela Eltit reeditada por la Biblioteca Ayacucho, no se abre a la reconstrucción
de los sentidos; antes bien, apunta Graciela Montaldo en sus palabras de presentación
—pronunciadas ayer en la Librería Monte Avila, en presencia de la autora chilena—,
esta “historia de un mundo en disolución”, signada por juegos de poder, nos enseña
que “la escritura puede ser una forma
de protección de la verdad” y nos aleja
del afán de la interpretación

 

Quisiera comenzar la presentación de El cuarto mundo citando una frase brutal en su formulación y sus alcances: “El Estado, ¿era hombre o mujer? Por aquella época, la respuesta simbiótica sin ambigüedad, ‘es hambre para todos’…”. Pertenece a un extraño texto inconcluso de Osvaldo Lamborghini (Argentina, 1940-1985) titulado enigmáticamente Tadeys; en la frase se reúnen y pelean tres significantes densos (hombre, hembra y hambre), cuya reunión es el Estado. Tadeys (novela escrita alrededor de 1983) es una suerte de fábula sexual-política, ubicada en La Comarca; es una novela sobre el poder y la autoridad. O se trata, mejor dicho, de un conjunto de fragmentos sobre el poder y la autoridad; como tal, es menos una reflexión sobre ambos que una puesta en escena de las violencias del poder que se representa siempre en el escenario del cuerpo y a través de una sexualidad desenfrenada (como en casi todos los textos de Lamborghini).
   La evocación de la frase y la historia de Lamborghini tuvo una incitación fundamental: la relectura de El cuarto mundo (original de 1996) de Diamela Eltit, en esta nueva edición que la Biblioteca Ayacucho está presentando. La evocación de la frase con la trilogía hembra-hombre-hambre y su relación con el Estado, lanza ecos en El cuarto mundo; esta novela nos coloca en una situación paralela a la de Tadeys. Dos historias, la de un hombre y la de una mujer, mellizos, que a través de diferencias y disimetrías nos cuentan fábulas vinculadas a la sexualidad, el poder, las exclusiones, la identidad. Ambos hermanos nos cuentan la escena en que se define su identidad. En un sentido, los dos hermanos cuentan lo mismo. “Lo mismo” es una expresión de extremo riesgo en la escritura de Eltit pues, paradójicamente, nunca indica identidad sino el desfase entre lo que se parece. En la escritura de Eltit, y en particular en El cuarto mundo, habría un plus respecto de todas las ideas contemporáneas de la diferencia. Ese plus es la continua confrontación de los motivos que constituyen a los sujetos en sujetos.
   ¿Cuál es el corrimiento que se produce cuando —como leemos— el hombre que narra no es un hombre sino un feto? ¿Cuál cuando el hombre no es hombre sino mujer? En estos juegos lo que tenemos es una permanente fuga de los elementos, una huida de la escritura que nunca alcanzaremos, una ocupación de los espacios contiguos de las figuras, que quieren atraparse entre sí, ganar su lugar; es decir, ir obteniendo —y por todos los medios— Poder. En gran parte, en esto se basa el juego de la escritura; como toda actividad producto del deseo, ella también ficcionaliza el poder que se pone en juego detrás de todas las fábulas.
   Esta huida hacia adelante, por indetenible, no permite que se asienten los sentidos, que quedarán reducidos a un conjunto de símbolos pregnantes pero vacíos, clásicos pero que ya no son capaces de reconocerse en una tradición. Cambios y corrimientos todos que producen la extraña sensación de lo que Freud había llamado lo unheimlich, lo siniestro (aquello que conocemos pero que no conocemos bajo este aspecto; lo que conocemos y nos parecía tan familiar se nos ha vuelto incomprensiblemente desconocido); la terrible sensación de no poder explicar lo que creemos conocer porque algo de lo que conocíamos se nos ha perdido, nos hemos irremisiblemente alejado. Alguna clave, alguna pista, cuya huella en la memoria creemos reconocer, sin embargo, es irrecuperable y ajena.
   Creo que el corrimiento se produce precisamente en esto siniestro a lo que los textos de Diamela Eltit nos confrontan; todo lo que ellos mismos nos acercan se nos vuelve incomprensible. Ahora bien, si la brevísima descripción que he hecho de los relatos de los hermanos mellizos hace pensar en cierto estado naturalista de la narración para registrar zonas densificadas de, por ejemplo, el cuerpo o la psicología, nada más alejado, nada más ajeno a la construcción de la literatura de Diamela. Es, justamente, la falta de naturalidad que asume la narración como su tono “natural” lo que crea una lectura fuera de sí misma, que no da paz a lo leído y que nos obliga a estar permanentemente en guardia.
Así lo sentimos, por ejemplo, con el relato de ambos hermanos: plagados de mentiras que se implican ya no será un afán de la lectura ir a la reconstrucción de sentidos sino que, por el contrario, aprenderemos a leer que la escritura puede ser una forma de protección de la verdad, o mejor, de los sentidos para mantenerlos alejados de la interpretación. Sabemos entonces, con los relatos sucesivos, que así como los mellizos se protegen entre sí compitiendo, también se nos hace evidente que la verdad es la medida de lo contado, que el decir siempre oculta y jamás revela y, en la huida que toda escritura es, el ocultamiento es una permanente forma de falsear los hechos y referencias para mejor proteger su devenir de la reificación del lenguaje.
Muchos personajes de la literatura de Diamela se acusan a sí mismos, y a otros, de mentir; otras veces, los relatos de unos desmienten a los de otros y las historias se vuelven condenas con las que hay que cargar; llegados a este punto, ya no importa si dicen la verdad o mienten. Importa saber que están protegiendo un sentido que jamás revelarán a la lectura y, por tanto, se constituyen en pequeños cofres de sentido.
   El cuarto mundo es la historia de un mundo en disolución: es una saga familiar que se cierra sobre sí misma, como ya lo hemos visto en otros textos latinoamericanos, aniquilándose, no pudiéndose perpetuar a pesar de las fecundaciones. Es el mundo dentro de un cuarto tal como terminan viviéndolo los abroquelados personajes que temen el afuera y que ven a los personajes del afuera como enemigos de una raza extraña, capaz de exterminarlos con la mirada. Es, en sentido negativo, una fábula de protección. Pero también es el mundo de descuento, el que se encuentra más allá del primero, del segundo, del tercero; una enumeración infinita que amenaza con no detenerse jamás. En este sentido, los sudacas, nombre con que son llamados los protagonistas excéntricos de este texto deslocalizado, son emblemáticos pero a la vez inesperados. Nos remiten menos a la relación de desigualdad Europa / América Latina que a la proliferación de marginalidades e identidades subalternas que se suceden en la familia sobre la que se cierne el relato.
   Y todo se resume en las relaciones de poder que entre mujeres y hombres, padres e hijos, hermanos y hermanas, hermanas mayores y menores se establecen como cadenas de dominaciones que no cesan. No cesan con el paso de tiempo, con la opresión política, con el confinamiento, con la rebeldía. Al interior mismo de la comunidad familiar, al interior mismo del espacio de gestación de la madre, todo es lucha por el poder y una exploración de las formas de dominar al otro. El cuarto mundo por esto, se convierte en una pesadilla que adquiere su verdadera dimensión de pesadilla cuando finalmente se devela como real. Una pesadilla que nos recuerda los peligros de vivir en el borde; desde la identidad hasta la alimentación la escritura de Diamela nos coloca en una zona que es también de peligro espacial y de la cual podemos no regresar.
   Para finalizar, quisiera hacer un brevísimo paréntesis sobre la actual circulación material de la literatura en América Latina: encadenados al mercado como estamos todos y, por ello, también los escritores, sin embargo, no hay modo de conseguir en un país los libros publicados en otro. Comienza entonces, para los buscadores de ficciones, los recorridos por un circuito por fuera de los controles del derecho de autor, a través de la “ilegalidad” y de ese gran mercado de los pobres de la escritura que es la fotocopia. Las anécdotas cubanas son muy instructivas en este aspecto: durante décadas no hubo ediciones de Borges en la isla, pero todos lo leían; durante muchos años no hubo ediciones de Reinaldo Arenas en la isla, sin embargo, todos lo leían. Creo que algo de esa clandestinidad afecta también a la escritura de Eltit en América Latina: las políticas mercantiles de circulación de los escritores latinoamericanos convierte a casi todos ellos en unos clandestinos del mercado, lo que nos coloca a todos los lectores en un fuera de la ley. Igual que pasó con Lamborghini.
   Lamborghini, como Eltit, es un autor de culto: se lo encuentra en pocos sitios y después de búsquedas desesperantes, se lo lee como en secreto, se lo ama con devoción. Si pudiéramos describir la circulación de la escritura de Diamela Eltit en Venezuela (y, probablemente, en varios países de América. Latina) creo que coincidiríamos en que se parece bastante a lo que describo para Lamborghini y otros tantos “malditos” recientes. Cautivos de su prestigio y de las incompatibilidades del mercado, estos escritores bogan a la deriva de fotocopias, préstamos, que sin duda siguen destacando el carácter pasional de la lectura, pero que limitan equivocadamente los alcances de la ficción. Cualquiera podría ver en estas operaciones algo más que una simple “operación mercantil”: como si se produjera el destierro de las conflictividades estéticas al rincón inaccesible y a la vez reducido a unos pocos elegidos. No tienen la culpa los escritores acusados de elitismo si sus textos son interceptados del flujo de los libros. La distribución selectiva de las escrituras en América Latina no puede ser sino perniciosa por lo que —creo— hay que celebrar la aparición de El cuarto mundo en Caracas en una edición muy cuidada y con un excelente prólogo de Raquel Olea.
    La novela de Eltit nos abre, como todo texto fascinante, un mundo. Desde ahora podemos gozar de su irrupción y de todas sus desventuras.
Ensayista.

 

Graciela Montaldo. Ensayista.



 
No.7 Año V
Caracas, sábado17 de noviembre de 2001
 
 
A propósito de la IX edición de la Semana Internacional de la Poesía

Para no adular a Juan Sánchez Peláez

(Ana Nuño)
 
 
“El cuarto mundo” de Diamela Eltit

Una fábula
sobre el poder
y la protección
de los sentidos


(Graciela Montaldo)
 
 
Creación
Antonio Trujillo vislumbra lo alto del poema


“…unos árboles después”


(Poemas)
 
 
Fotografía
De Sánchez Peláez a la cámara

No hay sino instantes 

(
Juan Carlos Palenzuela)
 
 
Tributo
Miyó Vestrini, a diez años

Exhausta
de estar despierta
 


(Claudia Schvartz)


 

Vocación
Ana Teresa Torres

La protagonista
descarriada
por el deseo


(Entrevista: Milagros Socorro)