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Quisiera comenzar
la presentación de El cuarto mundo citando una frase brutal
en su formulación y sus alcances: El Estado, ¿era
hombre o mujer? Por aquella época, la respuesta simbiótica
sin ambigüedad, es hambre para todos
.
Pertenece a un extraño texto inconcluso de Osvaldo Lamborghini
(Argentina, 1940-1985) titulado enigmáticamente Tadeys; en
la frase se reúnen y pelean tres significantes densos (hombre,
hembra y hambre), cuya reunión es el Estado. Tadeys (novela
escrita alrededor de 1983) es una suerte de fábula sexual-política,
ubicada en La Comarca; es una novela sobre el poder y la autoridad.
O se trata, mejor dicho, de un conjunto de fragmentos sobre el poder
y la autoridad; como tal, es menos una reflexión sobre ambos
que una puesta en escena de las violencias del poder que se representa
siempre en el escenario del cuerpo y a través de una sexualidad
desenfrenada (como en casi todos los textos de Lamborghini).
La evocación de la frase y la historia
de Lamborghini tuvo una incitación fundamental: la
relectura de El cuarto mundo (original de 1996) de Diamela Eltit,
en esta nueva edición que la Biblioteca Ayacucho está
presentando. La evocación de la frase con la trilogía
hembra-hombre-hambre y su relación con el Estado, lanza ecos
en El cuarto mundo; esta novela nos coloca en una situación
paralela a la de Tadeys. Dos historias, la de un hombre y la de
una mujer, mellizos, que a través de diferencias y disimetrías
nos cuentan fábulas vinculadas a la sexualidad, el poder,
las exclusiones, la identidad. Ambos hermanos nos cuentan la escena
en que se define su identidad. En un sentido, los dos hermanos cuentan
lo mismo. Lo mismo es una expresión de extremo
riesgo en la escritura de Eltit pues, paradójicamente,
nunca indica identidad sino el desfase entre lo que se parece. En
la escritura de Eltit, y en particular en El cuarto mundo,
habría un plus respecto de todas las ideas contemporáneas
de la diferencia. Ese plus es la continua confrontación de
los motivos que constituyen a los sujetos en sujetos.
¿Cuál es el corrimiento que se produce
cuando como leemos el hombre que narra no es un hombre
sino un feto? ¿Cuál cuando el hombre no es hombre
sino mujer? En estos juegos lo que tenemos es una permanente fuga
de los elementos, una huida de la escritura que nunca alcanzaremos,
una ocupación de los espacios contiguos de las figuras, que
quieren atraparse entre sí, ganar su lugar; es decir, ir
obteniendo y por todos los medios Poder. En gran parte,
en esto se basa el juego de la escritura; como toda actividad producto
del deseo, ella también ficcionaliza el poder que se pone
en juego detrás de todas las fábulas.
Esta huida hacia adelante, por indetenible, no
permite que se asienten los sentidos, que quedarán reducidos
a un conjunto de símbolos pregnantes pero vacíos,
clásicos pero que ya no son capaces de reconocerse en una
tradición. Cambios y corrimientos todos que producen la extraña
sensación de lo que Freud había llamado lo
unheimlich, lo siniestro (aquello que conocemos pero que no conocemos
bajo este aspecto; lo que conocemos y nos parecía tan familiar
se nos ha vuelto incomprensiblemente desconocido); la terrible sensación
de no poder explicar lo que creemos conocer porque algo de lo que
conocíamos se nos ha perdido, nos hemos irremisiblemente
alejado. Alguna clave, alguna pista, cuya huella en la memoria creemos
reconocer, sin embargo, es irrecuperable y ajena.
Creo que el corrimiento se produce precisamente
en esto siniestro a lo que los textos de Diamela Eltit nos
confrontan; todo lo que ellos mismos nos acercan se nos vuelve incomprensible.
Ahora bien, si la brevísima descripción que he hecho
de los relatos de los hermanos mellizos hace pensar en cierto estado
naturalista de la narración para registrar zonas densificadas
de, por ejemplo, el cuerpo o la psicología, nada más
alejado, nada más ajeno a la construcción de la literatura
de Diamela. Es, justamente, la falta de naturalidad que asume la
narración como su tono natural lo que crea una
lectura fuera de sí misma, que no da paz a lo leído
y que nos obliga a estar permanentemente en guardia.
Así lo sentimos, por ejemplo, con el relato de ambos hermanos:
plagados de mentiras que se implican ya no será un afán
de la lectura ir a la reconstrucción de sentidos sino que,
por el contrario, aprenderemos a leer que la escritura puede ser
una forma de protección de la verdad, o mejor, de los sentidos
para mantenerlos alejados de la interpretación. Sabemos entonces,
con los relatos sucesivos, que así como los mellizos se protegen
entre sí compitiendo, también se nos hace evidente
que la verdad es la medida de lo contado, que el decir siempre oculta
y jamás revela y, en la huida que toda escritura es, el ocultamiento
es una permanente forma de falsear los hechos y referencias para
mejor proteger su devenir de la reificación del lenguaje.
Muchos personajes de la literatura de Diamela se acusan a sí
mismos, y a otros, de mentir; otras veces, los relatos de unos desmienten
a los de otros y las historias se vuelven condenas con las que hay
que cargar; llegados a este punto, ya no importa si dicen la verdad
o mienten. Importa saber que están protegiendo un sentido
que jamás revelarán a la lectura y, por tanto, se
constituyen en pequeños cofres de sentido.
El cuarto mundo es la historia de un mundo en
disolución: es una saga familiar que se cierra sobre sí
misma, como ya lo hemos visto en otros textos latinoamericanos,
aniquilándose, no pudiéndose perpetuar a pesar de
las fecundaciones. Es el mundo dentro de un cuarto tal como terminan
viviéndolo los abroquelados personajes que temen el afuera
y que ven a los personajes del afuera como enemigos de una raza
extraña, capaz de exterminarlos con la mirada. Es, en sentido
negativo, una fábula de protección. Pero también
es el mundo de descuento, el que se encuentra más allá
del primero, del segundo, del tercero; una enumeración infinita
que amenaza con no detenerse jamás. En este sentido, los
sudacas, nombre con que son llamados los protagonistas excéntricos
de este texto deslocalizado, son emblemáticos pero a la vez
inesperados. Nos remiten menos a la relación de desigualdad
Europa / América Latina que a la proliferación de
marginalidades e identidades subalternas que se suceden en la familia
sobre la que se cierne el relato.
Y todo se resume en las relaciones de poder que
entre mujeres y hombres, padres e hijos, hermanos y hermanas, hermanas
mayores y menores se establecen como cadenas de dominaciones que
no cesan. No cesan con el paso de tiempo, con la opresión
política, con el confinamiento, con la rebeldía. Al
interior mismo de la comunidad familiar, al interior mismo del espacio
de gestación de la madre, todo es lucha por el poder y una
exploración de las formas de dominar al otro. El cuarto mundo
por esto, se convierte en una pesadilla que adquiere su verdadera
dimensión de pesadilla cuando finalmente se devela como real.
Una pesadilla que nos recuerda los peligros de vivir en el borde;
desde la identidad hasta la alimentación la escritura de
Diamela nos coloca en una zona que es también de peligro
espacial y de la cual podemos no regresar.
Para finalizar, quisiera hacer un brevísimo
paréntesis sobre la actual circulación material de
la literatura en América Latina: encadenados al mercado como
estamos todos y, por ello, también los escritores, sin embargo,
no hay modo de conseguir en un país los libros publicados
en otro. Comienza entonces, para los buscadores de ficciones, los
recorridos por un circuito por fuera de los controles del derecho
de autor, a través de la ilegalidad y de ese
gran mercado de los pobres de la escritura que es la fotocopia.
Las anécdotas cubanas son muy instructivas en este aspecto:
durante décadas no hubo ediciones de Borges en la
isla, pero todos lo leían; durante muchos años no
hubo ediciones de Reinaldo Arenas en la isla, sin embargo,
todos lo leían. Creo que algo de esa clandestinidad afecta
también a la escritura de Eltit en América
Latina: las políticas mercantiles de circulación de
los escritores latinoamericanos convierte a casi todos ellos en
unos clandestinos del mercado, lo que nos coloca a todos los lectores
en un fuera de la ley. Igual que pasó con Lamborghini.
Lamborghini, como Eltit, es un autor
de culto: se lo encuentra en pocos sitios y después de búsquedas
desesperantes, se lo lee como en secreto, se lo ama con devoción.
Si pudiéramos describir la circulación de la escritura
de Diamela Eltit en Venezuela (y, probablemente, en varios países
de América. Latina) creo que coincidiríamos en que
se parece bastante a lo que describo para Lamborghini y otros
tantos malditos recientes. Cautivos de su prestigio
y de las incompatibilidades del mercado, estos escritores bogan
a la deriva de fotocopias, préstamos, que sin duda siguen
destacando el carácter pasional de la lectura, pero que limitan
equivocadamente los alcances de la ficción. Cualquiera podría
ver en estas operaciones algo más que una simple operación
mercantil: como si se produjera el destierro de las conflictividades
estéticas al rincón inaccesible y a la vez reducido
a unos pocos elegidos. No tienen la culpa los escritores acusados
de elitismo si sus textos son interceptados del flujo de los libros.
La distribución selectiva de las escrituras en América
Latina no puede ser sino perniciosa por lo que creo
hay que celebrar la aparición de El cuarto mundo en Caracas
en una edición muy cuidada y con un excelente prólogo
de Raquel Olea.
La novela de Eltit nos abre, como todo
texto fascinante, un mundo. Desde ahora podemos gozar de su irrupción
y de todas sus desventuras.
Ensayista.
Graciela Montaldo. Ensayista.
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