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Enrique
Hernández D Jesús
es fetichista y además fotógrafo. Indistintamente
es esto y aquello. Como tal acumula imágenes y cosas, hasta
acoplarlas en un único objeto estético. Sus fotografías
se encuentran en recipientes, en frascos, en botellas que contienen,
a su vez, toda suerte de pequeños, poéticos, urbanos
y desusados elementos en relación con el espacio de la fotografía
que comparten tras el vidrio, y de donde surgen esos enigmas
palpables que alude su propia escritura (Cfr. La difícil
claridad, 1999).
La fotografía de Hernández D
Jesús es autobiográfica, obsesiva, erótica
y en ocasiones pervertida. La perversión como una variante
del erotismo y de sus insistencias autobiográficas. El desnudo
femenino es el eje de todo ello. Desnudo en su taller-habitación
donde los cuerpos son cómplices y donde el desnudo aparece
como un acto que consagra la entrega en la permanencia de la imagen.
Cuerpo de la modelo y faz de poetas y amigos. Dos imposibles, dos
enigmas, dos verdades que constituyen el verso y reverso de su fotografía.
La pasión de ver y tener, de mirar y poseer,
se conjura en la fotografía-escultura de este artista. Fotografía
en blanco y negro y en concepto de instalación, de hecho
a mano y de fino humor. Sus exposiciones, por el carácter
desacralizador que implican, tienen lugar lejos del normal circuito
del arte, como por ejemplo en restaurantes, primero en septiembre
de 1999, en homenaje a Borges, Borges a su gusto,
y luego, en junio de 2000, en jubileo de la fémina. Así,
los comensales se encuentran con un ingrediente inesperado que sólo
los osados pueden llevar consigo a casa.
Enrique Hernández D Jesús
es uno de los artistas más activos de Caracas. Sea porque
está constantemente publicando libros o realizando exposiciones.
La presentación de su obra es un happening. En 1999, publicó
Gerbasi. Del trazo y la palabra, un libro que es testimonio del
acto creador del poeta Vicente Gerbasi y, al mismo tiempo,
una edición de arte como pocas veces por no decir la
primera vez se logra entre nosotros. Al año siguiente,
en noviembre de 2000 y en Bogotá, publicó El amor
y la palabra, retratos y textos alrededor de los mismos por escritores
iberoamericanos.
Mover una exposición de fotografías
de Hernández D Jesús es tan exigente
como transportar una de esculturas. Son cientos de botellas, de
frascos, de recipientes de vidrio de todo tipo, grosor y tamaño.
Vidrios blancos y verdes sutil y, ocasionalmente, azul muy claro.
Todos sus botellones son, por definición, frágiles.
A veces son pesados, pues pueden contener cosas que los hacen pesados.
En todo caso, ocupan un gran bulto y su manipulación debe
hacerse con cuidado.
Hernández D Jesús llega
a Mérida con todos sus envases de vidrio, en los que se convierte
la fotografía en un objeto heterodoxo, vacía su colección
de desnudos femeninos y recomienza a diseñar nuevas composiciones
en torno al poeta Juan Sánchez Peláez.
y estoy
me veo
con el as de oro dando tumbos
con los mismos ojos en el universo
grande y pequeño.
¿Cómo conciliar la nitidez de la
poesía de Sánchez Peláez con el barroquismo
de Hernández D Jesús? He allí
la singularidad de esta exposición en la que el rostro del
maestro Sánchez Peláez, como quien imagina formas
/ y soles, se multiplica, se hace metáfora, se impone,
sonriente, desde enormes vasos y se diluye en docenas de frascos
y en medio de todos los objetos posibles e imposibles que Hernández
D Jesús encuentra en el camino y guarda en esas
botellas en homenaje al poeta. En 1981, Juan Sánchez Peláez
aseguraba:
lo único
que pasa
es el silencio.
El silencio comprimido en frascos con su cara,
su mirada y, quizás, algunas cosas a su alrededor o un rayo
de luz que baña su frente. La imagen rompe el silencio por
su capacidad de evocarnos al personaje. Juan Sánchez Peláez,
una mano, una mano con camisa blanca, zapatos de tacón callejero,
pelotas de golf, veleros, llaves, confeti y nubes. ¿De
qué noche vienes, búho? se preguntaba
ante su imagen el maestro Vicente Gerbasi. Juan Sánchez
Peláez mil veces y mil veces más, hombre de heteróclito
oficio en todos esos frascos de Enrique Hernández D
Jesús, estantería de rostros suyos, colección
de ojos enormes, silenciosos, traviesos, despiertos, agudos, hasta
dejar, siempre / también algún otro / zumbido
ritual en la memoria.
Juan
Carlos Palenzuela.
Historiador y crítico de arte.
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