FOTOGRAFIA

De Sánchez Peláez a la cámara

No hay sino instantes

“¿Cómo conciliar la nitidez de la poesía
de Sánchez Peláez con el barroquismo
de Hernández D’Jesús?”, interroga Juan Carlos Palenzuela en la presentación del catálogo
de la exposición que se inaugura el próximo domingo 25 en la Sala RG del Celarg.
La muestra titulada Animal de costumbre, integrada por botellas con el rostro del poeta —invitado especial a la IX edición
de la Semana Internacional de la Poesía—, dice, además, del “fetichismo” del fotógrafo, de su pasión por imágenes y objetos


El rostro de Sánchez Peláez
“se multiplica, se hace metáfora”
Foto Enrique Hernández D'Jesús

 

Enrique Hernández D’ Jesús es fetichista y además fotógrafo. Indistintamente es esto y aquello. Como tal acumula imágenes y cosas, hasta acoplarlas en un único objeto estético. Sus fotografías se encuentran en recipientes, en frascos, en botellas que contienen, a su vez, toda suerte de pequeños, poéticos, urbanos y desusados elementos en relación con el espacio de la fotografía que comparten tras el vidrio, y de donde surgen esos “enigmas palpables” que alude su propia escritura (Cfr. La difícil claridad, 1999).
   La fotografía de Hernández D’ Jesús es autobiográfica, obsesiva, erótica y en ocasiones pervertida. La perversión como una variante del erotismo y de sus insistencias autobiográficas. El desnudo femenino es el eje de todo ello. Desnudo en su taller-habitación donde los cuerpos son cómplices y donde el desnudo aparece como un acto que consagra la entrega en la permanencia de la imagen. Cuerpo de la modelo y faz de poetas y amigos. Dos imposibles, dos enigmas, dos verdades que constituyen el verso y reverso de su fotografía.
   La pasión de ver y tener, de mirar y poseer, se conjura en la fotografía-escultura de este artista. Fotografía en blanco y negro y en concepto de instalación, de “hecho a mano” y de fino humor. Sus exposiciones, por el carácter desacralizador que implican, tienen lugar lejos del normal circuito del arte, como por ejemplo en restaurantes, primero en septiembre de 1999, en homenaje a Borges, “Borges a su gusto”, y luego, en junio de 2000, en jubileo de la fémina. Así, los comensales se encuentran con un ingrediente inesperado que sólo los osados pueden llevar consigo a casa.
   Enrique Hernández D’ Jesús es uno de los artistas más activos de Caracas. Sea porque está constantemente publicando libros o realizando exposiciones. La presentación de su obra es un happening. En 1999, publicó Gerbasi. Del trazo y la palabra, un libro que es testimonio del acto creador del poeta Vicente Gerbasi y, al mismo tiempo, una edición de arte como pocas veces —por no decir la primera vez— se logra entre nosotros. Al año siguiente, en noviembre de 2000 y en Bogotá, publicó El amor y la palabra, retratos y textos alrededor de los mismos por escritores iberoamericanos.
   Mover una exposición de fotografías de Hernández D’ Jesús es tan exigente como transportar una de esculturas. Son cientos de botellas, de frascos, de recipientes de vidrio de todo tipo, grosor y tamaño. Vidrios blancos y verdes sutil y, ocasionalmente, azul muy claro. Todos sus botellones son, por definición, frágiles. A veces son pesados, pues pueden contener cosas que los hacen pesados. En todo caso, ocupan un gran bulto y su manipulación debe hacerse con cuidado.
   Hernández D’ Jesús llega a Mérida con todos sus envases de vidrio, en los que se convierte la fotografía en un objeto heterodoxo, vacía su colección de desnudos femeninos y recomienza a diseñar nuevas composiciones en torno al poeta Juan Sánchez Peláez.

“y estoy
me veo

   con el as de oro dando tumbos
      con los mismos ojos en el universo grande y pequeño”.

   ¿Cómo conciliar la nitidez de la poesía de Sánchez Peláez con el barroquismo de Hernández D’ Jesús? He allí la singularidad de esta exposición en la que el rostro del maestro Sánchez Peláez, “como quien imagina formas / y soles”, se multiplica, se hace metáfora, se impone, sonriente, desde enormes vasos y se diluye en docenas de frascos y en medio de todos los objetos posibles e imposibles que Hernández D’ Jesús encuentra en el camino y guarda en esas botellas en homenaje al poeta. En 1981, Juan Sánchez Peláez aseguraba:

“lo único
   que pasa
es el silencio”. 

   El silencio comprimido en frascos con su cara, su mirada y, quizás, algunas cosas a su alrededor o un rayo de luz que baña su frente. La imagen rompe el silencio por su capacidad de evocarnos al personaje. Juan Sánchez Peláez, una mano, una mano con camisa blanca, zapatos de tacón callejero, pelotas de golf, veleros, llaves, confeti y nubes. “¿De qué noche vienes, búho?” —se preguntaba ante su imagen el maestro Vicente Gerbasi. Juan Sánchez Peláez mil veces y mil veces más, hombre de heteróclito oficio en todos esos frascos de Enrique Hernández D’ Jesús, estantería de rostros suyos, colección de ojos enormes, silenciosos, traviesos, despiertos, agudos, hasta dejar, “siempre / también algún otro / zumbido ritual en la memoria”.


 

Juan Carlos Palenzuela. Historiador y crítico de arte.



 
No.7 Año V
Caracas, sábado17 de noviembre de 2001
 
 
A propósito de la IX edición de la Semana Internacional de la Poesía

Para no adular a Juan Sánchez Peláez

(Ana Nuño)
 
 
“El cuarto mundo” de Diamela Eltit

Una fábula
sobre el poder
y la protección
de los sentidos


(Graciela Montaldo)
 
 
Creación
Antonio Trujillo vislumbra lo alto del poema


“…unos árboles después”


(Poemas)
 
 
Fotografía
De Sánchez Peláez a la cámara

No hay sino instantes 

(
Juan Carlos Palenzuela)
 
 
Tributo
Miyó Vestrini, a diez años

Exhausta
de estar despierta
 


(Claudia Schvartz)


 

Vocación
Ana Teresa Torres

La protagonista
descarriada
por el deseo


(Entrevista: Milagros Socorro)