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Nunca me imaginé
que el motivo de mi tercera visita a Berlín, todas ellas por razones
literarias, pudiera ser la recepción del Premio Anna Seghers. Guardaba
el deseo de volver a una ciudad que me impresionó vivamente desde
la primera vez porque vivía en mí desde hacía mucho tiempo a través
de la experiencia cinematográfica de tantos films que a veces
se sobreponían a mi mirada de paseante. Quiero expresarles hoy que
este es el reconocimiento más importante que he recibido por mi
trabajo literario, y que tengo exacta conciencia del honor que el
jurado me ha concedido al escogerme a mí entre tantos otros escritores
latinoamericanos. Quiero por lo tanto que sepan ustedes mi alegría,
y en cierta forma la inquietud que me produce una distinción tan
alta que, sin duda, constituye una exigencia y mayor compromiso.
Que además el jurado considerara para su otorgamiento una concordancia
entre mis libros y el espíritu de Anna Seghers, hace la exigencia,
y el honor, aún mayor.
"Alemana, judía, comunista, escritora, mujer, madre. Tantas identidades
contradictorias, aparentemente excluyentes, tantos ligamentos profundos
y dolorosos…", dice de ella otra gran escritora a quien admiro,
Christa Wolf. No ha sido mi vida puesta a prueba como la
suya; no he conocido la guerra, ni he sido perseguida por mi condición
ni atacada por mis opiniones. No he tenido que abandonar mi país
y mi lengua. Vivo, sin embargo, dentro de las contradicciones de
un país que pertenece a lo que se llamó "tercer mundo", "subdesarrollado",
"no industrializado", o cualquiera otra denominación que se quiera
dar, lo que supone ser testigo y parte de una sociedad excesivamente
fracturada por la iniquidad y siempre cercana a la violencia. No
vivo, ni escribo, desde un terreno de esperanza o satisfacción sino
todo lo contrario, y vivimos ahora todos un renacimiento de los
viejos fantasmas apocalípticos que creíamos haber dejado atrás.
¿Qué podemos pensar acerca de los conflictos que siguen traumatizando
al mundo? ¿Qué podemos hacer los escritores hoy en torno a que la
vida sea más justa y humana?, ¿qué tenemos que decir con respecto
a la tolerancia, la ética del poder, la violencia? Quizá retornen
momentos en que aquellos que se dedican a la labor intelectual tengan
que inevitablemente inmiscuirse en lo que acontece. Muchos escritores
latinoamericanos están escribiendo acerca de las amenazas a la democracia
y la libertad que de tanto en tanto nos acechan. En Venezuela, mi
país, en el que las nuevas generaciones literarias habían repudiado
la vinculación del escritor con la política, la necesidad de pensar
el país y de hacer valer nuestra opinión ha resucitado la preocupación
de los intelectuales por las cuestiones políticas y sociales en
tanto se han hecho de reflexión urgente. Pero el panorama de hoy
es tan diferente al pasado que nos encontramos, por decirlo así,
a la intemperie de ideas, de proyectos compartidos, de convicciones.
La fe se ha vuelto difícil estos días. No existen ya ideas inocentes,
ni países inocentes. Sólo nos queda la soledad de la conciencia.
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Torres:
el escritor no está ausente de lo escrito
Foto
Karin Dannery
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Podemos preguntarnos si los seres humanos tenemos una conciencia
que nos permite distinguir entre el bien y el mal de acuerdo a ciertos
esenciales y que de ese juicio natural se seguirá nuestra acción.
Podríamos también admitir que la conciencia es frágil porque los
seres humanos la construimos a partir de la existencia y, por lo
tanto, esa construcción no es igual para todos porque las condiciones
de nuestra existencia tampoco lo son. Y sin embargo, ¿cómo llegaríamos
a los acuerdos necesarios si partiésemos de nuestra radical diferencia
y soledad? Un nuevo humanismo es necesario, que contemple las diferencias
multiculturales, que no parta del dominio de los centros hegemónicos,
pero, al mismo tiempo, que acepte unas reglas básicas de la civilización,
más allá de nuestras distintas historias y problemas.
La conciencia moral atañe a todos los seres humanos pero es más
problemática aún para aquellos que quieren hacer de ella no sólo
un ejercicio interior sino una expresión pública. Con frecuencia
a los intelectuales se les pide que expidan su conciencia. Que asuman
ante los otros lo que juzgan de determinadas situaciones humanas
y que apoyen o critiquen las causas políticas. Ya en esto podríamos
detenernos pues no todos los intelectuales estarían de acuerdo con
que ese es su deber o su misión. Pero supongamos que sí, que la
conciencia del intelectual se ve dirigida a la exposición ante otros
de su pensamiento; que parte de su conciencia ética es asumir que
su juicio debe retornar a la sociedad en la que vive. El primer
problema que inmediatamente se presenta es que en el mundo contemporáneo
la complejidad del conocimiento es tal que nadie está en capacidad
de hablar sobre cualquier cosa. Diría aun que casi nadie puede hablar
de nada sino de aquello que especialmente conoce y que, paradójicamente,
la ilusión de una educación renacentista no ha cesado y se espera
de los intelectuales que se expresen de cualquier cosa, en cualquier
momento. El segundo problema sería preguntarnos si la conciencia
ética del intelectual tiene algún atributo que la haga superior
a la de otros; y podríamos contestarnos que el ejercicio del pensamiento
conlleva una mayor capacidad para la reflexión y comprensión. Pero
enseguida tendríamos que admitir que la ilustración y la ética no
son inherentes y que grandes mentes han estado al servicio de causas
indignas.
Probablemente cuando las situaciones externas se radicalizan -y
por tanto simplifican- es cuando más intensamente puede sentirse
la soledad del juicio ético (y político) ya que las corrientes divididas
exigen aún más la precisión de ese juicio. La división en bandos,
cuyos nombres cambian a lo largo del tiempo, exige la fidelidad
en aras de la pasión romántica de los ideales. Y la fidelidad absoluta,
la entrega a quien me pide compartir su pasión, pone en cuestión
mi propia conciencia. Me obliga a someterla, me coloca en el trance
de perderla. Y la pérdida de la conciencia anula mi humanidad. Disuelve
mi derecho a mi propia conciencia.
Cuando los regímenes políticos exigen de los gobernados la entrega
de su conciencia a los gobernantes, el juego se ha perdido. En su
pasión de poder arrastrarán cuanto haya en el camino. Si algún deber
le queda todavía al intelectual es resistir. Anteponer su derecho
a seguir pensando según su juicio ético, de acuerdo a las circunstancias.
Cuando el intelectual renuncia a ese derecho, renuncia más que ningún
otro porque su deber con respecto a su propio pensamiento es aún
más exigente. Pero el intelectual siente las mismas tentaciones
del poder. Siente la seducción del poder. Se envuelve también en
la pasión del poder que le pide su entrega. "Conmigo o contra mí"
es una demanda seductora. Alguien se ofrece a pensar y actuar por
nosotros. Nos ofrece la protección o la guerra.
Es difícil resistir cuando el discurso se abre en dos fosas. He
vivido esto en el actual proceso político venezolano. En esas circunstancias
la soledad de la conciencia se hace más amarga. Saber que no se
tiene partido, grupo, asociación que nos legitime plenamente. Que
el ejercicio de la conciencia nos puede colocar irremisiblemente
en la condición de traición porque sólo se entiende la incondicionalidad.
Así opera el pensamiento totalitario, así habló alguien un día:
"Con la Revolución todo, contra la Revolución nada". Así han hablado
los dictadores de todas las horas porque lo totalitario no puede
hacer concesión a los matices. Así a lo largo del tiempo he ido
experimentando la soledad de mi conciencia porque los matices, los
cambios, las acciones, no permiten la fidelidad por siempre y en
todo, si se quiere ejercer el derecho al juicio ético. Ese ejercicio
obliga a la ruptura, la desarticulación, la duda. Entre elegir un
dios que me conduzca y la soledad, elijo mi conciencia. Me conforta
la opinión de un gran intelectual que no teme el riesgo de sus opiniones,
Edward Said: "Entre los intelectuales, los artistas y los
ciudadanos libres, es necesario que siempre haya un lugar para la
diferencia de opinión, las ideas alternas, los medios de cuestionar
la tiranía de la mayoría y, al mismo tiempo, y lo que es todavía
más importante, hacer avanzar la libertad y la ilustración". Los
pensamientos totalitarios no admiten esas condiciones. Las revoluciones
son optimistas y creyentes o nada.
Anna Seghers fue una luchadora de la paz y eso me toca profundamente
porque la violencia afecta gravemente a mi país, en muchos niveles
y maneras. Quiso dejar en su testimonio literario conciencia de
su tiempo, recoger las voces de los perseguidos, los obreros, las
mujeres, los débiles. Rescatarlos a través de la escritura y devolver
el valor de la resistencia y de la plenitud de la vida a pesar de
sus lados sombríos. Escribió acerca de lo que le afectaba, y a la
vez acompañando el tiempo que le tocó vivir, para comprender a los
que estaban envueltos en las circunstancias, para intentar entender
la historia, y su propio tránsito.
Su obra es un ejemplo para la literatura contemporánea tan proclive
a ceder al mercado. No puedo imaginarme a un gran escritor escribiendo
sobre cosas que no le importan. No puedo imaginarme que alguien
construya una obra literaria sin que parta de aquello que conmueve
su existencia. No puedo imaginarme cómo se escribe estando ausente
de lo escrito. La ética de la literatura reside para mí en desarrollar
el propio universo de lenguaje, en "anunciar" -para usar un término
de Jean François Lyotard- aquello del mundo que nos ha afectado.
Aquella mirada que nos ha conmovido, probablemente desde la infancia,
y que es nuestra, intransferible. El premio que hoy recibo es una
confirmación de que debo continuar en el camino emprendido desde
mi primera novela, El exilio del tiempo. Recorrer la subjetividad
de mi historia, hablar por las voces de los que no la tenían, especialmente
las mujeres, contar la historia a partir de ellas. Pienso que las
mujeres tenemos mucho que decir acerca de la violencia de la historia.
Pero el premio es también una confirmación de la literatura que
se escribe en Venezuela, paradójicamente muy rica y a la vez desconocida
en el diálogo internacional. En ese sentido pienso que no sólo es
una satisfacción personal sino un vehículo que fomentará el diálogo
literario entre nuestros países, y espero poder contribuir a ello.
Termino expresando mi agradecimiento a quienes lo han hecho posible,
la Fundación Anna Seghers, Dagmar Heusler, y los hijos de
Anna Seghers. Gracias también a todos los que me acompañan
en este momento tan especial.
Ana
Teresa Torres. Narradora
y ensayista
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