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Vuelta a
París
Regreso de día a tu oscuridad.
Nada de lo que acontece es visible
entre tus altos muros sumergidos.
Afuera es aquí un vocablo inútil.
De qué me sirven las puertas abiertas,
las tardes de infancia y siesta secreta,
los profundos pasillos de la fiebre
en las inmóviles tardes del trópico.
Tu gris diluvio oxida mis cerrojos,
tus helechos invaden mis pasillos,
tus esponjas me amordazan, tu musgo
es una tapia que oculta y condena.
No sé flotar en tu blandura,
deslizarme sobre la casa ahogada
y reconocer con fingido asombro
el tesoro en el arca sumergido.
Prefiero saltar el muro y caer de pie
del otro lado de tu sombra,
en el atardecer encandilado,
como un felino, preciso y nostálgico.
(De Exilios. París-Barcelona, 1990-1993)
Lesbos
I
No veo nada en Lesbos, dice, sólo
un sendero de chivos que conduce
entre espinos al aljibe,
un pozo seco.
Los prospectos hablan de llanuras fértiles,
trigo, uvas, unas famosas olivas
y algún que otro terremoto,
de vez en cuando.
Pero no hay agua en Lesbos, ríos, fuentes,
lagos como ojos cegados de niño
muerto, piensa el poeta,
decepcionado.
El amor es una elemental flor
de secano, o un olivo y su sombra,
y en ese charco el cadáver
de algún recuerdo.
Bajo la costra reseca del sol,
sin los visos del aguaje romántico,
las rocas hierven de gusto,
cruje el sudor.
Sube de la noche y sus piedras frías
el chirrido de una lluvia de flechas:
tu sangre olvidadiza
batiendo sueños.
II
En mi casa no hay balanzas ni platillos
nada para pesar los suspiros las lágrimas
los sueños que despiertan olvidados
Mi cuerpo acariciado por el tuyo Atis
el viento en la montaña cuando azota los robles
más verde que la hierba
Deja el oficio de tasador de sombras
que los impares busquen igualar en otro cuerpo
la ilusión del otro lado.
Apaga mi corazón Atis te quise hace tiempo
pero morirás algún día no miento
quisiera estar muerta
En mi alcoba no hay baúles arcones
no escondo juramentos contratos tinta invisible
para redactar mis prisiones
Cuando me hayas olvidado Eros
de nuevo Eros el sinuoso
te romperá los huesos
III
No hay que dejar que hable el poeta en Lesbos,
donde todo, el pozo sin agua, las olivas
amargas y dulces como la sangre,
el trigo olvidado, reseco en las lomas,
las piedras abrazadas por el polvo,
ha adquirido el no despreciable hábito
del silencio.
(De Lugares comunes. Barcelona, 1994-1996)
Ana Nuño. Poeta
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