Unos textos
breves, sumamente breves, han creado toda una conmoción en el
panorama de la literatura francesa. Una conmoción que viene durando
ya tres largos años y que lleva por título La première gorgée
de bière et autres plaisirs minuscules (El primer sorbo de cerveza
y otros placeres minúsculos). Millones de ejemplares vendidos
y traducción a veintiséis idiomas, desde el catalán hasta el chino.
Como si la brevedad no existiese, la célebre mise en valeur con
que los franceses han sabido siempre, mejor que nadie, subrayar
las bondades que les pertenecen y lanzarlas al mundo, campanas
a los cuatro vientos, la crítica connacional ha hablado incluso
de nuevo género literario. Modesto y apartado, Philippe Delerm,
profesor cincuentón, normando de adopción y de orígenes pirenaicos,
prefiere hablar de una carencia total de temperamento novelista
y de un gusto de cazador sutil de la brevedad. Y estoy de acuerdo.
Pero prefiero añadir que se trata de una brevedad ampliada al
infinito por una muy detenida y atenta quietud, por una suerte
de cámara lenta que fuese la más lenta de estas cámaras que hay
en el mundo.
De hecho, quien no lee los textos que conforman la materia preciosa
de El primer sorbo de cerveza y otros placeres minúsculos
con atención total y lentitud plena, corre el riesgo de precipitarse
al abismo sin haber entendido una sola palabra y, lo que es mucho
peor, habiendo dejado escapar lo que de más sabroso puede tener
ese instante que también es la vida.
Es cierto que, en buena parte, el mundo referencial de Philippe
Delerm es profundamente francés. Pero también es cierto si lo
leemos con la lupa de nuestra experiencia, podremos traducirlo
átomo a átomo a nuestro universo sensorial. Y gozar de la vida
como debe gozar un hombre que fue capaz de escribir, entre otros
libros, La siesta asesinada, un título que nos hace pensar en
El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, aquel yerno aguafiestas
de Karl Marx, natural de Santiago de Cuba, para más inri.
Un libro tan delicioso como El primer sorbo de cerveza y otros
placeres minúsculos es un maravilloso canto (con la sordina de
una palabra exacta tras otra, para mayor sutileza, o para burlarse
mejor de nuestra globalizada e imbécil desatención), un perfecto
canto a la vida del que sabe aún mirar, atender, escuchar, reflexionar,
pensar, meditar, y así miles de cosas más. O tal vez sea más claro
si digo: del que aún recuerda cómo se mira, cómo se atiende, cómo
se… Y así, sucesivamente, del que aún recuerda hasta cómo se siente
y cómo se ama la vida y cómo se vive mejor si tan sólo se le presta
atención al placer y goce del tiempo y sus detalles, sus minúsculos
sorbos primeros de los vasos de una simple y sencilla cerveza.
Hace décadas que Jean Cocteau hablaba ya de la época de desatención
en que vivimos. Y fíjense ustedes que todavía Cocteau hablaba
en la época de la radio. Cómo será ahora en que lo único que existe
es aquello que nos han servido en la televisión, sin ton ni son,
sin capacidad de réplica ni de súplica, como a los perfectos imbéciles
en que nos ha convertido ese aparatejo que para muchos tiene hoy
más poder que Dios Todopoderoso. Desatentos, indefensos, mansos,
corderos, masa, plebe, rebaño, manada (y no hay que olvidar que
a la manada la guía siempre un solo animal), tropezamos por la
vida sin tomarle el pulso, el gusto, el placer, el ritmo delicioso
que la vida tendría si nos detuviéramos, si entendiéramos del
ocio, del goce de perder el tiempo, si condenáramos a cadena perpetua
a la persona que asesinó la siesta.
Festival de la atención, de la quietud que observa, del detenido
tiempo del amor y del disfrute, del detalle más sabroso, la verdadera
novedad de El primer sorbo de cerveza y otros placeres minúsculos
no está, paradójicamente, en su brevedad, sino en la elasticidad
infinita y placentera que una bocanada de aire puro aún puede
producirle a quien es capaz de retenerlo en medio de tanta polución
de la mente, de la memoria y el gusto, del tacto y el olfato,
de la vista y el oído.
Borges se decía no novelista porque los dioses y los héroes de
la epopeya han muerto. Por eso, dicen, sólo escribía cuentos.
Philippe Delerm no escribe ni siquiera cuentos. Lo suyo son estas
canciones de vida más breves que un cuento, pero también mucho
más extensas que una novela. Porque así es este minúsculo libro
que a uno le encantaría llevar por el mundo a sus citas con la
felicidad, sólo para ya llegar feliz y con algo maravilloso que
mostrar.
(Exclusiva Agencia Efe, S. A. Prohibida la reproducción total
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necesariamente como suyas la ideas vertidas en los artículos firmados).
Alfredo
Bryce Echenique.
Escritor
peruano
N
10 Año V
Caracas, sábado
8 de diciembre
de 2001
Ana
Teresa Torres en la recepción del premio Anna Seghers