APUNTES

Miguel Márquez

La mudanza y la quietud

Miguel Márquez ha hecho saber que aspira al orden, "al orden viviente, a una flexible y orquestada gramática del espíritu". Y la gracia le ha sido concedida, observa Leonardo Padrón en el texto de presentación de Linaje de ofrenda (Ediciones Eclepsidra). De seguida asevera que el poeta "en cada una de sus mudanzas conquista un tanto más de quietud", sin cejar en su disposición al riesgo, consecuente con el "laborioso enjambre de voces" que articulan su obra


Miguel Márquez persigue la levedad
Foto Félix Gerardi

Déjenme empezar este comentario con una imagen excesiva: si los poemas sirvieran para quitarle la vida a alguien y un autor como Miguel Márquez se decidiera asesino, el inefable Sherlock Holmes renunciaría al caso a los pocos días. Es impensable seguirle el rastro. Al menos, al empaque donde guarda sus pistas.

Alguna vez le preguntaron a Félix de Azúa por qué escribía y contestó: "Sólo por medio de la escritura puedo seguir mi propio rastro". Y quizás cuando uno como lector se asoma al cuarto o quinto libro de un escritor está también persiguiendo un rastro. Este ejercicio sería un tanto desconcertante ante un poeta como Miguel Márquez. Si nos apuran una afirmación, todos sus amigos y lectores tenderíamos a decir que conocemos muy bien la voz, el tono, la cadencia de Miguel, pero si nos detenemos seriamente y desandamos sus libros entenderemos que nuestro recuerdo no es más que un espejismo. Se suele decir que la voz es la huella digital de un autor, que los poetas pasan buena parte de su oficio disimulando las influencias y negando contaminaciones hasta que un buen día son capaces de ver cara a cara al poema y sentirse auténticos y definitivos. Generalmente, cada vez que uno ha hallado eso tan caro y esquivo como la voz personal, se aferra a ella y convence a cada sospecha de poema para que se ponga ese traje, aunque a veces le apriete un poco en el torso o le cuelguen las mangas. Pues resulta que Miguel Márquez ha estado contraviniendo la norma con una insistencia extraordinaria. Y por eso no es gratuito encontrar en el pórtico de su tercer libro (La casa, el paso) un epígrafe de Alejandra Pizarnik que, iluminadoramente, dice: "No puedo hablar con mi voz, sino con mis voces". Eso es la obra de Miguel Márquez: un laborioso enjambre de voces. Es, sin más y valga advertirlo, un poeta que muda de piel en cada libro. Y sabemos que toda mudanza implica un riesgo, una aventura hacia lo desconocido, un desequilibrio de nuestras costumbres. Por eso lo primero que quiero subrayar al leer su más reciente libro titulado Linaje de ofrenda es justamente su fidelidad al riesgo. Una osadía infrecuente en los poetas.

Al hacer un breve paseo por sus libros notaremos que si algún adjetivo se le puede dar a este poeta (y qué odioso es enrostrarle un adjetivo a un poeta) es el de inesperado. En su primer libro, Cosas por decir, conseguimos una poesía magra, seca, de corta respiración, donde incluso hallamos la radicalidad de un poema de una sola palabra. En Soneto al aire libre, nos topamos con el libro que le rindió tributo a su carnet de miembro del grupo Tráfico, con una poesía de evidente hálito conversacional, pleno de referencias cotidianas, insuflado de humor e ironía. En La casa, el paso, por el contrario, explora la voz de la prosa poética e incluso llega hasta empinarse en el relato. En A salvo en la penumbra no hace otra cosa sino anunciar, con cierto aire clandestino, lo que hoy es Linaje de ofrenda, un poemario de aire clásico y anchos poemas, donde se derrama hacia el misterio con notable elocuencia y se escolta con profusión de adjetivos, cacofonías premeditadas y juegos sonoros. Rindiéndole homenaje a una de sus grandes lecturas, como es la obra de Eliseo Diego, Miguel Márquez ensaya esta vez una nueva vuelta de tuerca en su voz, atraviesa la cuerda floja con un paso distinto, azuzando al viento, sin atisbo de red al fondo de los poemas. Aquí está, nuevamente, esquivando rutinas, indagando zonas inéditas, explorando otro cielo. Son poemas extensos en aliento y propósito, poemas que se exprimen a sí mismo en cada resquicio de la página.

Creo advertir que estamos ante un poeta escurridizo y en permanente estado de mudanza. Pero a estas alturas es pertinente y justo aclarar algo: sus distintas voces esconden a un solo hombre. Porque este autor tan proclive en muchas páginas a la búsqueda de la transparencia, y ahora tan críptico, no renuncia a sus temas esenciales, temas que quizás hoy, en su obra, son sinónimos entre sí: la serenidad, la poesía y el mar. Miguel Márquez persigue la levedad y se interroga sobre los comienzos, las bienvenidas, las mañanas, a través de un ritmo sinuoso, con un hablante que va de un lado a otro, que postula sentidos y enigmas y que enarbola su nueva música. Este es un libro, como todo el resto de su obra, que anhela el reposo como estado religioso. El poema como sanación y liturgia. No es este un libro fácil, le pide al lector una ardua faena en su recorrido, le reclama ojos atentos, le exige compromiso con la poesía. Cada página exuda innumerables sentidos y aunque la anterior frase es una obviedad cuando de poesía hablamos, estoy seguro que este libro rebasa sus propias intenciones y se expande como una marea inquieta y provocadora. Eso es justamente este libro, una provocación, un sabotaje a la propia rutina del poeta. Definitivamente, Miguel Márquez es un escritor que no quiere aburrirse de sí mismo mientras intenta con su catálogo de voces el gran anhelo que alguna vez dibujó redondamente en una página: "aspiro al orden, al orden viviente, a una flexible y orquestada gramática del espíritu". Es alguien que, y la paradoja no puede ser más feliz, en cada una de sus mudanzas conquista un tanto más de quietud.

 


Leonardo Padrón. Poeta

 
N 10 Año V
Caracas, sábado
8 de diciembre
de 2001
 
 
Ana Teresa Torres en la recepción del premio Anna Seghers

"No vivo, ni escribo, desde un terreno de esperanza..."

(Narradora y ensayista)
 
 
Creación

Con textos inéditos, en medio de "exilios" y "lugares comunes"

Ana Nuño redacta sus prisiones

(Poemas)
 
Relectura

La poesía de Antonio Colinas

(Marta López-Luaces)
 
 
Grandes Firmas

Philippe Derlem o la atención detenida

(Alfredo Bryce Echenique)
 
 

Apuntes

Miguel Márquez
La mudanza y la quietud

(Leonardo Padrón)

Cine

49 Festival Internacional de Cine de San Sebastián

Cada uno ve lo que puede

(Angela Bonadies)