Rafael Castillo Zapata encuentra en El atador
de cabos de Omar Mesones, Premio Municipal de Literatura 2001,
mención narrativa, un espacio de "reflexión acerca de la belleza
del cuerpo femenino" y de la experiencia extrema del amor físico
y metafísico. ¿Por qué, entonces -se pregunta Castillo Zapata-,
el libro toma su nombre del relato detectivesco con el que abre
todo el conjunto? Sin duda, concluye, este título es una muestra
de astucia del autor, capaz de juntar dos paradigmáticas obsesiones
del narrador: "la del detective y la del amante"
El libro
de Mesones es una "arriesgada reflexión"
sobre la belleza de la mujer. Foto André Kertész.
AZ EST, Budapest, 1920
"Mesones se inclina por los finales llamados
abiertos, por la suspensión en un cierto deshilachado indeciso
de toda la urdimbre de sus textos insidiosos,
llenos de grumos virulentos, de escatologías pelusientas,
de flecos crispados, de hebras ebrias"
El atador de cabos (Caracas, Monte Avila, 2000), de Omar
Mesones, bien hubiera podido tomar su nombre del nombre que distingue
a uno de los relatos centrales del sólido y elástico cuerpo en que
consiste, "El Tequila Sunrise". Si el libro de Mesones es una
arriesgada reflexión acerca de la belleza del cuerpo femenino y de
la experiencia extremada, limítrofe, del amor en sus expresiones más
traumáticas y comprometedoras, desde el punto de vista físico pero,
también, desde el metafísico, "El Tequila Sunrise", la historia de
ese outsider que es Horacio Vegas, el inspirado perseguidor
de una personalísima mística del sexo, el atrabiliario sacerdote de
un rito de adoración y entrega absoluta a la mujer más allá de toda
posesión, más allá del cuerpo todo (pero con ellos, siempre con ellos,
trascendiéndolos en una rara forma de sacramentalización desgarrada),
es el músculo central por el que pasa la circulación más densa y más
intensa, extensa, de El atador de cabos.
¿Por qué se ha venido a llamar, entonces, de este modo el libro, tomando,
en cambio, el nombre del irónico, detectivesco relato con el que se
abre todo el conjunto de cortas y menos cortas narraciones, algunas
concisas y contundentes como poemas en prosa de un Baudelaire
que hubiera atravesado ya las viscosas aguas de Bukowski; otras,
más menesianas, más garmendianas, recuperando en clave caribeña algo
de las parsimoniosas nimiedades cotidianas que pueblan los poemas
y los breves libros de un Carver minimal? Porque ese relato
inicial -y, para los efectos estratégicos del libro, iniciático sin
duda- expone, a la manera de una poética, a través de la aventura
de un muy culto y dostoievskiano detective caraqueño, Gerardo Villanueva
(quién sabe hasta qué punto alter ego del mismísimo Mesones),
la raigal evidencia de que el relato, en su nuez fundamental, se articula
y se ha articulado siempre como el intento de resolver un enigma a
lo largo de una colección y conexión de indicios. El narrador, como
el detective, es, en efecto, un atador de cabos; como el amante, si
a ver vamos. Pero un atador de cabos en el sentido que un epígrafe
muy oportuno de Juarroz impone a la lectura toda del libro:
"Lo que importa / no es unir los cabos sueltos / sino sentir la experiencia
terminal / de sus extremos"; es decir, lo que importa, para Mesones,
como constructor de artificios narrativos, no es tanto atar los cabos
sueltos, fijar los sentidos que emanarían de la aceitada faena cerebral
de un Dupin raciocinante, de un Sherlock
Holmes amparado en la frialdad de sus deducciones frente a
la chimenea como, según Valéry, según Tardewski (en Piglia,
Respiración artificial,
en página que ahora no recuerdo), Descartes ante la suya, en
Holanda, componiendo la primera novela moderna o, lo que es lo mismo,
El discurso del método,
esa ficción inaugural del ego pensador que se ufana de que piensa
sin pararse a pensar en lo que lo piensa, ilusión poderosa sin la
cual muchas sabrosas novelas detectivescas no hubieran podido ser
escritas. No, para Mesones, escritor que viene ya de vuelta
de esta confianzuda entereza de los narradores dupinianos, seguros
de tener el control sobre los mil cabos sin acabo del relato, no se
trata de sujetar los cabos sino, más bien, de dejarlos precisamente
sueltos, disueltos, no resueltos. Reunirlos, sí, pero sin pretender
unirlos, como Juarroz anuncia, llevándolos más bien a sus extremos;
es decir, a lo que los rebasa, en el límite, y les impide todo nudo,
todo anudarse en algo, todo final decisivo, todo cabo que llega al
cabo. Mesones, pues, se inclina por los finales llamados abiertos,
por la suspensión en un cierto deshilachado indeciso de toda la urdimbre
de sus textos insidiosos, llenos de grumos virulentos, de escatologías
pelusientas, de flecos crispados, de hebras ebrias.
Al
titular su libro de ese modo, entonces, Mesones no se arriesga
tanto a trastabillear en esa suerte de tautología inevitable para
todo escritor que conoce de sobra la obsesión moderna de la metaficcionalidad
(el ciempiés consciente del movimiento de sus cien pies, crítico de
su caminar mientras camina, un poco envarado, con la inocencia perdida
perturbándole las articulaciones); al titularlo así, digo, Mesones,
más bien, da muestras de una astucia muy capaz de juntar en un solo
punto de la deriva del hombre moderno, el de la profesión del narrador,
dos de sus figuraciones más obsesionantes: la del detective y la del
amante. Sus héroes, en efecto, héroes tristes, como no podían dejar
de serlo en estos tiempos de experiencia disminuida, son cazadores
solitarios: cazadores de pistas que se pierden, de mujeres que
se pierden, de cabos que al acabo no acaban nunca, nómadas desencantados
cuya única magnificencia es la fe que aún conservan en la desmentida
por tantos posibilidad del amor, como un rito, como un sacrificio,
como un duelo en el que la vida se decide. Por eso, tal vez, su obsesiva
persecución de un femenino inaprensible que se hurta y que,
no obstante, parece relampaguear, en momentos de encuentro sublime,
incluso en la meretriz más desmejorada de un triste puerto, en la
compañera fugacísima de una solitaria noche. Maestro en estos menesteres,
Mesones ha dado con un tono y unos modales discursivos que
le permiten conjugar un cierto desencantado cinismo del mundo y de
las cosas con un cierto candor desmesurado; rara mezcla, de la que
sus personajes y sus narradores dan testimonio vivísimo en la rabiosa
y desamparada persecución de "la mujer más hermosa de la historia
del mundo" que se empeñan en padecer.
Rafael Castillo Zapata. Ensayista
y poeta
N
13 Año V
Caracas, sábado
29 de diciembre
de 2001
Conversaciones
entre Jorge
Luis Borges y
Adolfo Bioy Casares (y II)