Apuntes

Derek Walcott y la ciudad antillana

Milagros Socorro rescata las reflexiones del poeta Derek Walcott sobre la conformación urbana de las islas caribeñas, "por las resonancias que pueden tener a la hora de pensar en el destino de La Guaira tras los desastres naturales que se han abatido en sus costas". Walcott se apropia del carácter rural de la ciudad para describir la función de los planificadores urbanos, los arquitectos y los diseñadores, quienes "deben tomar en consideración el ritmo interior de la persona antillana"

 
A finales de agosto de este año tuvo lugar en Puerto Rico un encuentro de arquitectos latinoamericanos al que fue invitado el poeta Derek Walcott para disertar sobre la ciudad antillana. No era, desde luego, la primera vez que el escritor -nacido en la isla de Santa Lucía, en 1930- aludía a la conformación urbana de las islas caribeñas; ya ese asunto había sido tema central de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1992, titulado Las Antillas: fragmento de una memoria épica. Y traemos sus reflexiones a colación por las resonancias que pueden tener a la hora de pensar en el destino de La Guaira, tras los desastres -naturales y oficiales- que se han abatido en sus costas.

En la ocasión de recibir el Nobel, Walcott, cuyos abuelos descendían de esclavos, afirmó: "Eso es Puerto España para mí: una ciudad ideal por sus proporciones comerciales y humanas, donde un ciudadano es un paseante y no un peatón; es probable que Atenas haya sido así, antes de convertirse en un eco de cultura. Las más hermosas siluetas de Puerto España son idealizaciones de obras artesanales, hechas no de concreto y cristal, sino de ebanistería barroca. Y cada fantasía se asemeja más a un complicado dibujo de sí misma que al edificio verdadero. Detrás de la ciudad está el Caroni Plain, con sus aldeas, sus banderas de oración hindúes, y los puestos de vendedores de frutas a lo largo de la carretera, sobre la que los ibis sagrados pasan como flotantes banderas. ¡Pobreza fotogénica! ¡Tristeza de tarjeta postal! No estoy recreando el Edén; cuando digo 'las Antillas', me refiero a la realidad de la luz, del trabajo, de la supervivencia. Me refiero a una casa en la ladera de un camino campestre, me refiero al mar Caribe, cuyo olor es el de algo posible y refrescante tanto como superviviente. La supervivencia es el triunfo de la obstinación; y la obstinación espiritual, estupidez sublime, es lo que hace perdurar la ocupación de escribir poesía, habiendo tantas cosas que deberían volverla fútil. Todas esas cosas en conjunto podrían recibir un solo nombre colectivo: el mundo. Esa es, pues, la poesía visible de las Antillas. La sobrevivencia".

La invisibilidad del paisaje
En los días previos al encuentro de arquitectos que lo citó en Puerto Rico, Walcott, entrevistado por la periodista Carmen Dolores Hernández para El Nuevo Día, precisó su noción del ritmo particular que impregna la vida de las Antillas. "El ritmo al que me refiero no es -dijo el poeta- desde luego, el de la música, aunque, de cierta manera, sea imposible separarlo de ella. Es un ritmo que tiene que ver con la vida y con cierta gracia social, con la cortesía. En muchos casos se está perdiendo, se está convirtiendo en violencia. Pero en el corazón de la experiencia caribeña se encuentra la cortesía, la hospitalidad que hemos aprendido porque somos multirraciales. En las Antillas, evidentemente, se está llevando a cabo un proceso acelerado de industrialización y comercialización. Aunque inevitable o hasta necesario desde un punto de vista económico, tendríamos que reflexionar sobre ello. Constituye un gran problema, una amenaza para el modo de vida de las islas pequeñas. ¿Cómo afecta al ritmo de la vida? No es cuestión de lentitud o velocidad, es algo interior que se ve amenazado por la agresividad que conlleva la comercialización. Nuestros pueblos se están convirtiendo en grandes ciudades o, en todo caso, en miniciudades. Pero en las Antillas hay algo de rural hasta en las ciudades: una especie de ritmo rural que permanece en el corazón de las ciudades aún cuando se expanden".

"Con la expansión entra en juego la transportación en automóviles, el tapón. Esto no cuadra con el paisaje que nos rodea. Hay que pensar en la relación del auto con el paisaje; hemos empezado a ver el paisaje sólo desde la ventanilla del auto. Es el auto el que está ordenando el paisaje, lo está invisibilizando cada vez más, aún en el Caribe. De eso tendríamos que ocuparnos. No estoy diciendo que desechemos los autos, sólo que debemos encontrar una manera de reconciliar al hombre con la máquina. Aunque el desarrollo sea inevitable, cada vez que se hace un esfuerzo para alterar o mejorar la situación, se trata de un esfuerzo para regresar a un ritmo más llevadero, más adecuado. Los planificadores urbanos, los arquitectos y los diseñadores deben tomar en consideración el ritmo interior de la persona antillana, caribeña".

En el discurso que pronunciara en Estocolmo, en 1992, Walcott dijo que: "Las nuestras no son ciudades en un sentido convencional, pero ¿quién quiere que lo sean? Establecen sus propias proporciones, sus propias definiciones en sitios determinados". Ahora, en Puerto Rico, agregó: "No sé si, cuando en el pasado la gente se quejaba del calor, lo sentía tanto como ahora, cuando el calor se compara con el frío del aire acondicionado. El diseño propio de la región incorporaba las persianas, que dejaban que el aire circulara por la casa. En ese sentido la arquitectura y el diseño eran más prácticos. Las casas construidas por los artesanos del lugar no cedían ante las fuerzas naturales, ante los huracanes. Los caribeños llevamos adentro una especie de sencillez. No en el sentido de que somos atrasados sino en el sentido de que nos acomodamos al clima del que somos oriundos. Tiene que ver con la presencia del mar, que sigue siendo una influencia sobre la gente".

Milagros Socorro. Periodista

 
N 13 Año V
Caracas, sábado
29 de diciembre
de 2001
 
 
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