María Fernanda Palacios vuelve a hurgar en los escritos del poeta
ruso Osip Mandelstam, hasta, diríase, sentir sus pulsaciones antes
de la hora que lo condujera al patíbulo. Asevera Palacios que su
verdadera "escuela" fue la del "salvajismo literario" que bebió
en Armenia, tierra en la que dio con "su suelo moral y su estética
[que] siempre estuvieron muy próximos de lo arcaico del alma". También
tierra "donde consiguió la soldadura necesaria para las vértebras
fracturadas del siglo" y sobre la que vería florecer, deslastrado
de toda preocupación por el tiempo, las rosas "hinchadas de venosa
sangre"
Mandelstam
"consiguió eludir la
destrucción psíquica"
IV
- La furia literaria
La fiera y lo salvaje forman la atmósfera de los escritos armenios.
Pero en sus escritos anteriores ya habían aparecido como cualidades
primordiales de lo vivo. Ciñéndome a la letra de sus fantasías autobiográficas,
me atrevo a ver allí su verdadera "escuela". Su ética de la literatura
es una consecuencia de su salvajismo literario. En El rumor del
tiempo exclama: ¿Salvajismo literario, si no fuera por
ti, con qué comería la sal de la tierra?(1)
Mandelstam celebra haberse encariñado "con la pelirroja
llama de su furia literaria, y no con el fuego de las lamparillas
litúrgicas".(2) "¿Será posible que la
literatura -oso que chupa la pata- sea el pesado sueño después de
la oficina en el diván del despacho?"(3).
Todo cuanto Mandelstam escribió, después de Tristia;
es decir, después de sus adioses al mundo clásico, está encaminado
a despertar al oso, a la fiera.(4)
Quise relacionar las imágenes de estos poemas armenios con el salvajismo
literario de su prosa porque creo que el humanismo de Mandelstam,
su suelo moral y su estética, siempre estuvieron muy próximos de lo
arcaico del alma. Apegado a un trasfondo que podríamos llamar totémico,
donde el animal es invocado como reserva vital y fuerza protectora.
Y cuando Mandelstam iguala conciencia y libertad interior lo
hace como bestia enjaulada. A la fiera domesticada, sometida, no le
queda más refugio que la conciencia. ¿No ha sido éste el regalo funesto
de la historia? El hombre, por hombre, está siempre enjaulado, su
"humanidad" son los barrotes. Creo que Mandelstam lo sabía
cuando escribe:
Cómo amo a esta gente viviendo a presión, estirados
Durmiendo, gritando, pariendo.
Este pueblo que piensa clavado a la tierra,
que cada año es un siglo.
Sus poemas de los años veinte estaban impulsados por una ansiedad
crepuscular ante la ruptura de los nexos con la cultura del pasado.
Su tono oscilaba entre una ironía descarnada y la profecía trágica.
Pero después de Armenia irrumpe un elemental amor a la vida y se impregna
de salvajismo: Armenia cría "hijos salvajes"; las mujeres tienen una
"leonina belleza"; la lengua es un "gato salvaje" y la religión una
"fiera fabulosa"(5). Pero esta fiera está indisolublemente
ligada al niño asustado que miraba a los guardias receloso. Para mí
que la fiera supo cómo guiarlo a un sustrato psíquico donde la cultura
está enterrada, no ya de manera libresca sino viva. Ese subsuelo es
pobre y áspero: pan sin levadura. Pero, por eso mismo, contiene una
fuerza y belleza leoninas, capaces de dibujar el mundo. Allí, el emblemático
león de los relieves milenarios le arrebata su lapicera de colegial:
Querías los colores para ti
Pero el león dibujante de un zarpazo
Te arrebató media docena
De tu caja de lápices.
La caja de creyones y el plumero de los colegiales son motivos recurrentes
en su poesía y sirven de contraste a la tinta burocrática de la papelería
oficial. El león y el pájaro dibujante, los colores roncos y ocres,
las llamaradas de tinturas, la lengua de hierro y las calles de ancha
boca, le devuelven el calor animal a la literatura. La fiera, como
el niño, es "libre" y no necesita estar consciente de esa libertad.
Una libertad que nadie ni nada puede arrebatársela porque es parte
de su naturaleza. No un derecho ni una convención.
Pero Armenia no configura una isla dichosa, ajena a la historia y
al dolor. Allí, siempre estará presente una tensión entre lo vulnerable
y lo poderoso; la existencia cercada por un contorno de opresión y
amenaza. Así, en el fondo calcáreo del lago unas truchas ahítas montan
su guardia policial, el caballo del aldeano resbala contra la
dura losa estatal y si allí pudo ver a todos los amantes de la
vida, también vio a los amos, amantes de las ejecuciones.
Armenia fue para Mandelstam un movimiento retrógrado, una inmersión
en ese suelo virgen de tiempo, donde consiguió la soldadura necesaria
para las vértebras fracturadas del siglo. Lo que la memoria personal
y la historia no podían juntar necesita un pegamento cósmico, en las
fronteras del mundo humano: "en el alba de los días, en el confín
del mundo, te levantas ahogando tus lágrimas". Por lo visto, aquí,
el Sol sí se ve y la Tierra ya no flota:
Su poema "Armenia" comienza con estos versos:
El trabajo es para esta gente
un temible toro de seis alas
y antes del invierno las rosas florecen
hinchadas de venosa sangre.
Tú acunaste la rosa de Hafiz
y criaste hijos salvajes,
respirando por el lomo octogonal
de tus bovinas iglesias campesinas.
Las iglesias son entonces el órgano respiratorio de la Tierra. Y por
sus bovinos lomos respira también la pesadez del trabajo y de la rosa.
V - La rosa se hizo tierra Mandelstam comprendió que para sobrevivir debía soltar lastre,
y para él, el lastre era el tiempo: "Solo me queda una preocupación
en la vida: la preciosa preocupación / de desprenderme del peso del
tiempo"(6) (dice un poema de 1920). Es decir,
le oprime lo que constituye, como dice Brodsky,
el alimento básico de su poesía: el tiempo. ¿Qué de raro hay entonces
que deambulara cinco años sin escribir? Pero en ese poema que acabo
de citar, confiesa: "Como agua turbia, bebo el aire turbado / El
tiempo fue labrado y la rosa se hizo tierra". Para desprenderse
de la opresión del tiempo bastaba con eso, saber que la rosa se hizo
tierra. Pero antes tuvo que beber de ese aire turbio. Quizá por eso
las rosas de Mandelstam son "pesadas y tiernas":
En un lento remolino las pesadas y tiernas rosas,
Las rosas de la pesadez y la ternura, en dobles coronas se trenzaron.
Y en Armenia, florecen antes del invierno, hinchadas de venosa
sangre.
A Mandelstam, poeta al fin, le gustaban las rosas. Pero las
rosas de Mandelstam son pesadas, hinchadas de venosa sangre,
o salvajes, y no dan ni perfume ni aceite. No negaré que las rosas
forman lo que se llama un motivo en su poesía, pero la poesía rusa
-y es Brodsky
quien lo dice- no es "tópica". Tampoco son símbolos. Para Mandelstam
"la palabra es un haz de significados y el sentido sale en varias
direcciones a la vez y no se orienta hacia un punto oficial". La calle
Mandelstam, recuérdese, no es recta, y las palabras siempre dan un
rodeo, zumban alrededor del tema, y segregan capas de sentido superpuestas
en tensión. Como en el canto VII de su poema "Armenia" donde se trenzan
el salvajismo y la fragilidad:
Envuelve tu mano en un pañuelo y húndela en el escaramujo en flor,
En la espesura de sus espinas de celuloide,
Intrépidamente, hasta que crujan.
Sustrae
la rosa sin tijeras.
Pero cuida que no se deshoje de golpe
Polvo rosado -muselina- pétalo de Salomón
Rosal salvaje, es inútil para sorbete,
Pues no da ni perfume ni aceite.
Estas no son, sin duda, las rosas de Rilke. No se entregan,
no son recipientes simbólicos de la existencia. Este inútil rosal
parece una espinosa doncella lista para sufrir la violencia de esa
mano. Y esa violencia es la que puede llevarnos a lo salvaje de
la rosa, que no sirve ni para sorbete. ¿No hay allí un ejercicio
"poético", una versión armenia; es decir, áspera y desengañada,
del cueillez la rose de Ronsard?
VI - La frescura enterrada
En isla Sevan, a 4.000 pies de altura, junto a las aguas del lago,
dice Mandelstam, "aprendí a contemplar dos o tres docenas
de tumbas dispersas, como si fueran una alfombra de flores"(7).
Aquí hay una receta contra el mal de altura. Mandelstam contrarresta
la exaltación y el delirio, propios del poeta lírico, acostumbrándose
a la muerte. En las cimas del Cáucaso la tierra se le abre como
una inmensa tumba, una tierra -dice- "revestida homéricamente con
huesos amarillos y pavimentada con salvajes losas rojizas de tumbas
sin nombre". Mandelstam se preparaba para sobrevivir, enterrándose.
Una vez le dijo a su mujer que uno debía enterrarse uno mismo, antes
de que fuera demasiado tarde, y luego añadió: "nada mejor que
enterrarse entre gentes de una raza completamente diferente".
Nada más natural en boca de quien había escrito: "No soy el contemporáneo
de nadie". Dije sobrevivencia porque enterrándose se hacía invisible.
Mandelstam estaba a salvo, mientras estuviera muerto. Pero
no hablo solamente de su biografía. También su poesía necesitaba
enterrarse, como el espeso vino de Kjajetia, para fermentar. Después
de sumergirse en aguas minerales, su verso adquirió una limpia dureza.
El aire que necesitaba robar sólo podía quitárselo a la muerte.
La vida en la muerte, allí -se sabe- está el reino de las imágenes.
Mandelstam anota en su cuaderno de viaje: "En Sevan el
setenta por ciento de la población de la isla son niños. Como animalitos
salvajes gateaban sobre las tumbas de los monjes". Veo allí
una imagen de lo que será su poesía póstuma: un escenario remoto,
casi cósmico, un suelo sembrado de tumbas anónimas donde yacen los
restos de una cultura milenaria y una espiritualidad enterrada.
Armenia es: "el libro de sonora arcilla, la tierra del libro,
/ el libro purulento, la costosa arcilla / que nos atormenta como
la música y la palabra". Pero sobre esa tierra están esas crías
gateando salvajemente. En la calle Mandelstam las palabras gatean
sobre las tumbas.
No creo, como piensan algunos, que Mandelstam se desprendiera
nunca de su nostalgia mediterránea. Más bien, ha ahondado en ella.
Prescinde, sí, de las alusiones literarias y su tono es otro, más
áspero; su imaginería más pobre, pero sigue deambulando en el doble
reino de Perséfone. Y la perspectiva anímica es otra. La melancolía
de los poemas de Tristia,
aquel bosque transparente, cede el paso a la salvaje vitalidad de
un niño jugando entre las tumbas.
No hablo de resurrección ni de regeneración. Hablo de mortalidad
y desengaño. La prueba es que dijo añorar esa tierra "donde las
calaveras son bellas, ya sea trabajando, ya sea en una tumba". En
un poema de Tristia
decía: "peroaquí mi alma penetra, / como Perséfone, en
un leve círculo, / y en el reino de los muertos no existen bellos
brazos bronceados"(8). Después de Armenia
ya no hay "peros", ni adversativos ni dicotomías porque sabe que
la muerte sí respira bajo los bellos brazos bronceados. Para mí
que Mandelstam se ha desprendido de la pasión y opresión
apolíneas. Si Mandelstam entra y sale del mundo de los muertos
lo hace guiado más bien por aquel delfín, por su oscura alma animal,
o por esos niños, salvajes y traviesos.
VII - Agua de presagios
Todo lo que es primordial y primitivo llega a nosotros en forma
de niño, con un estilo de travesura tremendamente seria, y con una
libertad, tan caprichosa y fantástica como justa, exacta y generosa.
Al deshacerse del "inútil yo", Mandelstam se puso en manos
de ese niño vulnerable, pero no impotente. La verdadera contrapartida
del poder estaba en él.
Salí para un país extranjero preparado para indagar visualmente
sus ciudades y sus tumbas, registrar los sonidos de su habla, e
inhalar su más noble e intransigente espíritu histórico. (…) Pero
mi ojo [habituado a caer sobre cualquier cosa fuera de lo ordinario,
ante cualquier cosa fugaz y efímera] sólo recogió de mi viaje un
trémulo estremecimiento del [azar], el culto ornamento de [la realidad].
(…) ¿Será que en verdad yo andaba como un niño travieso con
un espejo de bolsillo en la mano, volteándolo para desviar los
rayos del sol y obligarlo a que me siguiera a dondequiera que
iba? [CCPL. p. 381]
Con una travesura ese niño obliga al Sol a desviarse y a seguirlo.
La visión de este niño ya no es la de un hijo de Apolo. Impredecible
y difícil de seguir, su mirada escapa a la opresión del ojo solar
y lo desvía con un truco, devolviéndole su reflejo, con un espejito
de bolsillo. La imagen apunta a indirecciones herméticas. Cada rayo
de sol desviado, se convierte en una verdad misteriosa, no revelada
sino intuida. Yo creo que en Armenia, Mandelstam abandonó
la lira apolínea, para meterse en la primitiva concha de la tortuga
hermética. Y concuerdo con el poeta Georgy Adamovich cuando
dice que en la poesía de Mandelstam no hay que buscar una
representación de la existencia, ni de un momento de la historia,
sino admirables presentimientos. Y pienso que lo admirable de sus
presentimientos está en la fuente instintiva y en su naturaleza
hermética.
Hay elementos augurales que son propios de la poesía apolínea; más
raros, pero no menos poesía, son los presagios herméticos. Los augurios
de Hermes llegan como intuiciones. No son profecías; es el don de
ver a través de las cosas. Hermes no predice el futuro; lo presiente,
ve el destino inscrito en la piel del mundo. Sus verdades augurales
son señales inmediatas, encarnadas en una situación, un elemento,
un objeto: como la rosa que no sirve para sorbete. Como dice
Kerenyi, en su estudio sobre Hermes, son impresiones que llegan
a la conciencia, a partir de aspectos palpables que no contradicen
las observaciones de la ciencia natural (9).
Hermes baña el mundo de un cierto matiz, un acento, pero empírico.
La poesía de Mandelstam se deja llevar por esa visión y nos
devuelve un mundo que es despojado, inmediato, preciso, y a la vez
está lleno de avisos indecisos, atrayentes y amenazadores. Y como
esos presagios son mudos, su poesía se fue haciendo cada vez menos
locuaz, atravesada por ráfagas de silencio, densas elipses, frases
interrumpidas. No propone acertijos, ni anuncia verdades oraculares.
Lo que sentimos como presagio aparece encarnado en lo que se muestra:
Un panadero "jugando al escondite con el pan"; un alfabeto donde
las letras "son tenazas de herrero"… Y esa inmediatez, sin levadura
lírica, es la que nos lleva a un mundo primigenio, colmado de avisos.
En Armenia, Mandelstam descubrió su sexto sentido; él lo
llamó su "sentido Ararat", como la montaña: "puedo sentir -dice-
la fuerza de atracción propulsora de la montaña". (10)
¡Qué lujo para la andrajosa aldea,
La crinosa música del agua!
¿Qué será? ¿una rueca? ¿un sonido? ¿una advertencia?
¡Taima, taima! ¡La desgracia no está lejos!
Y en el laberinto de la húmeda monodía
Rechina sofocante la neblina,
Se diría que una ondina llegó de visita
A la casa de un relojero subterráneo
Así, la ansiedad opresiva de su poesía anterior fue transformando
el horror en un miedo primordial, donde no es posible separar la
amenaza de la promesa.
VIII - Cabalgaré en otro espinazo
Las últimas líneas del Viaje a Armenia rezan así: "El sueño es
ligero en los campamentos nómadas. El cuerpo, exhausto de espacio,
se entibia, se estira rehaciendo lo largo del viaje. (…) Ultimo
pensamiento: tienes que cabalgar sobre otro espinazo"(11).
¿Será otro presagio? Se trata más bien de una certeza.
De Mandelstam se dice que una especie de voluntad suicida,
una falta de instinto, lo empujó al matadero. No lo creo. Quizá
su instinto le hizo preservar algo que para él era más valioso que
su vida. No hablo de la literatura, no me refiero a su obra. Esa,
de milagro se salvó, gracias a su viuda. Hablo de su alegría y de
su salvaje libertad interior. Y la poesía fue la cabalgadura para
escapar. No pudo huir de sus verdugos externos, del poder, de la
historia, pero sí consiguió eludir la destrucción psíquica. Su oscura
alma animal le impidió renunciar, aun camino al patíbulo, al festivo
esplendor del mundo. No burló la muerte, no la evitó, pero hizo
del movimiento de evasión un encuentro y un reconocimiento. Escapó
a la contradicción de la vida contra la muerte. Del fondo de las
amenazas y del terror nació algo mucho más poderoso que una loca
esperanza de futuro: la certeza del destino. No la esperanza en
que las cosas serían de otro modo y cambiarían para mejor, sino
de que todo lo vivido tenía su propio sentido y entrometerse sí
era pecar contra la vida.
En Moscú, cuando regresó de Armenia, su motor perdió compresión,
y en sus versos ya no se sentía aquella aceleración de los años
veinte. Entonces escribe con un extraño humor, regalo, creo, de
la lentitud. Era la distancia que necesitaba para la carrera que
tenía que correr:
Basta de resentimiento. Afeita los papeles en la gaveta del escritorio.
Estoy poseído por un glorioso demonio,
como si las raíces de mi cuero cabelludo
Estuvieran lavadas por el shampoo de François, en el París de mi
juventud.
Apuesto a que todavía no estoy muerto,
y, como un jockey, me juego el cuello
a que todavía tengo algunas mañas
para la pista de carreras.
Estoy consciente de que el hermoso año
treinta y uno florece como un cerezo en flor,
y húmedas de lluvia las lombrices engordan.
No te excites, la impaciencia es un lujo.
Aumentaré mi velocidad poco a poco,
Entremos a la pista con paso tranquilo.
Guardo mi distancia.
La poesía póstuma de Mandelstam confirma lo que dijo Víctor
Schlovsky: "el arte restituye el hombre a la vida y la vida
al hombre", patentizándolos como destino. "…es la sonda con que
exploramos la vida, recuperando algunos pedazos". Exilado, en Voronezh,
a un paso del patíbulo, todavía exclama: "Debo vivir, aunque esté
dos veces muerto".
Notas:
(1) El rumor del tiempo, p. 156
(2) Ibid
(3) Ibid, p. 152
(4) no a cumplir con un credo poético
(5) Cf. 205-6;216-18;220
(6) Tristia. "Hermanas son la
pesadez y la ternura", p. 78-79
(7) VA: I.Sevan, p. 193
(8) Tristia, "El Meganom",
p. 53-54
(9) Kerenyi, Hermes Guide of Souls,
p 53
(10) VA
(11) VA: VIII. Alagez.
Referencias:
Osip Mandelstam. The Noise of Time.The Prose of Osip Mandelstam.
Traducción y ensayos críticos de Clarence Brown. San
Francisco: North Point Press, 1986.
Osip Mandelstam.
The Collected Critical Prose and Letters.Edición
de Jane Gary Harris. Traducción de Jane Gary Harris y Constance
Link. London: Collins Harvill, 1991.
Osip Mandelstam.
El sello egipcio/ El rumor del tiempo. Traducción
de Lidia Kúper. Madrid: Alfaguara, 1981.
Osip Mandelstam.
Coloquio sobre Dante. La cuarta prosa. Traducción,
introducción y notas de Jesús García Gabaldón.
Madrid: Visor, Literatura y Debate Crítico Nº 20,
1995.
_________
Brodsky, Joseph. Menos que uno. Traducción de Roser
Berdagué Costa y E. Raimbau Saurí. Barcelona: Versal,
1987.
Mandelstam,
Nadejda. Contre toute espoir. Souvenirs. 3 vols. Prefacio
de Michel Aucouturier. Traducción de Maya Minoustchine.
Paris: Gallimard, Témoins, 1972.
Shklovski,
Viktor. Viaje sentimental. Crónicas de la revolución
rusa. Traducción de Carmen Artal. Barcelona: Aanagrama.
1972.
* (Todas las
traducciones de los poemas citados son versiones personales -y aún
provisionales-, realizadas para uso docente).
* (Trabajo presentado el 14 de marzo de 2001 en las IV Jornadas
de Investigación y Creación de la Escuela de Letras de la UCV).