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El follaje está lleno
de verdes difíciles.
Un viento inesperado
nos muestra sus tinieblas.
Pasa como una excusa
en el tedio de su seco recinto.
Su acento es fugitivo
como todo lo demás.
Florecer
al unísono
como vuelo de aves
planeando en un tiempo errante
y con luz desconocida.
Florecer desde el blanco de las lagunas
sitios fijos para el brillo
de menores metales.
Florecer y florecer
en la súplica de cierto amor.
Una pequeñísima
fijación de aire
una tibia almohada de césped
todo pasa rápido hacia adentro
y vuelve de nuevo a su nido
de cerdas crudas y ruiseñores.
Voy exhalando
los otoños
cuando se hacen amarillos
y el bosque asume que soy pájaro
manantial o hiedra feliz
en esa calma tan pura.
Siembro mis pies
en el humus de las flores
en los vapores de sus muertes lentas.
Sólo entonces tengo un hogar
infinito y compartido.
El ojo del espíritu
baila en las formas solemnes de la sombra
en un cuerpo prestado que repite sus sueños
hasta morir por última vez.
Alfredo Pérez Alencart. Poeta
y ensayista español
Poema
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