Aquiles Esté torna visible una carencia de peso:
"No tenemos una fábula, un cuento que nos organice y planifique
(...) que potencie nuestras originalidades". Y de no diseñar una
fábula convincente, una ficción funcional que relance al país -diferente
al cuento de la Tierra de Gracia y de la epopeya de Bolívar que
han signado a Venezuela-, "seguiremos siendo una cultura sin dirección,
un pez boqueante sin lugar ni peso en el mundo", infiere el semiólogo
El rostro
de Bolívar. Fernando Carrizales, 1975
Uno de
los problemas esenciales de Venezuela, si es que acaso no es la falla
fundamental de nuestra comunidad, tiene que ver con el hecho de no
contar nuestro país con una narrativa que le permita salir
de abajo. No tenemos una fábula, un cuento que nos organice
y planifique para ser algo, algo que hemos diseñado y que potencie
nuestras originalidades. Mientras no planifiquemos esa narrativa,
seguiremos siendo una cultura sin dirección, un pez boqueante
sin lugar ni peso en el mundo.
Hay dos mitos organizados en la cabeza del venezolano y ambos se apoyan
uno al otro generando resultados perversos. Uno es el cuento de la
Tierra de Gracia, una variación del mito del Paraíso
Terrenal, el lugar en el que todo está dado y en el que no
hay función de cambio. El otro es la epopeya de Bolívar,
la gesta de un caudillo militar, un padre culpabilizante frente al
que todos somos unos segundones. El hecho concreto es que no sirven
estas canciones para darnos eso que en gerencia llaman una "misión".
Ahora, contrario a lo que dicta el sentido común, sucede que
es posible "diseñar" esa narración, al menos
si tomamos como referencia lo que ha sucedido en otros países
y en ese sentido el mejor ejemplo es Estados Unidos. Muchos creen
que el proyecto de este país está condensado en la Constitución
de 1787, pero resulta que esto no es exactamente así. Estados
Unidos es hijo ciertamente de la Convención Constituyente pero
por sobre todo es subsidiario del proyecto de enseñanza pública,
un trazado que diseña un filósofo notable, John Dewey.
Dewey crea lo que es el mayor invento estadounidense, la Escuela
Pública, el espacio que permitiría vender el sueño
americano y unificar la conciencia de los inmigrantes en torno a unos
pocos símbolos, el pan blanco, la mantequilla de maní,
George Washington.
El sueño americano es una narrativa muy sencilla y se apoya
esencialmente en cuatro creencias. La primera es la historia de la
"tierra de oportunidades", una invitación que proviene
de la Declaración de Independencia. No recuerdo las palabras
exactamente pero allí Thomas Jefferson asegura que el hogar
reside donde está la oportunidad, una idea muy ajena al venezolano,
por cierto, para quien el hogar reside en el lugar donde se nace.
La segunda historia del sueño americano es el cuento del "melting
pot", la certeza de que la nación se compone necesariamente
de la contribución de personas provenientes de los más
diversos orígenes. La tercera narración que compone
el american dream es la parábola de la "ciudadela
de la democracia". Para sus nacionales Estados Unidos es la fortaleza
que protege el ideal democrático, la libertad y la igualdad
ante la ley. El cuarto y último relato es el llamado puritano
a "retrasar la gratificación". La idea es simple,
si uno se esfuerza lo necesario llegará un momento en que el
sistema recompensará tu empeño.
Son cuatro creencias, más o menos irracionales como cualquier
creencia, pero el hecho cierto es que fueron las herramientas que
echaron a andar a ese país ya en el siglo XIX. Con esta fábula
se pudo cruzar el individualismo con la capacidad de organizarse en
grupo que es la fórmula que respira por cierto en los deportes,
emblema de ese país, el beisbol, el fútbol americano,
el básquet, el bowling. Para muchos el "american dream"
está en crisis, de hecho encuentra uno a mucha más gente
jugando sola al bowling que en los años setenta por ejemplo,
o sea en la época de oro de los Pica Piedras y sus "Búfalos
Mojaos", pero el hecho cierto es que ha servido para crear la
sociedad con mayor vitalidad e inventiva de la historia de la humanidad.
Otros países tienen otras narrativas, como por ejemplo Brasil,
y su "ficción" de que "Deus é brasileiro".
Los alemanes por su parte se creen el cuento de que todo lo que hacen
es perfecto. En fin. Pero a nosotros los venezolanos, ¿para
qué nos ha servido el relato de la Tierra de Gracia y la gesta
de Bolívar? En la práctica, para generar atraso
e indirección.
Es este un momento interesante para diseñar esa narración.
Algunos pensaron que ese gatillo podía dispararse con el Frankenstein
constituyente de 1999. Pero nada de eso pasó. La constituyente
reunió a varias de las peores cabezas con que cuenta la República
y, previsiblemente se procedió a relanzar los mitos perversos
que describimos arriba. Un sector nada despreciable de las élites
apoyó ese proceso y a su comandante. Unos abiertamente, son
los Olavarrías o los Mays Vallenilla. Otros se dieron a la
tarea de "relativizar", procedimiento al que son afectos
los intelectuales, fue el caso de los Tulio Hernández, los
Ibsen Martínez, las Janets Kelly. Hubo otros menos dotados
de pluma como Combellas, Angela Zago o el hoy alcalde Alfredo Peña.
En fin, la lista es larga, pero el caso es que todos se dieron el
lujo de desconocer el embrión autoritario que anidaba en el
candidato golpista.
Insistimos, es un momento interesante para planificar ese relato y
las maneras de propagarlo. Ello por todo lo que aprenderán
las élites de esto. Aprenderán que no hay más
espacio en Venezuela para gobiernos populistas. Aprenderán
también que no se puede llevar militares al poder. En las democracias
adultas el último fue De Gaulle en 1968. En USA el último
militar presidente fue Eisenhower, eso en 1960. Todas estas figuras
debían su prestigio a su pasado heroico como comandantes en
la Segunda Guerra Mundial y es por ello que arribaron al poder. Collin
Powell intentó hace pocos años ser candidato presidencial
republicano y fracasó. En Venezuela veníamos también
cumpliendo con esa tendencia civilista, o sea hasta 1992. Siglos de
madurez le tomó a la humanidad entender que los militares y
la iglesia deben supeditarse al poder civil, algo que un sector de
nuestra élite se permitió ignorar. Hasta uno de nuestros
principales periódicos llegó a "cuadrarse"
con el proceso y hoy paga muy caro un error tan grave. Pero como decía
Oswald de Andrade, el problema de América Latina no es el número
de analfabetos que tiene, sino lo bruto que son los que saben leer
y escribir.
Todo esto viene al caso a raíz de la cuña de CANTV en
que aparece un venezolano de mediana edad llamando a su casa, presumiblemente
desde South Florida. El hombre describe por un teléfono público
sus éxitos en lo que él asegura ser "la tierra
de oportunidades". "Mamá, aquí cambio de carro
a cada diez minutos". En eso ordenan al interfecto para que estacione
un vehículo, a lo que responde "Yes Sir, one moment
Sir". Y allí es que uno entiende que el compatriota
trabaja de parquero.
Es este un síntoma claro de que la cultura venezolana ha fracasado
y de que no tiene una "fábula" convincente que ofrecer
a la población. Si no se diseña una narrativa que verdaderamente
relance al país, los venezolanos vamos a empezar a comprar
otras historias como de hecho está sucediendo con el caso del
parquero. Este sabe, o mejor cree, que allá en Estados Unidos
hay un sueño por cumplir. Nuestro personaje conoce los pasos
que hay que dar y lo cierto es que él al menos lo va a intentar,
así sea como inmigrante ilegal. Es momento de crear esa "ficción"
aquí en Venezuela, una ficción funcional, que nos ayude
a tener un lugar ganado en el mundo. Diseñar esa narración
y anticipar sus efectos es papel de las élites y servirá
como un antídoto temprano contra la violencia y contra un nuevo
período de indirección.