Especial

HOMENAJE A JULIO MIRANDA

Julio, por su camino

 

Julio Miranda forma parte de un género de personas que a mí siempre me producen una particular admiración. Van por la vida por su propio camino, siempre a distancia de lo establecido, seguros de la misión que les corresponde en esta tierra, nunca estruendosa, nunca de primeras páginas. Pero estos cultivadores de sus jardines —los hay de todos los pelajes— no olvidan nunca el sentido del deber con lo colectivo, sólo que saben que la mejor manera de dar es para ellos hacer bien lo suyo, la excelencia de los frutos que cultivan. Una larga trashumancia por el vasto mundo —Cuba, Estados Unidos, Bélgica, Venezuela donde decidió quedarse— ha debido colaborar a configurar este templo existencial, que rubricaba una descuidada barba que sintetizaba una intensa experiencia religiosa de juventud con otra no menos intensa participación en la rebelión juvenil de los sesenta, un atuendo de disidente sin retorno y una vocación por los pequeños círculos de amigos y la tertulia sin fin. De suyo Julio terminó viviendo muchos años en Mérida, que tan cónsona le era y viviendo básicamente de un humilde y noble oficio: la corrección de pruebas de imprenta.

Pero ese hombre modesto, afable y recogido fue una lúcida inteligencia y una pluma estelar. Fue ante todo un escritor de vasta obra. Es más, es uno de los autores más prolíficos que hemos tenido. Yo le pregunté una vez por qué tanto título y me contestó la cosa más simple e inquietante: "¿no será que aquí la gente publica muy poco?". Poeta, sobre todo, de breve, directa y diáfana expresión en la cual tenía lugar destacado el humor elegante, la ironía y el tuteo con los símbolos de nuestra cotidiana modernidad.

Como tenía una capacidad desmesurada de trabajo y de escritura esto lo llevó a convertirse, sin mayores protocolos académicos, en un estupendo investigador de la literatura nacional. De vez en cuando dejaba estallar algún niple en la comarca de nuestras letras, que testimonian de su valor intelectual, de la legitimidad de esa soledad que hemos descrito: negar monstruos sagrados, instituciones relumbrantes o proponer audaces perspectivas panorámicas para pensar nuestras letras. Sin buscar ni el desplante que paga, ni el deseo de herir. Por la verdad, así no más.

El cine le debe muchas cosas: el crítico refinado y certero, el entusiasta de más de una empresa que pensó necesaria —yo lo recuerdo hincha de la Asociación de Críticos de antaño— y, sobre todo, el habernos legado los más extensos, penetrantes e imprescindibles trabajos sobre el documental venezolano; bibliografía casi única para su conocimiento.

Pérdida grande, la de ese escritor incesante, ese indagador contumaz, ese hombre bueno y justo. Estoy seguro que a su muerte no habrá demasiados clarines, pero también que su memoria será larga, como fue breve su vida.

Fernando Rodríguez. Ensayista. Director de la Fundación Cinemateca Nacional

 

 

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