El ensayista Giuseppe Tulli relaciona los últimos
acontecimientos mundiales con la guerra entre griegos y troyanos
para concluir que el "individualismo es tanto el punto de llegada
como el punto de partida del hombre", y advertir que "quizás haya
llegado el momento de volver a encontrarnos a solas con nosotros
mismos; sin la ayuda gratuita de dioses y principios milenarios",
hasta inventar un verdadero nuevo mundo "que brotará, auténtico,
de nuestra más profunda realidad interior"
Es
el argumento del vaso de agua: ¿cómo llenarlo si no
hay vacío en el? Entonces, el vacío es necesario
para que pueda tomar lugar la plenitud. El punto viene a colación
por los tiempos en que vivimos. Sí, como resulta evidente,
vamos hacia el vacío, entonces ¡démosle la bienvenida
al vacío!, ya que será el preludio a la subsiguiente
plenitud.
Precisamente, los hechos extremos recientes son la reacción
más desesperada a una tendencia que luce inevitable en el mundo
presente. Y cabría aquí distinguir muy bien entre acción
y reacción; porque la acción la realiza quien
puede, quien tiene la fuerza a la mano para llevar la iniciativa de
los acontecimientos; la reacción, por otra parte, es la defensa
extrema de quien trata de resistir una acción eminentemente
destructiva que es, al mismo tiempo, inevitable. Es como el sitio
de la gran ciudad, por ejemplo, Troya: los terribles griegos la agreden
una y otra vez, implacablemente, mientras los aterrorizados troyanos
miran desde las murallas, paralizados, a la indetenible embestida.
Y no es una embestida ocasional. Hay que recordar que la acción
griega contra la gran ciudad es la quintaesencia de Occidente; hay
que recordar que eso que hoy llamamos individualismo, nació
primoroso y radiante en la antigua Grecia, siendo su principio enunciado
elocuentemente por el sofista Protágoras: "El hombre
es la medida de todas las cosas". Tal como se expresa en ese
mito seminal de Occidente que es la figura de Edipo, el hombre a la
manera griega se realiza cuando lo hace a partir y sólo
de sí mismo. Entonces no hay oráculo o principio sobrehumano
que se le oponga; entonces, incluso cuando su propio destino parezca
en verdad haber sido tejido por fuerzas sobrehumanas, preferirá
Edipo hundirse -él solo- en su propia oscuridad, que
aceptar sumiso leyes o principios que no vengan de él. Miremos
por un momento a nuestros líderes del presente, nuestro -único-
faro referencial actual, ¿y qué es lo que encontramos?:
la mirada joven, brillante e irreverente de tecnócratas, hombres
para los que la sola idea de una referencia venerable y gratuita resulta
aberrante.
El individualismo, de esta manera, es tanto el punto de llegada como
el punto de partida del hombre. Después de milenios de experiencia
civilizadora surgida de la propia capacidad creadora del hombre, quizás
haya llegado el momento de volver a encontrarnos a solas con nosotros
mismos; sin la ayuda gratuita de dioses y principios milenarios de
los que, por su propia senilidad, ya no tenemos ninguna experiencia
fundamental. Como Edipo, debemos arrancarnos los ojos que han fraguado
nuestros propios triunfos y hundirnos en la oscuridad de nuestra propia
individualidad; entonces, obligados por el vacío mismo, quizás
sintamos la necesidad de volver a inventar al mundo; entonces, un
verdadero nuevo mundo brotará, auténtico, de nuestra
más profunda realidad interior.
Esta es la agenda histórica de Occidente, su verdadera significación
y sentido brotados del milagro griego. Negar esta ascendencia sería
faltar a nuestras propias raíces; negar este destino sería
negar nuestra misma función liberadora del hombre. Porque
cada centímetro de esta tierra que se "globalice"
sufrirá el mismo trance: el deslastre de "venerables"
tradiciones aceptadas por un "acto de fe"; es decir, no
brotando del fondo interior del hombre y, por ello, inauténticas;
acto seguido vendrá el vacío. Esta era en verdad la
esencia profunda señalada por el mito de la gran guerra entre
griegos y troyanos; el choque frontal entre la ciudad y sus valores
ancestrales, "automáticamente" venerados, y los arrogantes
e irreverentes -"self-made men"- griegos, destructores
de ciudades. En este sentido, todo hombre apertrechado detrás
de las murallas de su ciudad -desde el extremista islámico
hasta el puritano conservador, pero incluso el liberal occidental
que toma los principios fundados por la Revolución Francesa
por un acto de fe- sufre el terrible trance de los troyanos.
Entre nuestros troyanos occidentales se cuentan, por ejemplo, los
que conciben un mundo ecuménico, una suerte de "ciudad
de Dios" a la manera agustiniana en la que millones de individuos
viven cual rebaño de ovejas blancas en serena conciliación.
Así conciben el fenómeno de la globalización
como esa oportunidad para unir a los pueblos; para, por la eliminación
de fronteras, tradiciones, idiosincrasias, peculiaridades, llegar
a un glorioso mundo que canta al unísono una sola voz. No hay
duda, éstos son los troyanos cándidos, aquellos
que ensalzando las glorias de la civilización, cantan cada
vez más "religiosamente", más como un acto
de fe, el triunfo del progreso.
Pero tenemos los troyanos lúcidos, esos que dándose
cuenta de la verdadera esencia destructiva del hombre occidental,
advierten evangelizadoramente sobre el peligro que acecha. Ecologistas,
visionarios de una hipotética "nueva era". Y entre
ellos, por supuesto, también nihilistas y neuróticos
para los que el vacío es doblemente insoportable dado que han
perdido toda esperanza de un "mundo mejor"; en este grupo
se esparcen los apocalípticos para los que una gran conflagración
final signará el "fin de los tiempos", que otros
esperan aterrorizados, frente a un televisor.
Pero en la realidad, el vacío ni siquiera admite esta escatológica
singularidad. Pensémoslo por un momento: ¿no es su mejor
epifanía la llaneza de un "todo sigue igual"? ¿No
es la suma experiencia de ese fin que reafirma la implacable circularidad
de la experiencia, cuando defraudados por un destino que nos juega
su mala pasada de siempre, sentimos que repetimos la historia una
y otra vez? Por supuesto, lo obvio en este caso -el de nuestro
presente- es la actitud quintaesencial troyana: la de, a diferencia
de Edipo, es decir, en lugar de asumir esta condición como
la gran realización -no nihilista- de nuestras vidas, terminamos
dejándonos inertemente hundir en la depresión, el hastío,
o en el mejor de los casos, en la simple angustia que genera la inevitable,
intrínseca y esencial incertidumbre del vacío. De todas
las trampas, ésta es la peor, ya que desesperados por escapar
terminamos fatídicamente atrapados por la repetición
de la historia, como si el vórtice del vacío nos tuviera
eternamente girando en la oscuridad más profunda de su centro,
el círculo más interior del infierno dantesco.
Es una pena que hayamos olvidado, por culpa de la civilización,
la experiencia de la tierra. Ella, morada de los muertos y de todos
los infiernos mitológicos, es sin embargo el asiento de la
vida, que no puede brotar sino, precisamente, de sus mismas y oscuras
profundidades. No haría falta explicarle, por ejemplo, a un
campesino en qué consiste eso que conocemos más abstractamente
como materia; es decir, el medio sustancial de la creación
que para él es la tierra que mueve entre sus manos. Hedionda,
mugrienta, sucia: ¡así es la tierra, así es la
materia! Ella es lo que más nos repele, lo que más despreciamos;
es también lo que más tenemos. Pero lo sabe el creador,
como el campesino, que toda forma viva está hecha de
materia; entonces, es crucial el contacto con la tierra, que no es
otra cosa que el descenso al centro más profundo del infierno
que es el vacío, a partir del cual podemos en efecto realizar
el milagro de la vida, el de la creación, que revierte precisamente
la condición de vacío. Entonces ¡hagamos lo que
tenemos que hacer! Que el derrumbe de altos edificios signifique la
quiebra del cómodo apego a instituciones milenarias y gastadas,
a venerables leyes a las que nos aferramos, ciegamente. Hundámonos
en la tierra, solos, como Edipo, con esa virtud que Nietzsche
asignaba al auténtico superhombre, la de "descender"
(untergehen).
Si miramos con atención al mundo que nos rodea veremos que
estamos justamente hundiéndonos. Sólo nos falta saber
que ese descenso es necesario; porque sólo así podremos
superar el intenso escalofrío que produce el trance de la jornada,
esa que lleva a la experiencia -¡por fin!- de la soledad cósmica
del hombre cara a cara consigo mismo, y sólo consigo mismo.
En ese momento sabremos que el gran punto de inflexión ha llegado,
y que el vaso está listo para empezar a ser colmado.
.
Giuseppe
Tulli. Ensayista
N
18 Año V
Caracas, sábado
2 de febrero
de 2002
Restrospectiva
del pintor francés que transgrede
su tiempo