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De Ajena
(Alfaguara, 2001) de Antonio López Ortega (Venezuela,
1957) es preciso decir inmediatamente que es una magnífica
novela. Y lo es gracias a la destreza de su escritura, la sabiduría
de su composición, y la riqueza empática de su exploración
emotiva.
En efecto, el lenguaje es aquí todo lo que el lector tiene
para entender el mundo representado, porque no contamos sino con
las cartas que una muchacha le escribe desde Caracas a su novio,
que empieza sus estudios en París. De modo que la realidad
es lo que ella construye desde el monólogo escrito de su
intimidad dialogada. Si la carta tiene un destinatario, el lector
es un intruso de ese acto de comunicación: leemos en el momento
en que ella escribe, como si escucháramos el flujo vivo de
su pensamiento desnudo; y leemos en el momento en que el novio ausente
abre la carta y empieza a leer, y a veces, incluso antes que los
ojos del otro, a quien esa escritura construye como una presencia
tan real como nuestra propia mirada. El lector es algún otro,
el cómplice de la mujer en el origen de la escritura y el
testigo del amante en la lectura. Por eso, la escritura lo decide
todo porque todo lo ignora: es el cuerpo de la incertidumbre, el
espacio de la ausencia, allí donde esta pareja se consume,
consuma, y disuelve.
Pero si la escritura de esta novela se organiza como una serie cronológica
y orgánica de cartas escritas por la muchacha, entre finales
de los años setenta y comienzos de los años ochenta,
su lectura es un tour de force: entre la escritura y la lectura
promedia la sabia composición del libro. En primer lugar,
se trata de la correspondencia de una mujer enamorada, que da cuenta
de la agonía de la separación, reclama respuesta,
explica lo que se podría llamar la fenomenología amorosa
del abandono, recuenta las llamadas, las cartas, el viaje de reencuentro
con el amante, así como la historia del otro, que lee en
sus respuestas, y la progresiva, inexorable, disolución del
vínculo amoroso en la melancólica evidencia del fin.
Leemos, así, novelescamente, con inquietud y fruición,
el proceso anímico y emotivo de ese amor hecho de promesas
y postergaciones, pero vívido y veraz, gracias a que el autor
(desdoblado en narradora, asumiendo la desventura de la mujer como
una forma de la verdad amorosa) es capaz de articular y tramar la
gravitación de lo cotidiano, la vulnerabilidad de la amante,
la agonía de la distancia, y el luto paulatino por la muerte
de la pareja. De manera que la novela hace de cada carta un capítulo
distinto, abre una nueva baraja, introduce un diferente argumento,
intercambia personajes y lugares, y, en fin, construye nuestra lectura
como una escritura (correspondencia) dialogada (apelativa) de una
intimidad a flor de habla (fuerza del amor hecho palabra).
Por lo mismo, en segundo lugar, se trata aquí de la subjetividad
y su lenguaje emotivo. Con notable precisión, como si el
rigor del registro fuese el pacto de la intimidad revelada, el autor
mantiene una sobria distancia entre la novela y la carta, entre
su oficio de escritor y el candor expresivo del personaje, entre
la narradora confesional y el libro que la está narrando.
Esta novela es un taller de la novela: cada detalle, hasta el más
casual, responde a la necesidad del diseño, y nunca desmaya
su prosa, que más bien se enciende a trechos, entre el azar
del día y la lucidez solitaria, entre el ardor de la espera
y el fervor de la lectura mutua. Ese rigor es el mejor modo de dejar
curso a la indeterminación de la subjetividad. Lección
clásica, lo más incierto tiene la forma más
precisa. Ejercicio barroco, el amor es una forma laberíntica,
donde cada forma repite y modifica a la anterior, en arabescos del
tema y volutas del motivo. Esta novela es una proeza formal: fluye
con claridad rítmica y se demora con riqueza de detalle.
Ahora bien, tratándose de la mujer, Ajena está
animada por la mayor ambición: hacer verdadero a un personaje
femenino. Pero no sólo creíble sino memorable, incluso
admirable. Sería fácil acordar que, de por sí,
toda mujer es admirable. Pero esta muchacha que se hace mujer en
la escritura, que se entrega a las palabras para reconocerse en
el amor que la deshace, pulsa los extremos de su humanidad, su capacidad
de amar como la posibilidad de existir creativamente. Esa entrega
gratuita y desasida le da una grandeza sin tema, una pura verdad
de vida. Por ello, el mundo mismo habla por la subjetividad, como
otro lenguaje que el amor hace legible:
"¿Qué ruidos oirás desde tu cuarto: pájaros,
carros, niños? A veces indago en esto mientras me distraigo
viendo los mangos picoteados desde mi ventana. Un pájaro
simultáneo -pienso ahora- que pueda estar en tu ventanal
y el mío. Un pájaro que allá sea gorrión
y acá arrendajo. Un pájaro simultáneo que nos
contenga" (61).
La emotividad es también física, y esta novela da
cuenta del cuerpo femenino, y logra que el mismo proceso del relato,
ese acopio de intimidad comunicativa, preserve el presente para
el ausente. Quizá López Ortega da cuenta en ello de
una virtud sin canon, la de valorarlo todo como mutuo, que pertenecería
al ámbito de la moral emotiva, y que construye el saber de
la pareja, la trama de su suma. Y en esa empatía subjetiva
la novela probablemente logra su veracidad mayor, la de representar
lo femenino. Esta es una novela de una inmediatez confesional, y
quien la lee, notablemente, lee a una mujer.
En la reflexión de Ajena, Antonio López Ortega
asume un desafío extremo: hablar desde dentro de una mujer,
con su voz plena, cediéndole no solamente el punto de vista,
el habla y la letra, sino toda la novela, ya que sólo tenemos
del mundo su voz, el flujo del mundo en su escritura. Ella ejerce
esa libertad irrestricta con agudeza: "Si el amor es simultaneidad,
abolición del tiempo, esta escritura que yo forjo y tú
descifras debería ser el amor mismo. Por la escritura y en
la escritura, yo te amo. Te amo aquí, justamente aquí,
mientras redondeo una vocal o aviento una consonante. Es un ejercicio
minucioso, lento, corporal, por el que te traigo (o en el que me
expongo). Este es tu cuerpo, lo voy haciendo mientras escribo, lo
voy tramando para poder amarlo" (133).
Lejos de la tradición realista de Flaubert y su maravillosa
Emma, que le permitió creer que "Emma soy yo",
y más lejos aún del arrebato heroico de Tolstoi
y su Ana Karenina, la muchacha caraqueña de Ajena
representa la subjetividad actual, más allá de
la división social de los géneros; una subjetividad
no cartografiada por los códigos ni programada por los mercados,
donde tanto los hombres como las mujeres buscan reconocerse como
criaturas de un lenguaje que los haga más libres, y a la
vez, más ciertos. Esto es, individuos más plenos y
parejas más genuinas. Esa demanda no es menos radical que
la de Emma o Ana, tampoco es menos novelesca. Quizá la diferencia
radique en que a esas heroínas el amor les costó la
vida porque lo verdadero exigía la ruptura del código
social. Y en los pactos de la lectura, esa transgresión imponía
el suicidio. Nabokov se burla de los críticos piadosos
que llaman "realista" a Madame Bovary, cuando mal
puede serlo si el marido ignora durante 300 páginas la infidelidad
de su mujer. Y Carlos Fuentes ha dicho que Emma no se suicidaría
hoy por deudas gracias a su tarjeta de American Express.
En cambio, para esta heroína caraqueña del siglo XXI,
desnuda de discursos de consolación, libre de las restricciones
del código, y descendiente directa de la Ifigenia de
Teresa de la Parra, la demanda del amor lleva el precio del
amor. Escrita con la fuerza desamparada de la pasión y con
la inteligencia poética del lenguaje purificador, esta conmovedora
novela nos deja la vívida imagen de un personaje memorable,
cuya interrogación no se agota en sus palabras; y confirma
la madurez y el talento de un escritor capaz del mayor riesgo y
el exceso mejor.
Julio
Ortega. Escritor peruano
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