Apuntes


ANTONIO LOPEZ ORTEGA CONSTRUYE CON "AJENA" UNA
INTIMIDAD A FLOR DE HABLA

El amor en los tiempos del correo

Ajena (Alfaguara, 2001) de Antonio López Ortega conduce a Julio Ortega "a decir inmediatamente que es una magnífica novela (…) gracias a la destreza de su escritura, la sabiduría de su composición, y la riqueza empática de su exploración emotiva". De seguido, Ortega se aboca a sustentar, con agudo sentido crítico y altamente iluminador, que "esta novela es un taller de la novela", "una proeza formal" que "confirma la madurez y el talento de un escritor
capaz del mayor riesgo"





Antonio López Ortega y la fenomenología amorosa
del abandono. Foto Archivo

De Ajena (Alfaguara, 2001) de Antonio López Ortega (Venezuela, 1957) es preciso decir inmediatamente que es una magnífica novela. Y lo es gracias a la destreza de su escritura, la sabiduría de su composición, y la riqueza empática de su exploración emotiva.

En efecto, el lenguaje es aquí todo lo que el lector tiene para entender el mundo representado, porque no contamos sino con las cartas que una muchacha le escribe desde Caracas a su novio, que empieza sus estudios en París. De modo que la realidad es lo que ella construye desde el monólogo escrito de su intimidad dialogada. Si la carta tiene un destinatario, el lector es un intruso de ese acto de comunicación: leemos en el momento en que ella escribe, como si escucháramos el flujo vivo de su pensamiento desnudo; y leemos en el momento en que el novio ausente abre la carta y empieza a leer, y a veces, incluso antes que los ojos del otro, a quien esa escritura construye como una presencia tan real como nuestra propia mirada. El lector es algún otro, el cómplice de la mujer en el origen de la escritura y el testigo del amante en la lectura. Por eso, la escritura lo decide todo porque todo lo ignora: es el cuerpo de la incertidumbre, el espacio de la ausencia, allí donde esta pareja se consume, consuma, y disuelve.

Pero si la escritura de esta novela se organiza como una serie cronológica y orgánica de cartas escritas por la muchacha, entre finales de los años setenta y comienzos de los años ochenta, su lectura es un tour de force: entre la escritura y la lectura promedia la sabia composición del libro. En primer lugar, se trata de la correspondencia de una mujer enamorada, que da cuenta de la agonía de la separación, reclama respuesta, explica lo que se podría llamar la fenomenología amorosa del abandono, recuenta las llamadas, las cartas, el viaje de reencuentro con el amante, así como la historia del otro, que lee en sus respuestas, y la progresiva, inexorable, disolución del vínculo amoroso en la melancólica evidencia del fin. Leemos, así, novelescamente, con inquietud y fruición, el proceso anímico y emotivo de ese amor hecho de promesas y postergaciones, pero vívido y veraz, gracias a que el autor (desdoblado en narradora, asumiendo la desventura de la mujer como una forma de la verdad amorosa) es capaz de articular y tramar la gravitación de lo cotidiano, la vulnerabilidad de la amante, la agonía de la distancia, y el luto paulatino por la muerte de la pareja. De manera que la novela hace de cada carta un capítulo distinto, abre una nueva baraja, introduce un diferente argumento, intercambia personajes y lugares, y, en fin, construye nuestra lectura como una escritura (correspondencia) dialogada (apelativa) de una intimidad a flor de habla (fuerza del amor hecho palabra).

Por lo mismo, en segundo lugar, se trata aquí de la subjetividad y su lenguaje emotivo. Con notable precisión, como si el rigor del registro fuese el pacto de la intimidad revelada, el autor mantiene una sobria distancia entre la novela y la carta, entre su oficio de escritor y el candor expresivo del personaje, entre la narradora confesional y el libro que la está narrando. Esta novela es un taller de la novela: cada detalle, hasta el más casual, responde a la necesidad del diseño, y nunca desmaya su prosa, que más bien se enciende a trechos, entre el azar del día y la lucidez solitaria, entre el ardor de la espera y el fervor de la lectura mutua. Ese rigor es el mejor modo de dejar curso a la indeterminación de la subjetividad. Lección clásica, lo más incierto tiene la forma más precisa. Ejercicio barroco, el amor es una forma laberíntica, donde cada forma repite y modifica a la anterior, en arabescos del tema y volutas del motivo. Esta novela es una proeza formal: fluye con claridad rítmica y se demora con riqueza de detalle.

Ahora bien, tratándose de la mujer, Ajena está animada por la mayor ambición: hacer verdadero a un personaje femenino. Pero no sólo creíble sino memorable, incluso admirable. Sería fácil acordar que, de por sí, toda mujer es admirable. Pero esta muchacha que se hace mujer en la escritura, que se entrega a las palabras para reconocerse en el amor que la deshace, pulsa los extremos de su humanidad, su capacidad de amar como la posibilidad de existir creativamente. Esa entrega gratuita y desasida le da una grandeza sin tema, una pura verdad de vida. Por ello, el mundo mismo habla por la subjetividad, como otro lenguaje que el amor hace legible:

"¿Qué ruidos oirás desde tu cuarto: pájaros, carros, niños? A veces indago en esto mientras me distraigo viendo los mangos picoteados desde mi ventana. Un pájaro simultáneo -pienso ahora- que pueda estar en tu ventanal y el mío. Un pájaro que allá sea gorrión y acá arrendajo. Un pájaro simultáneo que nos contenga" (61).

La emotividad es también física, y esta novela da cuenta del cuerpo femenino, y logra que el mismo proceso del relato, ese acopio de intimidad comunicativa, preserve el presente para el ausente. Quizá López Ortega da cuenta en ello de una virtud sin canon, la de valorarlo todo como mutuo, que pertenecería al ámbito de la moral emotiva, y que construye el saber de la pareja, la trama de su suma. Y en esa empatía subjetiva la novela probablemente logra su veracidad mayor, la de representar lo femenino. Esta es una novela de una inmediatez confesional, y quien la lee, notablemente, lee a una mujer.

En la reflexión de Ajena, Antonio López Ortega asume un desafío extremo: hablar desde dentro de una mujer, con su voz plena, cediéndole no solamente el punto de vista, el habla y la letra, sino toda la novela, ya que sólo tenemos del mundo su voz, el flujo del mundo en su escritura. Ella ejerce esa libertad irrestricta con agudeza: "Si el amor es simultaneidad, abolición del tiempo, esta escritura que yo forjo y tú descifras debería ser el amor mismo. Por la escritura y en la escritura, yo te amo. Te amo aquí, justamente aquí, mientras redondeo una vocal o aviento una consonante. Es un ejercicio minucioso, lento, corporal, por el que te traigo (o en el que me expongo). Este es tu cuerpo, lo voy haciendo mientras escribo, lo voy tramando para poder amarlo" (133).

Lejos de la tradición realista de Flaubert y su maravillosa Emma, que le permitió creer que "Emma soy yo", y más lejos aún del arrebato heroico de Tolstoi y su Ana Karenina, la muchacha caraqueña de Ajena representa la subjetividad actual, más allá de la división social de los géneros; una subjetividad no cartografiada por los códigos ni programada por los mercados, donde tanto los hombres como las mujeres buscan reconocerse como criaturas de un lenguaje que los haga más libres, y a la vez, más ciertos. Esto es, individuos más plenos y parejas más genuinas. Esa demanda no es menos radical que la de Emma o Ana, tampoco es menos novelesca. Quizá la diferencia radique en que a esas heroínas el amor les costó la vida porque lo verdadero exigía la ruptura del código social. Y en los pactos de la lectura, esa transgresión imponía el suicidio. Nabokov se burla de los críticos piadosos que llaman "realista" a Madame Bovary, cuando mal puede serlo si el marido ignora durante 300 páginas la infidelidad de su mujer. Y Carlos Fuentes ha dicho que Emma no se suicidaría hoy por deudas gracias a su tarjeta de American Express.

En cambio, para esta heroína caraqueña del siglo XXI, desnuda de discursos de consolación, libre de las restricciones del código, y descendiente directa de la Ifigenia de Teresa de la Parra, la demanda del amor lleva el precio del amor. Escrita con la fuerza desamparada de la pasión y con la inteligencia poética del lenguaje purificador, esta conmovedora novela nos deja la vívida imagen de un personaje memorable, cuya interrogación no se agota en sus palabras; y confirma la madurez y el talento de un escritor capaz del mayor riesgo y el exceso mejor.


Julio Ortega. Escritor peruano


 
N 20 Año V
Caracas, sábado
16 de febrero
de 2002
 
 
Medardo Fraile, un clásico de la narrativa breve, suma medio siglo escribiendo

Sólo morosa y amorosamente

(José López Rueda)
 
 
Creación

Joaquín Marta Sosa en "Las manos del viento"

"...coteja al miedo si es posible"

(Poesía)
 

Apuntes
Antonio López Ortega construye con "Ajena" una intimidad a flor de habla

El amor en
los tiempos
del correo

(Julio Ortega)
 
 
Reseña

"Un paseo por la sombra" de Doris Lessing

Autobiografía hecha escritura

(Laura Arias)
)
 
 
Mensaje
al pez

El rey del pescado frito

(Aquiles Esté)
 
 
Discusión

"De la ética en la estética y otros anacronismos"

¿Wagner
u Oscar
D'León? (II/II)


(Emeterio Gómez)