MARIA FERNANDA PALACIOS RASTREA LA MITOLOGIA DE
IFIGENIA, LA DONCELLA CRIOLLA


Frente al complejo de lo virginal

Sería Ifigenia de Teresa de la Parra la que daría con María Fernanda Palacios, entregada por décadas a leer esa historia asumiendo que: "Al meterse en eso, uno se está sumergiendo en sus propios complejos", en el "conjunto de miedos", de "nudos afectivos, que son como islas de inconsciencia, donde hay ingredientes colectivos muy tenaces; complejos que no son personales sino que heredamos como pueblo". Y precisa Palacios, en esta entrevista con Milagros Socorro, que Ifigenia ilustra la patología de lo virginal: "una actitud y un estilo de conciencia que se muestra como excluyente y unilateral", palpable en el ensayo que titulara Ifigenia. Mitología de la Doncella Criolla


María Fernanda Palacios asume la dificultad que implicó su
"cercanía con el tema" de Ifigenia
Foto Carolina Jiménez

A finales del año pasado apareció, en la Colección Literatura Hispanoamericana de Ediciones Angria, un ensayo que ya ha comenzado a leerse con fervor y del que aseguran los entendidos que habrá de convertirse en un clásico. Se trata de Ifigenia. Mitología de la Doncella Criolla, de María Fernanda Palacios, quien entregó el voluminoso manuscrito -más de trescientas cuartillas- tras dedicarle muchos años, décadas, y muchas lecturas a Ifigenia, la novela de Teresa de la Parra, en torno a la cual reflexiona.

Escrito con terso y muy personal lenguaje, no hay en este libro un párrafo que parezca dejado allí al descuido o por abultar. Tampoco debe esperarse que sea de fácil lectura ni rápido despacho. Estamos ante una profunda indagación del universo de Teresa de la Parra, que discurre por hondos y diversos aspectos del entramado nacional. La doncella es María Eugenia Alonso, es la novelista, y es el país que aparece allí reflejado en lo que se dice y en lo que se calla, y también es la propia autora del ensayo, que no hurta sus visiones ni su propio retrato allí, en buena parte, consignado.

Dedicado, escuetamente, "a Guillermo" y publicado con el patrocinio de Cantv y del Fondo Editorial de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, se presenta hoy el que fuera un esperado libro (su autora leyó fragmentos en varios foros literarios donde su fama comenzó a gestarse), con palabras del profesor Rafael López Pedraza, a quien Palacios debe "algo mucho más valioso que el interés por el estudio de los arquetipos. Durante casi quince años asistí al Seminario de Mitología que López dictaba en el aula 207 de la Escuela de Letras de la UCV. Allí aprendí no un credo junguiano -porque en la Escuela de Letras López casi nunca mencionaba a Jung-, sino una manera de leer en la imagen, de conectar el trasfondo mitológico de la cultura con nuestros complejos y, sobre todo, aprendí que quien aprende no soy 'yo'; que ese 'yo' lo mejor que puede hacer es observar y escuchar lo que está vivo en mí".

-En el entendido de que "lo virginal", asunto que recorre todo su libro, no tiene que ver con la castidad física, ¿a qué alude esta noción?
-Al arquetipo que sustenta no sólo al personaje de la novela sino también a nosotros, históricamente, como pueblo. Hablo de lo virginal en un sentido psicológico, como una actitud y un estilo de conciencia que se muestra como excluyente y unilateral, favoreciendo las rigideces. Creo que esta novela, por estar centrada en la imagen mítica del sacrificio de Ifigenia, muestra la patología de lo virginal: su aspecto cruel, desdeñoso y destructivo. Decimos virginal y hablamos de algo que no se deja tocar, de nuestra naturaleza salvaje, y de lo salvaje de nuestra naturaleza: lo arisco, que tiene que ver con ese espíritu de independencia que es el centro de la novela y ha sido el eje de nuestra historia. Creo que esa imagen de lo virginal absorbe muchos de los complejos históricos que el venezolano arrastra desde la fundación de la nación; y que tiene que ver con cierta rigidez, con una manera de zanjar las cosas (que puede ser con el machete o con la palabra).

-Que de ambas formas lo hemos hecho.
-Y lo seguiremos haciendo. Porque uno no puede quitarse de encima un complejo como quien cambia de camisa, y lo virginal -como dije antes- es parte de nuestra naturaleza misma.

-¿Qué dejan afuera esas actitudes excluyentes?
-Cualquier cosa. Es la actitud que tomo cuando excluyo todo aquello con lo que no me identifico. Es lo que no tolera el conflicto. Es el resorte de esas identificaciones que derivan en fanatismos e intolerancias. El componente heroico de nuestra historia es parte de esto. Lo virginal no tiene que ver con "civilizado", ni con moral o convenciones; por lo tanto, es un arquetipo que no tiene nada que ver con el ámbito político del vivir, y que, por eso mismo, lo sabotea. Y esos fundamentos de pureza que están en la base de nuestra cultura, su tremendo componente heroico y mesiánico, y cierta espiritualidad que no tolera las ambigüedades y convierte en "contradicción" el juego de opuestos, todo eso deja ver su peso opresivo, que surge "como un machete", para impedir el paso de todo lo nuevo, lo extraño, lo distinto, los verdaderos "cambios". Pero no es fácil definir el elemento virginal; de hecho, la novela permite algo que el discurso ideológico no, porque la novela muestra una historia, echa un cuento a través del cual van aflorando esos contenidos psíquicos profundos.

-Esas actitudes excluyentes, ¿son las que nos conducen a la intolerancia?

-Efectivamente. Me refiero a la patología de lo virginal, pero sin olvidar que hablo de aquello que siempre es virgen en nosotros, una fuente de riqueza, como una "reserva" selvática, instintual, indomable y secreta. Pero si eso es lo único que priva, se convierte en una fuente de sectarismos, de intolerancia y rigidez. Hablamos de algo que no se "quita" ni se "resuelve". Pero podríamos llegar a tener conciencia de que esos complejos están allí, y aprender a vivir con eso sin que nos destruya.

-¿Teresa de la Parra se propuso dar cuenta de esos complejos virginales?
-No. Teresa de la Parra contó una historia y escribió una novela. Y tuvo el tino de dejar que esa historia se contara a través de ella, sin interferir, dejando que todos esos complejos afloraran a través de una imagen: la "muchacha", una doncella criolla, que empezó a vivir y a crecer dentro de ella. Pero como su historia estaba ya contenida en ese arquetipo, si uno lee la novela dejándose llevar por esa imagen, lo virginal aflora. Eso fue lo que intenté. A Teresa la ayudó, creo yo, el carecer de pretensiones estéticas, el no esforzarse en hacer cabriolas vanguardistas; y mucho menos el escribir una novela para desarrollar una tesis sobre Venezuela. Yo creo que cuando un escritor da con una imagen, con su asunto, es porque eso está inevitablemente articulado con la memoria de un país, su cultura. Pero ningún escritor puede ser "consciente" de todo lo que sus imágenes contienen o mueven. Y a veces pasa mucho tiempo para que eso pueda verse y ser reconocido o digerido. Quizás hoy estamos viviendo un momento propicio para darnos cuenta de algunas de estas cuestiones. Quizá por eso pude escribir este libro. De paso, este libro lo terminé de escribir en 1998. Hoy muchas de estas cuestiones sobre el país resultan más actuales, o se "notan" más.

-¿Usted dio con una imagen cuando comenzó a trabajar con Ifigenia?
-Uno no encuentra la imagen sino que ésta lo encuentra a uno. Eso fue lo que me ocurrió. Y uno no sabe cuándo comienza ese encuentro. Creo que mi interés en Ifigenia se remonta a los años sesenta, cuando yo estudiaba Letras en la UCV. Y, luego, cuando Jaime López-Sanz y yo, releyendo a Lezama Lima y a Pavese, nos dio por volver a leer ciertas novelas venezolanas: Teresa de la Parra, Gallegos, Pocaterra. Yo me incliné hacia Teresa de la Parra porque sus novelas me gustaban desde joven; y era un mundo que yo conocía, que tenía mucha relación con mi propia historia, mi memoria, con lo que yo he vivido. Estaba la dificultad que implica la cercanía con el tema pero también la empatía con ese mundo.

-¿Cuál es su afinidad con el mundo de Ifigenia?
-Para mí la conexión se llama patio, dulcería criolla, tías, abuelas, el dulce de la chipolata, los recuerditos de París, la Mercedes Galindo que habla intercalando palabras en francés. Es un mundo familiar que yo he vivido y que forma parte de mi herencia.
-¿Y no es un poco riesgoso?
-Claro. Al meterse en eso, uno se está sumergiendo en sus propios complejos. No es que esté hablando de algo que esté afuera: si eso me importa es porque es algo que uno sufre y que está en uno. Pero a la vez, eso es lo que hace urgente el trabajo.

-En su ensayo se alude con frecuencia al complejo de la pobreza.
-Una de las cosas más apasionantes que tiene Ifigenia es la manera como deja ver un conjunto de miedos y de complejos, de nudos afectivos, que son como islas de inconsciencia, donde hay ingredientes colectivos muy tenaces; complejos que no son personales sino que los heredamos como pueblo. Gracias a la novela de Teresa de la Parra me di cuenta de cómo esa inconformidad, esa rebeldía, esa montonera que vemos afuera, en la calle, en la Historia nuestra, dentro de la casa, en el ámbito íntimo, se expresa como quejadera y como sacrificio: "Mira, mijito, que yo me he sacrificado por ti…". El chantaje de ese llantén casero no es muy distinto de aquello que en la calle se presenta con el machete: el que se sacrifica por los demás, el alzado, el salvador de la patria. Quiero decir que no son ámbitos contradictorios, sino los dos polos de un mismo complejo: lo virginal alimentando una incapacidad para cargar con la vida. Estamos acostumbrados a ver la obra de Teresa de la Parra como ese mundo íntimo, lindo, nostálgico de la casa criolla, con sus mujeres sacrificadas, envuelto en una añoranza por una Venezuela que se fue, la Caracas de los techos rojos… Y los que se identifican con eso piensan que esto contradice y excluye el otro ámbito, el de esa cosa desalmada llamada "el país", la política, los héroes, lo maluco. Pero, mientras más leía Ifigenia, más claro se me hacía el horror que le espera a César Leal (el denigrado "novio" de la protagonista) cuando, después de "vencer" y casarse, se encuentre en su casa con una mujer "sacrificada" y resentida, casada con un hombre a quien desprecia, ¡pobrecito! Lo que trato de decir es que, además de la novela íntima, llena de mujeres que bordan y cocinan, hay allí otros ángulos desde dónde percibir el drama de la protagonista, entregada a un sacrificio con uñas, detrás del cual hay algo tremendamente desalmado, donde se ve la parte más oscura y cruel de lo femenino. En la novela ella "dice" que se sacrifica y con eso convierte su sentimiento de fracaso en una "renuncia heroica", algo muy peligroso. Quise mostrar cómo, cuando lo virginal es lo que domina, el sacrificio no trae renovación, porque hay algo que no se entrega. Y allí pareciera que la retórica entra en escena: una retórica del sacrificio que nos blinda para impedir la entrega.

-¿El verdadero sacrificado termina siendo César Leal?

-No lo sé. Ojalá yo pudiera escribir la novela de César Leal, de quien no sé sino lo que me deja ver la novela, lo que María Eugenia me dice.

-La novela, ¿ha podido tener otro final, distinto al matrimonio forzado?

-Podría, pero no sería Ifigenia. Habría sido una novela de tesis, de liberación femenina quizás. A mí me parece mucho más interesante así, porque me ha permitido ver los vínculos (y los estragos) entre la independencia de afuera con la de adentro.

-¿Ha fundado Ifigenia una tradición?
-Creo que ella es parte de una tradición. Yo no estoy de acuerdo en aislar a Teresa de la Parra del conjunto de novelistas al que pertenecen Rómulo Gallegos, José Rafael Pocaterra, Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona y Enrique Bernardo Núñez. Es cierto que ella tenía una gracia y manejaba una ironía, que convierten su escritura en algo singular. Pero hay que decir que no me cuento entre quienes denigran de Gallegos, todo lo contrario. Claro que en su obra se filtra lamentablemente el voluntarismo del educador, de la tesis: un autor comiéndose al narrador; pero en Gallegos también hallamos una riqueza de complejidades arquetípicas; Jaime López-Sanz lleva tantos años como yo trabajando en eso y cuando se publique su libro tendremos para rato. Ahora, sobre si, después, Ifigenia ha creado una tradición, no me atrevo a negar ni a afirmar nada porque no tengo la distancia suficiente para percibirlo.

-También se encuentran en su ensayo frecuentes referencias a la incontinencia verbal venezolana.
-Nosotros hemos crecido, como pueblo, admirando al "pico de oro". En Venezuela se reverencia al hombre que sabe expresarse y que no importa de qué hable, mientras hable con fluidez. Todos admiraban a Arturo Uslar Pietri porque "hablaba muy bien"; y eso pesaba más que sus ideas. Pero eso quiere decir que nos "cuesta" esa fluidez verbal, que somos torpes. Cuando ese reverso toma el micrófono, es el "sálvese quien pueda". Hay algo muy peligroso en la facilidad verbal, cuando no existen formas, cuando no hay cultura para sostenerla. Es la palabrería nuestra, con la que empieza todo y en que termina todo. La incontinencia verbal está allí. Y muchos la padecemos, nos "toma". Yo hablo mucho y sé que la padezco. La incontinencia verbal impide escuchar: el otro no puede hablar o habla a la vez y nadie se escucha. Sobre todo eso: no se escuchan a sí mismos. A esto podemos añadir otra cosa, muy común en nuestro medio intelectual: "el diente roto", esos silencios "intensos" que no dicen nada ni incuban nada. En suma, somos un país palabrero, donde no existe conexión entre palabra y acción. Para mí es apasionante hoy estudiar la retórica, pero como parte de la psicología del venezolano en su historia. Creo que la literatura venezolana nos ofrece un invalorable material para indagar en torno a esto.

Ifigenia. Mitología de la Doncella Criolla (Ediciones Angria 2001) será presentado por el profesor Rafael López Pedraza hoy a las 11:30 am, en la Librería Estudios de La Castellana.

 

Milagros Socorro. Periodista


 
N 21 Año V
Caracas, sábado
23 de febrero
de 2002
 
 
María Fernanda Palacios rastrea la mitología de Ifigenia, La doncella criolla

Frente al complejo de lo virginal

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