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Han quedado
trazados los mapas del camino, como una red demorada y enérgica
sus escalas reducidas por ese espacio ceñido de palabra.
Allá, en el primer otero, está la frontera de
lo urbano, y junto a él, como cualquier alimaña,
el maligno batracio milenario, que vigila osamentas derruidas,
muerte y desencuentro, y más cerca, los olores prohibidos,
pecados originales, el tabú o la santidad, que cobija
un lindero de próceres ajenos. Es un ámbito,
o más bien, un fragmento de mundo que alberga audacias
constructivas, que gravita en una mirada soberana, propia
y ajena. Porque la ciudad vive para sí misma, y ejerce
su señorío implacable, parecido en tanto al
sopor insidioso de la muerte.
Pero pronto el bestiario se despliega y el mapa da entrada
a la miniatura, al caballo desbocado, al lagarto que ambiciona,
al perro que subyuga, al potro brioso, o al zumbido innominado.
Es así como ese espacio se yergue como un altar de
retablos infinitos, que recoge personajes escrutadores, que
apuestan a la vida en el seno de una catedral inaudita despojada
de pompas y solemnidades. Cualquier vibración hace
más catedral a la roca que la sostiene, porque el ámbito
de lo urbano nos lleva al ámbito más reducido
del ser. Por eso es catedral originaria, concebida sin planos,
en la que se goza el matrimonio secreto entre el cielo y el
infierno. También aquí el bestiario continúa,
y el serpentario permanece, pero se transforma, lo habitan
serpientes benévolas y generosas, fantasmas reconocibles,
rasgos de la imaginación, peces y pájaros que
se descuelgan, o un jabalí iracundo, sorpresa del bosque,
fiesta de colmillo.
El mapa empieza ahora una casi imposible búsqueda,
yo y los otros, yo y el otro; por eso ese yo es el perro guardián
de sí mismo, insistente buscador que necesita apropiarse
de la luz, protegerse con el lenguaje, y esconderse entre
el sustantivo y lo que califica. Galerías interminables
en las que el yo se pierde en la mímesis de su propio
espejo, para pugnar por seguir siendo, en esos parajes subterráneos,
lo que comunica el yo con el mismo yo. Y todo culmina en la
invitación a la aventura del cuerpo, cuerpo y templo
habitado y gozado, más allá de los labios, más
allá de la piel. Para cumplir el mandamiento máximo
y absorbente del amor.
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Carmen
Ruiz Barrionuevo
CATEDRÁTICA DE LITERATURA HISPANOAMERICANA
DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA
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