|
Comenzando
un siglo en que traemos como herencia la disolución de las
fronteras entre técnicas y manifestaciones artísticas,
y en momentos en que la "globalización" nos aproxima
y distancia cada vez más, una buena parte del arte latinoamericano
contemporáneo explora los aspectos más íntimos
(y a la vez públicos) del ser humano. Quizás como
una reacción a la convivencia en un territorio marcado desde
hace muchos años por la violencia, la introspección
se presenta como la manera más eficaz de volverse hacia uno
mismo y lograr el conocimiento de los otros.
En ese sentido, la exploración de las diferentes posibilidades
de representación y polisemia del cuerpo humano como recurso
del arte contemporáneo, ha sido usada como estrategia por
varias artistas latinoamericanas. Tres de ellas se han unido en
esta muestra donde el cuerpo es tomado como metáfora de territorio,
identidad y complejidad de la existencia humana.
La obra de la mexicana Tatiana Parcero ha sido reconocida
por el público y la crítica como una de las más
vitales dentro del arte contemporáneo mexicano. Sus imágenes,
cargadas de simbolismo, reflexionan sobre el sentido de la vida,
los límites de la razón y los sueños. Explorando
su propio cuerpo y relacionándolo con objetos y representaciones
externas (códices, mapas, diagramas, etcétera), Parcero
construye de una manera delicada pero firme, su mitología
personal, ofreciéndola como un espejo en el que podemos mirarnos
y encontrar, además de la imagen de la artista, la nuestra.
 |
|
Irene
Torrebiarte / Manzana 2, n/a
|
Esta introspección
que va desde la fotografía del cuerpo desnudo hasta la construcción
de inmensos "tatuajes" que lo cubren, provoca una sensación
de transparencia y "exposición" difícil
de no ser seguida por el espectador. Su cuerpo, muchas veces dividido
en secciones, pide ser recorrido, explorado, investigado, como se
haría con un códice hermético. Finalmente,
los encuentros no son precisamente con accidentes de su geografía,
sino con el volumen de las ideas que la obra propone. Intentando
aprehender la verdadera dimensión de su carga interna, Tatiana
Parcero ofrece la posibilidad de alcanzar emociones muy íntimas,
en las que todos podemos reconocernos. La representación
del cuerpo permite la búsqueda de una identidad personal
que puede devenir colectiva en cualquier momento.
La visión de lo femenino, del autoconocimiento que pasa por
el reconocimiento de su propio cuerpo, se convierte en tema de discusión
pública, ampliando sus dimensiones y resonancias. En la obra
de Tatiana Parcero, el viaje por una geografía interior
lleva a transgredir de manera inevitable, preceptos morales, religiosos
y sociales, para convertir al cuerpo en una metáfora de lo
privado y lo público, de lo accesible y lo inasible.
Usando no su propio cuerpo, sino imágenes recurrentes, generalmente
relacionadas con objetos de uso cotidiano (una hornilla, un planchador),
la artista guatemalteca Diana de Solares intenta materializar
un estado del ser síquico, en clara conjunción con
lo que en general determina la vida cotidiana. En un soporte bidimensional,
utilizando pollaroid y fragmentos de imágenes que
coloca a su vez sobre impresiones fotográficas, de Solares
logra comunicar la inasibilidad de lo cotidiano.
La relación entre los objetos cuenta una historia que nos
remite a las experiencias sensoriales y sociales de la artista,
pero que a la vez, tienen mucho que ver con las ideas que construye
el individuo acerca de la vida, sus distintas etapas y cambios inevitables.
El misterio que significa el descubrimiento de la propia persona
y su manera de relacionarse con lo que la rodea, atrae la atención
de la artista, provocando la exploración de las partes más
oscuras del "yo", aquellas que no encajan en reglas, definiciones
ni estructuras.
A partir de la idea de que la mayoría de las experiencias
físicas del ser humano determinan su visión sobre
el mundo, Diana de Solares establece con sus imágenes
una especie de juego de las ambigüedades, en donde éstas
se convierten en protagonistas y espectadoras del proceso creativo.
La relación que establecen las imágenes entre ellas,
prolonga la sensación de ambigüedad que persiste en
la obra, y refuerza aún más los patrones de representación
que utiliza la artista.
En la obra de Solares, las referencias al cuerpo pasan por
la representación de objetos que aluden ya sea a acciones
corporales, o a fragmentos de éste. El cuerpo se convierte
en lo no representado, en lo invisible visible, en el vehículo
que canaliza sensaciones, actitudes e inquietudes. Es a un mismo
tiempo signo y símbolo, explora, con una presencia permanente,
una trama diversa de sensaciones y cuestionamientos que van mucho
más allá de la experiencia sensorial momentánea.
Igual diversidad de lecturas adquieren las imágenes de la
también guatemalteca Irene Torrebiarte. Explorando
la tradicional simbología de la manzana (pecado, prohibición),
se adentra en el universo femenino para tomar de él sus esencias.
Torrebiarte teje y desteje un sinfín de historias
que parten de la visión de lo femenino como estereotipo de
la fragilidad, el placer y la seducción sintetizadas en la
representación de una fruta "prohibida".
En un país como Guatemala donde la mujer no incursiona fuera
de las limitadas fronteras de lo cotidiano, siendo tomada las más
de las veces como un objeto decorativo, una obra como ésta
adquiere mayor resonancia. Para Torrebiarte, la manzana es
metáfora de la existencia femenina, del cuerpo de la mujer
y de la trascendencia ética, social y cultural de sus propios
actos. Una manzana es tierna, desgarradora, delicada, hiriente.
Puede obtenerse lozana pero es también presa del transcurso
del tiempo que la marchita.
 |
|
Diana
de Solares
/ Sin título, n/a
|
Paralelamente,
en la obra de Irene Torrebiarte hay una intención
expresa de enfrentar con la representación del símbolo
de la feminidad, los tradicionales esquemas del discurso sobre lo
femenino. Haciendo uso de una delicada poética interior,
construye sus imágenes como secciones extraídas de
"bodegones" que han perdido sus relaciones básicas
con el entorno, para adquirir vida propia. La manzana es la metáfora
de la existencia femenina y es, también, el símbolo
de una perenne transformación. Su representación la
conduce a reflexiones esenciales relacionadas con la propia existencia,
con su condición de mujer y de artista.
Las obras de Tatiana Parcero, Diana de Solares e Irene Torrebiarte
se construyen a través de los ojos de mujeres de este
tiempo que, más que afianzar sus posiciones, se interesan
en elaborar un discurso que trascienda el género para convertirse
en portavoces de problemas universales que atañen a los dos
sexos. El cuerpo es visto aquí como herramienta de búsqueda
de la identidad (perdida o encontrada muchas veces), como expresión
de ideas, actitudes y maneras de relación con el entorno.
Es también vehículo para trascender lo material, lo
cotidiano, y volcarse hacia zonas más profundas del pensamiento
que involucren por igual e inviten a artistas y espectadores a reflexionar
sobre sus propias realidades.
Valia
Garzón Díaz.
Crítico de arte cubana
residenciada en Guatemala
|