Fotografía


TATIANA PARCERO, DIANA DE SOLARES E IRENE TORREBIARTE

Tres miradas frente a la polisemia del cuerpo humano

Desde el 21 de febrero el Centro de Arte Latincollector de Nueva York exhibe la muestra Picturing the female body, curada por la venezolana Azorena Aponte e integrada por obras de la mexicana Tatiana Parcero y de las guatemaltecas Diana de Solares e Irene Torrebiarte. Tres miradas que exploran las diferentes posibilidades de representación y polisemia del cuerpo humano, para ofrecerlo como metáfora de territorio, identidad y complejidad de la existencia, señala Valia Garzón Díaz





Tatiana Parcero / Cartografía interior, 1996

Comenzando un siglo en que traemos como herencia la disolución de las fronteras entre técnicas y manifestaciones artísticas, y en momentos en que la "globalización" nos aproxima y distancia cada vez más, una buena parte del arte latinoamericano contemporáneo explora los aspectos más íntimos (y a la vez públicos) del ser humano. Quizás como una reacción a la convivencia en un territorio marcado desde hace muchos años por la violencia, la introspección se presenta como la manera más eficaz de volverse hacia uno mismo y lograr el conocimiento de los otros.

En ese sentido, la exploración de las diferentes posibilidades de representación y polisemia del cuerpo humano como recurso del arte contemporáneo, ha sido usada como estrategia por varias artistas latinoamericanas. Tres de ellas se han unido en esta muestra donde el cuerpo es tomado como metáfora de territorio, identidad y complejidad de la existencia humana.

La obra de la mexicana Tatiana Parcero ha sido reconocida por el público y la crítica como una de las más vitales dentro del arte contemporáneo mexicano. Sus imágenes, cargadas de simbolismo, reflexionan sobre el sentido de la vida, los límites de la razón y los sueños. Explorando su propio cuerpo y relacionándolo con objetos y representaciones externas (códices, mapas, diagramas, etcétera), Parcero construye de una manera delicada pero firme, su mitología personal, ofreciéndola como un espejo en el que podemos mirarnos y encontrar, además de la imagen de la artista, la nuestra.

Irene Torrebiarte / Manzana 2, n/a

Esta introspección que va desde la fotografía del cuerpo desnudo hasta la construcción de inmensos "tatuajes" que lo cubren, provoca una sensación de transparencia y "exposición" difícil de no ser seguida por el espectador. Su cuerpo, muchas veces dividido en secciones, pide ser recorrido, explorado, investigado, como se haría con un códice hermético. Finalmente, los encuentros no son precisamente con accidentes de su geografía, sino con el volumen de las ideas que la obra propone. Intentando aprehender la verdadera dimensión de su carga interna, Tatiana Parcero ofrece la posibilidad de alcanzar emociones muy íntimas, en las que todos podemos reconocernos. La representación del cuerpo permite la búsqueda de una identidad personal que puede devenir colectiva en cualquier momento.

La visión de lo femenino, del autoconocimiento que pasa por el reconocimiento de su propio cuerpo, se convierte en tema de discusión pública, ampliando sus dimensiones y resonancias. En la obra de Tatiana Parcero, el viaje por una geografía interior lleva a transgredir de manera inevitable, preceptos morales, religiosos y sociales, para convertir al cuerpo en una metáfora de lo privado y lo público, de lo accesible y lo inasible.

Usando no su propio cuerpo, sino imágenes recurrentes, generalmente relacionadas con objetos de uso cotidiano (una hornilla, un planchador), la artista guatemalteca Diana de Solares intenta materializar un estado del ser síquico, en clara conjunción con lo que en general determina la vida cotidiana. En un soporte bidimensional, utilizando pollaroid y fragmentos de imágenes que coloca a su vez sobre impresiones fotográficas, de Solares logra comunicar la inasibilidad de lo cotidiano.

La relación entre los objetos cuenta una historia que nos remite a las experiencias sensoriales y sociales de la artista, pero que a la vez, tienen mucho que ver con las ideas que construye el individuo acerca de la vida, sus distintas etapas y cambios inevitables. El misterio que significa el descubrimiento de la propia persona y su manera de relacionarse con lo que la rodea, atrae la atención de la artista, provocando la exploración de las partes más oscuras del "yo", aquellas que no encajan en reglas, definiciones ni estructuras.

A partir de la idea de que la mayoría de las experiencias físicas del ser humano determinan su visión sobre el mundo, Diana de Solares establece con sus imágenes una especie de juego de las ambigüedades, en donde éstas se convierten en protagonistas y espectadoras del proceso creativo. La relación que establecen las imágenes entre ellas, prolonga la sensación de ambigüedad que persiste en la obra, y refuerza aún más los patrones de representación que utiliza la artista.

En la obra de Solares, las referencias al cuerpo pasan por la representación de objetos que aluden ya sea a acciones corporales, o a fragmentos de éste. El cuerpo se convierte en lo no representado, en lo invisible visible, en el vehículo que canaliza sensaciones, actitudes e inquietudes. Es a un mismo tiempo signo y símbolo, explora, con una presencia permanente, una trama diversa de sensaciones y cuestionamientos que van mucho más allá de la experiencia sensorial momentánea.

Igual diversidad de lecturas adquieren las imágenes de la también guatemalteca Irene Torrebiarte. Explorando la tradicional simbología de la manzana (pecado, prohibición), se adentra en el universo femenino para tomar de él sus esencias. Torrebiarte teje y desteje un sinfín de historias que parten de la visión de lo femenino como estereotipo de la fragilidad, el placer y la seducción sintetizadas en la representación de una fruta "prohibida".

En un país como Guatemala donde la mujer no incursiona fuera de las limitadas fronteras de lo cotidiano, siendo tomada las más de las veces como un objeto decorativo, una obra como ésta adquiere mayor resonancia. Para Torrebiarte, la manzana es metáfora de la existencia femenina, del cuerpo de la mujer y de la trascendencia ética, social y cultural de sus propios actos. Una manzana es tierna, desgarradora, delicada, hiriente. Puede obtenerse lozana pero es también presa del transcurso del tiempo que la marchita.

Diana de Solares
/ Sin título, n/a

Paralelamente, en la obra de Irene Torrebiarte hay una intención expresa de enfrentar con la representación del símbolo de la feminidad, los tradicionales esquemas del discurso sobre lo femenino. Haciendo uso de una delicada poética interior, construye sus imágenes como secciones extraídas de "bodegones" que han perdido sus relaciones básicas con el entorno, para adquirir vida propia. La manzana es la metáfora de la existencia femenina y es, también, el símbolo de una perenne transformación. Su representación la conduce a reflexiones esenciales relacionadas con la propia existencia, con su condición de mujer y de artista.

Las obras de Tatiana Parcero, Diana de Solares e Irene Torrebiarte se construyen a través de los ojos de mujeres de este tiempo que, más que afianzar sus posiciones, se interesan en elaborar un discurso que trascienda el género para convertirse en portavoces de problemas universales que atañen a los dos sexos. El cuerpo es visto aquí como herramienta de búsqueda de la identidad (perdida o encontrada muchas veces), como expresión de ideas, actitudes y maneras de relación con el entorno. Es también vehículo para trascender lo material, lo cotidiano, y volcarse hacia zonas más profundas del pensamiento que involucren por igual e inviten a artistas y espectadores a reflexionar sobre sus propias realidades.

 

Valia Garzón Díaz. Crítico de arte cubana
residenciada en Guatemala


 
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Tatiana Parcero, Diana de
Solares e
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Tres miradas frente a la polisemia del cuerpo humano

(Valia Garzón Díaz)
 
 
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