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Hace
pocos días, Annie Ernaux se lamentaba, en las páginas
de Le Monde, de la fría recepción de la que
había hecho gala la prensa gala a propósito de la
muerte de Pierre Bourdieu, el sociólogo minucioso
y enérgico que dio a luz monumentos imponentes de la comprensión
crítica de la sociedad contemporánea occidental, como
lo prueba, para sólo poner un ejemplo, su macizo La distinción,
tour de force de una suerte de psicoanálisis social
que ponía en escena las intrincadas madejas jerárquicas
que determinan el gusto de los ciudadanos y promueven discriminaciones,
distinciones y privilegios sustanciales para la configuración
de identidades, de clases, de estilos y, en general, de poderes.
Consciente de ser un "ave de mal agüero" importunando
todos los escenarios de la complacencia política contemporánea,
Bourdieu hubiera estado de acuerdo con esa respuesta respetuosa
pero distanciada, casi aliviada de su muerte, se diría, ofrecida
por la mayor parte de los comentaristas de los medios franceses.
Y es que, durante toda su práctica intelectual, Bourdieu
se aferró con eficacia incontestable, con precisión
de especialista y pasión de subversivo, al anacrónico
juego del compromiso, a las desusadas maneras del engagé,
reivindicador empecinado de esas solidaridades colectivas que el
Absoluto económico contemporáneo tiende a borrar bajo
las fantasmagorías del individualismo competitivo, la globalización
y la despolitización de todas las instancias del intercambio
entre los sujetos y las instituciones -el Estado o las empresas,
igual da.
Defensor radical de toda raison d'agir, promovió siempre
la participación activa de los pensadores y de los artistas,
de los académicos y de los especialistas, y los zarandeó
constantemente con la demanda de "echar su grano de arena en
el engranaje bien engrasado de las complicidades resignadas",
proponiendo abiertamente una politización de sus saberes
y sus haceres, demandándoles "salir de una vez por todas
del microcosmos académico, entrar en interacción con
el mundo exterior (es decir, sobre todo con los sindicatos, las
asociaciones y todos los grupos en lucha) en lugar de conformarse
con conflictos 'políticos' a la vez íntimos y últimos,
y siempre un poco irreales, del mundo escolástico, e inventar
una combinación improbable, pero indispensable: el saber
comprometido".
Se entiende, pues, que incomodara, tanto al estamento académico
como al estamento político (por no hablar del mediático
y del económico), promoviendo estas confluencias peligrosas
entre prácticas que la segmentación interesada de
la vida ciudadana propiciada por el discurso dominante ha distanciado
radicalmente. Parte de su prédica última, en multitud
de conferencias y de intervenciones públicas, de respuestas
a entrevistas y de polémicas abiertas y declaradas con interlocutores
de los más amplios sectores de los poderes y los saberes
(presidentes de bancos, empresarios, obreros sindicados, inmigrantes,
estudiantes, periodistas, filósofos) de la sociedad francesa,
europea y mundial contemporánea, se articulaba alrededor
de la necesidad de una repolitización de la vida en
la que los sujetos reencontraran las razones de una participación
activa para contrarrestar los presupuestos fatalistas del neoliberalismo
convertido, como él mismo escribe, reescribiendo a Weber,
en una suerte de sociodicea incuestionable e incontestable,
cuya doxa, divulgada y sostenida por los media y por los
llamados expertos en el lobby financiero posmoderno, e incluso
por los propios políticos -por no hablar de los profesores
o de los técnicos de las empresas y de los ministerios- que
tragan sin digerirla la vulgata de la más reciente
utopía capitalista, quiere imponer como un destino inevitable
la conversión absoluta del mundo en el escenario del más
despiadado de los totalitarismos: el de la economía como
espectáculo, el de la competencia a muerte por los mercados
y por los puestos de trabajo, el del desmantelamiento acelerado
del Estado social democrático, el de la pauperización
acelerada del empleo y de las conquistas laborales de los empleados,
el de la reducción conservadora de los presupuestos culturales,
escolares y sanitarios. Un mundo, pues, enteramente darwiniano,
en el que los más fuertes y los más veloces llevan
siempre las de ganar, y en donde las energías de la solidaridad
social están constantemente amenazadas por los imperativos
de la globalización, ese eufemismo lingüístico
y mental -es decir, enteramente ideológico- que, tras el
disfraz de la apertura a la diversidad y la libre concurrencia,
intenta imponer "el proceso de unificación del campo
mundial de la economía y de las finanzas" como si se
tratara, a la vez, de un "destino inevitable" y de un
"proyecto de liberación universal" considerado
"como fin de una evolución natural y como ideal cívico
y ético que, en nombre del vínculo postulado entre
la democracia y el mercado, promete una emancipación política
a los pueblos de todos los países".
Los largos incisos de los incisivos períodos de Bourdieu
dan cuenta de su apasionamiento y de su rabia contra los efectos
ética y políticamente debilitadores que la retórica
y la práctica neoliberales están produciendo actualmente:
"no me habría comprometido -escribió- con tomas
de posición públicas de no haber tenido, en cada ocasión,
el sentimiento, tal vez ilusorio, de sentirme autorizado por una
especie de rabia legítima, parecida a veces a un vago sentimiento
del deber". Con esas ilusiones ha debido morirse, gallardamente,
afirmado en la fuerza de su propio contrapoder crítico,
de su capacidad para producir esos contrafuegos radicales
que ahora podemos leer colectados en dos apasionados como sobrios
volúmenes: Contrafuegos (Barcelona, Anagrama, 2000)
y Contrafuegos 2 (Barcelona, Anagrama, 2001).
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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