Ultimo Sábado


LOS CONTRAFUEGOS DE PIERRE BOURDIEU

El aguafiestas radical


Defensor radical de la participación activa de los pensadores, artistas y académicos fuera del mundo escolástico, el polémico sociólogo francés, recientemente fallecido, Pierre Bourdieu, importunó "todos los escenarios de la complacencia política contemporánea". Su pensamiento, apunta Rafael Castillo Zapata, "se articulaba alrededor de la necesidad de una repolitización de la vida" que permitiera a los sujetos reencontrar las razones para contrarrestar la invasión neoliberal en las distintas esferas sociales





La fractura de la solidaridad social sería advertida por Bourdieu
Foto Archivo


Hace pocos días, Annie Ernaux se lamentaba, en las páginas de Le Monde, de la fría recepción de la que había hecho gala la prensa gala a propósito de la muerte de Pierre Bourdieu, el sociólogo minucioso y enérgico que dio a luz monumentos imponentes de la comprensión crítica de la sociedad contemporánea occidental, como lo prueba, para sólo poner un ejemplo, su macizo La distinción, tour de force de una suerte de psicoanálisis social que ponía en escena las intrincadas madejas jerárquicas que determinan el gusto de los ciudadanos y promueven discriminaciones, distinciones y privilegios sustanciales para la configuración de identidades, de clases, de estilos y, en general, de poderes.

Consciente de ser un "ave de mal agüero" importunando todos los escenarios de la complacencia política contemporánea, Bourdieu hubiera estado de acuerdo con esa respuesta respetuosa pero distanciada, casi aliviada de su muerte, se diría, ofrecida por la mayor parte de los comentaristas de los medios franceses. Y es que, durante toda su práctica intelectual, Bourdieu se aferró con eficacia incontestable, con precisión de especialista y pasión de subversivo, al anacrónico juego del compromiso, a las desusadas maneras del engagé, reivindicador empecinado de esas solidaridades colectivas que el Absoluto económico contemporáneo tiende a borrar bajo las fantasmagorías del individualismo competitivo, la globalización y la despolitización de todas las instancias del intercambio entre los sujetos y las instituciones -el Estado o las empresas, igual da.

Defensor radical de toda raison d'agir, promovió siempre la participación activa de los pensadores y de los artistas, de los académicos y de los especialistas, y los zarandeó constantemente con la demanda de "echar su grano de arena en el engranaje bien engrasado de las complicidades resignadas", proponiendo abiertamente una politización de sus saberes y sus haceres, demandándoles "salir de una vez por todas del microcosmos académico, entrar en interacción con el mundo exterior (es decir, sobre todo con los sindicatos, las asociaciones y todos los grupos en lucha) en lugar de conformarse con conflictos 'políticos' a la vez íntimos y últimos, y siempre un poco irreales, del mundo escolástico, e inventar una combinación improbable, pero indispensable: el saber comprometido".

Se entiende, pues, que incomodara, tanto al estamento académico como al estamento político (por no hablar del mediático y del económico), promoviendo estas confluencias peligrosas entre prácticas que la segmentación interesada de la vida ciudadana propiciada por el discurso dominante ha distanciado radicalmente. Parte de su prédica última, en multitud de conferencias y de intervenciones públicas, de respuestas a entrevistas y de polémicas abiertas y declaradas con interlocutores de los más amplios sectores de los poderes y los saberes (presidentes de bancos, empresarios, obreros sindicados, inmigrantes, estudiantes, periodistas, filósofos) de la sociedad francesa, europea y mundial contemporánea, se articulaba alrededor de la necesidad de una repolitización de la vida en la que los sujetos reencontraran las razones de una participación activa para contrarrestar los presupuestos fatalistas del neoliberalismo convertido, como él mismo escribe, reescribiendo a Weber, en una suerte de sociodicea incuestionable e incontestable, cuya doxa, divulgada y sostenida por los media y por los llamados expertos en el lobby financiero posmoderno, e incluso por los propios políticos -por no hablar de los profesores o de los técnicos de las empresas y de los ministerios- que tragan sin digerirla la vulgata de la más reciente utopía capitalista, quiere imponer como un destino inevitable la conversión absoluta del mundo en el escenario del más despiadado de los totalitarismos: el de la economía como espectáculo, el de la competencia a muerte por los mercados y por los puestos de trabajo, el del desmantelamiento acelerado del Estado social democrático, el de la pauperización acelerada del empleo y de las conquistas laborales de los empleados, el de la reducción conservadora de los presupuestos culturales, escolares y sanitarios. Un mundo, pues, enteramente darwiniano, en el que los más fuertes y los más veloces llevan siempre las de ganar, y en donde las energías de la solidaridad social están constantemente amenazadas por los imperativos de la globalización, ese eufemismo lingüístico y mental -es decir, enteramente ideológico- que, tras el disfraz de la apertura a la diversidad y la libre concurrencia, intenta imponer "el proceso de unificación del campo mundial de la economía y de las finanzas" como si se tratara, a la vez, de un "destino inevitable" y de un "proyecto de liberación universal" considerado "como fin de una evolución natural y como ideal cívico y ético que, en nombre del vínculo postulado entre la democracia y el mercado, promete una emancipación política a los pueblos de todos los países".

Los largos incisos de los incisivos períodos de Bourdieu dan cuenta de su apasionamiento y de su rabia contra los efectos ética y políticamente debilitadores que la retórica y la práctica neoliberales están produciendo actualmente: "no me habría comprometido -escribió- con tomas de posición públicas de no haber tenido, en cada ocasión, el sentimiento, tal vez ilusorio, de sentirme autorizado por una especie de rabia legítima, parecida a veces a un vago sentimiento del deber". Con esas ilusiones ha debido morirse, gallardamente, afirmado en la fuerza de su propio contrapoder crítico, de su capacidad para producir esos contrafuegos radicales que ahora podemos leer colectados en dos apasionados como sobrios volúmenes: Contrafuegos (Barcelona, Anagrama, 2000) y Contrafuegos 2 (Barcelona, Anagrama, 2001).

 

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta



 
N 21 Año V
Caracas, sábado
23 de febrero
de 2002
 
 
María Fernanda Palacios rastrea la mitología de Ifigenia, La doncella criolla

Frente al complejo de lo virginal

(Milagros Socorro)
 
 
Creación

Enrique Viloria asume el descampado y luego escribe

Mapas del camino inalcanzable

(Poesía)
 

Fotografía

Tatiana Parcero, Diana de
Solares e
Irene Torrebiarte

Tres miradas frente a la polisemia del cuerpo humano

(Valia Garzón Díaz)
 
 
Ultimo sábado

Los contrafuegos de Pierre Bourdieu

El aguafiestas radical

(Rafael Castillo Zapata
)
 
 
Apuntes

La universalidad del español

(María Ramírez Ribes)
 
 
Libros, Lecturas y Lectores

Ian McEwan y esos delirantes juegos especulares

(José Antonio Parra)