La manera
como Ian McEwan dibuja la alteridad del mundo en Amsterdam
resulta en un poderoso enjambre donde lo que predomina es la interacción
psicológica de los personajes. En efecto, McEwan,
uno de los más potentes narradores británicos que
venía de escribir Enduring love y Black dogs,
entre otros brillantes trabajos, lleva a cabo una construcción
literaria en Amsterdam donde, a partir de la muerte de
Molly, una respetable mujer de clase alta, todos sus amantes pertenecientes
a la élite inglesa comienzan a trabar entre sí las
más disparatadas y, en cierto modo, absurdas relaciones.
La manera como estos seres interactúan, cuyo realismo llega
a un máximo grado, y el juego de especularidades entre
ellos resultan una extraordinaria representación risible
de la vida del día a día y las agrupaciones que
se dan en una sociedad, aparentemente regida por hombres de acuerdo
con un código de lo masculino muy particular y siempre
al borde de un precipicio. La trama pareciera estar hilvanada
desde el más allá por la muerta, Molly, quien ha
dejado a sus amantes en claro desequilibrio para que, de este
modo, todas sus inquinas afloren y la exquisitez de la intriga
de salón se desarrolle de una manera que lanzará
a estos personajes tan vívidos hacia un final vertiginoso,
inesperado, tan cargado del cinismo propio de McEwan.
No obstante, la elaboración estética con la que
McEwan construye sus personajes y sus atmósferas
varía de acuerdo con la tonalidad estética buscada
y elegida en cada caso. Así, tenemos una maravillosa secuencia
de hiperbolización temporal cuando Clive, el compositor
consumado, decide ir a buscar inspiración en un recorrido
campestre donde el carácter absolutamente descriptivo rompe
el hilo tempore que traía la novela para entrar
en una suerte de realidad ideal, donde McEwan hace uso
de su destreza para introducirnos con suma suavidad en el estilo
indirecto libre y llevar al lector a contemplar un tiempo que
se ha dilatado, a través del verdor de las montañas,
hasta su máxima expresión.
En contraposición, el manejo de las situaciones de salón
se da con una fuerte carga de ironía que no deja lugar
a dudas. De lo que se trata en Amsterdam es de una lucha
por la supremacía entre estos personajes cuya vida se agota,
sobrevivientes de la contracultura y ahora perfectamente instalados
en un establishment en el que tratan de sobrevivir a una
nada que sólo ha existido en ellos mismos. De este modo
el imaginario de los personajes se exalta a un exquisito penúltimo
grado, y todo el motor movilizador está dado por Molly,
la muerta, quien pareciera llevar a sus marionetas a desenlaces
que, antes que nada, irán pasando por multiplicidad de
niveles de realidad. McEwan pone al lector en una labor
reflexiva al dejarle frente a sí temas actuales donde se
compromete la ética; tales como la eutanasia y el uso de
la información en la prensa para transgredir la vida privada
de un ministro de la derecha, amante también de Molly,
pero que resulta ser travesti, con todo y tener, irónicamente,
una familia sujeta al canon de lo burgués. La presión
ejercida por el gobierno y todos sus mecanismos de poder, así
como la exposición de unas fotografías comprometedoras
forman, de igual suerte, parte de este maremágnum de lo
hilarante. Ian McEwan, un escritor de una poderosa prosa,
desprovisto de juicios de valor, deja toda la carga de la elección
y la toma de posturas al lector en esta vorágine vertiginosa
en la que los acontecimientos se van dirigiendo, de una manera
casi inaudita, a Amsterdam, ciudad emblemática de las libertades,
que no deja de ser, desde la óptica del autor, objeto de
críticas por sus prácticas tan libertarias, de modo
de situar al lector en un final inaudito, delirante y en cierto
modo psicodélico.
Amsterdam es la conclusión de una elaborada línea
literaria en la que el autor nos lleva a saborear el hilo del
sarcasmo más atronador, donde la ironía de unos
acontecimientos generados a partir de una muerte nos deja dentro
de un suspenso extravagante, como si la historia se desarrollara
en un sentido inverso que a la vez le es inherente. Amsterdam,
a fin de cuentas, resulta una novela de solapado valor subversivo,
donde todo se pone en duda, incluso la fragilidad de unos personajes
que se van desvaneciendo al desaparecer Molly, quizá la
única razón movilizadora de sus pequeñas
vidas vacías muy confortablemente instaladas en la aparente
seguridad de la clase alta inglesa.
McEwan, sin lugar a dudas, logra una fotografía
del carácter más puramente humano y del acontecer
mundial que se ha desarrollado desde la contracultura y hasta
nuestros días, sacudiendo así todos los pilares
de las apariencias para dejarnos en un juego en el que se develan,
una tras otra, diferentes y más agudas dimensiones de la
realidad.
José
Antonio Parra. Poeta