Reseña

LA VOZ DE JOAQUIN MARTA SOSA

Entre una multitud

Alfredo Pérez Alencart distingue el poemario Las manos del viento de Joaquín Marta Sosa como expresión de "una obra absolutamente madura", de la cual no
tenía noticia previa, mas al leerla por iniciativa del autor, necesita hacer público
que su juicio "sólo está motivado por la buena poesía que impregna todo
ese magno libro (...) Y así quisiera que lo valoren en tierras venezolanas,
tan mías por el conjuro de un chamán llamado Carlos Contramaestre"



Foto: Lisbeth Salas-Soto
Joaquín Marta Sosa, "lo suyo es bucear en la memoria y fecundar en el silencio"

Preciosa resulta una obra literaria cuando ha sido sumergida en las lágrimas del tiempo, en la profundidad de pasiones y ritmos demarcados por la floresta del pensamiento. De esta manera el canto no constituye incesante palabrería sino vapor de una memoria honda, raíz creciendo para no morir.

Ante la obstinada glorificación de lo banal, conviene, de vez en cuando, detenernos en alguna estación segura, ya reconocida por aviesos lectores, ya con el augurio que adereza los instantes felices del hombre. Y en este contingente se encuentra, en lugar de avanzada, el poemario Las manos del viento, de Joaquín Marta Sosa, publicado hace pocas semanas por Bartleby Editores, en Madrid.

Textos que embozan un destino, lunaciones de lo que nos concierne, íntimas esencias manando desde una hoguera de angustias, Las manos del viento es un magnífico caldero donde hierve la existencia de un poeta que se había extraviado en otros avatares menos trascendentes. En este libro podrán encontrar la obra absolutamente madura de Marta Sosa, el diezmo que sólo los elegidos pueden donar al arca de la fábula. Si sus libros anteriores (Sol cotidiano (1981), Dicen los atletas (1997) o Territorios privados (1999), entre otros) ya contenían anunciaciones, siembras de su humanidad, parpadeos…, éste que les comento entra en el alma con una luz que aleja cualquier olvido o posible sombra sobre él. Se ha superado a sí mismo, ha depurado su escritura y ha logrado un innegable calado metafísico. La tranquilidad de su estancia española puede ser uno de los factores de esta mejoría que aplaudimos. Pero no siempre ocurre así, pues la poesía germina hasta en situaciones de inaudito desasosiego.

Setenta y un poemas se integran en las cuatro partes del libro: "El viento que nos lleva", "Tareas del paisaje", "No son héroes" y "Años después". Marta Sosa, venezolano de sangre lusitana, ha conseguido -en todos estos helechos que se mueven al viento- una enlazada coherencia, un tono oferente, una retahíla de consumaciones. Poesía que describe lo que otros no están viendo, Las manos del viento viene del silencio donde carne y sueño se solazan. Viene desde el humo del pasado, como en "Arqueología de los celtas", donde teje las vislumbres que le sugieren aquellos viajeros llegados al norte de la península ibérica: "…De este modo se implanta lo sagrado / sin importar para nada que lo mires". El rito forma parte de un largo viaje que de golpe se llena de personas pisando el olvido al cárdeno color de los crepúsculos, en la firmeza de un inventario que se cuaja en la escritura de Marta Sosa. Y hay heroicidad en sus comportamiento o actitudes, a pesar de no pretender otra cosa que vivir con dignidad, expresando su arte o sus alientos cotidianos. Por el viento también trae aullidos por la suerte del prójimo, como en "El paraguas solitario", escrito tras la muerte del periodista José Luis López de la Calle a manos de terroristas de ETA: "…El asesinado es acogido, / para él se abre en regazo su paraguas, / los llantos que le quieren y no escucha, / que le siguen / hasta la somera eternidad, / aquella donde estamos solos para siempre / como la sábana y su blanco / derrumbado en esta acera. / El paraguas ya no está, / coronas de flores, velas, / pasos que se acallan, / ocupan su lugar… // Al asesinato / la vida siempre se le escapa". No hay panfleto ni letras beligerantes: sólo piedad barriendo su corazón, machacando los latidos por actos enajenados que nos vuelven a las cavernas; sólo triste cántico para homenajear a un inocente.

"El barco siempre espera donde no te encontrará", nos dice en el verso final del poema "La reina", dedicado a Enrique Viloria y esposa. En todos los libros de Marta Sosa podemos encontrar esta imagen, propia a todos los ovidianos que en el mundo somos. Ese destierro a Tomi nos cala a quienes nos sabemos de otro lugar al de la actual residencia. Y en nuestro poeta, con los años, se han acentuado -me parece- los ruidos de su tierra primera, de esa infancia en un pueblito portugués; pero también su más reciente marcha de Venezuela, el suelo donde cava su nombre para siempre. Así, desde España, rememora la aldea de sus padres, las mujeres que esperan el retorno de sus maridos emigrantes, las nuevas gestaciones y las marchas consabidas, y los duelos y las visitas al cementerio: "…Las mujeres esperan y murmuran: / hacedora de lluvias tráenos la lluvia, / y paren en el barro, / atentas a ese cuerpo que no vuelve". Con todo el cielo encima, partido entre dos continentes, también su yo lírico está impregnado de nostalgias, de despedidas con los mares y las islas por delante, como en el poema "Coronas", otro de los varios ejemplos que podrían presentarse para sustentar lo afirmado: "El barco abre su camino / y deja al horizonte ayuno de sus puertas, / inmensas, y allí desaparece. / Ignoro el mar a sus espaldas, lejos de la quilla / veraz y oculto, / aguardándolo turbio en su aventura propia / que mis ojos no imaginan / pero sueñan, claman, pierden".

Velas, trenes, rutas para nadie, barcos, vientos, caminos ("Este mundo está inundado de caminos…"), escaleras, viajes, presencias que no se palpan, fronteras, vuelos… Crece en esta poesía el lagrimeo de un hombre que sigue vivo mirando cómo se tejen las nostalgias y los adioses, aun cuando en "Tentación de las amarras" nos diga: "…Cuando te alejas ríes / porque no todo lo has dejado, / distinto será, desconocido, / acaso no, / pero tuyo y volverás. O así lo quieres".

Y después, el viaje que nunca tiene puerto de llegada, el viaje que posiblemente nunca se realizará. Me refiero al viaje donde se pisan las cenizas antiguas, las noches arrugadas, los huesos sensitivos, las orquídeas de belleza solitaria, los amores que hicieron temblar la piel… Joaquín Marta Sosa no podrá hacerlo porque lo suyo es bucear en la memoria y fecundar en el silencio. Su viaje es el más hermoso y no es otro que una creación fidedigna a los grandes maestros. No está más allá, sino en su propia obra: "…Estás aquí, al fondo estás, / gritando las que fueron tan personales, / tan tuyas, impaciencias, / como el mar muerto / en las olas que truenan y tronaron", como bien señala en su poema "Imagen impaciente".

Termino con una anécdota que puede ser de interés. No conocía nada de este poeta hasta el mes de febrero de 2001, cuando me escribió un correo electrónico a la Universidad de Salamanca, indicándome si me interesaría leer la versión prácticamente definitiva de su libro. Al contestarle afirmativamente, recibí el texto por vía electrónica. Luego de una atenta lectura no dudé en invitarle a Salamanca para que ofreciera una lectura de su obra, meses antes de su publicación definitiva. Fue el 30 de abril y en la emblemática Casa de las Conchas, dentro de las actividades de la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos, que presido. Por ello estimo que mi juicio sólo está motivado por la buena poesía que impregna todo ese magno libro titulado Las manos del viento. Y así quisiera que lo valoren en tierras venezolanas, tan mías por el conjuro de un chamán llamado Carlos Contramaestre.

Alfredo Pérez Alencart. Poeta y profesor de la Universidad de Salamanca

 
N 25 Año V
Caracas, sábado
23 de marzo
de 2002
 
 
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Creación
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Reseña
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