Reflexión

Intelectuales y política,
entre frustración y utopía

"¿Y los intelectuales de hoy?". Se pregunta Maurizio Fantoni Minnella frente a la actual línea política de Italia que pretende "neutralizar toda la eficacia de las propuestas" que favorecen la promoción de ideas
de izquierda contrarias a la política
del Gobierno. Aunque este país, a diferencia
de Francia, nunca otorgó mucha consideración al intelectual, hoy, grupos de oposición proponen retomar esa figura "que tuvo gran participación en la historia italiana del segundo período de posguerra", señala Fantoni Minnella


Foto: Tusquets Editores / Novedades
Calvino, tras la perspectiva del cambio

I. La Italia política, de improviso y con algunas perturbaciones, se ha percatado, nuevamente, de la existencia de los intelectuales y la importancia estratégica de su papel en el debate político, el cual día a día asume connotaciones cada vez más alarmantes.

En nuestro país existe, de hecho, una mayoría de gobierno, elegida democráticamente, cuyo líder no sólo posee todos los entes privados de difusión (es decir, tres estaciones de TV), sino que ahora también se prepara para "tomar posesión" de los canales estatales (acusados de favorecer la promoción de ideas de izquierda, contrarias a la política del Gobierno, hacia la cual debería canalizarse todo esfuerzo propagandístico), quizás lo haga despidiendo a los mejores hombres (entre los directores y los periodistas) y sustituyéndolos por "sus" hombres de confianza (en todo caso opuestos a la izquierda) con el objetivo de neutralizar toda la eficacia de las propuestas y el sacrosanto derecho al pluralismo. Sin embargo, no se encuentra preparado para enfrentar un obstáculo muy arraigado en la realidad cultural: el hecho de que el intelectual, por formación propia y por destino, casi siempre profesa una ideología de izquierda, dos términos que Berlusconi, presidente del Consejo, quisiera borrar del vocabulario de la lengua italiana.

Sin embargo, aún más alarmante es el hecho de que un amplio sector de la opinión pública está convencido de que la política debiera ser siempre prerrogativa de un solo jefe carismático elegido por el pueblo. Lamentablemente, a este exabrupto populista autoritario se corresponde una política igualmente insensata en todo sector de la sociedad, de la educación a la salud, del transporte a la economía, del trabajo a la justicia (hoy realmente en peligro) y la cultura, basada en el único principio absoluto liberalista, en el cual el espíritu de competencia social se propone destruir todo rastro de estado social. Este es, en síntesis, el "proyecto berlusconiano".

¿Cómo se hace, no obstante, para sustituir intelectuales de izquierda con otros capaces de llevar a cabo con dignidad las mismas funciones? Alguien ha escrito que cultura y derecha constituyen un auténtico contrasentido; es decir, una contradicción de términos; en otras palabras, no puede haber una cultura de derecha, dado que la cultura es, por tradición y elección, de izquierda. También es verdad, no obstante, que hace varios años un intelectual italiano atípico, estudioso del mito, como Furio Jesi, en su obra Cultura di destra (1979) buscaba reunir y analizar las tendencias y elaboraciones culturales que se pueden agrupar en un pensamiento común, presente incluso en algunas antiguas mitologías antisociales. Pero la derecha compuesta que hoy gobierna a Italia posee todo un bagaje liberal-conservador -y en menor proporción fascista-; es decir, en un caso o en el otro, enemigo acérrimo de cualquier expresión cultural que no exprese viejos moralismos e ideas sociales superadas, o un culto más genérico a la mercancía por el cual toda actividad o producto cultural debe responder obligatoriamente a criterios de evasión pura. Del resto, el llamado mercado cultural de élite siempre ha sido y será una prerrogativa de la izquierda. Incluso cuando se encuentra frente al "proyecto cinematográfico" (por ejemplo, al renovar las cargas a la dirección del Festival de Venecia, etcétera), la derecha se encuentra también desplazada: el cine italiano, desde los críticos a los directores, es todo de izquierda. Lo son figuras relevantes como Marco Muller, Alberto Barbera, Enrico Ghezzi y Lino Miccichè, que ejercen y han ejercido hasta hoy funciones destacadas en el mundo cultural, la programación cinematográfica, los festivales, la enseñanza y la televisión. Privada de "testimonios" culturales en el ámbito del séptimo arte, la derecha puede contar solamente con la figura carismática de Franco Zeffirelli, conocido por su rencor anticomunista, director decorativo y decadente que por sí solo encarna el modelo ideal de la burguesía conservadora tanto en Italia como en Estados Unidos, donde incluso es reverenciado.

Sin embargo, ya al ocupar el propio Ministerio de la Cultura, la derecha confía instrumentalmente al crítico de arte Vittorio Sgarbi el papel de viceministro: el hombre que recurre al insulto, la burla y la calumnia como instrumento de eliminación del adversario, un verdadero kamikaze, conservador en la medida necesaria para garantizar una política de ataque directo a todas las formas de producción de arte y arquitectura modernos en nombre de los valores del arte del pasado. Con todo, este pensamiento adquiere una doble valencia positiva o negativa, bien sea con relación a la conservación de los bienes culturales o en lo referente a la condición del arte actual y su promoción.

Foto Gisèle Freund
Malraux, voz influyente y determinante

II. Paradójicamente, la comunidad de izquierda italiana redescubre a los intelectuales en uno de los momentos históricos de mayor separación. Las razones quedaron expuestas en la declaración que dio el director de cine Nanni Moretti durante una reciente manifestación realizada en Roma y organizada por el máximo partido de la oposición, l'Ulivo (que también es su propio partido); en ella atribuía, con tonos encendidos y polémicos, a la ineptitud de la coalición la responsabilidad por la derrota electoral sufrida en mayo de 2001. Ahora se atribuye a Moretti, uno de los directores -que quede bien claro- más proclives a usar la temática política como elemento de estructura de sus películas (Palombella rossa), el mérito de haber expresado el clamor de una mayoría de la izquierda cansada, como él, de la ineficiencia, la burocratización y los antagonismos de poder, elementos que tienden a socavar no sólo la unidad del partido, que ahora se dirige perentoriamente a los intelectuales, pidiéndoles: "¡Dennos ideas!", sino también a limitar una acción determinada en defensa de la democracia. Si se piensa que tales críticas provienen de un moderado, puede deducirse fácilmente que el papel de la oposición se encuentre realmente en grave peligro ante un hombre que a cada paso refuerza el propio poder a fin de que éste se vuelva absoluto. Y de este imperativo se enciende un debate de más voces, que no es nuevo en Italia, sobre la función del intelectual, sea escritor, poeta, pintor, cineasta, historiador o filósofo, en una sociedad "abierta", y más específicamente, dentro del alineamiento de la oposición, en la lucha común contra el actual intento de cambiar la Constitución.

A diferencia de un país como Francia, en cuya tradición revolucionaria fue fundamental el papel de los intelectuales y los pensadores, en Italia la figura del intelectual nunca gozó de mucha consideración, ni de parte de las masas, según las cuales se trata de un parásito o de un pájaro de mal agüero que las masas no pueden ni quieren comprender, ni de parte del poder que, si bien usa sus potencialidades representativas, siempre les ha temido por la posibilidad de un pensamiento autónomo.

En una sociedad cada vez más masificada y mediatizada, el papel y el carisma del intelectual maître à penser se debilita cada vez más. Sin embargo, la propuesta, tal y como la han definido en los últimos días grupos políticos y de intelectuales de diverso origen e índole, retoma nuevamente la figura del llamado intelectual "orgánico", que tuvo gran participación en la historia italiana del segundo período de posguerra. Considérese el papel desempeñado por el Partido Comunista en la canalización y reelaboración de las energías y las pasiones políticas de escritores tales como Elio Vittorini, fundador de Politecnico (importante revista cultural), Italo Calvino, Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini, Leonardo Sciascia y muchos otros; de cineastas como Luchino Visconti, Cesare Zavattini, Nanni Loy, Giuseppe De Santis, Francesco Maselli, Renato Guttuso y otros más. Pero su relación con el partido fue decisiva desde la perspectiva de un cambio o de una nueva dimensión dialéctica, a diferencia de cuanto ocurría en Francia con escritores como André Malraux y Paul Nizan, André Breton y Luis Aragón, André Gide y Paul Claudel, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Sus voces, aunque en medio de contradicciones, ambigüedad y diáspora, se revelaron, en muchos casos, influyentes, si bien no determinantes (y no basta un libro para describir la historia) en el desarrollo de las situaciones políticas de los últimos cuarenta años. De los años de Palmiro Togliatti y del partido-padrone a la época de Enrico Berlinguer, muchas fueron las desilusiones y las deserciones. Pensemos en Elio Vittorini, quien defendió los valores del arte cubista y de una estética que estuviese libre de constricciones; en Italo Calvino, que junto a otros escritores dejó el partido después de la invasión de Ungría en 1956; en Leonardo Sciascia, que en 1975 también abandonó el Partido Comunista para entrar en el grupo de los radicales, lo que suscitó la ira del comunista ortodoxo Renato Guttuso; y especialmente en Pier Paolo Pasolini, el "gramsciano", el hereje, acusado de homosexualidad y por esto expulsado del partido.

Dos morales diversas chocan: la de la posición individual frente a la cuestión de la libertad y, justamente, la del partido, que sobre esta libertad vigila en nombre de la verdad colectiva.

¿Y los intelectuales de hoy? Hombres que cojean en un mundo que se les va de la mano y que, a pesar de sus esfuerzos por comprenderlo e interpretarlo, sigue siendo igualmente inabordable con sus instrumentos críticos; hombres que, a fin de cuentas, no logran, pese al sentimiento común, reencontrar en la lógica del partido la lógica prolongación de la propia individualidad.

He aquí la voz de uno de ellos, uno fuera del coro, el escritor siciliano Vincenzo Consolo:

"Berlusconi es un bodeguero, cínico y oportunista, que piensa en sus asuntos y no tiene sentido del Estado. Carece de ética y cualquier principio moral. Representa bien este nuevo poder fascista, retrógrado, ignorante y falto de conocimiento de la historia. En este país se ha perdido el valor del humano y el civil. Este es un país presa de lo que Carlo Levi llamaba el 'eterno fascismo italiano'".

Traducción: José Peralta

Maurizio Fantoni Minnella. Escritor italiano

 
N 25 Año V
Caracas, sábado
23 de marzo
de 2002
 
 
Los contrastes de João Cabral de Melo Neto

Esa máquina de emocionar

(Felipe Fortuna)
 
 
Creación
Eli Tolaretxipi aparece en medio de su libro
"Amor Muerto-Naturaleza Muerta"

Para escarbar una tierra de palabras

 

Apuntes
"La metáfora
de Lucila Velásquez"

A la luz de la cienciapoesía

(Efthimia Pandis Pavlakis)
 
 

Reseña
La voz de Joaquín Marta Sosa

Entre una multitud

(Alfredo Pérez Alencart
)

 
 

Reflexión


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(Maurizio Fantoni Minnella)

 
 
 

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Román Chalbaud

Cine, democracia y melodrama

(Alí E. Rondón)