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Apuntes Traducción y creación ¿Sobrevive la
poesía a la traducción? Para Alejandro Oliveros, a no dudar,
Traducir es una de las formas más cumplidas de admirar. Al menos así lo creía mi maestro, José Solanes. Que lo dijo a propósito de sus traducciones de Francis Ponge, a quien admiraba grandemente: "traducir es dar expresión a lo que nos es peculiar, proclamando admiración por lo ajeno". Que la admiración era sincera lo confirman sus versiones. De las más logradas que conocemos del poeta francés. Por desgracia, no siempre el tamaño de la admiración garantiza la felicidad de la empresa. El admirar, que es noble, porque habla de la generosidad del alma de quien admira, no necesariamente se muda en resultados felices. Como la versión al castellano de "El cuervo", de Poe, realizada por nuestro Pérez Bonalde. En inglés, el conocido poema es más una curiosidad que uno de los logros de la literatura norteamericana. En cambio, en nuestra lengua es un monumento literario. Una de las grandes expresiones de la moderna lírica castellana. Y el poema más permanente de su autor. Y el más original. Tanta era la admiración de Pérez Bonalde por Edgar Allan Poe. El desprendimiento que acompaña el hecho de admirar no pocas veces es compensado con holgura. La admiración de Picasso por Velázquez fue premiada con la impresionante serie de estudios sobre Las meninas, que alberga el Museo Picasso, de Barcelona. Recuerdo un caso de admiración que no es distinto al de Solanes o Pérez Bonalde. En 1970, Robert Lowell, seguramente el poeta más influyente de la poesía estadounidense de posguerra, publicó la segunda edición de su Notebook, una de sus colecciones más ambiciosas. En una de sus secciones, se incluía un texto que en sus primeros versos dice así:
No es necesario ser
un esmerado conocedor de la lengua de Shakespeare para darse cuenta
de que se trata de Bécquer. 0, mejor sería decir,
de algo que recuerda a Bécquer. Porque lo que el gran romántico
dice en sus Rimas es: En su versión integra, el de Lowell es un soneto, mientras que el poema de Bécquer llega a los 24 versos. Sin embargo, nada parece haber sido dejado afuera por el norteamericano. Es difícil darle nombre al fruto de la admiración de Lowell. ¿Traducción? ¿Versión? ¿Imitación? ¿Plagio? "Hurtado no se puede llamar lo que cuesta trabajo de pasar de una lengua a la otra", dijo el oscuro Juan de Mal Lara citado por Solanes. Si es así, lo de Lowell no puede ser nombrado con ninguno de esos calificativos. Se trataría, sencillamente, de un poema de Lowell. Y uno de los mejores. Así lo han entendido sus mejores estudiosos, que no han dudado en incluirlo en las antologías del poeta. De nuevo, la admiración ha sido reconocida. En este caso, con uno de los ejemplos más elocuentes de lo que es oportuno llamar "traducción creativa". Que no es sino el equivalente del término, cada vez más frecuente en inglés, "creative translation". En una oportunidad, hablando de poesía, una de las pocas cosas de las que tenía conocimiento, Robert Frost opinó que "poesía es lo que se queda fuera de la traducción". La frase de Frost no deja de ser ingeniosa y, hasta cierto punto, inquietante. En ocasiones como esta, lo mejor es recurrir a otro ingenio. Como el de Samuel Johnson, el más grande de los ingenios de la siempre ingeniosa literatura inglesa. Decía Johnson: "poesía es aquello que sobrevive a los errores de las traducciones realizadas por estúpidos, inescrupulosos e incompetentes". Si es así, y a mí me parece que lo es, poesía no es lo que queda fuera sino lo que queda dentro, lo que sobrevive a la traducción. Y esto es lo que uno siente cuando lee, por ejemplo, el Cantar de los Cantares, de Fray Luis; el Marcial, de Quevedo. O, sin ir tan lejos, el Homero de Segalá y Estalella o el Fausto de Roviralta Borrell. Que si tanta poesía es lo que queda, cómo serán los originales. En el caso de Robert Lowell, el problema de la traducción se resolvió de manera más que satisfactoria. El poeta-traductor se hizo con un nuevo poema. Y uno de los mejores que escribió, al decir de muchos lectores. Esta es una de las inusitadas posibilidades que ofrece el ejercicio de traducir. Eso que alguien llamó "traducción creativa". Es lo que hizo Quevedo con Marcial. O Fray Luis. Ejercicios casi excepcionales en castellano. Pero que en lengua inglesa constituyen una de las mejores, y más envidiadas, tradiciones de su literatura. "Traducción creativa" fue lo que hizo Chaucer con Le roman de la Rose; Marlowe con Ovidio; Johnson con Juvenal; Pope con Homero ("A good Job, Mr. Pope, but dont call it Homer"). Y, en nuestro siglo, Logue con la Ilíada o Heaney con Virgilio. Mucho es lo que tenemos que aprender de esta práctica. Que explicaría el sostenido brillo de la poesía inglesa a lo largo de más de seis siglos. Hace unos años, fui sorprendido al ver mi nombre incluido en una cuidada analogía de poesía hispanoamericana. A esta sorpresa seguiría otra, aun mayor, si se puede. Entre los poemas seleccionados, se encontraba una versión de Horacio, que yo había escrito mientras realizaba estudios de latín. La escogencia hablaba de la amplitud de criterio de los antólogos, más que de las calidades del texto. Aquella circunstancia, no obstante, me afirmó en la convicción de que era posible, si no necesario, intentar la escritura a partir de composiciones poéticas ajenas. Y lo he venido intentado desde entonces. No me atrevo a garantizar los resultados, pero tampoco puedo desmentir el trabajo que me ha llevado escribirlos. Quisiera terminar con la lectura de una de estas versiones, para llamarlas de algún modo. Un fragmento de algunos versos del libro sexto de la Eneida, que habla del descenso de Eneas a Hades. Aun el lector más distraído sabrá distinguir lo que es mío de lo que pertenece al gran Virgilio: Sibila
(Fragmentos) ¿De qué
puerto de la alargada Italia zarpó (Texto leído en la "Semana de la Poesía. Homenaje a Ana Enriqueta Terán", organizada por el departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo). Alejandro Oliveros. Ensayista y poeta |
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