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A cien años del nacimiento del poeta cubano Nicolás Guillén El mundo es un gran zoo La "animalización
de la realidad como privilegiada perspectiva crítica",
Desde su publicación en 1967, con dibujos del también poeta Fayad Jamís, El gran zoo cosechó las más diversas críticas. Se lo leyó como un libro que traía una "nueva modalidad" dentro de la obra poética del cubano: su tono irónico y lúdico revelaba a un Guillén prácticamente desconocido. Después de escribir sus libros emblemáticos (Motivos de son, Sóngoro cosongo, West Indies Ltd., etcétera), El gran zoo parecía apartarse de las grandes preocupaciones del cubano y proponía una especie de juego que, en el fondo, vendría a ser un juego muy serio. La crítica se dividió. Algunos quisieron ver en el libro un divertimento inteligente, un alegre sarcasmo. Otros advirtieron en él la recuperación de la vena vanguardista dejada a un lado tiempo atrás, y de esta forma observaron la continuidad y coherencia de toda una obra. De modo que el debate se limitó a algo como esto: ¿Era el autor de El gran zoo el Nicolás Guillén de siempre? Probablemente ambas posiciones críticas tengan razón. No cabe duda de que al releer este libro a la luz de toda la obra poética de Guillén, se advierten, de inmediato, las diferencias. La forma libre, conversada, a ratos ligera, siempre chispeante, despreocupada pero nunca frívola, moralizadora y comediante, hace de El gran zoo un libro visiblemente distinto al resto de su obra. Sin embargo, un examen más detenido también revelará las huellas del Guillén comprometido, del Guillén hipercrítico con el poder, del Guillén enamorado o del Guillén de las atmósferas rítmicas que siempre estuvo presente en toda su obra anterior. De manera que la discusión, después de 35 años de la publicación del libro, parece no tener sentido. Ambas posiciones críticas son igualmente ciertas, e incluso, complementarias. Yo agregaría otra: El gran zoo es, probablemente, el libro más moderno de Nicolás Guillén.
A pesar de su breve extensión, es un libro profundamente ambicioso. Ya el título lo dice: un gran zoológico que lo quiere integrar todo. La historia, los hombres, la naturaleza y los sueños caben en los territorios de este singular parque. El gran zoo es Cuba y los cubanos, pero sobre todo es el mundo entero y sus habitantes. A diferencia de los grandes proyectos totalizadores (pienso en las grandes novelas del boom, el ambicioso universo poético de Lezama Lima o el torrencial verbo del chileno Pablo de Rocka), Guillén totaliza desde la discreción y conforma su universo a partir de fragmentos. Lejos de toda épica, Guillén escoge el camino de la pincelada y el gesto. Si se me permite el símil pictórico, El gran zoo viene a ser su obra gráfica mientras que sus anteriores libros fueron compuestos al óleo. Pero esto no le da un tono menor. Todo lo contrario: desde sus hallazgos mínimos y su irónica economía, El gran zoo lleva consigo los rasgos de un mundo que está iniciando un proceso de ruptura. Un mundo que pronto verá afectados sus proyectos fundamentales y se constituirá, a partir de la segmentación de sus elementos y sus proclamas, en una especie de comunidad sideralizada, posmoderna, para más señas. Los principios rectores están próximos a naufragar, las brújulas comienzan a desmagnetizarse: se da inicio a una época (que todavía continúa) de extravío y de despiste. Es curioso que Guillén
asuma esta forma de ver el mundo siendo un poeta de la Cuba revolucionaria
en pleno 1967. Es una época donde todo lo dicho anteriormente parece
un imposible. El proyecto socialista está fortalecido. La revolución
vive un buen momento y goza del apoyo entusiasta de una gran parte de
la comunidad internacional. Prácticamente no hay intelectual latinoamericano
que no publique o no quiera publicar en la revista Casa de las Américas
y el mismísimo Mario Vargas Llosa forma parte de su consejo
editorial. De manera que pareciera no estar a la vista una crisis (todavía
falta un año para el affaire de los misiles) que afecte
la estructura hegemónica: los principios rectores están
claros y no han perdido vigencia.
No es difícil ver en estos versos una crítica bastante directa a las instancias de poder de la isla. La figura de El Director despierta todo tipo de suspicacias. Pero no nos engañemos. El gran zoo no es una crítica al gobierno socialista de Cuba sino un gran sarcasmo que hace nido en los vicios y desgracias de la civilización contemporánea. El blanco de sus disparatados y venenosos dardos es múltiple: Los usureros: "Monstruos ornitomorfos / en anchas jaulas negras". El hambre: "Un animal / todo colmillo y ojo". La bomba atómica: "Prohibido arrojarle alimentos... / La dirección / lo ha dicho y advertido, / pero nadie hace caso, / ni siquiera el ministro". Todo cabe en El gran zoo, incluso el tiempo, a través de su instrumento brutal, el reloj, se zoomorfiza y tiene aquí un lugar asignado: "Quiróptero / de una paciencia extraordinaria / no exenta de crueldad...". Creo que el gran logro de Nicolás Guillén en este libro es la utilización de un molde decimonónico (el bestiario) para la representación de un universo moderno en crisis. Y el resultado de esto es la animalización de la realidad como privilegiada perspectiva crítica. Ya la taxonomía propia de los bestiarios y libros de maravillas, su obsesión por las formas estructuradas y los compartimientos estancos, otorgan a todo lo que en ellos se represente un añadido irónico y una mueca sarcástica. Si a esto añadimos que los poemas de El gran zoo están escritos con un sentido musical que busca constantemente la chifladura y los encabalgamientos sonoros y sorpresivos, el resultado es una recreación conceptualmente libre del mundo y sus participantes, cuyas características se caricaturizan y ridiculizan hasta el cansancio.
La crítica siempre ha querido ver El gran zoo como un familiar cercano de los Poemas y antipoemas de Nicanor Parra o de Estravagario de Pablo Neruda. No cabe duda de que el uso creativo del aviso publicitario que hace Guillén, la sentencia breve, afilada y a veces estrafalaria, y el aprovechamiento de cierto discurso del graffiti, lo acercan a las postales poéticas de Parra e inserta el libro en una modernidad todavía vigente. Pero la singularidad de este libro no sólo está en su tono "menor" y sus jugarretas verbales, sino en la recreación crítica del universo a través de la seudoclasificación de algunos de sus participantes más polémicos, y también más poéticos. Una recreación crítica que nunca abandona la ternura a pesar de ejercer la ironía. Leído hoy en día, El gran zoo impacta al lector acostumbrado al Nicolás Guillén del son, la poesía negra y el compromiso político. Quizás sea el libro del cubano que mejor ha resistido el paso de los años y los imprevisibles cambios de la historia. Gustavo Valle. Ensayista y poeta |
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