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ULTIMO SABADO Imre Kertész: "Sin destino" La aporía de Auschwitz La dificultad de poner en palabras los
"horrores" sufridos en los campos
En Lo que queda de Auschwitz, Giorgio Agamben trató de entender la naturaleza peculiar del testimonio en el caso de los que han experimentado el paso por el universo concentracionario del nazismo: "lo que tuvo lugar en los campos -escribe- les parece a los supervivientes lo único verdadero y, como tal, absolutamente inolvidable; por otra parte, esta verdad es, en la misma medida, inimaginable, es decir, irreductible a los elementos reales que la constituyen. Unos hechos tan reales que, en comparación con ellos, nada es igual de verdadero; una realidad tal que excede necesariamente sus elementos factuales: ésta es la aporía de Auschwitz". Cuando György Köves, el quinceañero protagonista de Sin destino, novela del reciente Premio Nobel de Literatura, el húngaro Imre Kertész (Barcelona, El acantilado, 2001), regresa de Buchenwald a su natal Budapest, luego de un año de reclusión, es presa de esta misma aporía a la que se refiere Agamben: frente a las preguntas de los que lo reciben ansiosos de enterarse acerca de los "horrores" que ha tenido que vivir en aquel "infierno" del que ha sobrevivido, el joven recién llegado es incapaz de describir nada de lo que allí ha tenido que soportar. Su discurso evasivo, su resistencia a hablar de sus experiencias, responde a la dificultad de poner en palabras aquello, sin duda realmente vivido y sin duda también inolvidable, que resulta para él mismo inimaginable, es decir, imposible de reducir a una imagen o a una serie de ellas, capaces de dar forma a una descripción humanamente compartible. Como el mismo Agamben ha reconocido en el texto con que abrimos nuestro texto, el testimonio del sobreviviente de los campos "incluía como parte esencial una laguna"; es decir, "los supervivientes daban testimonio de algo que no podía ser testimoniado", y es ese blanco, ese abismo de lo indecible lo que, tal vez, enmudece y, a la vez, enfurece al muchacho que regresa del campo en la novela de Kertész, pues la novela de Kertész es el intento de darle una voz a esto inimaginable de cuyo peso, no obstante, el protagonista debe -y quiere y tiene que- liberarse a través de las palabras. Paul Celan, quien también vivió, como se sabe, la experiencia de los campos de trabajo y la muerte de sus padres a manos de los esbirros nazis, experimentó en carne propia esta pérdida de la capacidad de hablar, este mutismo del que él, como poeta, tuvo que salir a costa de enormes violencias morales y estilísticas. Lo recordó, herido y desafiante, en su discurso de aceptación del Premio de Literatura de la ciudad de Bremen en 1958: " la lengua no se perdió a pesar de todo. Pero tuvo que pasar entonces a través de la propia falta de respuesta, a través de un terrible enmudecimiento, pasar a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero. Pasó a través y no tuvo palabras para lo que sucedió; pero pasó a través de lo sucedido. Pasó a través y pudo volver a la luz del día, 'enriquecida' por todo ello". También Imre Kertész ha debido de pasar por ese terrible enmudecimiento a través de un discurso mortífero: la experiencia que se narra en su novela es, en parte al menos, tal como lo anuncia la contraportada de la edición que comentamos, una experiencia autobiográfica. El también ha debido de pasar a través de todo eso, sin palabras para narrar lo que sucedió, como su protagonista, cuando regresa, y ha debido de esforzarse para atravesar esa imposibilidad encontrando el modo de superar la aporía de la que habla Agamben. Ya hemos tenido la oportunidad de constatar qué es lo que hizo Celan con esa lengua mortífera, el alemán de sus verdugos, para atravesar lo indecible y volver a escribir poesía, después de Auschwitz, a pesar de la famosa interdicción de Adorno en 1955: atravesó realmente esa lengua, la cruzó al través y la desmontó, sometiéndola, para obligarla a plegarse a las necesidades de su propia rabia, de su propio dolor incompensable de superviviente, de deudo, de paria irredimido. Kertész, por su parte, también encontró el modo. Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta |
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