ULTIMO SABADO

Imre Kertész: "Sin destino"

La aporía de Auschwitz

La dificultad de poner en palabras los "horrores" sufridos en los campos
de concentración nazis, pareciera hacer presa a los sobrevivientes, incapaces
de dar forma a "una descripción humanamente compartible". He allí a Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura 2002, cuya novela Sin destino, marcada
por la experiencia del Holocausto, "es el intento de darle una voz
a esto inimaginable de cuyo peso, no obstante, el protagonista debe
-y quiere y tiene que- liberarse a través de las palabras",
apunta Rafael Castillo Zapata


Ruinas del Ghetto de Varsovia, octubre de 1948 / Robert Capa

En Lo que queda de Auschwitz, Giorgio Agamben trató de entender la naturaleza peculiar del testimonio en el caso de los que han experimentado el paso por el universo concentracionario del nazismo: "lo que tuvo lugar en los campos -escribe- les parece a los supervivientes lo único verdadero y, como tal, absolutamente inolvidable; por otra parte, esta verdad es, en la misma medida, inimaginable, es decir, irreductible a los elementos reales que la constituyen. Unos hechos tan reales que, en comparación con ellos, nada es igual de verdadero; una realidad tal que excede necesariamente sus elementos factuales: ésta es la aporía de Auschwitz".

Cuando György Köves, el quinceañero protagonista de Sin destino, novela del reciente Premio Nobel de Literatura, el húngaro Imre Kertész (Barcelona, El acantilado, 2001), regresa de Buchenwald a su natal Budapest, luego de un año de reclusión, es presa de esta misma aporía a la que se refiere Agamben: frente a las preguntas de los que lo reciben ansiosos de enterarse acerca de los "horrores" que ha tenido que vivir en aquel "infierno" del que ha sobrevivido, el joven recién llegado es incapaz de describir nada de lo que allí ha tenido que soportar. Su discurso evasivo, su resistencia a hablar de sus experiencias, responde a la dificultad de poner en palabras aquello, sin duda realmente vivido y sin duda también inolvidable, que resulta para él mismo inimaginable, es decir, imposible de reducir a una imagen o a una serie de ellas, capaces de dar forma a una descripción humanamente compartible. Como el mismo Agamben ha reconocido en el texto con que abrimos nuestro texto, el testimonio del sobreviviente de los campos "incluía como parte esencial una laguna"; es decir, "los supervivientes daban testimonio de algo que no podía ser testimoniado", y es ese blanco, ese abismo de lo indecible lo que, tal vez, enmudece y, a la vez, enfurece al muchacho que regresa del campo en la novela de Kertész, pues la novela de Kertész es el intento de darle una voz a esto inimaginable de cuyo peso, no obstante, el protagonista debe -y quiere y tiene que- liberarse a través de las palabras.

Paul Celan, quien también vivió, como se sabe, la experiencia de los campos de trabajo y la muerte de sus padres a manos de los esbirros nazis, experimentó en carne propia esta pérdida de la capacidad de hablar, este mutismo del que él, como poeta, tuvo que salir a costa de enormes violencias morales y estilísticas. Lo recordó, herido y desafiante, en su discurso de aceptación del Premio de Literatura de la ciudad de Bremen en 1958: "…la lengua no se perdió a pesar de todo. Pero tuvo que pasar entonces a través de la propia falta de respuesta, a través de un terrible enmudecimiento, pasar a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero. Pasó a través y no tuvo palabras para lo que sucedió; pero pasó a través de lo sucedido. Pasó a través y pudo volver a la luz del día, 'enriquecida' por todo ello".

También Imre Kertész ha debido de pasar por ese terrible enmudecimiento a través de un discurso mortífero: la experiencia que se narra en su novela es, en parte al menos, tal como lo anuncia la contraportada de la edición que comentamos, una experiencia autobiográfica. El también ha debido de pasar a través de todo eso, sin palabras para narrar lo que sucedió, como su protagonista, cuando regresa, y ha debido de esforzarse para atravesar esa imposibilidad encontrando el modo de superar la aporía de la que habla Agamben. Ya hemos tenido la oportunidad de constatar qué es lo que hizo Celan con esa lengua mortífera, el alemán de sus verdugos, para atravesar lo indecible y volver a escribir poesía, después de Auschwitz, a pesar de la famosa interdicción de Adorno en 1955: atravesó realmente esa lengua, la cruzó al través y la desmontó, sometiéndola, para obligarla a plegarse a las necesidades de su propia rabia, de su propio dolor incompensable de superviviente, de deudo, de paria irredimido. Kertész, por su parte, también encontró el modo.

Si todo escritor tiene que atravesar la lengua de un modo peculiar para poder fraguar en ella su casa, haciéndose lugar allí con su manera de ser y de hacer en el texto, los escritores que han heredado la experiencia o la noticia directa del horror del Holocausto (y a los cuales, como al joven protagonista de la novela, la palabra "horror" y la palabra "infierno" les parecen meras denominaciones insustanciales), tienen, en verdad, un trabajo doble: han tenido que superar primero la aporía de lo inefable, de la laguna, de ese vacío de lo indecible, para luego decirlo en la misma lengua que impuso esa aporía, y calar y cavar allí, precisamente, su territorio, el lugar inquietante de su escritura. Kertész, al menos por lo que permite juzgar esta traducción de Sin destino, debida a Judith Xantus y revisada por Adán Kovacsics, a su vez traductor de Celan, encontró el modo de narrar lo inenarrable recurriendo a un personaje adolescente, él mismo, que relata la experiencia anterior a su detención mediante una prosa seca y transparente, recelosa, poco dada a los remilgos decorativos, tajante como el habla de alguien que aspira a la precisión y tiene prisa porque piensa que se lo puede llevar todo por delante, sin detenerse a sopesar nada, ni imágenes, ni sentimientos. Así transcurre la primera parte del texto. A partir de la detención y del viaje hacia Alemania y la llegada final, primero a Auschwitz y luego a Buchenwald, la prosa del relato se va adensando, haciéndose menos acelerada y más paciente, más atenta: asistimos a la violenta madurez que las condiciones adversas imponen al adolescente que envejece repentinamente. Este envejecimiento veloz se compagina con la experiencia rutinaria del campo, con la eternidad aburrida del tiempo que el recluso debe aprender a fragmentar para que no lo aplaste con su densidad asfixiante. Fue el mismo Celan el que mostró de manera contundente el carácter obsesivo de esta temporalidad concentracionaria en su famosa "Fuga de muerte", reiterando con las mismas palabras una experiencia circular del tiempo, del tiempo cíclico y sin término, sin aventura y en constante expectación del acontecimiento. Esta misma experiencia del tiempo es la que azora al pobre Köves cuando, al regreso, trata de explicarse con sus parientes. La novela termina aquí precisamente, en la manifestación de la imposibilidad de expresarse frente a los que demandan noticias del testigo. Pero en realidad, lo que termina aquí es la aventura, pues la novela tiene comienzo; es decir, finalmente, tiene lugar, precisamente entonces porque Köves, a fin de cuentas, como Kertész, ha hallado la manera de decir lo que tenía que decir para quitarse de encima el peso que lo aplasta. Y la prosa de Sin destino es el salvoconducto que lo lleva, lo lleva a llegar.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

 
N 17 Año VI
Caracas, sábado
26 de octubre
de 2002
 
 

Dieciocho artistas venezolanos "rompen"
las formas
y propician vínculos entre arte y vida

Estética de lo fragmentario
(María Elena Ramos)

 
 

ULTIMO SABADO
Imre Kertész: "Sin destino"

La aporía
de Auschwitz

(Rafael Castillo Zapata)