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PREMIO Imre Kertész, el Nobel y el Holocausto
Con el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura 2002 a Imre Kertész, la Academia Sueca logró, al mismo tiempo, sacar del anonimato universal a este escritor judeo-húngaro y darle la trascendencia ética y existencial que se merece, en los anales de la humanidad, al Holocausto. Al afirmar esto, más que por nosotros, los judíos, lo decimos por el resto de nuestros semejantes, quienes a más de medio siglo de haber descubierto, por acción u omisión, que la humanidad toda era culpable de que esa inigualada pesadilla moral se hubiera perpetrado, todavía no son inmunes al antisemitismo y, por el contrario, parecen más predispuestos que nunca a caer en sus redes de odio y exterminio. La consecuencia más positiva de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Imre Kertész reside en que su vertiginosa elevación al estrellato literario traerá consigo la difusión planetaria de sus obras y millones de nuevos lectores de las mismas. Y no lo decimos tanto por el aquilatamiento de su nombradía intelectual como por el hecho, atípico y vital, de que Kertész, él mismo como ser humano, en su condición de sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, es obra del Holocausto. Y eso es tan importante como que la temática de su obra es siempre, también, el Holocausto. Esto quiere decir que en Kertész se dan la mano la existencialidad y la intelectualidad de su ser: las huellas irreversibles del Holocausto las tiene por igual en su epidermis y en su alma. Con ellas a cuestas, no como un fardo o una cicatriz sino como parte intransferible de ese ser que sobrevivió los desmanes de los campos de concentración, el escritor que también se llama Imre Kertész nos ha entregado su obra literaria, la cual, en su caso, es realmente la simbiosis del testimonio inocultable y la creatividad de quien lo vivió. Hay que prestar mucha atención a lo que dice Kertész sobre su propia judeidad. Escuchémoslo: "Mi obra es un compromiso conmigo mismo, con la memoria y la humanidad. Mi judaísmo es muy problemático. Ya le he dicho que yo no soy un judío creyente. Pero como judío me llevaron a Auschwitz y como judío estuve en los campos de exterminio, y como judío vivo ahora en una sociedad a la que no le gustan los judíos, con un gran antisemitismo. Yo siempre he tenido la sensación de que me obligan a ser judío. Lo soy, y lo asumo, pero en gran parte es cierto que se debe a una imposición". Lo que nos quiere decir Kertész, en su doble condición de ciudadano del mundo y de escritor, es que el curso de los acontecimientos, contra su voluntad, lo ha llevado a ser judío simultáneamente de dos maneras: judío primero porque nació como tal y judío también porque los demás (los nazis de los campos de concentración) le enrostraron, como si fuera una afrenta, que lo era. La conciencia indagadora de Kertész, ante tal carga vivencial, arribó a una premisa lacerante: para su yo interior el cautiverio en Auschwitz y Buchenwald, esto es que le impusieran ser judío, fue tan definitivo como ser originariamente judío. Esta confesión de Kertész explica por qué sus obras, aunque intrínsecamente autobiográficas en su concepción y su atmósfera, no lo son en sus argumentos concretos. Ello revela que la memoria del Holocausto que tiene cualquiera de sus sobrevivientes, y Kertész lo es, es algo más imperecedero, hondo e incomunicable que la suma de los eventos puntuales que sustentan esa memoria. Al respecto es aleccionador percatarse de cómo Kertész establece diferencias sustantivas entre dos manifestaciones de la maldad humana, igualmente repudiables y sufridas directamente por el escritor húngaro: el nazismo y el bolchevismo. Sobre el primero es lapidario: "El nazismo perdura en el sistema nervioso humano en forma de odio, de agresión, como una bacanal, como la idiotez, como la huida, como la protección en medio de la multitud". Sobre el oscuro movimiento construido por Stalin para mantener su hegemonía, su palabra hace las veces de un minucioso escalpelo: "El bolchevique: táctica en lugar de alma y de razón. La disciplina de la táctica como único móvil, como moral, como hilo conductor de la acción. La rabulística filosófica, las estratagemas escolásticas, el dogma frío que lo cubre todo con un matiz eclesiástico, todo ello -junto con el hedor pequeñoburgués del movimiento pseudo-obrero, los martirios y las celdas de tortura- constituye un conjunto especialmente peculiar". Siempre es buena la hora para recibir un Nobel. Pese a ello pensamos que ningún momento mejor que este para premiar a Kertész y sus obras, fundamentales, según se va viendo, para que el mundo entienda, en su más íntima perversidad, el Holocausto como manifestación insuperada de la maldad. Ahora, cuando el antisemitismo brota con nuevos y malsanos bríos en la arrogante Europa de comienzos del siglo XXI, el que los libros de Kertész aparezcan en las vidrieras de las librerías de todo el planeta es un anticuerpo excepcional para combatir al flagelo en sus propias entrañas. Gustavo Arnstein. Ensayista |
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