GARMENDIA, DE VIVA VOZ: "ESTAMOS EN UNA SOCIEDAD QUE NO ES MÁS QUE UNA GUERRA"

A sus 70, Salvador no aspira a la salvación

Salvador Garmendia es, quizá, la referencia narrativa viva
a la que recurrentemente vuelven los ojos, por necesidad, los autores
—mayores y más jóvenes— y los críticos de literatura venezolana.
Resguarda varios "trofeos" de esta "guerra" victoriosa. A la pregunta
por la violencia responde configurando al héroe trágico que se mueve
a su alrededor y en sus ficciones: el malandro caraqueño.
Con él, piensa, también se construye el arte, ese que, decimos nosotros,
salido de sus manos, carga con los olores de la ciudad,
sus pequeños seres y su inevitable rastro de muerte. No cree en Dios.
A menos que se llame Julio Verne, Miguel de Cervantes


Foto: Esso Alvarez
"El Reino era la infancia, y todos lo perdimos"

 

Entrevistar a Salvador Garmendia, uno de los escritores venezolanos más importantes de nuestro tiempo, no fue nada sencillo. Durante nuestro encuentro, Salvador se mostró ansioso, apurado y tuve la sensación de que estaba molesto, tanto que en más de una ocasión pareció estar al borde del regaño.

Este hombre intranquilo y nervioso, a ratos de mal talante y sin embargo siempre cálido, habla bajo, bajito, tanto que el ruido de la calle más de una vez tapó su voz, y además habla rápido. Estaba enojado. Quizás hasta consigo mismo, porque tenía que someterse a una operación oftalmológica. Habló de la diabetes, y oteó con cierta ternura la proximidad de su muerte. Al final de la entrevista, ya en la despedida en el vagón del Metro, insistía con sonrisa malintencionada que le cambiara el sentido a todo lo que me había dicho, y en el fondo creo que se refería a eso tanto como al mundo entero.

—¿El dolor forma parte de nuestra existencia?
—Es imposible separarlo de nuestra vida, porque la vida es una forma del dolor. La única manera de averiguar que estamos vivos es cuando nos duele estar vivos. Los muertos no padecen enfermedades, por eso descansan en paz. La vida en sí misma es un dolor.

—¿Para qué sirve ese dolor?
—Sirve, entre otras cosas, para escribir sobre él. El dolor tiene su propio lenguaje, el dolor sabe expresarse y comunicarse, y ese es el lenguaje que tratamos de trasladar a la literatura, a la filosofía, a la poesía. Es una voz profunda, hermosa, cargada de piedad, el dolor te da esa posibilidad, porque la felicidad como tal no existe, la felicidad podría ser la cesación momentánea del dolor. El mañana no existe, existe el hoy y el ahora, y la única posibilidad de ser feliz es vivir ese minuto en ese momento.

—Si una vez se tuvo el Reino, ¿cómo se puede después seguir viviendo sin él?
—El Reino era la infancia, y todos lo perdimos. Y no es que sea un Reino de felicidad perfecto, está lleno de miedos, es doloroso, en la infancia se aprende verdaderamente el sufrimiento. El niño lo aprende para toda la vida, es el aprendizaje de vivir con el dolor.

—También levantarse y no poder escribir, como le pasó a Hemingway, es perder el Reino...
—Yo llamaría a eso m*s que nada, como la pérdida de una facultad... Eso es una tragedia personal, porque te deja sin objeto en la vida, te niega toda posibilidad de ir hacia adelante, te paraliza.

—¿Cómo es la realidad para ti? ÀEs un impedimento, algo a lo que te resignaste, con lo que tienes que vivir, o termina por serte muy agresiva?
—Es un impedimento que no nos permite lograr aquello que deseábamos. Y sin embargo, uno aprende a manejar más o menos la realidad, y entonces te deja en paz. Pude temerle alguna vez a las multitudes, al acoso de los objetos, a la sensación de invalidez en que uno se mueve regularmente, pero uno lo va superando.

—¿Cuál es la respuesta de nuestros intelectuales a la violencia que nos rodea?
—Yo en lo personal, no tengo ninguna, lo que tengo es una mera reflexión que hice fundamentalmente para mí mismo, para responderme a la pregunta: Àqué es lo que está pasando? Mira, en el rancho venezolano se ha criado al único personaje de ficción, que se sale de esa realidad, que es el malandro. El malandro es único en su conducta, modo de pensar, lenguaje, manera de hablar, forma de vestirse, ademanes, códigos morales, éticos. Es una especie de play boy que viste ropa barata, que vive en un rancho. Pero en ese rancho, él es el dueño, es la autoridad, es el galán fundamental, el padrote. Es el campeón. El impone la ley. La gente que le inclina, le teme, pero a la vez lo admira, porque de todos ellos, él es el que ha sobresalido, el que maneja y el que tiene dinero. Roba o mata cuando es necesario o cuando quiere hacerlo, pero sabe que no va a vivir más de treinta años, lo sabe desde niño. Y no vivirá más que eso, porque él no se puede retirar, como lo hacen los médicos, que cuando se retiran se dedican a hacer bonsai en su casa. El no puede retirarse porque no puede entrar de obrero en una fábrica: ese sería el mayor de los fracasos, y él no está preparado para ello. El no sabe ser sumiso, no sabe obedecer, no es un asalariado. El es un hombre que ha tenido la ley en su mano, el poder en su mano. A los treinta años muere asesinado, él mismo se arroja contra las balas de la policía, porque piensa: "Me llegó mi tiempo". Es un personaje trágico, terrible. Y hace falta en nuestro país un gran novelista, un gran dramaturgo que lo convierta en obra de arte, porque allí están los elementos fundamentales de una obra de arte que le daría a Venezuela un sitio, una voz propia. La conducta de los latinos pobres, del malandraje latino, es tal, que todos se parecen. Pero el de Venezuela no, él se diferencia —aunque por momentos se asemeja a un habitante de favela de Río de Janeiro—, porque el malandro está expuesto a la ciudad, porque vive en el aire, suspendido sobre la ciudad. El malandro siempre nos está viendo desde arriba. El sabe que abajo está su muerte.

—¿Esa conciencia de lo efímero de la existencia es la que le otorga ese carácter tan poético?
—Sí, es un hecho poético, entre otras cosas porque él mismo hace su edad. A los diez años, él se declara adulto, y empieza a vivir como un adulto. Se pone un arma en el cinto y sale a matar. Así es respetado y temido, como un adulto, por eso no se extraña mucho de que la muerte lo aguarde a los treinta años. Es un tema intocado en la literatura, porque hasta ahora la marginalidad permanece virgen para el escritor, porque el escritor ve al barrio con los ojos de la clase media: lo compadece. Compadece a los pobres que sufren esa miseria, quisiera hacer algo por ellos, salvar unas cuantas almas, pero no entiende nada de lo que pasa allá adentro. Ver lo que sucede allí un domingo, por ejemplo, que es un día de hervidero de vitalidad y de entusiasmo y hasta de alegría de vivir: hay mil aparatos de sonido puestos a todo volumen y al mismo tiempo. La gente todo lo hace en la calle, porque dentro de las casas no caben. Las fiestecitas, bautizos, matrimonios o entierros, todo se hace en la calle y todo el mundo participa de la celebración, lo contrario de las urbanizaciones grandes del Este de Caracas, donde las calles son absolutamente vacías y silenciosas, donde todo ocurre del lado de adentro. Pueden desarrollarse tremendas orgías de las rejas hacia adentro, pero con la salvedad de que nadie lo sabrá nunca. Por otra parte, el escritor no es un denunciante, como tampoco es cartero, como decía Borges, porque no lleva ni trae mensajes. El escritor habla desde sí mismo, busca su propia salvación, si es que existe...

—¿Tú crees que la muerte de Dios, en el sentido de pérdida de la esperanza, será el mal de nuestro siglo, como profetizó Nietzsche?
—Sí, yo creo que vamos a perder toda ilusión en una posible salvación por el espíritu, en un posible más allá, en un posible premio a las buenas acciones, en un posible tribunal superior que nos juzgue a todos, que nos premie o castigue. Eso en la práctica se acabó, se terminó, es una invención que dejó de funcionar, porque en dos mil años, nadie pudo aportar pruebas materiales de que se había salvado. Se sigue sosteniendo porque es una manera de seguir andando sin complicaciones. Realmente, ya nadie aspira a la salvación.

—Entonces, Àno queda ni siquiera la esperanza del portarse bien?
—Habría que ver primero qué es el portarse bien o qué es el portarse mal.

—Supongo que portarse bien es no hacer daño a los demás...
—Sí, también es no hacerse daño a sí mismo, pero estamos en una sociedad que no es más que una guerra, en la que hay que pelear y defenderse. También te puedes ir al desierto, o quedarte encerrado en una cabaña. Allí ni haces daño, ni te lastiman.

—¿Crees en Dios?
—ÀCómo se puede responder a eso? ÀCómo puede uno creer en Dios? Primero habría que saber qué es Dios, para después saber si creo o no creo... Dios es una razón que domina el Universo y tiene un plan para nosotros, al menos eso es lo que nos han dicho. En lo personal, prefiero al paganismo griego, por eso de que uno puede elegir al dios que más le guste, pero al final te diría que creo en Dios, porque Dios no existe. Si hubiera manera de probar que Dios existe, empezaría a dudar de él, porque yo dudo de todo lo que existe.

—¿Tiene espíritu religioso o místico?
—Religioso sí, místico no. Religioso, puesto que desprecio a la realidad. Para mí no tiene ningún valor, pero ninguna religión me convence.

—¿A quién lees continuamente?
—Cada vez que puedo, releo a Cervantes. Y no sólo al Quijote, pero especialmente al Quijote. Antes lo leía casi todos los días, ahora no tanto. Y ya sin orden, cualquier capítulo, lo abro al azar. Es un experimento que casi siempre resulta, porque te vas a tropezar con algo que pareciera que te está esperando, y que a lo mejor le pasaste un poco por encima cuando leíste el libro. Aparece de pronto una página, un pasaje, una frase, es subyugante.

—¿Cuál es el escritor que consideras como entrañable?
—Julio Verne
, La isla misteriosa, que fue el primer libro grande que leí.

—¿El escritor que tiene oído musical escribe mejor que el que no lo tiene, por ese sentido de la cadencia y del ritmo?
—La prosa y la poesía tienen un sonido, la escritura tiene un sonido, tiene que ver con la musicalidad y los acordes de la palabra.

—¿Tú crees que nos ayuda en eso nuestra lengua castellana?
—Para el canto no, para la escritura, sí, porque a pesar de que es un idioma rústico, posee una gran belleza... Y es rústico porque la obra máxima del castellano, el Quijote, es una novela de personajes rústicos, de campesinos ignorantes y brutos, menos el propio Quijote, que es el que tiene una cierta cultura. Esta es una propiedad del castellano, aproximarse a la rusticidad, al elemento material, terreno. En el castellano sientes el terrón de tierra, la grieta... porque Castilla es una tierra seca y árida, estéril, castigada por soles y nieves. Y el idioma que sale de allí es igualmente un idioma duro, está carcomido en su interior por la sequía.

—¿Pero no te parece un idioma musical?
—Para cantar no es, no creo que lo sea, porque no es un idioma flexible, las palabras no aliteran, no es como el inglés, que permite tejer una palabra con otra. Si no hubiese sido por Rubén Darío, que se atrevió a aliterar en castellano, en fin, pero, mira, mejor seguimos conversando en el Metro.

________________________________Lidia Rebrij. Periodista

 

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