Ensayo

Denzil Romero
con el poder
de sus lumbrerías

En Para seguir el vagavagar (Monte Avila, 1997), su tercera
y más reciente incursión en la vida de don Francisco de Miranda,
Denzil Romero continúa sus búsquedas dentro de la llamada
Nueva novela histórica. Este género, el discurso, el romanticismo
y el lirismo del novelista ocupan la atención de la ensayista


Foto: Luis Vallenilla

Cavilaciones, vueltas, titubeos. La lectura marcha a la par que la letra, y tal vez atrapada en ese remolino, en esa espiral de palabras, ritmos, sonoridades. Es la escritura de Denzil Romero. Palabra y mirada que en la conjunción de lo pretérito y el eros, elabora una obra que abandona su territorio, desbocada más allá, sobrepasando.

Escribir sobre su obra es y no, fácil. Por su riqueza, alcance y significación ha sido ampliamente estudiada y el mismo autor ha reflexionado sobre su discurso y lo ha desmontado al revelar sus claves más significativas, demostrando la conciencia creadora y estética que sostiene su palabra y su quehacer narrativo. En una ponencia titulada "Lenguaje, erotismo e historia", establece los rasgos esenciales de su escritura.

"Verdad es que mis textos se subordinan, en distintos grados, a la reproducción mimética de ciertos períodos históricos y a la presentación de algunas ideas filosóficas, difundidas en los cuentos de Borges, tal es la imposibilidad de conocer la verdad histórica o la realidad, el carácter cíclico de la historia y, paradójicamente, su carácter imprevisible por el cual cualquier suceso inesperado y asombroso puede también darse; cierto que distorsiono de manera consciente la historia por medio de omisiones, exageraciones y anacronismos; cierto que ficcionalizo los personajes históricos (...) poniéndolos a actuar dentro de sucesos imaginarios (...) cierto que recurro a la metaficción y que, con frecuencia, me permito los comentarios del narrador sobre el proceso de la creación; no menos verdadero, que también recurro al uso y abuso de la intertextualidad, a lo dialógico, lo carnavalesco, la parodia y la heteroglosía. Todo, con una forma o manera muy latinoamericana de contar la historia".

La larga cita se justifica porque después de leerla, queda la sensación de que lo dijo todo y nos priva, entonces, de palabras y lecturas. Pareciera que todo está dicho y dicho desde el magister dixit del creador, desde la omnisciencia de la voz narrativa. De esta manera y uno a solas con un fragmento, un cuento, un capítulo, una novela o su obra toda, empieza a buscar otros caminos y otras razones que justifiquen la mirada sobre su palabra.

Desde esta incapacidad lectural que ahora podría definirnos, hay dos cosas que me parecen sustanciales en la narrativa de Denzil Romero: la visión romántica marcada por la desmesura y el titanismo, y los tonos líricos que transitan la ficción que va construyendo y desandando con la palabra hiperbolizadora, erudita, reiterativa, erótica.

Si por razones de época puede ser considerado un narrador postmoderno, pues en su discurso fulgura esa actitud crítica que regresa de la deconstrucción y busca afanosa los orígenes, volteando a lo pretérito: volteando en el sentido de girar hacia allá para encontrar y encontrarse; volteando, porque al convertirlo en substancia ficcional, transforma y trastorna el pasado, es también posible leerlo como un narrador allende, en otra orilla, la de un barroco que ha de siglos y de donde surge, con certeza, el anacronismo discursivo, cierto arcaísmo y la audaz trastocación de los distintos niveles del texto. No es de otra manera que, justamente, sus personajes provienen de referentes reales, de coordenadas históricas trastocadas, para internarse en lo mítico al ser sobredimensionados, hiperbolizados. Ellos avanzan y dejan atrás sus nombres y sus historias para ser fundados de nuevo, desacralizados, abusados por la palabra, penetrados por una acuciosa búsqueda que no encuentra centro ni meta final y de allí, la insaciabilidad que va recorriendo su obra.

Todo este dinamismo verbal e interior deja su sello particular en la narrativa de Denzil Romero. Entonces, se entiende la fusión de géneros y tendencias que abren y sobredimensionan el espacio lectural. Clásico, romántico, barroco, simbolista. Su estética de la erudición se moviliza hacia y por el eros. Voz lúdica y defenestradora, juega con los extremos de la intertextualidad para la voz plural y dialógica. Escribe en Entrego los demonios:

"Me hice especialista en el manejo de máximas ingeniosas, las flores retóricas y la repetición hasta el cansancio de una misma idea bajo diversos aspectos, siempre simétricos y brillantes".

En su narrativa se plasma el acto mítico de traspasar el umbral, para ofrecer la vivencia desde la inmensidad de la palabra. Puede, así, elaborar una propuesta estética de la desmesura y la expansión discursiva, que seduce y arrastra el sentido de la palabra y lo moviliza a territorios de plenitud y vaciamiento. Por vía del recargamiento expresivo, logra el despojamiento, la denudez, ese punto que se alcanza al terminar un capítulo o cerrar uno de sus libros. Y, ¿qué queda? El universo en expansión, el mundo vuelto a fundar.

"Téngase como insolencia o como una fementida invasión de lirismo, cierto era que, cada noche, yo conversaba con las estrellas y las ceñía a mí con los entrañables lazos de amor que Sirio advirtió. Por lo demás, no excluyo mi profunda vocación romántica, ni mi marcada tendencia a investigar, hasta sus últimas razones, la percepción simpática de las esencias y a desarrollar por medio de la analogía una intuición plena de la vida universal".

A su manera y confesado en voz de uno de sus personajes en Entrego los demonios, es un romántico, no sólo de vocación sino de acción, signado por la desmesura y el titanismo que expresa su lirismo en el discurso narrativo donde el ensayo está también entretejido en las redes de la ficción.

De esta manera, desconociendo fronteras o límites discursivos, los mundos y universos que se concretan en su narrativa son múltiples, obsesivos, míticos, prolongados en un más allá de lo que encierra la historia en cuestión, sea la de Miranda, Carujo, Catalina o Manuelita.

En la palabra se cumple la boda mística de los opuestos. El sol y la luna. Visión cósmica, nocturna: visión diurna, sideral. Desde la alquimia, lo hermético y lo esotérico se siembran también en el tono narrativo de Denzil Romero.

Y, ya se sabe que novela histórica ha sido la etiqueta, la clasificación que más ha arropado su obra. Pero esa pasión por el pasado, por los protagonistas de la gran historia, de la oficial, no sólo responde a una necesidad fundacional, a un redescubrir y reescribir la identidad, voz que de lo pretérito nos conforma. Sobre todo, confiesa una mirada insaciable, con desafiantes anhelos de infinitud, oleando y escudriñando lo incanzable para penetrar en ese espacio de miles de palabras, sonidos, sentidos y significados. Así se justifican la enumeración, el ritmo envolvente, el movimiento erótico.

Barroco y culterano, Denzil Romero, Hijo del Sol, heliocéntrico e iluminado, bajo las influencias de Selene, a merced de los rostros de la luna, como poeta, narra:

"En la alta noche, el diálogo parece multiplicarse. Cabeceante, a ratos, explorando (avisado) nuevos espacios del cielo, diríase que sueño despierto. Miles de astros crecen parlantes ante mi vista, se me enciman vertiginosos con el poder de sus lumbreras, tanto se acercan que sus voces, deshechas en el aire, como que se conformaran precisamente dentro de mí. No suenan, ellas, en mis oídos. Salen, más bien, de mi propio corazón".

En esencia y fundamento, la obra de Denzil Romero es erótica. Eso lo sabe o lo va descubriendo el lector. Pero no es inamovible de ese punto, desde allí es andariega y vagabunda: erótica al punto que logra alcanzar su opuesto, la muerte; erótica hasta el extremo de deserotizarse por vía de la enumeración y de la erudición.

Y no se está ante una novelística erótica sólo porque sea uno de sus tópicos fundamentales, sino porque impregna a su movimiento discursivo, de este carácter. Ese bullebullir encierra el sonido, el ruido, el ritmo de eros como fuerza cósmica y desde una condición romántica y, en consecuencia, trágica. Sólo en el acaecer del eros, es más evidente lo trágico y el sentido de la tragicidad va definiendo al ser humano. De la misma manera, los héroes de Denzil Romero están marcados por el destino que los arrastra hacia la noche, iluminada o absoluta en su obscuridad. Uno encuentra, entonces, una narrativa de lo trágico, pese a la celebración y el festín de ese bullebullir, palabra suya que diáfanamente puede definir su discurso desmesurado y envolvente, su voz barroca y latinoamericana.

Tantálico y titánico, más allá de la forma y el contenido, Denzil Romero repite una y otra vez el incansable oficio de la escritura, pues tal vez crea a pie juntillas eso que escribió en Tonatio Castilán o un tal Dios Sol, de que: "Esta es la gloria reservada a los valientes que mueren en la guerra, no se cuidan de la noche ni del día, ni del tiempo ni de los años, porque su poder y riquezas no tienen límites, y jamás desaparecen las flores, cuyos perfumes aspiran".

Y, así nos deja sus lumbrerías con la sensación del guerrear gozoso y del ayuntamiento trágico con la palabra.

_________________________María Antonieta Flores. Ensayista

 

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