Libros, Lecturas y Lectores
Sagita y el laberinto
de los mirajes
No es tarea fácil para el escritor de hoy enfrentar la crisis que afecta al sector literario del país sin tener que armarse de una gran dosis de optimismo y coraje. La crisis, para decir algo, se refleja sobre todo en el pobre desempeño de la actividad editorial, en el bajo índice de lectura de la población, en el alto costo del libro y en la escasa difusión que éste recibe por parte de los organismos competentes. Este efecto es aún más perverso en el caso de la poesía, género tradicionalmente depredado a la vista del negocio librero y para el que las puertas editoriales siempre han estado más o menos cerradas. Publicar hoy es para el poeta lo más parecido a una temporada en el infierno y consiste en una verdadera aventura cuyo riesgo se le deja exclusivamente a él.
En el marco de esta anomalía, a la que no es posible atribuir progreso alguno, puede decirse que hemos retrocedido al punto en que estaban las cosas por los años 60, cuando la única salida para la poesía eran las ediciones artesanales. Las cosas mejoraron en 1967, al entrar en el juego Monte Avila Editores, empresa del Estado cuya actividad de las primeras décadas comprobó que la poesía podía competir comercialmente con los otros géneros literarios. Pero esto no fue suficiente. Por lo menos hasta que se encontraron razones en la crisis para dejar casi en la lona el presupuesto de la casa editora.
Tales carencias, si así puede llamarse a lo que es más bien un precipicio, plantean a las nuevas generaciones de poetas, en proporción a la profundización de la crisis, el reto de ingeniarse para encontrarle salida a la necesidad o el afán de publicar. Ya se están aplicando mecanismos que van desde las llamadas editoriales alternativas a los proyectos privados de autogestión. En cuanto a las primeras, sucede que éstas dependen demasiado del subsidio oficial, y corren el riesgo de convertirse en cotos cerrados, al servicio de los intereses de los miembros gestores. En todo caso, el problema no se resuelve sólo con la publicación del libro. El reto supone también, paralelamente, ampliar el ya menguado y recesivo círculo de lectores, abrir las puertas a nuevos interlocutores, crear circuitos de lecturas y plataformas de entendimiento que den nuevo vigor a una crítica alicaída, etc. Los poetas necesitarán organizarse de manera más solidaria, como lo hacen las asociaciones de vecinos para darse a respetar; motorizar sus propias actividades y crear casas de poesía. Las lecturas en público y los talleres han generado incentivos al universo literario, ciertamente, y resultan imprescindibles a estas alturas, aunque haya que decir que la lectura no sustituye al libro y a menudo resulta un engaño. Por su parte, los talleres no cuentan con fondos para la publicación de obras y tampoco con metodologías muy claras en cuanto a su funcionamiento mismo.
Todo ello ha hecho pensar en una dinámica nueva de la cual la actividad creativa pueda beneficiarse a partir de acciones que tenderán a convertir al poeta en un ejecutivo de sus emociones, en un hombre pragmático, capaz de emplear o gerenciar tecnologías de edición más sofisticadas pero accesibles. De allí tendrá que regresarse armado, de vuelta a la autogestión artesanal, como la que practicó, por los años sesenta, el grupo "El techo de la ballena". No contento con asumir el rol de crítico, el poeta tendrá que maniobrar agarrado al timón de la función editorial.
Antes, en la era de bonanza, el poeta venezolano se preocupaba sólo por sus fantasmas interiores y por formular las leyes subjetivas de sus sueños, comprometido como estaba exclusivamente con el hecho de producir su obra, que entregaba una vez terminada a la imprenta. Ahora comprende que tendrá que ocuparse también de encontrar las vías para plasmarla y lanzarla, insertándose él mismo de un modo más realista en el entorno comunitario, en la medida en que asuma, solo o en grupo, el rol de agenciador de su proyecto de escritor. La historia está llena de autogestores de la estirpe de Isidore Ducasse y Ramos Sucre, para no remontarnos al extraño caso de Blake, editor, grabador y poeta insigne, o sin ir muy lejos, más cercano entre nosotros, el caso de Dámaso Ogaz. En la era de las comunicaciones súbitas, en la cual se facilita mucho la iniciativa individual, el poeta nuevo está obligado a entender que si quiere cumplir un papel protagónico en los cambios del relevo generacional, ha de tener presente que su medio de comunicación, el libro, es ante todo un producto de la época. El producto, en términos comerciales, es lo que hace que una obra alcance realidad en cuanto se vuelve ella misma objeto de consumo. Lo mismo puede decirse de la poesía. Pero con la diferencia de que el ejecutor de ésta, sin beneficiarse en absoluto de ella, suele terminar como un doliente y muchas veces como un sepulturero de los sueños.
Todo este panorama pesimista que se conoce como la crisis, configura una situación en la cual el problema de publicar poesía remite a un marco de actuaciones interpersonales para el cual va a ser necesario contar con mucho optimismo e imaginación. Belkys Arredondo lo ha comprendido así. Su profesión de comunicador social le allanó el camino para acceder al manejo de las herramientas del software y por esta vía convertirse en diseñadora. No tardó en asumir los distintos aspectos de la impresión, pasando por el diseño de portada y el arte final. La mayoría de los poetas nuevos que como ella sufre por la falta de apoyo para sus obras iniciales se da cuenta de que es una ilusión confiarse a la promesa de publicación que aguarda a los libros que hacen cola en las editoriales oficiales y, menos aún, por supuesto, en las cláusulas de los concursos de poesía que se comprometen en la letra a publicar libros ganadores cuyos manuscritos terminan después arrumados en las comisarías. Sabe que la solución consiste es propiciar una conciencia de arte como un trabajo artesanal capaz de extender sus redes hasta implicar en ello a un colectivo sensible, motivado por relaciones interpersonales como las que se dan en los talleres literarios, es decir, de tú a tú. Esa artesanía en la que comienza a trabajarse se materializará, en la práctica, en ediciones de pocos ejemplares, libros hechos a mano, opúsculos de ingenioso diseño, plaquetes, revisticas, mail-art, páginas en la Red, hojas y plegados como los que de continuo nos llegan de otros países del continente más duchos en estos problemas. Sin duda que no será tarea fácil para los que no se contentan con el sólo placer que procura escribir.
El libro Sagita de Belkys Arredondo, lanzado en la colección El pez Soluble, que ella dirige, es pionero en esta aventura del taller editorial privado, del libro levantado en casa que aspira a competir dignamente con los productos del mercado editorial, en diseño, presentación, portada sobria y atrevida y, por supuesto, en costos, demostrando con ello que la edición personal puede hacernos avanzar fuera del oscuro túnel del comercio librero.
La duda del mundo y de sí no es la única vía que transita Belkys Arredondo. Sería limitante decir de ella que es una poeta intimista o urbana, monologante o confidencial, hermética o conversacional, cuando sabemos que trazos de todos estos registros se funden en su voz plural, como si ella abrigara en sí misma a varios hablantes. Los hablantes que en su poesía tienen la mejor carta de crédito en la obsesión del lugar y en una sensibilidad paisajística a flor de piel. Con ésta el paisaje se vierte sobre nosotros como el laberinto a lo largo del cual las referencias a la ciudad, como escenario memorioso, cuelgan de todos los objetos que el poeta encuentra a su paso. Miraje de espacio en espacio como único reino posible de los sentidos. Que se revela incluso en el tono coloquial con que ella suele hablar de la ciudad, como cuando trae a colación recuerdos de infancia:
Cuando perdida en los toques de cornetas,
los precios del mercado y los valores enseñados,
asfixiaban algo más que un poco la cotidianidad
deseaba que mamá volviera pronto.Ven , quiero contarte todos estos laberintos que aprendí,
decir lo que tanto guardo para intimarme
sentir
y sorprenderme de la ciudad.
(Yo podía fundar la línea horizontal hasta tus ojos)Sensibilidad paisajística tan asociada en Belkys Arredondo al acento itinerante de alguien que ha otorgado a la mirada la función primordial de reconstruir la experiencia entera a través de fragmentos de imágenes o de objetos abandonados a su suerte a lo largo de un viaje inacabable, aunque se trate de alguien que permanece quieto en la soledad de una habitación en cuya alfombra ha esparcido ritualmente los vestigios de una pieza de arqueología que sintetiza a toda una civilización o resume una vida entera:
Pusimos las piezas rotas
sin orden de tamaño
al centro de la alfombraeran piezas de cobre o de metal colado
algo herrumbrosas
excavadas de la montaña viejaSacudidas del polvo
huellas de barro vulcanizadas
permitían reconocer las formas
perfilar las fracturas
y hasta creer cómo volver a construirlasAl poeta le basta mirar dentro de sí para sentirse parte del mundo. La poesía es advertencia de lo inadmisible y lo no visto, camino inseguro para salvarse aquel que persevera dentro de sí guiado por el instinto de conservación y por la necesidad de preservar la salud, solidario de los seres y las cosas. Porque Belkys Arredondo, a diferencia de la mayoría de poetas, al pensar la poesía no se ha encerrado en su ego para hacer de la escritura ensimismamiento o puro trato de sí. Lo que no quiere decir que su entrega a la comunicación escrita no implique dar por sentado que lo que comunica la poesía es la poesía misma, entendiendo por ésta un lenguaje aparte que tiene en la intuición la única lógica que la hace inteligible. La lógica de la opacidad donde todos los caminos se bifurcan. Belkys lo dice en su poema "Experimento", nada bueno puede esperarse de lo que no sea inédito para el asombro:
Resumir verbos escribe ella
puede estar entre el descubrirse
y sorprenderseretomar la responsabilidad
no olvidar la imposición
la postura hierática en un pupitre
frente a alguien
que repite lo repetidoEse mecanismo crítico de lo real se manifiesta como duda a lo largo de todo el poemario Sagita y es lo que precisamente hace que la autora confíe más en el azar y en lo imprevisto que en la conciencia razonadora, que impone controles a la vida. Tal vez porque al insistir en lo impropio que resulta el hecho de que se nos reconozca por la idea que los demás se hacen de nosotros, estamos negando nuestra identidad, tal como se dice en el poemario que da título al libro Sagita.
Y empiezo con lo que acabo de decir.
Para algunos somos ajenos.
Somos imposiblemente propios.
Irremisiblemente. Irremediablemente.
Indubitativamente. Certeramente cierto.
Somos increíblemente inexistentes.
Ajenos. Eternamente ajenos.Nunca sabrán nuestros nombres
e ignorarán por siempre
nuestros pasos y nuestros cuerpos.
________________________________Juan Calzadilla. Poeta y crítico literario
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