ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
Un autor no sobrevive
sin voluntad real


Foto: Esso Alvarez
"La sensación de leer mis textos en inglés fue de absoluta extrañeza"

Le interesa sinceramente el otro porque está convencido, como Alfonso Reyes,
de que la literatura es un ejercicio de comunicación y no una práctica narcisista.
Quizá por ello Lunar, su más reciente libro, ha encontrado inmediata resonancia internacional,
y su nombre esté impreso en mayúsculas dentro del horizonte creativo contemporáneo.
Tiene, como pocos, el don de ser buen observador, vigilante y en vigilia constante
por lograr que se enriquezca nuestra cultura: a su juicio, destino de toda obra
y obligación de todo autor, sobre todo hoy, cuando en materia de política cultural
"hemos retrocedido". Estas y otras luces proyecta en esta conversación

Con tu trabajo más reciente, Lunar, ha ocurrido un acontecimiento poco común. Luego de ganar la Bienal de Mérida de 1995 y de ser publicado por Fundarte en 1997, el libro fue editado al año siguiente en Colombia por la Universidad de Antioquia, en México por la UAM y en EE UU por la editorial Brooklines Books en traducción al inglés. Se trata de un hecho sorprendente en nuestra narrativa que es una de las que cuenta con menor presencia en el continente.
—Yo tiendo a ver esas situaciones desde una doble perspectiva: como creador y como observador de los procesos culturales. Quizás aquí conviene más hablar desde la perspectiva del creador. Es estimulante sentir la acogida de una propuesta literaria por parte de editoriales de otros países y de otros públicos porque pareciera que el juego es más objetivo: hay una situación en que se evalúa un texto, se aprueba y el libro sale. En los dos primeros casos se trató de universidades y es gratificante ver que el texto interesa y que las instituciones hacen las ediciones por cuenta propia. En el caso de la traducción, el asunto fue algo más azaroso, pues se debió al interés de uno de los miembros del jurado de la Bienal Picón Salas —el escritor colombiano Héctor Abad Facciolince—quien sugirió mi nombre a la editorial norteamericana. Así que les escribí y al mes recibí el contrato, lo firmé y comenzó el proceso de traducción. Esto, además, es útil para revisar la resistencia con la que a veces se observa la presencia de jurados internacionales en nuestros concursos nacionales.

Como observador de los procesos culturales, me parece importante encontrar eco en otros espacios, ya que no veo que los procesos de receptividad en nuestro país sean claros. Tengo la impresión de que estamos trabajando para un lector hipotético, por no decir futuro. No es clara la relación con el lector en este momento. Tanto así, que no creo que sea la motivación fundamental para el escritor en el momento de escribir. Alfonso Reyes decía que la literatura era —por más que lo negáramos— un ejercicio de comunicación. Yo sí creo que debe haber alguien del otro lado de la cadena, que por más ejercicios radicales como pudieron ser los de Kafka o Pessoa, para nombrar apenas dos del siglo XX, siempre añoramos, aunque sea de un modo muy inconsciente, que haya un lector: una especie de "tú mismo". Esa entelequia me parece poco clara en este momento, especialmente en el caso de la narrativa.

Es una situación que puede ser muy frustrante para un autor que aspira a algo, porque de este modo el ejercicio literario se vuelve extremadamente solitario, y sólo puede sostenerse con mucha fe y voluntad. Por eso, si un libro se abre de cara a otros países, como lo estamos viendo en algunos casos, es muy interesante. Yo siento a Venezuela con una receptividad menor de lectores a la que existe en países como México, Colombia o Argentina; donde, de hecho, nuestros autores —pensemos en Balza o Garmendia, por ejemplo— encuentran mayor recepción tanto de crítica como de público.

—En el caso de Brooklines Books se trata, además, de tu primera obra traducida. Quisiera que comentaras cómo te sentiste leyéndote en otro idioma y cómo se desarrolló el trabajo de promoción.
—La sensación de leer mis textos en inglés fue de absoluta extrañeza, fue como si estuviera ante otro autor; me resultó difícil reconocerme. Pero, al mismo tiempo, me permitió aproximarme a esos textos de un modo más objetivo. La promoción consistió en una gira por las librerías de las universidades de Nueva York, de Brown en Providence, Storrs en Connecticut y Amherst en Massachusetts.

—En relación a lo que has dicho hay dos aspectos que quisiera resaltar. Uno es el carácter objetivo que señalas en los procesos de edición fuera de Venezuela. Eso, me parece, remite a la idea de que vivimos en un ghetto literario. El otro, es que por la escasa salida de nuestros libros a otras audiencias, queda la imagen de una situación bastante provinciana. Si bien eso no obsta para que tengamos escritores excelentes —que los hemos tenido y los tenemos ahora mismo en plena producción—, ambas cuestiones atentan contra las posibilidades de "profesionalización" de quien escribe y contra la autonomía de ese espacio cultural en tanto institución y en tanto mercado.
—Así es. Los mecanismos en otros países son más claros. También pienso que tenemos una estructura muy provinciana y que, además, hemos retrocedido respecto a hace diez o quince años. Es decir, no puede ser que los narradores emergentes venezolanos ni que autores de treinta o cuarenta años aún publiquen en editoriales alternativas, porque ya sabemos que eso ni siquiera entra al mercado. Yo creo que no podríamos esperar que los editores privados publiquen narrativa, porque se enfrentan a un hecho muy contundente, como es el menosprecio de un público lector frente a esos títulos. Es la realidad. Por supuesto, en otros lugares la situación es distinta. En nuestro caso, yo creo que ha habido una involución al grado en que el creador ha tenido que convertirse en el productor de su obra.

—De hecho, así es como funcionan las editoriales alternativas. El autor se ocupa de buscar el sello editorial, el financiamiento, la promoción; colabora incluso en las tareas de levantamiento y corrección porque sabe que si no, su libro no sale. Y creo que gracias a esta diversificación forzosa del escritor es que existe en términos materiales la huella de una literatura que de otro modo no hubiera pasado de ser una serie de manuscritos: es decir, no se hubiera hecho pública. Y la literatura, bien lo sabemos, es un hecho público, aun cuando las condiciones no favorezcan una amplia recepción; que es, en definitiva, de lo que estamos hablando.
—Hoy el autor se ve obligado a cumplir con demasiadas funciones. Por eso digo que hemos involucionado: en los '70 y los '80, la institucionalidad apostó a la joven autoría venezolana. Pensemos en los libros de Fundarte, o en la colección "Las formas del Fuego" de Monte Avila. No se trata de decir que antes estábamos en la época de las vacas gordas y ahora no. Lo cierto es que el oficio se ha problematizado. Claro que la pelea hay que seguir dándola en el terreno de la creación y del talento. Ahora, ¿qué le queda al autor? Seguir. Tratar de ser espejo de un momento consciente o inconscientemente. Los autores podrían dividirse entre los que cuentan con cierta recepción contemporánea y los que no. Entonces, los libros de Israel Centeno o de Ricardo Azuaje, que no han contado con los mecanismos suficientes para entrar en el engranaje, tendrían que leerse dentro de veinte o treinta años, cuando haya otro escenario. No creo que debamos dolernos de que nos toque lo uno o lo otro. Pero sí pienso que ya llevamos demasiado tiempo en el segundo caso.

Actualmente podemos encontrar autores latinoamericanos que se leen en el continente y en España, pero ninguno es venezolano. Uno nombra en España a Garmendia y a González León y desde luego los conocen, pero no tienen esa presencia editorial. Vamos a ver qué pasa con Pirata de Luis Britto García, recientemente editada por Alfaguara.

—Ya has mencionado la falta de un interlocutor lector. Quisiera saber cómo ves ese vínculo en el caso autor-crítico.
—Básicamente, la relación la veo en el terreno de la creación, porque tenemos muchos países y narradores que a su vez son críticos. Y hay una cofradía y un intercambio. Pero el ejercicio que tendría que hacer la crítica, siento que no está ocurriendo. La función de la crítica es crear mecanismos de valoración de lo que está sucediendo. El músculo que fija tendencias, que resalta a un autor o una obra, no está operando. La prensa que alguna vez dio un espacio para ello ahora mantiene una posición de reseñas neutrales, informativas. Ni público, ni autor reciben esa retroalimentación. La crítica —que se ha circunscrito básicamente a los círculos académicos— omite ese mecanismo de recesión. Yo veo que hay libros que salen permanentemente pero no hay crítica. No se sabe, tampoco, hacia dónde va el escaso ejercicio crítico que leemos. La crítica es la proa de ese proceso. Incluso los críticos buenos que alguna vez cumplieron esa función, no la están realizando hoy. Es preocupante. Pensemos en los investigadores del Celarg, todos excelentes, abocados al estudio del siglo XIX, que es un área muy importante —y allí está la camada de libros que apareció hace un año aproximadamente: todos, textos de primera—. Pero la revisión de lo que está ocurriendo en el presente no se da y creo que eso nos hace daños.

—Sin embargo —y sé que lo sabes—, en el espacio de la Academia, la narrativa venezolana más reciente ha ido captando cada vez mayor atención. ¿Tu crítica sería que esta Academia se comporta como otro ghetto en la medida en que no divulga esos trabajos más allá del campo estrictamente especializado?
—Así es. Mi posición ante la Academia no es de crítica, pues conozco la seriedad y la abundancia de su producción. Estoy pensando más bien en una figura intermedia que —tomando ese conocimiento especializado— se abra a espacios menos restringidos y trabaje temas más actuales. Eso es lo que no veo.

—¿Y quiénes te parece que han contribuido al estudio de los movimientos más recientes?
—No podemos obviar a Julio Miranda con sus trabajos sobre poesía, narrativa, sus antologías: verdaderamente es una obra invalorable. Pero no puede ser que hoy contemos esos esfuerzos con los dedos de la mano, cuando el escenario de hace diez o quince años era mucho más rico en la aproximación a su contemporaneidad. Es cierto que existen revistas literarias y culturales pero, de nuevo, su alcance también es muy limitado.

—Claro. ¿Cuántos leen Babel, Verbigracia, Papel Literario o los Boletines de Kuaimare, por ejemplo? Es decir que visto desde diversos flancos, los canales de circulación aparecen restringidos. Ahora, retomando la idea anterior, ¿quiénes son los críticos o los trabajos que se ocupan del presente? ¿Existen?
—Bien. Por un lado, la crítica académica tiene nombres y obras contundentes como los de Javier Lasarte, Nelson Osorio, María Fernanda Palacios, Carlos Pacheco y tantos otros que nos han permitido comprender mejor etapas como el modernismo, el posmodernismo y la vanguardia, por ejemplo. Por el otro, en el campo de la crítica narrativa más reciente, valoro mucho lo que ha hecho Oscar Rodríguez Ortíz, de nuevo Julio Miranda —el prólogo de su libro El gesto de contar es fundamental en el análisis de los últimos veinticinco años de producción narrativa, por el inventario de tendencias, narradores, la relación público—lector; todo el estudio me parece soberbio—. Luis Barrera Linares ha hecho esfuerzos importantes de antología y de crítica. Por supuesto, tu libro que es una propuesta para leer esta década en proceso. Una vez más, me parece que son esfuerzos valiosos pero aislados. Es mucho lo que hay que seguir trabajando. De modo que el narrador tiene una escasa interlocución con la crítica.

—En otro ámbito, quisiera saber a quiénes percibes como tus interlocutores. ¿Te consideras parte de una promoción —estoy pensando obviamente en "La Gaveta Ilustrada"—; quiénes son tus pares? Porque muchos de esos autores emergentes que mencionabas al principio son de tu edad y, en esa medida, hay experiencias históricas comunes; pero, por otro lado, tú eres un escritor que aparece en los '80 y ellos comienzan a publicar diez años después. Es decir, si cronológicamente el contexto es el mismo, profesionalmente no.
—La periodización generacional está muy bien para la crítica. No me extrañaría que algún crítico me incluyera en el mismo grupo que a Juan Calzadilla Arreaza, Israel Centeno, Wilfredo Machado y otros nacidos como yo entre 1956 y 1960. Pero, para responder con toda franqueza, desde el punto de vista de las afinidades electivas, yo me siento muy solo. No sé muy bien —tampoco me lo he preguntado mucho— con quién dialoga mi narrativa.

—¿Esto pese a tu participación en "La Gaveta Ilustrada"?
—Sí, porque ése es un grupo que se atomizó. Juan Antonio Calzadilla es un narrador muy talentoso pero irregular; Alejandro Varderi está dedicado a la novela en otros predios. Gustavo Guerrero se ha enfocado fundamentalmente hacia el ensayo. De modo que, aunque sigo unido a ellos por lazos de amistad, no creo que mi literatura dialogue con la de ellos. Sin embargo, volviendo a tu pregunta, aunque no siento que dialogue con ellos, leo mucho a autores como Milagros Socorro, Stefania Mosca, Israel Centeno, Ricardo Azuaje, Miguel Gomes, Armando Luigi Castañeda (cuyo desparpajo me recuerda mucho los experimentos que realizábamos en "La Gaveta"). Me interesa también esa búsqueda de Angel Gustavo Infante y José Roberto Duque en la marginalidad social: me parece fundamental, así como hace cincuenta años se exploró en el tema rural. Esto lo digo más como crítico que como creador. Siento que tienen que surgir voces que integren otras realidades para que nuestro discurso sea más variado y complejo: me aterra que ciertos espacios de la realidad presente sean omitidos de la conciencia futura porque la literatura no supo reflejarlos. Pero este proceso no debe nunca violentar el mundo interior de cada autor, que es lo que otorga autenticidad a una obra.

—Si bien has dicho que no encuentras mayor resonancia con los escritores de tu edad, al leer tu narrativa yo siento que sí hay diálogo con otros escritores venezolanos.
—Sí, pero prefiero hablar de autores que sigo y admiro y que poseen una obra más hecha. José Balza me parece un excelente cuentista que me llega mucho. El Garmendia de El único lugar posible y Hace mal tiempo afuera, que es más experimental, que muestra un mayor trastocamiento, donde los textos no son propiamente relatos: es una escritura muy abierta que muestra el alcance de la sabiduría del escritor. El Britto García de Rajatabla. Ednodio Quintero, que es un autor a quien he seguido mucho, con una voz y un estilo muy propios. También Alberto Barrera —aunque no ha continuado publicando—; los ya mencionados Centeno y Azuaje, Luis Felipe Castillo; muy especialmente José Luis Palacios y Juan Calzadilla Arreaza. Y alguien como Humberto Mata, que tiene relatos magistrales.

—Justamente un autor que no ha sido lo suficientemente leído y apreciado.
—Exacto. Es otro ejemplo de lo que hablábamos antes: un autor que no es sintonizado en su tiempo.

—También ha aparecido en los últimos años un conjunto de obras que han sido agrupadas bajo el rótulo de literatura femenina. Tú nombraste autoras que te interesan, pero no como si formaran un corpus aparte. ¿Te parece que este corpus existe?
—Siento que hay una presencia muy fuerte de la poesía escrita por mujeres, al punto que diría que son las que llevan la voz cantante en el movimiento poético venezolano y continental (pues aunque en otros países existen voces muy sólidas, en el caso de Venezuela se trata de lo que podríamos llamar una promoción y no de casos aislados). Sin embargo, no percibo esto en la narrativa, que me parece irregular no sólo en el caso de lo escrito por mujeres sino en general, como ya lo he dicho. En todo caso, yo como lector, necesito descubrir más voces femeninas.

Recientemente, en la elaboración de una antología de cuentistas venezolanos nacidos a partir del '60, encargada por una editorial española, me encontré con que eran pocos los que cumplían el requisito de haber publicado al menos dos libros. Esto, que no ocurre en el resto del continente, muestra la dificultad para articular un corpus.

—Lo que hemos conversado deja una imagen muy negativa, en que la situación del escritor parece muy cercana a la metáfora del manuscrito lanzado al mar dentro de una botella. Es como una marca de confinamiento que no creo que desaparezca quedándonos callados, aunque pareciera que seguir hablando de lo mismo es hacer el juego a esa dinámica. Al final es como estar atrapados en una paradoja.
—Estoy de acuerdo contigo en que la responsabilidad del narrador llega hasta el momento de lanzar la botella. Pero me angustia que ni siquiera se llegue a eso por falta de un mínimo de retroalimentación. Creo que debemos entender esta época como una etapa en que el autor no va a recibir señales. Hoy en día en Venezuela sin voluntad real no sobrevive un autor. Voluntad de trascender en el mejor sentido de la palabra: superar el entorno inmediato. Sólo esa voluntad nos puede sostener hasta que la botella alcance la otra orilla; y, al mismo tiempo, crear lo que yo pienso que es el destino de toda obra: contribuir a formar un imaginario, aportar fragmentos de memoria, de expresividad y de espacios que enriquezcan la totalidad cultural.

_______________________María Celina Núñez. Investigadora y crítica literaria

 

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