¿Quién le teme a Carl Gustav Jung? (II)

La aparición del sabio


Henri Cartier-Bresson, Tête à Tête (retratos), Thames and Hun¿dson, Londres, 1998
Foto: Cortesía Esso Alvarez

¿Como se convierte un ser humano en una persona integrada? ¿Cómo puede reconciliarse el amor humano con la inquietud espiritual? ¿Cuál es el papel de la psicología en el desarrollo religioso de individuos contemporáneos que cuestionan los dogmas y rituales de la iglesia? Estas son sólo algunas de las preguntas que Carl Gustav Jung trató de contestar con su propia vida y el ímpetu creativo de sus años como analista. Probablemente el regalo más valioso que dejó escrito para el lector común fue su autobiografía titulada Recuerdos, sueños y pensamientos. Fue publicada después de su muerte, en 1960, y es un recuento personal de sus propias dificultades con estos problemas universales, y un intento de conciliar el dilema de la condición moderna y los mensajes conflictivos de la ciencia y la religión. Algunas de sus especulaciones más radicales y de mayor alcance surgieron a partir su experiencia de casi-muerte, después de un ataque al corazón, a los 69 años. Sus escritos, luego de su recuperación, se adentran sin miramientos en las profundidades de la psique humana, su relación con la muerte, y el rol del hombre en la evolución de la consciencia y de Dios.

Durante toda su vida, Jung consistentemente se hizo preguntas acerca de la naturaleza religiosa del hombre desde un punto de vista empírico, considerando creencias, costumbres, rituales y mitos como expresiones de una necesidad profunda y universal en la psique humana de encontrarle significado y sentido a la vida. Como científico y médico, consideró que esta era un área apropiada de estudio e investigación, sin embargo, siempre se acercó a estos temas culturales y espirituales con un profundo respeto por las verdades de la experiencia religiosa, y no con la intención de reducirlos a explicaciones racionalistas. Hay una maravillosa delicadeza en cómo equilibra, por una parte la investigación objetiva y científica, y por otra la sensibilidad del místico hacia la verdad en las experiencias que trascienden el entendimiento intelectual. Acuñó un termino, "la realidad de la psique", para describir una posición intermedia que reconoce la verdad del mito y los sueños. Esto ha sido recibido críticamente, por una parte por los psicólogos racionalistas, que descartan su trabajo como misticismo, y por otra parte, por los teólogos, quienes lo acusan de 'psicologizar' a Dios. Jung no era ni un materialista racional, ni un creyente tradicional, sin embargo la tercera posición que alcanzó, que es también llamada la actitud simbólica, representa la compresión novedosa de una antigua verdad, no una negación de ésta.

Tal vez una de las mejores y más directas respuestas a estos malos entendidos está en la descripción de Jung de sus más altas experiencias espirituales, tal como las reporta en Recuerdos, sueños y pensamientos. Aquí nos lleva directo al centro de su propia experiencia de Dios a través de imágenes sagradas y un sentimiento de lo numinoso, que no deja dudas sobre la autenticidad de su naturaleza religiosa. En sus palabras:

"Al comienzo del año 1944 me fracturé el pie, y a ello siguió un infarto cardíaco. En estado de inconsciencia experimenté delirios y visiones que debieron comenzar cuando estaba expuesto a un inminente peligro de morir y me daban oxígeno y alcanfor. Las imágenes eran tan sobrecogedoras que yo mismo concluí que estaba cerca de la muerte. Mi enfermera me dijo más tarde: 'Estaba usted rodeado por un claro resplandor'. Este era un fenómeno que había observado algunas veces en los moribundos. estaba en el límite más extremo, y no sé si me encontraba en un sueño o en éxtasis. En todo caso, comenzaron a sucederse ante mí cosas sumamente impresionantes. (...) Me pareció como si me encontrase allá arriba en el espacio. Lejos de mí veía la esfera de la Tierra sumergida en una luz azul intensa. Bajo mis pies, a lo lejos, estaba Ceilán, y ante mí estaba el subcontinente de la India" (RSP, p. 296).

Luego de describir lo que veía desde miles de millas de altitud en vívidos detalles, Jung se vuelve al Sur: "Algo nuevo apareció ante mi vista. A escasa distancia divisé en el espacio una enorme masa de piedra oscura, como un meteorito, aproximadamente del tamaño de mi casa, quizás mayor todavía". Jung comenta que había visto tales rocas esculpidas en templos en el sur de la India, y al penetrar en el templo de piedra de la visión vio: "un indio negro en trono de loto. Llevaba vestiduras blancas y se encontraba en estado de pasividad total. Así me esperaba a mí. Todo cuanto pensaba, deseaba o creía, toda la fantasmagoría de la existencia terrena me abandonó o me fue arrebatada: un proceso extraordinariamente doloroso. Pero algo quedó; pues era como si todo lo que había vivido o realizado, todo cuanto había sucedido a mi alrededor, lo tuviese ahora conmigo. (...) Me componía de mis historias y tenía la sensación plena de ser ahora Yo" (p. 296-7).

En esta experiencia el ego de Jung es reducido a su sentido de historicidad, pero instalado en el momento, sin pasado o futuro. Esto trajo consigo un acusado sentimiento de pobreza, pero paradójicamente, también una gran plenitud. El deseo cesó y los logros de su vida se hicieron simples hechos objetivos: "Yo era lo que había sido y vivido".

A medida que se ajustaba a este nuevo estado de ser una historia sin comienzo ni final, aparecieron nuevas preguntas acerca del porqué y cómo de lo que había vivido, del curso que su vida había tomado. Estaba seguro de que hallaría las respuestas que buscaba dentro del templo de roca donde se encontraría con la gente que le correspondía y que sabría las respuestas. Pero esta narrativa interior fue interrumpida por una visión de su médico flotando hacia él en dirección a Europa. Jung reconoció que el Dr. H. estaba en su forma primitiva, como él mismo, "y había sido comisionado por la tierra para darme un mensaje, decirme que había protestas por mi marcha". Jung se sintió profundamente decepcionado de tener que regresar a lo que llamó "el sistema de celdas" otra vez, en el que cada persona vivía en la estrecha prisión del ego, un estado del que Jung se había liberado en el proceso de haber sido reducido a su forma primitiva. Después de una gran resistencia durante tres semanas, Jung resolvió vivir de nuevo y pasó por el doloroso proceso de regresar a la visión limitada de su personalidad terrestre. Pero estaba sumamente preocupado por la aparición del Dr. H. en su forma primitiva, lo que interpretó como que el médico estaba en peligro de muerte. La exactitud de su predicción sería comprobada con el tiempo: "De hecho, fui su último paciente. El 4 de abril de 1944... se me permitió sentarme al borde de la cama y en este mismo día él se puso en cama y ya no se levantó... Poco después murió de septicemia".

Quiero dejar el extraordinario relato de Jung por un momento y explicar el proceso espiritual y psicológico que descubrió en sus estudios de alquimia medieval, un proceso que arroja luz sobre la propia experiencia de Jung. Un alquimista del siglo XVI llamado Gerard Dorn, que fue alumno del gran Paracelso, describe un proceso de renovación espiritual que ocurre en tres etapas. Los componentes de la personalidad humana involucrados son el cuerpo, el alma y el espíritu, que están mezclados en la persona ordinaria que vive en el mundo natural, el unus naturalis. En el primer estadio del proceso el alma se separa del cuerpo y es llevada hasta el espíritu. Este es el proceso de disciplina moral y espiritual que existe en la mayoría de los sistemas de entrenamiento religioso, para superar las pasiones e impulsos del ego. En latín, el alma espiritualizada es llamada unio mentalis, o la mente única. Sería muy fácil descender de nuevo al estado original de inconsciencia donde los instintos controlan el pensamiento, el sentimiento y la acción, de modo que lo que sigue es un largo y difícil proceso de reunir al alma espiritualizada con el cuerpo para crear al Sabio. Finalmente, el individuo renovado es reunido con toda su naturaleza para transformarla en una mundo divinizado o espiritualizado, el unus mundus. Este era el objetivo de los alquimistas más espirituales, lo que metafóricamente era llamado la creación de la Piedra Filosofal, o la creación o el oro de los alquimistas. Yo pienso que la visión que tuvo Jung de la tierra desde el espacio exterior es una expresión de la unio mentalis en clara forma imaginal. Su alma ha dejado el cuerpo y se está reuniendo con el espíritu arriba en el cielo. En este reino sin tiempo puede ver claramente un evento del futuro cercano, la enfermedad fatal de su médico. Pero es también un momento crucial en su voluntad de vivir, en el que escoge volver para completar su trabajo inconcluso en el mundo. Pero volvamos a la autobiografía. Durante los meses que siguieron Jung estaba deprimido durante el día pero tenía las más extraordinarias visiones en la noche, flotando en un estado de bienaventuranza demasiado maravilloso para describirse. Durante el día no le interesaba la comida, pero durante sus tiempo encantado comía con apetito normal. Le daba la impresión de que su enfermera era una vieja judía que le preparaba comida kosher, y parecía tener un halo azul tras la cabeza: "yo mismo me encontraba -así me lo parecía- en el Pardes Rimmonium, en el jardín de Granadas, y tenía lugar la boda de Tifereth con Malkut... Se trataba de las bodas místicas, tal como se representan en la tradición cabalística... No sé exactamente qué papel desempeñaba yo allí. En el fondo, se trataba de mí mismo: yo era las bodas. Y mi bienaventuranza era una boda bienaventurada" (p. 301). La visión continuó con otros dos ejemplos del matrimonio místico, las Bodas del Cordero de la tradición cristiana, y el hierosgamos de Hera y Zeus, tal como se describe en la Ilíada. "Había un espíritu, en la habitación, cuya explicación era el 'Mysterium Coniunctionis'..." (ibid. p. 295). "Eludimos la palabra 'eterna', pero puedo describir la experiencia sólo como el éxtasis de un estado atemporal en donde el presente, el pasado y el futuro son uno. Todo lo que ocurre en el tiempo ha sido juntado en un todo concreto. Nada estaba distribuido en el tiempo, nada podía ser medido por conceptos temporales" (ibid. pp. 295-6)

Jung flotaba en estos estados de bienaventuranza noche tras noche, y las visiones duraban aproximadamente una hora antes de que se durmiera, pero en la mañana volvía la depresión. A medida que recuperó la salud, las visiones se disolvieron, pero por un tiempo el éxtasis de éstas le pareció más verdadero y más real que el penoso restablecimiento de su casi fatal ataque cardíaco.

Necesitaría un artículo aparte para explorar la interpretación de Jung de este material alquímico, pero quiero decir brevemente que "cuerpo" aquí significa la personalidad y la vida encarnada e individual. La especificidad, nuestra identidad personal, lo que lo hace a uno un individuo. La visión de Jung desde el espacio y su desprendimiento del ego fue una liberación del alma del "cuerpo", en este sentido, y representa una experiencia de la unio mentalis, la mente única, el alma libre de las limitaciones del sistema de cajas del ego. Esta unión del alma con el espíritu constituye la disciplina mental para la sabiduría, pero es solamente con el retorno del alma al cuerpo que emerge el Sabio. La belleza y dulzura de las visiones de coniunctio es una expresión de la necesidad de ver los aspectos gozosos de la vida, luego de esta suerte de muerte del ego, de modo de atraer al alma espiritualizada de nuevo al juego de luz y sombra del mundo tal como es. Alimentado simbólicamente por la "comida para el alma" de las visiones, Jung decidió vivir; su regreso a la vida marca el comienzo de la segunda etapa de su vida, el proceso de engendrar al Sabio en él, tal como lo percibimos en sus últimas décadas. Aparte de comenzar una época muy fructífera de trabajo, se dio también en él un cambio en su apreciación subjetiva de la vida, un cambio que vio como un correctivo necesario a una actitud errónea, previa a la enfermedad. Llegó a una aceptación de la vida tal como es, una especie de movimiento taoísta con lo que es, en vez de luchar con su ego para controlar los acontecimientos. Yo creo que esto apunta a la segunda etapa de la coniunctio, descrita por Dorn, la aparición del Sabio. En muchos sitios en sus escritos Jung reconoce que desde entonces sintió que su vida no era para su propio placer o sentido, sino que servía a algo más grande en el desarrollo colectivo de la humanidad. Llegó a creer que la imagen o idea que tenemos colectivamente de Dios no es algo estático, sino una evolución dinámica que es parte del propio desarrollo de la humanidad. Como decían los alquimistas "Como es arriba, es abajo". El cambio en el colectivo sólo puede ocurrir a través de pequeños pasos dados por numerosos individuos en su desarrollo espiritual y moral. El amor humano es la expresión del deseo por lo Divino, de la "conjunción mística". La lucha con nuestros demonios particulares y nuestra personalidad, si se da con integridad, contribuye a la evolución de Dios y de la humanidad. Estas y muchas otras intuiciones cristalizaron en los escritos tardíos de Jung. Esta afirmación de la vida, incluyendo su sufrimiento y su misterios incomprensibles, es central para cualquier actitud espiritual moderna, así como para cualquier acercamiento psicológico que aspire a tener alguna relevancia para el hombre moderno. La sabiduría duramente ganada de Jung es una inspiración para cualquiera que estudie y practique su acercamiento a la condición humana.

Traducción y edición: Alicia Torres

__________________Richard Stein. Psiquiatra y Analista junguiano norteamericano

 

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