Reseña

Denzil Romero
¿escritor polémico?


Doña Manuela Sáenz / Oleo: Thorne

Denzil Romero (1938—1999) fue colocado al lado de los héroes
(en compañía del generalísimo Francisco de Miranda, entre otros),
y también al lado de los herejes, pues osó entrar en las habitaciones
y hurgar entre la sábanas de la amante del Libertador. Tal "atrevimiento"
le valió la censura, palpable en una errática percepción de su novela
(La esposa del Dr. Thorne), e igualmente el Premio Internacional La Sonrisa Vertical.
Su prosa, su nombre, fueron, son y serán demandantes,
tal y como lo reseña Alberto Jiménez Ure

Infortunadamente fallecido cuando se hallaba en plena lucidez, madurez y producción intelectual, Denzil Romero (1938-1999) comenzó a publicar su obra a partir de los cuarenta años. Nació en Aragua de Barcelona (Venezuela). Durante su juventud se trasladó a Caracas, en cuya Universidad Central cursaría las carreras de Filosofía y Derecho. Por décadas, Romero ejerció la abogacía: una disciplina que abandonaría para dedicarse a la praxis de la literatura. Su libro de cuentos "iniciático" fue Infundios (Monte Avila Editores Latinoamericana, 1978). A ese primer volumen de narraciones le seguirían El invencionero (1982); La tragedia del generalísimo (novela, Premio Casa de las Américas, 1983); Entrego los demonios (1986), La esposa del Dr. Thorne (1988, con la cual obtendría el Premio Internacional de novela La Sonrisa Vertical); Grand Tour (1988) La carujada (1990), Códice del nuevo mundo (1993), El corazón en la mano (1993) y Para seguir el vagavagar (1988). En nuestro país, el pasado año fue postulado por un grupo de escritores (incluyéndome) para que recibiera el Premio Nacional de Literatura.

El parto de
"El invencionero"
Ya con Infundios, Denzil demostraría su extraordinario don narrativo: caracterizado por la concisión argumental, dominio del lenguaje e iluminada imaginería. En 1979, siendo Carlos Contramaestre director de Publicaciones de la Universidad de los Andes, tuve la responsabilidad oficial de leer los originales de El invencionero: compilación de relatos que aprobaría para su edición institucional. Pero, inesperadamente, Monte Avila Latinoamericana ofreció editarlo y retiró sus originales de nuestra casa de estudios. Esa magnífica y estadal empresa terminaría convirtiéndose en su preferida para dar a conocer sus creaciones.

De El invencionero advertí la brevedad de las narraciones, el culto manejo argumental por parte del autor y su recusable propósito de contar más que impactar con finales inesperados. Ya Romero dejaba entrever su inclinación hacia la descripción exacerbada de ciertas atmósferas, empero no al modo garmendiano: su pulsión ficcional nada a nadie debía.

"La esposa del Dr. Thorne"
escandalizó internacionalmente
Cuando —en España— Denzil Romero obtiene el Premio La Sonrisa Vertical, numerosos admiradores de Manuela Sáenz (compañera de Simón Bolívar) difundirían, internacionalmente, una fortísima protesta: a juicio de ellos, el novelista venezolano irrespetaba la imagen de Bolívar al describir a la "Libertadora" (cual la califican algunos historiadores) como mujer diestra en las artes amatorias.

"No se conformaba Manuela con el escarceo del amor sáfico. No le bastaban los toques delicados, ni el cautiverio suave, ni la regalada llaga. No, no se conformaba con el voluptuoso temblor, con los libidinosos cosquilleos y las aplicaciones de los sentidos que la tía Librada le ofrecía. Quería más. Quería un hombre. Un hombre, sí, que la hiciera vivir con su ominosa carne; un hombre que la calmase, que la curase, que la corrompiese; un hombre que la tendiese laxa sobre el sudor de las sábanas y la dejase, ahí, vuelta un estropicio; un hombre que esparciera debilitara, envenenara su perezosa sangre; un hombre que la hundiera en el pantano edénico y la hiciese ser de nuevo légamo primigenio; un hombre que le regalara su larga—gruesa—robusta sabiduría y que la regresase a la tierra y a sus zumos nutricios y al primer batir de las olas del océano, y que la hiciera recuperar de todo el peso y la rotundidad..." (Ob. cit., p. 37. Edición del Círculo de Lectores, Bogotá, Colombia, 1988).

En sus respectivos países, especialmente en Ecuador, pienso que fue errática la percepción que de la novela propagarían ciertos y oficializados "intelectuales". En párrafos como el transcrito, por ejemplo, podemos apreciar —plenamente— densidad narrativa romeroniana: representada en una portentosa inteligencia al configurar a un personaje y su entorno. Denzil debió admirar a la heroína de la Guerra Independentista, una mujer que le daría fortaleza emocional al más notable de los próceres latinoamericanos que la historia registra. Sin dudas, el escritor se documentó: procesó un cúmulo de informaciones y luego vertió a la trama novelística cuanto pudo ser (aun cuando ficcionada) una indiscutible realidad:

"Una de las dos tomó la iniciativa. A buen seguro, fue Manuela. Entonces se besaron en la boca. Plenas, delirantes, primero. Con suavidad, después, en una forma de unión juiciosa, la que da el perfecto amor, al decir de Corneille. Mutuamente, con toquitos leves, apenas deslizando las yemas de los dedos como si hiciéranlo sobre una superficie aterciopelada, se acariciaron las sienes, los párpados, las mejillas, los cabellos, la nuca, el lóbulo de las orejas, el cuello, los pechos, como si quisieran cerceriorarse de que en verdad existían y estaban allí, una para la otra. Por largo rato aún se quedaron abrazadas, cual si ese abrazo infantil fuese el acoplamiento total..." (Idem., pp. 117—118).

Si Manuelita Sáenz fue o no lesbiana, si su "infinita perversión" la impulsó a ejecutar relaciones tenidas por irregulares, es una probabilidad que ninguna persona puede vehementemente rechazar o confirmar. Todo lo que sucedería en el decurso de aquellos tumultuosos días está en el firmamento de lo "conjetural".

"Para seguir el vagavagar"
de nuevo Francisco de Miranda
A partir del éxito editorial de su novela La tragedia del generalísimo, Denzil Romero abandonaría —para siempre— la escritura de textos literarios basados exclusivamente en su imaginación. Se adhirió a lo que exigía (y exige) el mercado editorial internacional; novelas de "corte histórico", donde la documentación es lo más relevante. Esa —a mi juicio— equivocada y pesetera presión es todavía ejercida a todos los cultores de narrativa en Hispanoamérica. Sin embargo, los autores que han claudicado tuvieron algunas libertades: la de, por ejemplo, tergiversar los dictados de la historia.

Con Para seguir el vagavagar, Romero quiso enfatizar que la temática franciscomirandiana es casi inagotable.

"En esas solitarias masturbaciones, generalísimo, no te dabas tregua. Tirado entre las sábanas humedecidas, seguías impertérrito imaginando y desimaginando fornicaciones interminables, con Afrodita naciendo de las aguas del mismo Botticelli con su Virgen del Magnificat, con la Santa Justina martirizada de Pablo el Veronés, y con La Venus del Urbino del prolífico Tiziano, rozagante, enrojecida, penumbrosa e iluminada de reflejos". (Ob. cit., p. 121).

En este libro, el autor reincide en la intencionalidad profusa en descripciones "eruditas" de ambientes y hábitos en los cuales —fluidamente— se desenvuelven los actores del ficciomundo.

El Miranda romeroniano se halla en Italia y experimenta innumerables situaciones. Es políticamente ovacionado, vive aventuras sexuales y se asombra ante la espectacularidad artística de un territorio mítico:

"A ratos, dejabas la monumentalidad de la Roma antigua, el Foro y el Coliseo, el antiquísimo Puente Sublicius en la proximidad de la Isla Tiberina o el hermosísimo claustro Cosmatesco del Vassaletto en la Basílica de San Pablo, para meterte en los tugurios y observar de cerca a la plebe ignorante, la única clase social realmente viva que en Roma existe". (Cfr., p. 135).

Al narrar, el hacedor de Para seguir el vagavagar (el lector notará la ironía explícita en el último vocablo del título) se dirige al propio Francisco de Miranda. En el ficciomundo, mi amigo encaró y espetó al prócer para que recordase la prolijidad aventurera que lo haría trascender.

_____________________________Alberto Jiménez Ure. Poeta y narrador

 

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