Crónica

Salamanca, la blanca

Sumergido hasta el cuello en una ínfima tina en una posada de la calle Traviesa, en la cual trataba de conjurar el frío, me asumía de vuelta a Europa, veinte años después de mi primera aventura. Nunca pensé que me fuera tan difícil el retorno. Todo comenzó cuando, luego de azarosos trámites, conseguimos que el Consejo Nacional de la Cultura, a pesar de su exiguo presupuesto, colaborara con el pasaje de cuatro autores que le dieran continuidad al IV Encuentro de Escritores Venezolanos en Salamanca que viene realizando la cátedra Ramos Sucre en coauspicio con el Conac. En el aeropuerto, azorado por los apremios del papeleo, me encontré a Carlos Noguera con su gorra de viajero en la cual se imprimen azules las dos letras que afondan el reto de una cosmópolis: N.Y.

    Recuerdo que me dije, para aminorar mi fobia a los vuelos, que a un avión donde viajara Carlos, ninguna eventualidad lo echaría a la desgracia. De todas maneras, tomé mis tranquilizantes y me dispuse a pasar nueve horas de amable conversación con mi compañero de viaje; pero a Carlos le tocó un puesto infame frente al receptor de videos y a mí, lo que llamamos "la cocina" cuando viajamos al fondo de un autobús.

    Así despegó el avión y dejamos a las Américas mientras el huracán Mitch entraba arrasador. Sudé litros de hormonas alarmígeras. Cruzamos el Atlántico con los cinturones de seguridad puestos. El viaje duró mucho más de lo que esperábamos, pues hicimos escala en Tenerife. Al arribar al aeropuerto homicida, recordamos al primer gobierno de Pérez, aplausos y vivas coronaron el aterrizaje. Así éramos entonces los venezolanos saudies, al tocar tierra luego de nuestros vuelos cantábamos el Alma Llanera y nos desmedíamos en ovaciones.

    Una vez en Salamanca, luego de atravesar la tierra negra de lindes de piedra, luego del reencuentro con el azul profundo que antecede al invierno, más allá de los paisajes que evocan trashumancias, nos encontramos en una especie de tromba que apenas reconocimos, entre giro y giro y palabras entramadas. Nuestro anfitrión era algo así como un intérprete de la obra de Severo Sarduy. Juan Carlos Chirinos, a quien llama la profesora Paqui Noguerol El marqués de Chirinos, nunca sabrá si a motu proprio o por uno de esos retruécanos de nuestro amigo.

    Salí de la tina, me vestí con todos los trapos de invierno y confronté el frío de la calle. Nos esperaba en la casa de Paqui, una bella andaluza en tierra fría que nos abrumaba con su amabilidad y sus boleros (creo que a pesar de Silda Cordoliani, nos llegó a poner gaitas), el resto de la delegación. Elisa Lerner sonreía con el cuerpo a medio giro en un sofá. Recuerdo, lo primero que conocí de Elisa fue su sonrisa, era familiar, algo de Trejo y una pizca de Lilith. Elisa no era extraña, una resonancia de buenas crónicas y comentarios inocentes a la hora del té, refrendaban mi impresión. Traté de recordar sus piezas teatrales, pero Celso Medina, cruzando la grasa de los puercos embutidos, nos inició en una díscola conversación sobre el futuro del país (recordemos que estábamos en tiempos de elecciones. ¿Ya han pasado?). Allí escanciamos vinos; parecíamos un remake de Natalie, aquella vieja canción de Gilbert Becaud.

    No debo detenerme en la arquitectura salmantina: en la puerta de la Universidad, en la búsqueda de la rana, en el primer amanecer de azules otoñales, en las calaveras presentes ni en el escalón de la sabiduría, no puedo pasear esta pequeña crónica por los laberintos y las callejas empedradas de la ciudad. No es prudente reseñar el reencuentro con mi viejo amigo Méndez Guédez, ni pensar en el cielo de Salamanca.

    No debo perder tiempo al contar sobre la caverna druida por donde se pasea Satanás ni sobre el colegio de vírgenes que la flanquea para, con sus rezos, neutralizar al maligno. Debo hablar un poco de nuestras actividades, más allá de las "ricas palomas que nos comimos" de los manjares porcinos y de la dieta de espárragos a la que fue sometida nuestra dramaturga, por razones obvias.

    Salamanca estaba fría, nada blanca. Allí, durante dos noches con sus días, hablamos de literatura venezolana; gracias a Silda y a Elisa tuve la oportunidad de reencontrarme con Ifigenia; de revivir una atmósfera pintoresca y aciaga, de una Venezuela unánime, de grandes adulantes y pocas oportunidades que no fuesen el sacrificio. Carlos leyó un texto que tiene mucho que ver con mis dudas posmodernas. En realidad, escuchamos nuestros relatos, con la majestad que impone leer en Salamanca. Luego la noche y el bar Rayuela, en el cual compartimos con medievalistas, filólogos, estudiantes de hispánicas y periodistas. Vi los ojos de mujer más hermosos del orbe. Mucho humo y cierto buen olor a incensario donde se quema discretamente el hachís, nos produjo esa quietud de espíritu que acerca a la gracia.

    A pesar de todas las cosas malas que dicen por allí, nos dimos cuenta de que los salmantinos saben escuchar, tienen a José Balza y a Domingo Miliani como figuras emblemáticas; existe una cátedra dirigida por la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo que junto a un grupo de profesores y tesistas, más allá de las vicisitudes y las veleidades burocráticas, se empeñan en fundamentar nuestra literatura con la fe de quienes suscriben un espacio significativo para las letras hispanas; no es casual el nombre que lo avala: José Antonio Ramos Sucre.

    Hace frío, corre la última mañana. Antes de irnos hemos visitado la Catedral de la ciudad. Dios, el hombre construye catedrales majestuosas para doblegar su vanidad; mi vanidad era polvo en la luz de los vitrales de aquel templo; humillado comprendí que era "una pobre brizna de paja" en medio del huracán de los tiempos. Entonces recordé al salir del templo, cierto incidente cuando la adversidad hizo presa de España: el rector de la Universidad de Salamanca, ante una horda tumultuaria y fascista alzó su voz y dijo: ¡Vencerán mas no convencerán! De inmediato el general Millán Astray sacó de su cinto un revólver y gritó: ¡Viva la muerte, muera la inteligencia! Don Miguel de Unamuno se salvó de un virtual linchamiento, para morir unos meses después, unos dicen que de tristeza.

    ¿Por qué el mezclaje, el mosaico? Es probable que estuviera mi pensamiento fragmentado como un vitral; estábamos en la vísperas de las elecciones y tanto se discutía, que hasta llegamos a hablar de Don Pedro Estrada, en esos ejercicios hiperbólicos de la memoria: el galante policía miraba las pequeñas y desnudas piernas de una amiga, que supo en su momento escapar de las siniestras mazmorras de la Seguridad Nacional. Acaba nuestra estadía en la blanca Salamanca, y nos agarramos de los brazos para coger un poco de frío. Continuamos inmersos en la incertidumbre y nadie nos responde:

    Salamanca, la blanca. ¿Quién te mantiene?

    Pronto regresaríamos al trópico, caliente y veleidoso. Unos estuvimos unos días en Tenerife, pero ese es otro cuento en el cual más adelante nos extenderemos.

Israel Centeno. Narrador

 

 

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