Todos los días, el hombre


Foto: Ferdinando Scianna

Había viajado al Sur con HBO Olé para encontrarme con una memoria. Llegaba al Sur como menos lo imaginé, con cámaras y amigos, pero sobre todo con la misión de hacer unos documentales sobre Jorge Luis Borges que debían aparecer en pantalla el mes del centenario de su nacimiento. En el bolsillo tenía el mapa y las direcciones que el Reinaldo Rojas ya había encontrado. Todo era cuestión de ir dando con el paradero de unos personajes que guardaran retazos de aquel ciego que deambuló el laberinto tratando de hallar la imagen certera de su propio destino, en medio de jornadas alucinadas y el acoso de la eternidad. Las calles eran largas, otoñales y pobladas, ya de gente apresurada por llegar con urgencia no se sabe dónde, ya distraída por los malabares de un aprendiz de circo, ya librada del tiempo gustando un pausado café tras los cristales. Contraria a otras ciudades de las que estamos acostumbrados, Buenos Aires se me abría franca y reconocible, no por lo vivido sino por las tantas veces aparecida en lecturas de compañía. Y así de taxi en taxi, de esquina a esquina, arribé a un lugar que estaba demasiado lejos de los domicilios acordados y demasiado cerca de la imaginación. Allí estaban los convidados que habían llegado para hablar de los rostros que se ocultaban detrás de Borges, porque uno fue el oficial y público, al que él mismo se encargó de descalificar cada vez que pudo, pero estaban los otros, los íntimos Borges que cruzaron los días entre libros y afectos.

—¿Cuántos Borges hay en Borges?, me pareció una puerta que debíamos abrir para iniciar este recorrido.
—Yo creo que bastantes —se animó a referir el poeta Marcelo Pichón Rivière con la agudeza de su voz de vocales arrastradas— Por lo pronto está el Borges que uno conoció como amigo, un Borges hierático, intimidante... Yo lo conocí cuando yo tenía diecinueve años. Estaba con una amiga por la calle Florida y me dijo: "Ahí viene Borges, por qué no lo paramos" y le dije: "estás loca", pero lo paramos y fuimos a tomar algo. Borges tomó un vaso de leche y hablamos como hora y media. Yo todavía no lo había leído mucho y después me di cuenta de que todo lo que había hablado eran cosas que ya estaban escritas: el antiguo sajón, los kenningar, los irlandeses... digamos que Borges necesitaba hablar con alguien para no sentirse solo, pero al mismo tiempo hablaba desde un lugar de mucha soledad, no buscaba el intercambio con el otro. En cambio con las mujeres, como se enamoraba de ellas —nunca se enamoró de un hombre que yo sepa— quedaba en una relación completamente opuesta. De ser el amo pasaba a ser el esclavo, de ser la persona hierática pasaba a ser la persona endeble que se deshacía como un libro de arena, como diría él.

Del fondo de su casa detenida en el frío de la mañana desciende María Esther Vázquez y se suma al diálogo con su acento porteño tamizado de dulzura. Arriba de su cabeza se ve la foto en la que ríe junto a Borges, los dos a carcajada suelta celebran la herencia y la amistad.

—El tenía a su favor el hecho de haber recibido una educación decimonónica que le daba toda la carga del siglo XIX más la carga del siglo XX. Como hombre del siglo pasado, consideraba que si él contaba cosas de su infancia y adolescencia era un modo de abrir una puerta a esa relación con la mujer que tenía enfrente, porque pensaba que a las mujeres las enternecía los episodios de la infancia de los seres queridos y que permitía ese estado maternal de protección y Borges exhibía eso y le sacaba partido. Al mismo tiempo, hay otro tipo de mujer, que no es la mujer de la cual él se enamoraría, pero que es la mujer que está en su obra. La imagen literaria que Borges da de las mujeres es para suicidarse, porque son cosas que están al servicio de los hombres. Sin embargo, en la vida real Borges era un hombre simpático y divertido, asediaba a las mujeres de las que estaba enamorado, las llamaba permanentemente por teléfono, las llevaba a comer, las invitaba al cine, les daba regalitos... María Esther se calla y pierde la mirada como si en el silencio habitara la fidelidad de la memoria que sus ojos buscan. Borges idealizaba demasiado a la figura femenina —suelta con aplomo y prosigue—, quizá por eso dije una vez que Borges no encontró un amor entero en el momento adecuado, porque veía a las mujeres a través de la literatura. El estaba enamorado de aquella famosa Edith cuello de cisne que en el siglo XI buscó el cadáver desnudo de su amante después de la batalla cuando Guillermo el Conquistador invadió Inglaterra. Esa mujer a él lo emocionaba muchísimo, porque Borges buscaba ese tipo de mujer que tenía algo extraño, no común, esa era la mujer que en su vida lo incitaba al sentimiento amoroso...

—Además queda pendiente Borges como mito, sugerí entonces, y Pichón Rivière retomó el hilo detenido.
Borges muy temprano, por lo menos a partir del año cuarenta, yo creo que se dio cuenta de quién era, quién iba a ser, y empezó a armar de algún modo la mitología Borges. Mitología que estaba, por supuesto, basada en hechos reales: su creciente ceguera, la biblioteca de su padre, el amor por los libros, la metafísica, la asociación laberíntica que nos da permanentemente de la realidad... Todas esas imágenes que son muy fuertes él las fue trabajando a lo largo de su vida, yo creo que conociendo que su vida y su obra se entretejían de una manera muy singular.

—Y los libros, cuál es el ámbito de los libros escritos y leídos en esa mitología. Asomé la inquietud y María Esther Vázquez nos sale al paso.
—Para Borges el libro era lo que más le importaba en el mundo, lo único que le importaba porque, no nos vamos a engañar, el libro era lo único que tenía el valor fundamental en su vida. Quizás más que los vínculos familiares, que los vínculos amorosos y que la misma amistad. El libro para Borges fue el comienzo y el fin, fue su razón de vivir.

La tarde permanecía como se preludiaba desde la mañana: irremediablemente gris. La brisa helada arremetía en cada bocacalle y yo buscaba imaginariamente con mis acompañantes un lugar en las proximidades de la Fundación mítica de Buenos Aires. Ya hace mucho oí decir a Jorge Luis Borges en una entrevista que este Barrio de Palermo había perdido el valor que tuvo cuando una vez contaba con veintidós años y sus ojos tenían luz para recorrer los arrabales entre las calles de piedras pobladas de guapos y los naipes del poniente. Sin embargo, un pórtico de humedecida madera, un jardín callado en su orfandad, una reja pintada y vuelta a pintar y un gato que espera el resplandor en la monotonía de un largo pasillo, vienen a ser hoy fragmentos de un Palermo que se niega a claudicar en el tiempo. Creo que este es el lugar, el santo lugar para derivar el diálogo hacia Buenos Aires, esta ciudad con la que Borges se sintió aliado a lo largo de su prolongada vida y a la que regresará permanentemente en sueños, aunque la dibuje con otros trazos.

Borges era un chico que no lo dejaban salir de su casa prácticamente —se suma a nosotros Horacio Salas, este amante del tango y el lunfardo, que se entregó a averiguar la vida de Borges hasta escribir una de las más completas biografías. Vivía en un arrabal de la ciudad, como era Palermo entonces, y su madre tenía miedo de que saliera a la calle porque era muy corto de vista y temía que lo atropellara un tranvía, como una vez le ocurrió. Entonces estaba encerrado en la biblioteca de su padre y desde allí intuía lo que pasaba en el barrio. Y sólo pudo saberlo mucho tiempo después, cuando luego de un viaje a Europa en 1914, regresa en el 21 y empieza a recorrer esta ciudad. Cuando él la descubre, piensa que hay que crearle una mitología, que hay que crear una poesía de Buenos Aires. Y él es uno de los primeros de su generación que, no porque sí, a su primer libro le puso Fervor de Buenos Aires. El estaba redescubriendo las calles, ahora que podía salir y caminar solo por este arrabal que lo deslumbraba.

Se hizo de nuevo el silencio. Sólo se oían los pasos sobre las piedras del barrio de un Palermo hecho fachada a fachada en el diálogo vespertino. Al rato María Esther Vázquez reanuda la conversación.

—El Buenos Aires de Borges es un Buenos Aires que físicamente no existe. No existe porque Borges exalta Buenos Aires cuando era muy joven, casi una ciudad de antes de que él naciera. El exalta una Buenos Aires que estaba escondida en los barrios, muy humilde, de calles empedradas, de casas bajas, con tres patios, con un aljibe, con un parral o una higuera en el último patio de tierra... Digamos que él exalta una ciudad metafísica, que no es esta ciudad que vemos hoy, llena de autos y altos edificios... Pero en el fondo, la Buenos Aires de Borges es una Buenos Aires que nos acompaña siempre porque la supo poner fuera del tiempo y el espacio.

—No olvidemos que la Argentina es un país de inmigración, —nos acota Horacio Salas—, pensemos que hace cuatrocientos años esto era un desierto que con el tiempo se fue poblando y llenando de influencias y Borges vio esto claramente. Pero al mismo tiempo él tomó el fragmento de lo criollo, lo criollo de fin de siglo, aquellos criollos que como él y su familia se sentían un poco venidos a menos y desalojados por el aluvión inmigratorio. Y ya no había lugar para la literatura gauchesca —el último elemento gauchesco lo había escrito Giraldes con su Don Segundo Sombra—. Y Borges funda una mitología que ubica en su barrio de Palermo y hace que los compadres, los guapos, los hombres valientes de ese momento fueran los personajes de sus historias. Con estos elementos él crea una historia de la Argentina que es más real que la que está en los textos. Yo siempre he dicho que en el imaginario colectivo de los argentinos ("¿Y fue por este río de sueñera y de barro / que las proas vinieron a fundarme la patria?") es más verdad que el hecho que Juan de Garay haya fundado en 1580 la realidad.

Allá quedaban los testimonios junto al río detenido, mientras a mí me tocaba recorrer el viaje inverso con las tomas y los encuadres que Alexandre Idrogo había retenido mientras los diálogos fluían. Una vez aquí, como tuve que ver tantas veces las imágenes y las voces que corrían día tras día en los monitores de la sala de edición junto a Francisco García, el acompañante de esta aventura, me quedo a la postre pensando que uno es el Borges que quedó escrito en sus relatos y poemas, ese que nos sigue diciendo que la sombra que somos siempre está detrás de las puertas que faltan por abrir, ese que se hundió en la reminiscencia de los ancestros universales para celebrar su paso por esta tierra y está este otro, el que puede ser imaginado desde la memoria de sus amigos y lectores, los confidentes, los serenos acompañantes.

Carlos Brito. Ensayista y poeta venezolano

 

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