OLGA OROZCO (ARGENTINA 1920 - 1999)

"…desde tu corazón digo a todos que muero"

Quién no habría de oírla si le estuvo dado acceder a lo más humano obsesionada como vivió
por "descubrir a Dios por transparencia", fundando mundos de visiones,
ansiosa de canjearlos por los jardines del Paraíso. Estuvo largo tiempo entre sus rojas
begonias, orando en lo más claro de la oscuridad de los días, en los que ofició la poesía
y hasta la hechicería: Julio Ortega sucumbió a su seducción y Rafael Castillo Zapata raptado
está entre sus versos; versos de quien decidió tempranamente recluirse, mas, por fortuna,
no privar al mundo de su obra


Foto: Olga Orozco, Relámpagos de lo invisible. Antología
La poeta en la Alhambra, 1961

La lejanía precipitada

In memoriam

Oigo cómo se precipita la lejanía sobre Olga Orozco; oigo cómo se desploma sobre ella como un alud de seda; cómo la envuelve como una llama sorda; cómo la consume y la vuelve viento: la hace infinita y transparente y la disuelve en esa vasta noche de la que se supo desde siempre habitante experta, convocada desde temprano a sondear con sus conjuros las espesas galerías de su laberinto. Oigo cómo Olga Orozco decide dormirse y hacerse la muerta, hacerse a la muerte como siempre quiso en sus poemas para exorcizarla viva antes de que viniera y se muriera, antes de que viniera y la borrara. Oigo cómo nada en la otredad como en un agua conocida a la que el lento ejercicio de las palabras la había habituado desde muy pronto; cómo nada en la nada finalmente sin aspavientos, como un arca silenciosa en un estanque cegado. Oigo cómo Olga Orozco comienza a hablarnos ahora como en sueños, con la clarividente voz de los dormidos, y su poesía premonitoria comienza a hacerse pasmosamente inteligible; sus letanías, ecuaciones evidentes; sus mapas imaginarios, irrefutables testimonios del paisaje de la eternidad. Oigo como si una torre elástica se desplomara en un agua de hule; el ruido de un puñado de arena o de sal que alguien descarga desde una altura incierta sobre un vidrio; como el sonido que deberían producir los párpados cuando se cierran sobre unos ojos que nos ven desde muy lejos. Y, no obstante, oigo la cercanía tangible, casi palpable, de lo invisible en donde Olga Orozco vive ahora de su muerte. Y siento la plenitud de su silencio en la imposibilidad de su olvido.

Rafael Castillo Zapata. Poeta y ensayista


Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí igual/
                                                          que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en el último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura que los/
                                                                                                 cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
"Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento".

Olga Orozco, Relámpagos de lo invisible. Antología, FCE, Buenos Aires, 1998.


La hechicera

Olga Orozco estaba ya sentada a la mesa del auditorio de la Feria del Libro de Guadalajara, lleno de un público joven y alerta. Se la veía feliz y animada, rodeada de los ponentes que hablarían de ella. Me acerqué a saludarla, y cuando me estrechaba la mano me dijo al oído: "Te reconocí por la foto". Ella había sido la musa de varios poetas y sabía ejercer una coquetería, digamos, autorizada. Pero como uno algo ha aprendido de las musas, le respondí: "Lo dicen todas", y reímos. Se rió más cuando me tocó hablar y empecé recordando que ella había dicho, en una entrevista, que empezó a escribir poesía antes de aprender a escribir. Y aprobó mucho cuando jugué con su nombre, y la llamé la luminosa y oscura Olga Orozco, cuyo nombre, pleno de la resonancia de la O, era ya un principio de poema. Y anunciaba, además, el "oro hosco" de la poesía.

    Cumplido el galanteo que se le debe a musa tan ilustre, resumí el texto siguiente:

    «Entre las mayores poetas vivas de América (Fina García Marruz de Cuba, Blanca Varela del Perú, Amanda Berenguer e Idea Vilariño de Uruguay, Enriqueta Terán de Venezuela), Olga Orozco (Argentina, 1920) es la más directa cultora del Surrealismo, esto es, de su versión hispanoamericana. Como el peruano César Moro y el argentino Enrique Molina, grandes poetas ambos de estirpe imaginativa, Olga Orozco demostró que hay una versión del Surrealismo transatlántico que lleva la impronta latinoamericana, cuyo primer signo es su feroz independencia. Creo que ya sólo los ociosos discuten hoy si hay un Surrealismo latinoamericano, y si tiene mayor o menor independencia. Es claro que lo hay y que es del todo libre.

    Pero a diferencia de Moro o Molina, que son poetas de una vehemencia solar y un apetito vital empático, la poesía de Orozco siguió un camino lateral y propio. Su apropiación del Surrealismo es rigurosa y personal, y pasa por la conciencia de la agonía, no sólo de la dicha; por el escenario de la pérdida, no sólo por el del goce. Por eso, es un Surrealismo distinto, que celebra la suntuosidad de la visión pero que no ignora la sombra que la recorta. Sus poemas tienen la estrategia inclusiva y desenvolvente de un proceso de cotejos y sumas cuya traza es de lumbre y de ceniza.

    Ya en su libro Las muertes (1951) Orozco declaraba su punto de vista: "Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero". Proponer su obituario al comienzo de su obra es un gesto que la define bien. Quizá no sea casual que en su nombre mismo resuena el oscuro mar del lenguaje, en esas graves vocales repetidas, que son también la esfera del tiempo.

    Pero no es sólo que Olga Orozco se retirara de la escena literaria sino que su poesía se cumple desde un recuento de "las magias y los ritos", que salva de la pérdida y el desastre, mientras que todo "lo demás se cumple aun en el olvido". En esa ceremonia, la poesía es el último balance, un oficio de luces y tinieblas, que repasa la vida del sujeto, hecho en la gloria del azar, la vehemencia de las pasiones y la pérdida inexorable. Desde el Surrealismo, cuyas opciones asumió dentro del magnífico y casi secreto grupo surrealista argentino (donde Enrique Molina fue el otro fiel oficiante), ella opuso una reafirmación de vida como solitaria contradicción a la penuria dominante.

    Asumiendo la voz de una "hechicera", Orozco habla desde el bosque primario de la poesía, que atraviesa recontando agonías y conjuros. Siempre en diálogo con el mundo, busca descifrarlo como si leyera su propia suerte. "Yo con la sombra hasta el cuello", se define; pero también sabe que da cuenta de las "islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera". Su abuela, dice, "fue una hechicera blanca" que "salvó del infierno muchas almas de vivos y de muertos/ regateando en voz baja con los santos hasta el amanecer".

    El amor es otro cuento feroz. "Yo te barrí con una escoba negra / y te tapié la casa con una piedra viva calentada en mi mano", sentencia la hechicera. Y demanda la hechizada: "No lograrás excluirme aunque me lleves en vilo entre el pulgar y el índice… y me dejes caer sobre mi abismo". De ese arrebato está hecha esta poesía, que acecha la luz desde la oscuridad ardiente. "Impresa está con sangre mi confesión; sellada con ceniza", concluye, aunque en seguida recomienza, desde el bosque materno, con una nueva "parábola de brasas". Su último poema, responde, por eso, al primero: "me resisto a morir", protesta, en el balance de una "Cantata sombría" (en su libro La noche a la deriva, 1983).

    No te será fácil, lector, encontrar sus libros. Pero eso también estaba previsto por Olga Orozco, que no en vano creyó siempre en la lectura como una ceremonia de milagro. La etimología de milagro nos remite a los ojos: ver más es contemplar en estos poemas la excepción entrevista».

    Ahora que ella cierra esos ojos, me doy cuenta de que yo la había reconocido por hechicera, en el hechizo del poema.

Julio Ortega. Ensayista

 

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