Tributo

Acerca de literatura y vida
y Rafael Cadenas

El es, como escribe en uno de sus poemas, "apenas / un hombre que trata de respirar
/ por los poros del lenguaje". Y más, porque "persona y poeta, son lo mismo en él",
celebra Marco Rodríguez en un texto con el que Verbigracia se suma al nuevo
reconocimiento que se le brinda a Rafael Cadenas: la Semana Internacional de la Poesía
le dedica su octava edición. Así, por iniciativa de la Casa de la Poesía, los próximos días
(del 23 al 27) los poetas invitados, de otras latitudes y de varios estados del país,
a no dudar y según una de las Anotaciones de Cadenas, entrarán "en contacto con palabras
que se reaniman en nosotros, que dependen de nuestra respuesta para cumplirse.
El modo de recibirlas es lo que hace el poema"

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Foto: Anne Joel Sthephan

Entramos en contacto con palabras
que se reaniman en nosotros,
que dependen de nuestra respuesta
para cumplirse. El modo de recibirlas
es lo que hace el poema
Rafael Cadenas
(Anotaciones)

Después de leer Los cuadernos del destierro y Falsas maniobras, uno se da cuenta de que Cadenas está entre los mejores poetas del mundo de hoy. Y al tratarlo, o tras sólo asistir a sus clases de literatura en la Escuela de Letras, de que persona y poeta son lo mismo en él.

    Es una alegría saber que alguien así anda por ahí, cerca; que un escritor encarne tanta complejidad conceptual como la que nos ha tocado en esta época y ponga por delante una vitalidad así de consistente. Porque Cadenas se dedica en cuerpo y alma al cultivo de la naturaleza humana, a la cultura fisiológica, a esa de la que verdaderamente depende nuestra vida. Y al apegarse así a su mundo y a su tiempo, humaniza y vuelve digerible a su vez lo que cuenta. Su obra nunca provoca la sensación de que estudiar sea ocuparse de cosas ajenas, o intelectuales ni, menos aún, en dar nada por sabido.

    Y esta percepción se afirma y crece con el trato y los años, y con Memorial, Intemperie, o Amante, por ejemplo, o con sus ensayos sobre literatura y vida y realidad, sobre la ciudad y el lenguaje, o San Juan.

    Quizá lo que más resalta (o reanima) en su escritura sea el asombro por lo habitual. Resultan extraordinarias las cosas que llaman su atención; las que solemos dar por conocidas, las rutinarias, desbordan su impresionante novedad. Y de igual modo, las mil formas en que nuestra voluntad trata de abrirse paso a través de los propios enredos añaden lo grave de su quehacer. Nos sorprende siempre la seriedad, la paciencia y el tino de las reflexiones y comentarios de Cadenas sobre los solapados asuntos que afectan al hombre; y son maravillosas su consciencia y ecuanimidad.

    Pues poseer un punto de vista original elimina la idea de manido, de agotado, libera lo que nuestras teorías creían haber atrapado de una vez por todas. Y luego, su propia empatía hace a Rafael cómplice de lo más aparentemente embrollado, y hasta le concede cierto grado de intervención directa en su ser de una pieza, en su integridad, en sus escritos. Es más, sospecho que quien detecta en sus obras algo raro, algo como intelectual, o hasta esotérico, en verdad se está topando con esta curiosa tendencia suya a mirar así cuanto lo rodea, y que evidentemente nació con él en Barquisimeto, por muy posterior u oriental que parezca.

    Por lo demás, entre las mil metas que los medios y la sociedad en general nos proponen como deseables, uno cree disponer de su libertad como individuo para elegir lo que mejor le parezca, pero lo cierto es que solemos gastar en ello una desproporcionada cantidad de tiempo. Revisando listas que la mayoría de las veces nos distraen de lo que nos hace falta, que no incluyen y que se encuentra a un paso de nuestro alcance. En espera de que la ciega y verdadera necesidad palpe esas listas interpuestas, que de tanto chocar con ellas aclare su interferencia.

    Pero la vía de acceso más in-mediata hacia nuestras carencias, sin embargo, el alma, está en los ojos y ve hacia afuera. De modo que siempre que se contemple como exterior de uno mismo, lo más íntimo puede hallarse allí, afuera, por ella. Se diría que la vida y la obra de Cadenas se mueven en el amante hacerse con esa milagrosa transparencia de doble vía.

    En el fondo, pensar así invita a ver a uno y otro de estos extremos bajo la idea de un cambio de iluminación, más que de escenario; para redescubrir que en ese eterno trajín entre lo crudo (o sin hacer) y lo cocido (el hacer alma), crece toda cultura.

    Y muestra cómo, si se opaca esa transparencia, el equilibrio entre los polos aislamiento-comunión se pierde. La razón que explica, que almacena experiencias, elabora listas, inventarios imprescindibles, asocia y ordena, no se puede quedar sola especulando, porque entonces se aísla, se suelta. Es ella la que produce las fantasías o teorías virtuales del desarraigo.

    La cerebral fantasía tuerce y distorsiona el entorno porque ya sale de cabezas locas, independientes. Mientras por el contrario, la imaginación, el lenguaje descriptivo de las emociones, comprende, ata a la realidad con el constante origen de lo humano.

    Para cultivar o humanizar, cocinar y digerir la realidad —único terreno firme— para aferrarnos a ella y habitarla, tan sólo contamos con el azadón y enzima de la imaginación poética; todos y cada uno de nosotros personalmente. Ingrediente intangible en sí, sin listas, precario, y sin el cual lo humano no podría hacerse. Sal de nuestra naturaleza que no se destaca en el discurso ni consta en receta alguna ni se deja de lado nunca en los textos de Rafael Cadenas.

    Pensar, pintar y mirar, componer, ejecutar y oír o escribir y leer así es un atemporal y singular quehacer. Un adentrarse en lo colectivo y en el entorno que despierta o retoma la Ficción más alta, el verdadero arte de la memoria: el que utiliza el lenguaje de lo conocido para articular lo que no sabemos, lo que nunca podremos dar por sabido, el misterio; y hasta para referirnos a la realidad ya inimaginable, a la cruda y definitivamente desconocida —por mucho que la inventariemos—, y poder hablar también de ella. Necesidad vital de presencia, trama que debe realizarse continuamente aquí y ahora y de la que dependemos, hasta los más conceptuales, para fluir humanamente, y para contenernos.

Marco Rodríguez del Camino. Ensayista

 

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