BORIS IZAGUIRRE DEJA COLGADO AL PERSONAJE Y SE CONFIESA

"No sé de dónde me viene
este dolor tan grande"

Pero sí sabe que es un actor, "un actor perverso" que le ha permitido interpretar la vida deseada, una vida postiza que le gana aplausos entre las calles de la frivolidad, pero no le ahorra la oscuridad de la ruta que lo conduce hacia sí mismo. Se quiere escritor y lo ha alcanzado, o al menos su última novela, Azul petróleo, ha obligado a Plaza & Janés a una tercera edición. Frente a Milagros Socorro su máscara quedó resquebrajada y los pedazos se esparcen entre las líneas que siguen

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Foto: Carlos Germán Rojas

La leyenda ha resultado cierta. En el otoño del año 1981 Sofía Imber citó a Boris Izaguirre en la cafetería It, ubicada en la calle 81 con Madison, en Nueva York y fue allí donde ella le dio el célebre consejo que cambiaría la vida del entonces niño prodigio: "Tú tienes que irte de Venezuela", sentenció Sofía mirándolo a los ojos, "porque ahí vas a ser uno más… mientras que si te vas serás un gran homosexual del mundo".

Las palabras de la señora Imber se convirtieron en un conjuro, una especie de mandato ineludible que arrojó a Boris Izaguirre por los caminos del mundo tras la pista de una identidad que aún permanece elusiva. Porque la gran verdad es que esa loca ilustrada que Izaguirre saca a pasear como los jubilados sus perros no es más que una máscara craquelada que ya ha comenzado a dar muestras de agotamiento, sobre todo para él mismo porque su público, una audiencia interoceánica que le sigue aplaudiendo sus boutades, parece no saciarse de su manía histriónica. Pero lo cierto es que si se escucha por un buen rato al exitoso novelista español (ya tiene oficialmente esa nacionalidad) llega a tenerse la sensación de que el homosexual del mundo es en realidad un traje que él se echa encima como un abrigo de quita y pon, o mejor, como un traje de faena, puesto que el personaje que pone en escena en el programa de la televisión española, donde participa como animador de un segmento, es exactamente eso: un homosexual del mundo… del mundo boborotón de las revistas del corazón. El designio de Sofía le ha servido para ganarse la vida en forma honesta.

Crónicas marcianas se llama el espacio televisivo a cargo de Boris Izaguirre, nacido en Caracas el 29 de septiembre de 1965, bajo el signo de Libra: "Busco el equilibro entre la justicia y la belleza. No hay una sin la otra. Ni hay diferencia entre ellas. He ahí la clave de mi frivolidad: siempre tengo un punto de vista crítico matizado por la frivolidad, que es la forma que adopta mi rebeldía. El librano está animado por una obsesión estética y sólo aspira escuchar el sonido de la belleza, la música que emana de la convivencia armoniosa entre los objetos, ese sonido que despide un cuerpo desnudo… Claro que tampoco hay que ser devoto de eso. En principio, no hay que ser devoto de nada".

En los fines de semana, único intersticio que le deja su trabajo en la radio y la televisión, Izaguirre escribió Azul petróleo, la novela que al ser editada por Plaza & Janés se convirtió rápidamente en un éxito de ventas. Para sorpresa de su fanaticada, en la novela se echa de menos la espalda de Estefanía de Mónaco en el momento de desnudarse frente a un motorizado o la bufanda de la reina Noor de Jordania hondeando en la brisa del desierto. Nada de eso está ahí y aunque el semanario Hola aparece en la trama, lo hace como una referencia marginal y claramente paródica, no como el centro del conflicto. En una palabra, Izaguirre dejó colgado al personaje para probarse por segunda vez en el género de la novela (ya lo había hecho con El vuelo de los avestruces, editada por Monte Avila).

BI: La persona que yo soy —concede— en el fondo es un actor perverso que ha creado un personaje para poder hacerse la vida que quería. Pero luego he terminado haciendo la vida que quería hacer el personaje, no la persona. Yo sé que soy mi peor enemigo para el hecho de escribir porque nunca voy a ser tomado en serio. Siempre me va a preceder este número de persona que no se sabe cómo tomársela porque viene gritando que ha estado preso en Mónaco o que Carolina de Mónaco somos todos. Aunque cuando escriba una novela, ésta no hable de nada de eso. Yo sé que esa es mi condena, pero no tengo la fuerza para luchar contra lo que yo mismo he creado. Y, por otra parte, es cómodo dejar que Boris Izaguirre se monte su discurso y haga el trabajo sucio. Finalmente, lo único que habrá de permanecer serán los libros y algún día habrá un equilibrio entre la persona y el personaje que me he inventado.

MS: ¿Pero quién ha escrito Azul petróleo, la persona o el personaje?
—Esa pobre criatura que está encerrada dentro del personaje y que ha tenido que aguantar que el otro se lo devore continuamente. El escritor español Terenci Moix me dijo que si la publicación de esta novela no hubiera coincidido con mi éxito televisivo, las críticas hubieran sido completamente diferentes. En fin, eso es lo que hay. Mi única obsesión es poder seguir escribiendo y publicando.

—Una vez escribió que: "Para vestir bien hay que haber sufrido mucho y llevar una venganza por dentro". ¿Estos son requisitos, asimismo, para escribir bien?
—Desde luego.

—¿Ha sufrido usted mucho?
—Sí. He sufrido una profunda soledad. También he padecido verme obligado a dar explicaciones y con frecuencia me veo enfrascado en explicar que yo no soy bobo, que no soy un ser fatuo, que no soy un enloquecido por las mujeres bellas y ricas, que no es eso lo que verdaderamente me apasiona. He sufrido mucho la incomprensión de mis propios hermanos, por ejemplo, que no han sabido entenderme y me han visto como un adorno raro. Eso fue muy doloroso durante muchos años. Una pregunta que me hago ahora es: ¿de dónde viene este dolor tan grande, esta tristeza tan honda? ¿De dónde viene esta sensación de sufrimiento que no parece tener explicación? Esto lo he sentido desde que era muy pequeñito, desde los dos o tres años. Y desde entonces lo evadía siendo muy divertido, hablando mucho, actuando todo el tiempo.

—¿Hubo alguien que detectara el fraude que subyacía en esa actitud?
—Rodolfo (el padre) sí, él vio que toda aquella actuación me agotaba y que necesitaba un refugio; la Cinemateca Nacional, que por muchos años dirigió, vino a ser ese refugio. Ellos fueron unos padres muy preocupados. Porque yo, además, tengo taras: carezco de sentido de orientación, no sé dónde están la izquierda ni la derecha, soy disléxico. Todo eso contribuyó a crear en mí una impresión de singularidad.

—El asunto homosexual se ha convertido en todo un amuleto de mercadeo. ¿El éxito de su novela —ya por la tercera edición— confirma esta tendencia?
—Mi novela puede ser leída de muchas maneras. De hecho, yo estoy convencido de haber escrito una ficción fundamentada en la estética de la dictadura perezjimenista. En realidad, me hubiera gustado que Azul petróleo hubiera sido un ensayo acerca de esa estética. Lamento no haber tenido el coraje para pasar de la novela y de unos personajes, y en vez de eso haber contado la historia de cuatro edificios o monumentos de Caracas.

"Pero el caso es que mucha gente la ha leído como una novela gay. Hasta mi pareja dijo que lo que no le gustaba de la novela era que volvía a poner al homosexual como una persona negativa. Yo le dije, ‘me parece que estás haciendo una lectura simplona’. Me pareció una típica reacción de lo gay: ‘ay, se están metiendo con nosotros’. Claro, el movimiento gay, hay que reconocerlo, es completamente gay. Encuentro horrible el aburguesamiento del homosexual, una actitud que está ligada con la obsesión por la belleza física y por la juventud".

"La homosexualidad masculina corre el peligro de convertirse en un elemento más de la revolución que está viviendo la humanidad. Ha perdido su verdadera llama, su verdadero brillo. Por ese afán de propagarse, de convertirse en un fenómeno de masas movilizador de una industria, entró en una dinámica de mercadeo para lo cual tuvo que inventarse un varón homosexual prototípico, que es ese tipo musculoso con todos los signos masculinos potenciados. Ese ha sido un error, porque el amanerado y la loca son mucho más importantes en el sentido de que políticamente son revulsivos".

—¿Revul… y repul… sivos?
—Totalmente. Yo creo que uno tiene que tender al repul… siempre. Uno nunca puede resultar cómodo. Es absurda esa pretensión de resultar cómodo. Y es increíble que lo diga yo, que soy una celebridad, un pavo real. Yo soy una figura necesaria para tenerla en tu sala porque yo te adorno divinamente tu sala. Pero la verdad es que yo creo que uno debe ser revulsivo, repulsivo, terriblemente incómodo.

—Teniendo, como ha tenido siempre, un culto a la celebridad, debe estar muy cómodo en ese plan usted mismo.
—La celebridad es algo maravilloso. El poder más fascinante es la fama y ante ella se doblegan todos los otros poderes, incluso los más encumbrados: el Vaticano se hinca ante la fama. Si Ricky Martin llega a la Plaza de San Pedro, sale el Papa recogiéndose las faldas, corriendo, para verlo. Yo no soy célebre exactamente sino que vivo el éxito televisivo, que es el hijo bastardo de la celebridad. Pero no deja de maravillarme lo absurda que es la fama, capaz de pervertir la normalidad.

—En Caracas se han desatado las especulaciones con respecto a los modelos reales que usted tomó para crear los personajes de su novela.
—Amanda Bustamante, el personaje femenino principal tomó el físico de Carolina Herrera. Y el resto… te explico. Las dos cosas más pavosas de la humanidad son: una, comer hallacas fuera de temporada y fuera de Venezuela. Y dos, nombrar a Margot Benacerraf más de una vez en el mes. Yo he vivido experiencias espantosas, de alto peligro y de alta angustia, causadas por la hallaca fuera de Venezuela y por la mención de esta persona que no se puede nombrar más de una vez porque se desata el horror. Ahora, yo debo reconocer que esa señora me dio insumos para mi novela porque el episodio del famoso cuadro de Dalí de Amanda Bustamante está inspirado en un falso Van Gogh, propiedad de esta persona cuyo nombre no puedo pronunciar, y la gente en Caracas aceptaba invitaciones de esa casa para ver el cuadro. Siempre me pareció fascinante la maldad de la gente que hacía peregrinaciones para ver un cuadro falso exponiéndose a toda clase de peligros.

Milagros Socorro. Periodista y narradora

 

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