Reseña

ARRAIZ ATOLONGADO
El advenimiento del deseo

El nombre de Rafael Arráiz Lucca ya se inscribió en el renglón de los "antologados". La tarea o, mejor, la lectura —y aventura de la selección—
la asumió Edgardo Mondolfi. Ambos autores —¿quien selecciona
no re-escribe de alguna forma la obra?— se someten a las expectativas
de una lectora: María Antonieta Flores, seducida y a la par serenamente decepcionada, padecimiento intrínseco a las leyes del deseo y la lectura

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Foto: Vasco Szinetar

Escribe Ana Teresa Torres en sus Territorios eróticos que el sujeto "requiere de la mirada para hallar un objeto de deseo. Mirarlo desde el deseo". Es así como el lector encuentra al poema, lo detiene en su memoria y lo inscribe en su eros. Muchos son los poemas que en su multiplicidad constituyen un cuerpo único, deseado, elegido y fundado mucho antes de saberlo deseado. Y de nuevo Torres viene en auxilio: "Todo objeto elegido es, en cierta manera, una aparición que produce al sujeto el efecto de quedar maravillado ante lo nuevo que se presenta como seducción del deseo en que quedó constituido". Puede así explicarse la fascinación ante el poema y ante la voz del poeta. Cada quien, que sea un lector y todos lo somos, hace sus elecciones bajo el signo de una estética definida desde el eros.

La elaboración de una antología no escapa de esta dinámica. Y a ella el lector se acerca para descubrir si su deseo coincide o ha sido confirmado por un tercero y, también, para reencontrarse con ese deseo.

Así me ocurre con la Antología poética de Rafael Arráiz Lucca, editada por Monte Avila Editores (1999) y preparada por Edgardo Mondolfi, autor también del prólogo. Leída cuidadosamente su poesía, libro por libro, al igual que su antología, especie de reescritura de su obra publicada hasta ese momento, se impone la exigencia de leer con mirada crítica y deseante ésta que un otro ha seleccionado, según su deseo. Y, aproximarse siempre, sea la primera o la enésima vez, con el intento de lo inédito, como si el texto —aunque viejo conocido— fuera nuevo y estuviera esperando ahí. El asunto de todo esto es perseguir ese inasible que define el poema arraizlucceano y tratar de aprehenderlo desde lo que encontró y unió Mondolfi, porque las coincidencias y discrepancias de miradas deseantes sobre el poema amplían cada vez más la resonancia de una obra.

Si su lectura, tal como lo establece en el prólogo, es clasificatoria y cronológica, la que propicia en mí es, paradójicamente, opuesta. La gran virtud de la selección hecha por Edgardo Mondolfi es que muestra la solidez y continuidad de la poesía de Rafael Arráiz Lucca desde 1983 hasta 1997. Establece los vínculos de un discurso que, si bien atraviesa lo lineal del tiempo cronológico, habita lo atemporal, espacio en donde existen esos elementos enlazados desde un principio que se ubica más allá de la primera obra publicada y del primer poema escrito o del deseado y nunca alcanzado.

¿Cuáles son esas presencias constantes que han recorrido la obra poética de Arráiz Lucca y que esta Antología poética contribuye a evidenciar? Sin orden, y no todas ellas: la tendencia del poema largo, la mirada distante y serena ante el poema, la narratividad, el mundo de la familia y la intimidad del espacio cerrado, la inclinación hacia la sentencia, la decepción y el tedio existencial. También, la pugna de contrarios: la estabilidad frente a la errancia, la fascinación contemplativa ante la naturaleza y la urbe como espacios definitorios del yo, la historia pequeña frente al gran relato, lo despojado contra la imagen metaforizante, el personaje o el yo. Y el cuerpo, siempre el cuerpo, solo o vinculante.

Una lectura rápida evidencia estos rasgos.

La voz del poeta se sustenta en un pesimismo, melancolía y decepción, que busca la reparación en un optimismo liviano a veces, otras contenido, severo, porque "la vida gastándose tan rápido/se hace eterna y alegre". Lo descensional se compensa, así, con lo ascensional y el movimiento hacia abajo propicia el impulso emergente. Piénsese en "La cueva", donde el ascenso es provocado por terceros y el yo poético sólo puede encontrarse en las oscuridades de un espacio que es cueva, pozo o Hades. Ese lugar oscuro, refugio o casa, terreno para el fortalecimiento y el encuentro del sí mismo, es útero gestador de la palabra y permite reconocerse sujeto desde la conciencia de la laceración: "Los días van abriendo las heridas/que en los primeros años ignoré, (...)// Ya mi piel enseña cicatrices/(otras heridas las llevo abiertas)/ que más adelante formarán el mapa/ de la historia mía, menuda/como todas las historias".

Ese relato personal que se constituye en confesión íntima, pero también en testimonio transpersonal, lleva a preguntarse: ¿Quién dibuja y quién acepta? o ¿quién es el buey y quién la tierra?, cuando se leen estos versos: "Un buey sigue dibujando surcos/ mientras la tierra acepta/ callada". Desdoblarse para significar lo mismo: un inevitable y sereno vencimiento que no impide el impulso transformador, pues "Donde haya un movimiento de tierra/ estaré yo", versos que expresan una inclinación indetenible hacia la errancia y hacia el cambio que acaece gracias a la dialéctica de la destrucción y la construcción. Por ello sabe el poeta que sus certezas son pocas, que habla con una autoridad que no le pertenece (la autoridad es de la poesía, no del poeta) y escribe: "no te engañes; hablo desde la confusión". Igual instante de lo íntimo y de la frágil-dura relación con la palabra se encuentra en: "quise hacer un texto largo" (...) "como si mis ojos fueran una cámara" (...)// "Tantos años estuve gestando este poema/que sus cosas ya no existen:/han desaparecido de mi memoria/por el infinito beneficio del olvido".

Cuando el objeto desaparece, el deseo lo restituye porque "El cuerpo, como los árboles,/ busca una tierra para quedarse", anhelo éste que surge de la angustiosa certeza del desamparo: "No hay cielo para mí,/ digo entre dientes", pues la serena decepción que sostiene el aliento poético de la obra de Rafael Arráiz Lucca surge de la aspiración de siempre poder regresar de los infiernos propios en los cuales se abisma, para poder decir: "reino del que sólo emergen los serenos/los que ven el rostro de sus demonios/y no les tiemblan los labios para saludarlos". Este enfrentamiento con la propia sombra, con los tormentos —mínimos o desmesurados, pasajeros o permanentes— lo conduce a aceptar la paradoja existencial, expresada en un tono muy Juan de la Cruz: "que viene a hallarlo donde no se le halla/y vine a vivirlo cuando no lo buscaba?".

Así, el poeta se revela como un ser que padece y conoce "el erizo del caos", la incertidumbre de una existencia que se construye desde el saber que "La propensión nuestra es hacia el infierno". Desde esa propensión surge el deseo por el poema, la mirada que lo funda, el asombro ante su seducción y, también, la decepción serena de saber que el deseo nunca se cumple a cabalidad ni para el poeta ni para el lector y por ello siguen vinculados esperando el advenimiento: nuevos momentos, nuevos llamados.

María Antonieta Flores. Poeta

 

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