Ensayo

Las sombras de Boltanski

Una memoria afanada en rescatar rostros amados (niños, familiares) y de seres anónimos, y deseosa de afianzarse en los recuerdos llena de sentido la obra de Christian Boltanski: suerte de imágenes salidas de la penumbra, reveladas e "iluminadas" en las Sombras (título de la muestra que actualmente ofrece el MBA), y a través de las cuales —escribe Ricardo Bello— el artista francés prolonga utópicamente una vida más allá de su segunda muerte, el olvido: "esa fea costumbre que tiene la gente de ir perdiendo el rostro, dejando apenas la impresión de una fotografía, un negativo cuya ceniza guardamos en los escaparates de la conciencia"

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Foto: Daniel Sckoczdopole / Cortesía MBA
Les regards, 1996

Debo hablar de las sombras de Boltanski mientras presencio el mar iluminado por un rostro, calcado en la superficie del agua. Al escribir sobre la impermanencia y la pérdida de la memoria, la conciencia reacciona. La sal de un recuerdo penetra el cuerpo, cabalgando entre la espuma, atravesando el calor envolvente de una presencia que moja y recubre. Una imagen recorre el fondo de ese océano transformado en muerte silenciosa; el supuesto cadáver, si debemos darle un nombre a la película, se empeña en atravesar esos fríos y al lograrlo delata un calor, más allá de toda duda. La memoria atraviesa esa nada, impulsada por una fuerza que permanece en la tarde, justo cuando caen los últimos rayos de luz, encendiendo la voluntad, la necesidad de luchar contra el olvido, de afianzar el recuerdo de un sol que ya no se ve. Pero ese no es el retrato que pinta el artista.

Boltanski evoca de manera brutal, convincente, imposible de eludir, esa fea costumbre que tiene la gente de ir perdiendo el rostro, dejando apenas la impresión de una fotografía, un negativo cuya ceniza guardamos en los escaparates de la conciencia. Y es verdad, los perdemos, los olvidamos y día a día se van diluyendo, como en un proceso colectivo de mal de Alzheimer. Nadie reconoce a nadie, sólo logramos darnos cuenta de nuestra estrecha capacidad mental para retener y organizar al mundo, que inexplicablemente permanece sin importarle mucho el problema de la historia o nuestros rollos por explicarlo. Pero ¿por qué entonces continúa el mundo? ¿Qué fuerza recrea a cada minuto el horizonte de nuestra experiencia? Abrimos los ojos y ahí está todo, como al principio. Repetimos en cada jornada las incidencias del primer día de la creación, pero tenemos edad suficiente para reconocer tras el montaje de ese universo a una persona, alguien que arma día a día el despertar del mundo. Al levantarnos, cuando saltamos de la cama, antes de decir buenos días, antes del primer beso, siempre, o casi siempre, aparece la cara de un amigo o ser querido. Se salvan de este baile matutino los amantes de la naturaleza, el poder y el dinero, demasiado ocupados con la adoración de sus respectivos fetiches: un hermoso árbol, la firma de documentos cada vez más importantes, o la decisión de no gastar cuando se tiene más de lo suficiente para hacerlo. Aparece un rostro, o varios, y vamos identificando la estructura jerárquica del mundo en el orden en que surgen esos individuos: el de hoy suplantado al de ayer, o el mismo cada vez. Boltanski se pregunta por el instante de la muerte y surgen las imágenes de niños o familiares, como instancias capaces de medir la noche. Cada rostro es una aguja, un número que mide y estudia la velocidad del tiempo. La sonrisa equivale a una hora, la mirada a diez años, cada figura obtiene su valor, su correspondiente proporción. El estudio de Boltanski repite la prueba del carbono 14 y responde preguntas clásicas: ¿hace cuánto vivieron?, ¿hace cuánto murieron? ¿cuánta substancia psíquica permanece más allá de las cenizas? Esos negativos, esos registros y documentos visuales se empeñan en prolongar utópicamente una vida más allá de su segunda muerte, el olvido. Boltanski utiliza a los seres queridos en su teatro de sombras. El Holocausto es un género, dijo hace poco un director al analizar La vida es bella.

Nosferatu, en cambio, nos obliga a recordar. Su esencia, su misma personalidad es la capacidad para no perecer en el olvido, esa desaparición que no interesa ya a nadie, el secuestro cuyo rescate no se desea pagar. El amor de Dracul por su Elizabetha, si le hacemos caso a Bram Stoker, le hace vivir con una sola obsesión: el recuerdo malogrado de su esposa. Una sola misión encabeza su lista de prioridades: esperar y esperar, hasta que ella aparezca, un retorno anunciado durante siglos. Se nace en la mente del otro, frecuentada desde el primer día de unión, y desde allí se regresa al propio cuerpo y se levanta uno alzando el techo y haciendo la casa para convivir, en pleno cielo protector, Bowles de por medio, con el dueño o la dueña de esa imagen. "He atravesado edades para estar contigo" le confiesa el príncipe Dracul a su amada, y es preferible, por supuesto, la desaparición definitiva de la conciencia a la elección de una vida en el limbo, acompañado de una imagen que no termina de agarrar cuerpo, que no se adhiere a la piel, sin permitir el contacto o la corroboración de lo real. Sólo Nosferatu permite una muerte limpia, ascética en su pureza, en la belleza de su perfección, porque al morir de manos de su amada, es rescatado para siempre del olvido; logra el estallido de los blancos al pulverizar su afán de control y fundirse con la imagen que supo conservar. Las breves palabras antes de su partida son el testimonio fidedigno de dos mentes que han logrado integrarse como una sola persona, y que serán consolados con el sueño de la reencarnación. Ahí donde Boltanski pregona el olvido, Stoker supo mostrar la continuidad, nuestra invención afortunada. En el instante en que el autor de Sombras calla y manifiesta el silencio, Dracul ingresa a la más grande de las eras imaginarias, la resurrección. El primero dialoga con la muerte, el segundo la burla.

La presencia de Boltanski en el arte contemporáneo es indudable. Reconocemos su huella en las genealogías fotográficas de nuestros artistas, en los retratos realizados a través del tiempo, en los estudios de la piel, en el afán de conservar a toda costa una pizca de sentido capaz de hacerle frente al paso de las horas, o al atribuirnos la potestad de interrumpir o prolongar la vida del universo a través del arte, como escribe Giardinelli en su Santo oficio de la memoria. Boltanski acusa al tiempo, señala su culpabilidad e intenta la ejecución del castigo: le devuelve la muerte, se la regresa.

Ricardo Bello. Escritor

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Foto: Daniel Sckoczdopole / Cortesía MBA
Théatre d'Ombres, 1986

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